CAPÍTULO VIII #2
»Mi hijo estaba de pie frente a mí y me observaba con una curiosidad que me incomodó de inmediato.
Al incorporarme, una punzada de rigidez me subió por el cuello y el cuerpo entero protestó con un dolor sordo, como si hubiera pasado la noche en una postura imposible.
Solo entonces comprendí que había amanecido.
»No conservaba el menor recuerdo de cómo había terminado allí.
»Aquello fue lo peor.
»Durante unos segundos intenté agarrarme a una explicación razonable, pero ninguna lograba disipar del todo el malestar.
Lo más benigno era pensar que algo me había sobresaltado en mitad de la noche y que, sin llegar a despertarme del todo, había acabado deambulando por la casa hasta desplomarme en el sillón. Ni siquiera esa idea me tranquilizó.
»Como pude, esquivé las preguntas de mi mujer cuando se enteró de que había pasado la noche en el salón y, con más voluntad que acierto, dediqué buena parte de aquel sábado a distintos arreglos de la casa.
Pero ya no conseguí quitarme de encima una inquietud pegajosa, como si algo se hubiese torcido mientras yo dormía y el cuerpo lo supiera antes que la cabeza.
»Aquella noche, antes de cenar, probé por fin la radio con un adaptador de corriente.
No sirvió de nada: siguió muda y a oscuras.
Tras varios intentos inútiles, decidí dejarlo para la mañana siguiente.
Si no veía ningún desperfecto claro al abrirla, me la llevaría el lunes a Madrid para que la revisara un técnico.
»Después de tomar algo para los músculos, nos acostamos a la hora de costumbre. Me costó encontrar una postura que no me castigara la espalda, pero al final me dormí.
»A la mañana siguiente me despertó un rayo de sol dándome de lleno en la cara.
Fui recuperando poco a poco la sensibilidad de brazos y piernas y, al intentar moverme, un dolor paralizante me recorrió desde la base del cráneo hasta el centro de la espalda.
Aquella noche también la había pasado en el maldito sillón y, como la vez anterior, tenía la mano derecha apoyada sobre la radio.
»Mi mujer estaba sentada en el sillón gemelo y me observaba con una fijeza que no supe interpretar: no habría sabido decir si pesaban más en ella la preocupación o el enfado.
Yo seguía demasiado aturdido para enfrentarme siquiera a la evidencia.
Miraba el salón, la radio, mi propia postura, y nada de aquello terminaba de resultarme creíble.
No recordaba en absoluto qué me había sacado de la cama para acabar, otra vez, retorcido allí, así que difícilmente podía ofrecerle una explicación satisfactoria.
Cuando por fin logré incorporarme entre quejidos y me preguntó por qué volvía a estar allí, no me quedó más remedio que admitir, con una mezcla de vergüenza y desasosiego, que no recordaba haberme levantado de la cama.
»En lugar de la tormenta que yo esperaba, me encontré con una reacción bastante más benévola. Mi mujer decidió que todo obedecía al cansancio y al exceso de trabajo. Me prohibió tocar una herramienta en lo que quedaba de fin de semana y organizó el día para que lo pasáramos fuera.
»No me opuse. Bastante tenía con sostenerme sobre la espalda.
»Pasamos la jornada por Gredos y, aunque el aire libre me alivió algo la rigidez, no consiguió borrar del todo mi desazón. Al volver, ya de noche, seguía notando dentro una incomodidad difícil de precisar, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza se negara aún a entender.
»Cenamos poco y nos acostamos temprano. Tomé más paracetamol del aconsejable y me dormí con la esperanza, bastante pobre, de que todo aquello quedara por fin atrás.
»Aunque no lo dijera en voz alta, la sola idea de volver a despertarme fuera de la cama me tenía mucho más inquieto de lo que estaba dispuesto a admitir.
No recordaba haberme levantado, no recordaba haber andado por la casa, y, sin embargo, allí aparecía cada mañana, como si durante la noche alguien hubiera usado mi cuerpo en mi lugar.
Preferí no darle más vueltas. Aun así, cuando apagué la luz, tardé bastante en entregarme al sueño.
»Tenía delante un cuello femenino, largo y fino.
De fondo sonaba algo que tomé por un viejo vals ruso.
Mecida por aquella música, mi mirada recorría con delectación la curva del mentón de la muchacha y se demoraba, con un placer difícil de soportar, en las venas azules que asomaban bajo su piel blanca.
Extendí la mano con cuidado, con el temor absurdo de despertarla, y rocé con la yema de los dedos el punto en que la yugular latía —o debería haber latido— con más fuerza.
Notar que bajo aquella carne helada la vida había dejado de palpitar me produjo una excitación tan intensa que la mano me tembló al deslizarse hacia el hueco de las clavículas.
»Un estruendo me reventó junto al oído y todo se deshizo.
