CAPÍTULO VII #4
M. soltó el aire por la nariz, aún con la vista inquieta, como si aquella otra presencia siguiera pesándole en la nuca.
—Encaja bien con todo esto.
Debí de mirarlos con cara de no estar entendiendo gran cosa, porque A. añadió, sin apartar la vista del cubo:
—Antes de que la representaran con rostro, corona, leones y todo lo demás, Cibeles fue venerada bajo la forma de una piedra negra. Un betilo. Según la tradición, procedía de Pesinunte, en Frigia, y los romanos la llevaron a Roma durante la guerra contra Aníbal.
Miró un instante hacia la estatua que teníamos a la espalda y añadió, en voz muy baja:
—Si Octavio trajo esta hasta aquí… quién sabe. A lo mejor estamos delante de un fragmento de la original.
M. asintió, fascinado, y alargó la mano. Apenas rozó la superficie del cubo cuando un chasquido seco anunció el desastre.
La humedad había devorado los soportes metálicos.
La pieza se venció de lado y los tres nos abalanzamos a la vez para sujetarla, estorbándonos más que ayudándonos, cegados además por las linternas que aún llevábamos en la mano.
No conseguimos detenerla. Cayó al mosaico con un golpe sordo y se abrió en dos mitades que rodaron unos centímetros antes de detenerse.
No tuvimos tiempo ni de reaccionar.
En el mismo instante en que la piedra tocó el suelo, las linternas empezaron a parpadear.
La luz se deshizo a toda velocidad hasta dejarnos en una oscuridad completa.
Sentí una descarga seca erizándome la piel y atravesándome el cuerpo.
Al mismo tiempo, el aire se llenó de un hedor insoportable, una mezcla de agua estancada, sal y podredumbre.
Entonces sonó otro chasquido, mucho más violento que el anterior, seguido del golpe brutal de algo cayendo en el agua.
Se me vació el pecho. Durante uno o dos segundos no pensé en nada: solo quise salir de allí. En aquella negrura no acerté a hacer otra cosa que agarrarme al brazo de uno de mis compañeros.
Debieron de pasar apenas un par de segundos.
Las linternas recuperaron por fin la potencia y volvieron a iluminar con normalidad. Las alzamos hacia arriba, temiendo que la bóveda hubiese empezado a ceder, pero la estructura seguía en pie.
—¡Fuera! —grité.
Nadie respondió. Echamos a correr por el lateral del templo hacia la salida.
Al pasar, bajo el haz tembloroso de mi linterna, alcancé a ver que una grieta profunda atravesaba la imagen de Cibeles desde el hombro derecho hasta el vientre.
El antebrazo de ese lado había desaparecido, igual que buena parte del cuenco que recogía el agua del manantial.
Con la mano izquierda, la diosa parecía sostener todavía el fragmento que le quedaba, mientras el agua le goteaba sobre el regazo y se derramaba después a sus pies, de vuelta al ninfeo.
Tardamos apenas unos segundos en alcanzar el talud. Con ayuda de la cuerda trepamos por la tierra húmeda y abandonamos al fin aquel lugar. Después de sacar a M. del último apuro, subimos las escaleras de la torre, cruzamos las cuadras y regresamos a la cocina.
Fuera ya había anochecido. El aire seguía frío y húmedo, pero ninguno protestó cuando abrí de par en par una de las ventanas y la noche nos golpeó el rostro. Pensar que podíamos haber quedado sepultados bajo toneladas de piedra y tierra bastó para que aquel aire helado nos pareciera un regalo .
La aventura no había durado más de veinte o veinticinco minutos. A nosotros nos dejó exhaustos.
Durante un rato nadie dijo nada.
—Bien —dijo al fin M. , con una voz extrañamente gastada—. ¿Por qué no nos lavamos y nos ponemos a cenar?
—¿Cuándo vas a aprender a no tocar nada? —le solté, marcando cada palabra.
—¿Y quién iba a imaginar que el cubo se vendría abajo? —se defendió, más pálido que ofendido—. Además, no me dirás que todo eso lo ha provocado un simple golpe. Allí ha pasado algo más. Tú también lo has notado.
—No empieces ahora con eso —corté, de mal humor—. Aunque fuera así, nada habría pasado si hubieras dejado las manos quietas.
—¿Os dais cuenta de que Félix me advirtió de todo esto y de que solo he necesitado un fin de semana para arruinar su legado? —intervino A. , sombrío.
—Por favor —murmuré, sacudiendo una mano con impaciencia—. Ahora no.
Cerré la ventana de golpe y subí al cuarto de baño a lavarme un poco.
Mientras me quitaba de la cara el polvo y el sudor, seguía notando en la garganta aquel olor salobre y corrompido, como si lo hubiera respirado demasiado hondo.
Los dejé abajo, enfrascados de nuevo en una discusión que iba ganando tensión, saltando de rituales antiguos a religiones enterradas y de allí, inevitablemente, a Félix y a los Garcinuño.
Me pregunté, no por primera vez, cómo nuestra amistad había logrado sobrevivir tantos años.
Cuando regresé, parecían haber agotado por fin el asunto de los dioses olvidados. Unos filetes jugosos chisporroteaban al fuego, y el olor de la carne en la sartén, tan doméstico, tan inmediato, resultaba obsceno después de lo que acabábamos de dejar bajo tierra.