CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO
VIII
Recostado en el sillón que había ocupado las dos noches anteriores, intenté apoyar la cabeza en el respaldo.
Lo que había empezado como una ligera molestia en el cuello, fruto de algún músculo tenso, me subía ya por las vértebras hasta la base del cráneo, anunciando las primeras punzadas de dolor de cabeza.
Mis dos compañeros me observaban en silencio, vaso en mano, sin dar la menor señal de que pensaran dejar de hacerlo si yo no empezaba a hablar.
Por muchas rarezas que tuvieran —y desde luego, en jornadas como aquella no escatimaban esfuerzos para poner a prueba mi paciencia—, no dejaban de ser dos viejos amigos que habían confiado en mí lo bastante como para contarme experiencias que, a riesgo de pasar por locos o fantasiosos, no habrían compartido con cualquiera.
Así que me acomodé en el sillón, traté de apartar mis prejuicios y, después de ordenar un poco las ideas, comencé:
«Como quizá ya sepáis, a juicio de mi mujer, los últimos meses de mi vida solo habían tenido un propósito: convertirme en mano de obra barata para la ardua tarea de redecorar la casa manchega de su familia.
Cualquier resistencia por mi parte habría sido inútil, así que opté por entregarme a la causa con la mejor disposición posible .
»Un mediodía, al volver del trabajo, la encontré de un humor excelente.
Decía haber descubierto la manera de darle al salón ese «toque retro moderno y de buen gusto que no debe faltar en ninguna residencia campestre», según el dictamen de cierto gurú de la decoración al que seguía devotamente en redes, entre fotografías en tonos pastel.
»Al ver mi expresión, giró la tableta hacia mí.
Había encontrado en internet el anuncio de una vieja radio de válvulas por cien euros.
Los vendedores advertían que no podían garantizar su funcionamiento, porque trabajaba con un voltaje ya en desuso, pero, dado que se trataba de un objeto decorativo y no de un aparato destinado a sonar, aquello no parecía inquietarla lo más mínimo.
La única ventaja que yo logré ver en la operación era un descuento de veinticinco euros si pasábamos a recogerla en persona.
El pueblo quedaba a pocos kilómetros de casa, así que, tras un breve intercambio de mensajes, cerramos el trato: iríamos a por ella el viernes por la tarde y aprovecharíamos el viaje para pasar el fin de semana en la vivienda familiar de Toledo.
»A la hora convenida aparcamos frente a la dirección indicada: era una casa manchega grande, antigua y aún sólida, de ladrillo visto, situada a la entrada del pueblo.
Tenía el porte sobrio de una familia acomodada venida un poco a menos: buena fábrica, proporciones generosas y ese desgaste sin ruina que dejan los años cuando nadie termina de abandonar una casa, pero tampoco la cuida del todo.
Bajamos del coche y, al comprobar que el timbre no funcionaba, nos pusimos a aporrear la aldaba hasta que oímos a alguien maniobrar con cerraduras y cerrojos al otro lado de la puerta.
»Nos abrió una mujer de unos setenta años. Cuando le explicamos quiénes éramos, nos saludó con amabilidad, nos hizo pasar al vestíbulo y, tras cerrar de nuevo, nos condujo por un pasillo que desembocaba en un salón amplio .
»La sala estaba llena de cajas de una empresa de mudanzas y de muebles antiguos envueltos en plástico de burbujas.
Bajo aquel desorden todavía asomaba la escala generosa de la vivienda, aunque ya con ese aire de grandeza desatendida, medio desmantelada por los años.
Tras disculparse por no poder ofrecernos ni una silla, la mujer nos explicó que el inmueble había pertenecido a un tío suyo que había muerto sin hijos.
Los sobrinos se habían repartido una parte del mobiliario y ahora querían vender lo que quedaba.
Su idea era vaciarlo en menos de quince días: ya tenían un comprador interesado y pensaban cerrar la operación enseguida.
Aquel hombre, por lo visto, pretendía conservar únicamente la fachada y echar abajo todo lo demás.
»Desde allí mismo adiviné los engranajes que empezaban a ponerse en marcha en la cabeza de mi mujer y, antes de verme saliendo de aquel sitio con un aparador, dos cabeceros y un sinfonier, apremié a la señora para que nos entregara la radio.
Alegué, no sin razón, que el tráfico de un viernes por la tarde podía complicar los escasos quince kilómetros que nos separaban de nuestro destino.
En cuanto recibimos el aparato y pagamos, arrastré a mi media naranja hacia la salida, concediendo a la amable vendedora el tiempo justo para despedirse de nosotros.
»Ya en casa coloqué la radio sobre una mesita del salón, entre dos sillones orejeros que habíamos mandado retapizar hacía poco.
No podíamos enchufarla todavía, porque nos hacía falta un adaptador de corriente, pero aun así me pareció una adquisición excelente.