»Tardé unos segundos en entender que estaba despierto.
O eso creí. Seguía a oscuras. Me faltaba el aire.
El corazón me golpeaba tan fuerte que durante un instante pensé que iba a vomitar allí mismo.
Estaba otra vez en el sillón. Lo supe antes incluso de incorporarme del todo, por la rigidez del cuello, por el dolor en la espalda, por la postura torcida del cuerpo.
A mis pies, un vaso metálico aún daba vueltas sobre el suelo con un zumbido cada vez más débil.
Mi mano derecha descansaba sobre la radio .
»La aparté con un sobresalto, igual que si hubiera tocado algo vivo.
»Entonces me llegó el olor.
»El salón estaba cargado de un humo denso, rancio, brutal, el de alguien que hubiera fumado allí dentro durante horas con las ventanas cerradas.
A mí, que pocas cosas me disgustan menos que un cigarro, aquello me revolvió el estómago.
Me quedé inmóvil, respirando a medias, con la sensación de que la oscuridad de la casa había cambiado de sitio y estaba ahora allí, alrededor del sillón, pegada a mí.
»No sé cuánto tiempo pasé sin moverme. Poco a poco el olor fue perdiendo fuerza, o tal vez fui yo quien dejó de notarlo con la misma intensidad.
Cuando por fin logré levantarme, tenía la chaqueta del pijama húmeda de sudor.
Volví a la cama despacio, con un cuidado absurdo, procurando no llamar la atención de algo que parecía seguir despierto en la oscuridad.
Por suerte, nadie más se había enterado de nada.
Yo, en cambio, ya no pude volver a conciliar el sueño.
»Durante las horas de vigilia que me separaron del amanecer tuve tiempo de sobra para darle vueltas a lo ocurrido.
Aquella visión, que recordaba con una nitidez incómoda, me había dejado profundamente impresionado.
De algún modo, la radio se había quedado enredada en las sensaciones que había experimentado mientras dormía, y tuve muy claro que quería quitármela de encima en cuanto pudiera.
A la mañana siguiente la abriría para ver si la avería era fácil de reparar; si lo era, podría venderla sin perder dinero.
Y, si no, me conformaría con sacarla de casa por menos de lo que me había costado.
»En cuanto amaneció, después de un desayuno rápido, agarré el aparato y lo bajé al garaje. Lo dejé sobre la mesa de trabajo y le quité la tapa trasera con unos alicates. Luego alumbré sus tripas con la linterna .
»El mecanismo era sencillo: cableado, unas pocas piezas metálicas y tres válvulas, una de ellas visiblemente ennegrecida. La saqué con cuidado y vi que el vidrio estaba recorrido por una grieta fina. Pensé que, si la avería se reducía a eso, quizá aún mereciera la pena arreglarla.
»Pero entonces vi algo que me hizo detenerme.
»En el lado izquierdo de la radio, medio oculto tras uno de los altavoces, asomaba un bulto de tela arrugada.
Metí los dedos con tiento, procurando no enganchar nada, y fui tirando poco a poco, con una incomodidad que no sabría explicar.
Cuando por fin lo saqué, volví a colocar la válvula y cerré la tapa sin detenerme a pensarlo.
»Era un viejo pañuelo de seda, desvaído por el polvo y los años, aunque todavía conservaba restos de un rojo vivo y un pequeño motivo geométrico. Lo habían anudado para guardar algo dentro. Algo blando.
»Tardé unos segundos en decidirme a deshacer el nudo.
»Cuando por fin abrí las puntas del pañuelo, sentí una desazón tan intensa que tuve que apartar la vista.
Dentro había mechones de cabello atados con cintas de colores.
Por el tono rojizo y la sequedad de aquello, deduje que debía de pertenecer a una mujer y que llevaba muchos años escondido allí.
No quise tocarlo con la mano. Lo fui separando con un destornillador y entonces advertí que no era un revoltijo casual.
Había un orden. Los mechones estaban separados, y en cada cinta figuraba una fecha.
No las recuerdo con exactitud, pero debían de ser unas diez, repartidas a lo largo de seis años, entre 1951 y 1956.
»Aquel descubrimiento me produjo un rechazo difícil de explicar.
Durante unos segundos solo pensé en sacar la radio al patio, rociarla con gasolina y prenderle fuego junto con el pañuelo y los mechones.
Me parecía evidente que todo aquello tenía alguna relación con lo que me estaba ocurriendo, y la simple idea de volver a tocarlo me revolvía el estómago .
»Debía de seguir allí plantado, con el pañuelo abierto sobre la mesa y cara de espanto, cuando apareció mi mujer en la puerta del garaje y me preguntó qué era aquello.
No supe qué contestar al principio. Luego le enseñé el contenido, sin ocultarle esta vez mi impresión de que la radio arrastraba consigo algo turbio y de que lo más prudente sería deshacerme de todo cuanto antes.