CAPÍTULO VII #2
Me llegó un olor frío de tierra removida, madera podrida y encierro. Alumbré con la linterna. La luz bajó por una pendiente de barro suelto hasta arrancar un brillo sucio de la superficie empedrada. Más abajo se adivinaba ya un corredor corto de mortero romano, rematado por una bóveda de cañón.
Me incliné un poco más. El aire que subía de allí abajo era más fresco, pero no más limpio.
Entonces vi los pequeños casetones de la bóveda, medio borrados por la mugre y los siglos, y sentí una punzada incómoda, como si aquella oscuridad no hubiese estado esperando a que la encontráramos, sino a que la abriéramos de nuevo.
—Antes he encontrado una cuerda —dijo M. , señalándola en un rincón—, y E. es el que está en mejor forma. ¿Te ves con ganas?
Miré otra vez la pendiente negra.
—Parece una insensatez —dije—. Pero sí.
Lo era. Aun así, la idea de meterme el primero por un pasadizo que quizá llevara siglos —o dos mil años— cegado bastó para barrer cualquier prudencia.
—Atad la cuerda a ese saliente. Bien sujeta. Bajo yo primero. Luego me la dejáis caer para poder salir.
Me deslicé por el hueco, sujetando la linterna entre los dientes.
Tras superar el primer tramo, más estrecho y enrevesado por la tierra que M.
había removido con la pala, resbalé con rapidez por el talud hasta el suelo.
Me encontraba en un pasadizo de unos dos metros de ancho y algo más de alto, bastante amplio para avanzar sin agobio.
A simple vista, la estructura parecía firme, y la tierra desprendida formaba tras de mí una rampa irregular pero compacta.
—¿Qué ves? —preguntó A. desde arriba.
Me obligué a respirar despacio antes de contestar. Allí abajo el aire era más frío, y olía a tierra y a piedra mojada.
—Un pasadizo revestido de mortero romano —dije, alzando un poco la voz—. Gira a la derecha. Parece sólido.
Avancé la linterna. El haz tembló apenas en mi mano. Los casetones del techo seguían allí, cargados todavía con restos de pintura roja y azul, como si los siglos hubieran pasado por encima sin atreverse a borrarlos del todo.
Se me encogió algo por dentro. No sé si fue miedo o pura excitación.
—Dejad caer la cuerda —dije—. Voy a seguir un poco más.
Oí a mi espalda el golpe seco del cabo al caer sobre la piedra, y aquel ruido, tan simple, me sobresaltó más de lo que habría querido admitir.
Tragué saliva y avancé con cautela hacia lo que me aguardaba al doblar la esquina.
Notaba la linterna demasiado viva en la mano y el aire de allí abajo, helado y húmedo, me entraba en el pecho con una aspereza desagradable.
Con cierta decepción vi que el paso terminaba poco después .
Lo cerraba una puerta de dos hojas forjadas en bronce, de las que pendían sendas argollas.
A través de dos respiraderos abiertos en la parte superior, protegidos por una tupida malla de barrotillos verdosos entrecruzados en diagonal, llegaba el sonido inconfundible del agua cayendo desde cierta altura.
Lo oí un instante sin moverme. Aquel rumor, apagado por la piedra y el metal, tenía algo extrañamente cercano, un latido continuo que parecía haber seguido allí abajo durante siglos, aguardando a que alguien volviera a escucharlo.
No hacía falta una imaginación especialmente viva para adivinar que detrás de aquellas puertas podía aguardarnos algo extraordinario.
La pequeña corriente de agua salobre que había atraído desde antiguo la atención de las gentes del lugar se filtraba en la tierra y, con toda probabilidad, iba a parar justo allí.
Sentí un tirón de excitación, infantil y vergonzoso, mezclado con un recelo bastante menos noble.
Examiné con cuidado el extremo superior de la puerta.
Entre el metal y el techo quedaba apenas un dedo de separación, de modo que no parecía sostener ningún tramo de bóveda a punto de venirse abajo.
Acerqué la mano a una de las argollas, dudé un momento y tiré con prudencia.
No cedió. Los siglos de corrosión habían hecho bien su trabajo y ambas hojas parecían soldadas entre sí.
Volví a insistir, esta vez con más fuerza.
Del marco se desprendió una nubecilla de polvo verdoso que flotó un instante en el haz de la linterna, una advertencia muda de que quizá la puerta no estuviese tan inmóvil como parecía.
—Hay una puerta cerrada —les grité—, y al otro lado se oye agua. Creo que el arroyo acaba filtrándose ahí dentro. Si uno de vosotros baja, quizá podamos forzarla.
Al poco oí, más allá del recodo, el sonido inconfundible de alguien resbalando por la rampa, seguido de una ristra de quejidos y piedras sueltas. Luego el círculo de luz empezó a bailar por el techo y las paredes. Era A.
