El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1) CAPÍTULO VII #3
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CAPÍTULO VII #3

La divinidad lucía una corona dentada y llevaba el cabello negro dispuesto en un elaborado peinado de rizos esculpidos, entrevistos apenas bajo un velo rojo que caía en ondulaciones elegantes sobre hombros y espalda.

La túnica azul, ceñida bajo los senos por una cinta negra, descendía en pliegues hasta los pies descalzos, uno de ellos levemente adelantado.

Los brazos desnudos reposaban con naturalidad sobre los apoyabrazos del sitial y se doblaban luego con graciosa firmeza para sostener, sobre el regazo inclinado hacia nosotros, un receptáculo oval.

A aquella distancia, y bajo aquella luz temblona, los colores conservaban una viveza hiriente, como si hubieran quedado a salvo del desgaste del mundo por haber dormido allí abajo.

La bóveda alzaba todavía un metro más que el pasadizo por el que habíamos entrado, y los muros que la sostenían estaban cubiertos por representaciones de paisajes boscosos y escenas de animales salvajes en su medio natural.

Por encima de aquel fingido horizonte, el resto del techo había sido pintado de azul celeste, muy deteriorado ya en las zonas altas a causa de las filtraciones.

Aun así, todo conservaba una unidad extraña, como si la humedad y el tiempo, en vez de destruirlo, se hubieran limitado a velarlo.

El templo debía de medir unos diez metros de ancho por treinta de largo.

A lo largo de los laterales corrían bancos escalonados, y el suelo estaba cubierto por un mosaico exquisito donde teselas de vivos colores componían criaturas de toda índole: animales, insectos y formas vegetales.

En el centro, el pavimento descendía para dar paso al ninfeo, de unos dos metros de anchura, que recorría longitudinalmente la nave.

Al fondo, alineado con la estatua, se adivinaba un altar de piedra labrada, aunque desde la entrada no alcanzábamos a apreciar bien sus detalles.

El aire frío parecía pesar un poco más mientras seguíamos detenidos en el umbral.

Justo encima del receptáculo oval sostenido por la divinidad se abría en el techo un hueco cuadrangular de unos cuarenta centímetros de lado.

Por él se filtraba el agua, que caía suavemente sobre el cuenco y, gracias a su leve inclinación, rebosaba luego con mansedumbre sobre una roca alargada que emergía a los pies de la estatua.

Aquel goteo constante, tan preciso y tan antiguo, daba la impresión de seguir cumpliendo una ceremonia que nadie había interrumpido por completo.

Los tres contemplábamos aquel espacio sin haber puesto todavía un pie en él.

Nos habíamos quedado mudos, entre el asombro y una vaga intimidación ante lo que teníamos delante.

Yo notaba el fresco pegado a la cara, el olor mineral en la garganta y una presión sorda en el pecho, como si al otro lado de aquellas columnas no se abriese solo una sala, sino algo mucho más viejo que nosotros y, de algún modo difícil de explicar, todavía vivo.

—La Magna Mater … —susurró A. , con un hilo de voz—. La Cibeles romana. Es a ella a quien vino a recibir Augusto.

—Claro —murmuré, sintiendo de pronto un vuelco seco en el pecho—. La procesión. No era Ceres.

Di un paso hacia delante, sin apartar la vista de aquel recinto.

—Era Cibeles.

—Eso explicaría muchas cosas —dijo M. en voz baja, sin su ligereza habitual—. Más de las que me gustan.

Su ironía, allí dentro, sonó más débil de lo normal.

Traspasó las columnas y se adentró en el templo.

—Lo raro —continuó, ya más serio— es que la Iglesia no desmontara esto o lo aprovechara para otra cosa. Después de tapar lo más pagano, quiero decir. Tiene un aire de familia con Santa Eulalia de la Bóveda.

A. tardó un instante en responder. Seguía mirando a la diosa.

—Solo se me ocurre una explicación. Que este lugar siguiera imponiendo respeto.

O miedo. Los romanos protegieron el acceso con una fortificación, como si todavía temieran algo.

Y más tarde, el cristianismo, en vez de destruir la imagen, prefirió ocultarla.

Cegar la entrada. Convertir el culto en otra cosa.

Se volvió apenas hacia nosotros.

—La diosa habría sobrevivido transformada en Virgen. Pero los Garcinuño sí sabían lo que era de verdad. Por eso quemaron la talla de madera en cuanto pudieron.

M. asintió despacio, cada vez más absorto.

—Si Félix tenía razón y los Garcinuño eran los guardianes de la vieja religión del valle, no me extraña que perdieran los nervios cada vez que les paseaban delante a la diosa que había derrotado a su ídolo, aunque el pueblo ya no supiera a quién llevaba en andas.

