El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1) CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

CAPÍTULO

VII

Cuando abrí los ojos, la claridad empezaba a filtrarse por las rendijas de las contraventanas cerradas.

Sufriendo el contraste brutal entre la tibieza de la cama y el frío que se había adueñado de la habitación, las abrí de par en par para dejar entrar la luz.

La lluvia había cesado, pero en su lugar una densa niebla cubría el valle.

Mi mente urbanita empezó a acusar la relativa falta de higiene de mi cuerpo, aunque la perspectiva de desnudarme en un cuarto de baño gélido para darme una ducha fría bastó para disuadirme.

Opté, pues, por vestirme con mi última muda limpia y bajar directamente al salón, que, aunque frío, todavía conservaba algo de calor de la noche anterior.

Unos veinte minutos después empecé a oír voces en el piso de arriba.

Como luego pude comprobar, M. persistía en su empecinamiento, empeñado en demostrar que la casa, pese a carecer de unas comodidades que ya en el siglo XIX se habrían considerado esenciales, seguía siendo perfectamente habitable.

Poco después escuché también la voz de A.

, probablemente despertado por los gemidos de M.

mientras se bañaba con agua helada, reprendiéndolo desde el pasillo.

Al cabo de un rato, los tres nos reunimos en la cocina para desayunar y planificar el día.

Como era de esperar, la propuesta de poner fin a nuestra estancia en la casa y pasar la noche en un cálido hotel rural tropezó con la cerrada oposición de M.

Una vez más, cedimos ante la testarudez del hombre de cabeza más dura que he conocido, y el flamante propietario acabó accediendo a que M.

convirtiera en algo apto para la chimenea parte de las viejas maderas almacenadas en el sótano de la torre.

Dado que aquella tarea nacía exclusivamente de su terquedad y no de una necesidad objetiva, decidimos dejarlo abajo con su hacha y sus puertas viejas.

Mientras tanto, A. y yo aprovecharíamos la mañana para reponer algunas provisiones y visitar después el Ojo Guareña.

Al mediodía regresaríamos para almorzar juntos en el pueblo.

No nos marchamos sin rogarle que no nos molestara a menos que hubiera perdido por su impericia tres extremidades o más, pues dábamos por hecho que sacrificaría de buen grado dos de ellas con tal de pasar otra noche frente a la chimenea.

Tras una agradable mañana recorriendo el monumento natural, le compramos un llavero en el centro de interpretación con la exclusiva intención de burlarnos un poco de él.

Suponíamos que lo encontraríamos exhausto, hambriento, frustrado y, con un poco de suerte, ileso; en cualquier caso, incapaz de haber reunido suficiente leña para alimentar la chimenea.

Imaginábamos que saltaría sobre nosotros nada más descubrir la burla escondida tras aquel llavero y que luego accedería, por fin, a alojarse en algún hotel cercano para disfrutar de una ducha caliente.

—Sí. Estupendo. Gracias —dijo, sin una sola gota de la mala leche que uno habría esperado de él.

M. estaba sudado, lleno de rasguños y con esa mala traza de quien se ha pasado horas peleándose con madera, polvo y sin una ducha a mano.

Lo encontramos en las cuadras, pero había logrado reunir un montón penoso aunque suficiente de astillas y tablas de los tamaños, colores y formas más variados que imaginarse pueda.

Sorprendidos por su apagada reacción, nos sentimos un poco culpables y lo ayudamos a trasladar el fruto de sus esfuerzos a la leñera.

Fuimos a almorzar al bar de Jacinto, que al vernos entrar se limitó a echarnos un vistazo y a comentar, mientras nos señalaba una mesa, que menuda noche de perros habíamos debido pasar allá arriba.

No pareció especialmente interesado en nuestra respuesta, o fingió no estarlo, y nos dejó en paz con una olla de guiso humeante y una hogaza de pan que, en otras circunstancias, habrían bastado para resucitar a un muerto.

Durante la comida, M. continuó igual de distante, y cuando advertimos que no se había servido por tercera vez del sustancioso guiso que Jacinto nos había traído en una cazuela de barro, nos sentimos un poco culpables por no haber pasado la mañana a su lado, cortando aquellas malditas maderas, en lugar de dedicarnos al turismo.

Tratando de animarlo, le propusimos hacer algo esa tarde, pero insistió en que volviéramos a la casa, y, contagiados por su humor taciturno, así lo hicimos.

Una vez allí, M. murmuró alguna excusa y se retiró.

Viéndonos solos, encendimos la chimenea para entibiar la sala antes de salir a dar un paseo que nos ayudara con la digestión.

La niebla no se había disipado en todo el día, y la visión de los prados y bosques, aún húmedos y bañados por una claridad pálida, acrecentaba, por simple anticipación, el placer de pensar en nuestro pronto regreso al refugio del fuego.