Ignoraba si alcanzaría ese grado exacto de retro modernidad que se esperaba de ella, pero, a mis ojos inexpertos, encajaba perfectamente con la decoración.
»Era un aparato francés de finales de los años cuarenta, de la marca Clarville, pequeño y muy bien acabado, con una caja de madera barnizada y lustrosa.
Lo más llamativo era el abultamiento curvo que atravesaba el frontal, donde iba incrustado el dial.
Los altavoces quedaban por encima y por debajo, y las perillas de sintonía, también de madera, se integraban discretamente en los extremos de la parte inferior.
En conjunto, rompía con el diseño anguloso habitual de los receptores de la época y presentaba una línea coqueta, de formas suaves y vagamente femeninas.
»La superficie del mueble no mostraba ningún defecto evidente.
Si quisiera ponerme minucioso, podría señalar que uno de los bordes presentaba cierto desgaste y que el barniz había perdido allí algo de brillo.
Pero nada de eso afeaba el aparato ni disminuía su valor.
Satisfecho con la compra, seguí con mis cosas y dejé de pensar, por el momento, en nuestra nueva pieza decorativa.
»Aquella noche me despertó un ruido grave y sostenido que parecía venir de algún punto de la casa.
Todavía aturdido por el sueño, tardé unos segundos en identificarlo.
Pensé que sería el televisor del salón, que mi hijo habría dejado encendido y sin sintonizar, ya que era uno de esos aparatos viejos que emiten estática cuando no reciben señal.
Con bastante mal humor, me levanté para apagarlo.
»Pero en cuanto puse un pie en el pasillo, aquel zumbido cesó en seco.
Pensé que mi hijo, al oírme levantarme, habría apagado el aparato.
Desde donde estaba no tenía escapatoria, así que entré en el salón…
y me quedé perplejo al ver que no había nadie.
Lo único desacostumbrado era el rastro, muy tenue, del inconfundible olor acre de un puro.
Fui a la habitación de mi hijo y comprobé que dormía profundamente en su cama.
La baba que le resbalaba por la comisura de la boca bastaba para descartar cualquier fingimiento.
Regresé al dormitorio preguntándome si no me habría jugado una mala pasada la imaginación y, cuando el sueño volvió, el resto de la noche transcurrió sin más incidentes.
»Después de pasar el sábado lijando y barnizando un baúl viejo, aquella noche me dejé caer en la cama y me dormí al instante.
Hacia las dos de la madrugada me despertó algo.
No habría sabido decir si lo había oído de verdad o si aún seguía medio preso del sueño, pero me pareció distinguir una tos profunda, seguida de un silbido agónico.
»Mi mujer dormía a mi lado sin enterarse de nada.
Me levanté con una inquietud ya instalada en el pecho y fui hasta la habitación de mi hijo.
Él también dormía tranquilo. Mientras le subía un poco el embozo, oí un chirrido, semejante al de una bicicleta mal engrasada.
Y en cuanto cesó, el televisor empezó a crepitar con esa estática seca de los aparatos sin señal.
»Nuestra casa estaba en una urbanización de chalés, cada uno con su pequeño jardín alrededor.
Dado el relativo aislamiento de las viviendas, no podía descartar una visita indeseable.
El móvil se estaba cargando en el salón, precisamente de donde venía el sonido, y no encontré a mano nada que pudiera servirme de defensa.
»Con todo el sigilo del que fui capaz, y dispuesto a ponerme a pedir auxilio si la cosa se torcía, avancé hacia el origen de aquel crepitar.
La casa recuperó la calma cuando me quedaban apenas cuatro o cinco pasos.
Asomé con cautela la cabeza al salón y vi que todo parecía en su sitio, salvo por el persistente olor a puro que impregnaba la estancia.
»Perplejo, encendí el televisor. En la pantalla apareció un hombretón vendiendo cuchillos de cocina con una alegría fuera de lugar a aquellas horas. Apagué el aparato y recorrí la casa entera, deteniéndome en cada puerta y en cada ventana, también en las del garaje. Todo estaba cerrado.
»Regresé a la cama, pero el sueño ya se había roto del todo. Me costó volver a dormirme. Por primera vez empecé a notar en serio el malestar sordo de aquellos episodios.
»Pasaron unas semanas antes de que regresáramos. Llegamos tarde y nos fuimos derechos a la cama .
»No recuerdo sueños ni sobresaltos; por eso, cuando una mano me tocó suavemente el hombro, el despertar me golpeó con una brusquedad inexplicable.
»Abrí los ojos y durante unos segundos no entendí nada.
La habitación estaba llena de la claridad pálida del amanecer.
Estaba en el salón, sentado en uno de los sillones, con la cabeza vencida sobre el brazo derecho y una mano apoyada en la vieja radio.
No recordaba haber bajado hasta allí. Ni haberme sentado.
Ni mucho menos haberme quedado dormido en aquella postura.