Luego hicieron una hoguera con la imagen… y los Lara pusieron otra en su sitio.

Me aparté de ellos con un gesto de fastidio. Se estaban dejando arrastrar otra vez. Ya ni siquiera hablaban en susurros, y empezaban a dar por cierto lo que, en el mejor de los casos, no pasaba de conjetura.

A la luz de mi linterna, eché a andar por el borde del agua.

El ninfeo tendría unos cincuenta centímetros de profundidad y estaba lleno de un agua limpísima que, allí reunida, dejaba ver mejor aquel tono rojizo del que A.

nos había hablado. Cuando llegué a la altura de las fauces del león recostado, enfoqué justo donde la corriente se derramaba sobre la roca que asomaba de la superficie.

—Mirad esto.

Abandonaron por un momento sus conjeturas y se acercaron. Entonces lo vieron.

Sobresalía del agua algo que no pertenecía a aquel templo. Se notaba enseguida. No formaba parte del edificio, ni de la estatua, ni del ninfeo. Estaba allí como una intrusión más vieja que todo lo demás.

Era una roca ovalada, de aproximadamente metro y medio de altura y unos cincuenta centímetros de diámetro, negra y pulida, con un brillo sordo bajo el hilo de agua que le corría por encima.

Toda su superficie estaba cubierta de incisiones menudas, rectas y curvas, tan apretadas entre sí que la vista resbalaba sobre ellas sin llegar nunca a fijarlas del todo.

No sabría decir qué había en aquel dibujo, solo que hacía daño mirarlo mucho rato.

El ojo intentaba ordenar las líneas y siempre fracasaba.

Por un instante parecía que iban a componerse en algo reconocible; al siguiente, volvían a deshacerse.

Creías entrever unos ojos, o una boca, y enseguida aquello se convertía en otra cosa: una masa viva, una maraña húmeda, algo ciego y revuelto que no debía estar allí.

Sentí un golpe de miedo, limpio y antiguo, impropio de un adulto, y aparté la luz un segundo sin darme cuenta. Cuando volví a enfocarla, lo hice con prevención, como si temiera que la roca hubiese cambiado mientras no la miraba.

Mis amigos reaccionaron de un modo muy parecido.

A. se había quedado inmóvil, con la mandíbula tensa.

M. , que hasta entonces no había perdido ocasión de hacer alguna observación, no dijo nada.

Ninguno de los dos se acercó más. Los tres nos quedamos a cierta distancia de la piedra, con una prudencia instintiva, como si aproximarse un paso más equivaliera a aceptar algo para lo que todavía no estábamos preparados.

—Parece que Octavio no se atrevió a destruir aquello —murmuró M. , procurando en vano recuperar un tono normal.

—O no pudo —dijo A.

Ninguno de los dos volvió a mirarlo al decirlo.

—La leyenda de la Virgen y la roca… —añadió A. al cabo, en voz más baja—. A lo mejor hablaba de esto.

Se hizo un silencio corto y denso.

—Sigamos —dijo M. —. No me apetece quedarme aquí al lado.

Yo tampoco tenía ánimo para devolver sensatez a aquella conversación, de modo que seguimos avanzando junto al ninfeo, rodeando al león durmiente.

Al llegar al extremo del vaso comprobamos que existía un rebosadero por el que escapaba el agua sobrante a través de una pequeña hendidura abierta en el suelo de mosaicos, aprovechando un ligero desnivel.

El canal desembocaba en una abertura cuadrangular bastante más grande, seguramente pensada para evitar que el templo se inundara en caso de lluvias fuertes.

De allí venía la corriente de aire que había propiciado el descubrimiento.

Enfocamos la linterna hacia el interior, no sin cierto recelo, temiendo que saliera de allí alguna alimaña, pero no logramos ver gran cosa.

La parte final del templo remataba en un estrecho altar de piedra policromada.

En el frontal habían grabado la imagen de un gran buey, con una corona de laurel colgando del cuello, junto a un oficiante vestido con túnica.

A sus pies, un mosaico mostraba a la diosa frigia hundiendo un puñal en la garganta de un toro enorme.

Pero lo más extraño no era eso.

Sobre el altar, sostenido por un soporte de bronce verdoso, descansaba un pequeño cubo de piedra oscura, de unos veinte o veinticinco centímetros de lado. Lo rodeé despacio, examinándolo con curiosidad.

—La piedra negra de Pesinunte —dijo A. en voz baja.

—Me suena, pero no caigo.