—Vamos —le dije en cuanto llegó—. Si empujamos los dos, a lo mejor cede.
Pero A. no se acercó todavía. Miró primero la puerta y luego la bóveda, con la linterna alzada.
—¿Te das cuenta de lo peligroso que es esto? —preguntó en voz baja.
— M. está arriba. Si se viene abajo, podrá pedir ayuda. Y no tiene pinta de ir a caerse —dije, aunque noté que hablaba más deprisa de lo conveniente—. Además, ya sabes cómo construían los romanos.
A. se acercó por fin al muro y deslizó la mano por él, despacio, como quien comprueba la fiebre de un cuerpo enfermo.
—¿Y si era esto lo que buscaban los Garcinuño? —murmuró—. Quizá Félix no estuviera tan loco.
—No me fastidies. No estarás diciéndome que te crees lo de los poderes terribles escondidos en esta casa.
A. volvió la cara hacia mí. A la luz incierta de la linterna tenía un gesto raro, más tenso que incrédulo.
—Estás hablando con alguien que ha visto caminar a los muertos, E. —dijo—. Que siga intentando guiarme por la razón no significa que ciertas cosas no dejen huella. Ni que esté tan seguro como antes de dónde termina lo explicable.
—¿Quieres que te busque una echadora de cartas, A. ?
Los dos nos sobresaltamos al oír aquella voz burlona a nuestra espalda. Enfocamos hacia el recodo y vimos aparecer a M. , con el hacha al hombro.
—He pensado que quizá necesitarais la ayuda de alguien más dispuesto para ciertos trabajos. Además, ya empiezo a entenderme con Roberta —añadió, dándole unos golpecitos al mango con la mano libre—. Los de este oficio tendemos a poner nombre a las herramientas.
—¿Te das cuenta de lo que puede pasar si se derrumba el túnel estando los tres aquí metidos? —le recriminé.
—También he bajado la pala, y no penséis que, con lo que me ha costado meterme por esa ratonera, voy a irme sin saber qué hay detrás de esas puertas. Apartaos.
Así lo hicimos, y M. descargó un golpe con el mango del hacha en el punto donde se unían las dos hojas de la puerta.
El estruendo metálico reverberó por el pasadizo, aunque los batientes —y, de paso, también aquella fábrica milenaria— parecieron resistir sin inmutarse.
Repitió la operación y, esta vez, una de las hojas se desplazó apenas un milímetro.
—Ahora, todos juntos —dijo M.
A. y yo empujamos con los hombros mientras M.
volvía a golpear en la juntura. Esta vez sí logramos separarlas: entre ambas se abrió una rendija de cuatro o cinco centímetros, lo suficiente para meter alguna palanca.
Cuando conseguimos ensanchar el hueco, M.
apoyó la espalda en el batiente que habíamos desplazado y, afirmándose en el otro, terminó por dejar libre el paso.
Nos recibió una ligera corriente de aire fresco y húmedo, acompañada por el eco limpio del agua cayendo desde cierta altura.
Aquel aliento subterráneo traía consigo olor a piedra mojada, a verdín y a encierro antiguo.
Ya los tres al otro lado, enfoqué con la linterna, conteniendo la respiración.
El corredor avanzaba todavía unos pocos metros y luego, flanqueado por dos sencillas columnas toscanas, desembocaba en una amplia sala abovedada de planta rectangular.
Todos hemos visto en los museos viejas estatuas en las que la mano del artista supo arrancar a la piedra un gesto de dolor, de severidad o de reposo.
Pero, por mucho talento que revelen, la visión de su mármol desnudo nos recuerda siempre, con su frialdad, que estamos solo ante eso: piedra labrada.
Allí, en cambio, preservado por la oscuridad perpetua, la humedad constante y una temperatura apenas alterada por el paso del tiempo, había llegado hasta nosotros algo muy distinto: un fragmento intacto y colorido de un mundo abolido, una verdadera cápsula del tiempo que nos dejó sin aliento.
No parecía una ruina descubierta, sino una estancia que hubiese permanecido aguardando bajo tierra, inmóvil, ajena a los siglos.
Las dos columnas, pintadas en un vibrante bermellón, parecían marcar el tránsito entre la sobria ingeniería militar romana y el ámbito sagrado de una divinidad.
Más allá de ellas, observándonos desde su trono, la diosa se alzaba sobre un pedestal que emergía de las aguas de un ninfeo excavado en el suelo.
Su rostro, sereno e inescrutable, dominaba la estancia.
A ambos lados reposaban dos leones de piedra al borde del agua: uno volvía la cabeza hacia la diosa, atento a ella; el otro descansaba sobre las patas delanteras, dejando que la cola se hundiera descuidadamente en la corriente.
El agua corría con un murmullo tenue y obstinado que llenaba la sala sin romper su silencio.