Dos horas después, con el sol escondiéndose tras las colinas, nos deshicimos del barro acumulado en los zapatos y buscamos sin éxito a M.

por toda la casa. Sin hallar rastro de él, resolvimos que al final habría decidido salir solo a explorar los alrededores.

A la luz de las velas comenzamos entonces a preparar la cena.

Estábamos concentrados en cortar la ensalada cuando la puerta que comunicaba la cocina con las cuadras se abrió de golpe y una figura negra y alarmante avanzó hacia nosotros con paso rápido .

El corazón nos dio un vuelco, hasta que las llamas vacilantes iluminaron al intruso y descubrimos en él a nuestro amigo.

Llevaba la ropa y las manos cubiertas de una mezcla de mugre, polvo y barro.

Como no decía nada, su aparición me produjo una impresión tan desagradable que, por un instante, lo imaginé transformado en uno de esos aparecidos tiznados y mudos con que se asusta a los niños en los cuentos de invierno.

Se quedó quieto, mirándonos en silencio, y tardó unos segundos en hablar.

—Traed luz.

Intrigados, cogimos un par de linternas y fuimos tras él cuando volvió a desaparecer por donde había venido. Lo encontramos detenido junto a la puerta de acceso a la torre, y empezamos a tranquilizarnos cuando lo oímos hablar con cierta normalidad:

—Cuando os fuisteis esta mañana y me dejasteis al cargo de la viril tarea de cortar leña, empecé, tal y como acordamos, a sacar algunas de las piezas almacenadas en el sótano para trocearlas aquí, en las cuadras.

Entraba algo de luz del exterior y tenía más sitio.

Era un trabajo complicado, porque, como sabéis, las tablas y los marcos son muy pesados y la escalera de caracol, muy estrecha.

Además, como todo estaba bastante oscuro, coloqué varias velas abajo para alumbrarme en mis idas y venidas.

Noté que A. tragaba saliva, seguramente imaginando su hermosa casa, todavía sin asegurar, presa de las llamas.

—Sin embargo, había algo que me frustraba profundamente.

Cada vez que bajaba a por otra carga, me encontraba las velas apagadas.

Por más que cerraba la puerta que da a las cuadras para evitar corrientes de aire, no conseguía mantenerlas encendidas.

Y no entendía de dónde podía venir el viento, porque aquel espacio está por debajo del nivel del suelo.

Se limpió las manos en el pantalón, sin mucho éxito, y señaló con la linterna hacia la puerta de la torre.

—Cuando ya hube amontonado en las cuadras leña suficiente para esta noche, la estancia inferior quedó más despejada y, por simple curiosidad, me puse a examinar las paredes en busca de alguna grieta o cavidad que explicase aquello.

Tardé un poco, pero al final di con ello.

Solo que no estaba en la pared, como yo esperaba. Estaba en el suelo.

El haz de una de las linternas tembló entre nosotros, y A. frunció apenas el ceño.

—Como sabéis, la base de la torre es una mezcla de tierra prensada y cantos rodados, y el aire parecía salir de un pequeño montón de piedras en una esquina.

Las aparté con el pie. Debajo apareció algo raro: el viejo cimiento romano no seguía en línea recta, como parecía a simple vista.

Asomaban tres sillares puestos en curva.

—¿Y? —pregunté.

—Y entonces, al remover un poco más de tierra, lo entendí. Eran la clave y varias dovelas de un arco que se perdía bajo el suelo. La torre no terminaba allí.

A. dio un paso hacia él.

—¿Qué has hecho exactamente?

—Subí a por una pala para apartar más tierra —respondió M. con una calma que, en sus circunstancias, empezaba a parecerme sospechosa—. Y ¿sabéis qué?

—¿Qué has hecho? ¿Tirarme abajo el torreón?

—En absoluto —dijo, y por primera vez desde que habíamos vuelto se le notó una punta de satisfacción—. He encontrado un pasadizo.

—¿Un pasadizo? —dijo A. —. ¿Has llegado a entrar?

—No. Solo alumbré con la linterna, pero bastó: aquello seguía hacia abajo. En pendiente. A mí me da que alguien cerró la entrada con madera y luego la tapó con escombros. Con los siglos, los tablones se pudrieron, parte del relleno se vino abajo y el hueco reapareció .

Yo miré a A. , tratando de calcular hasta qué punto aquella noticia lo escandalizaba o lo fascinaba.

—¿Y por qué coño no nos lo dijiste a mediodía? —le pregunté.

—Porque quería teneros la leña preparada cuando volvieseis —replicó M. —. Lo dejé a media mañana y he seguido esta tarde. Además —añadió, mirando de reojo a A. —, prefería no abrir la boca hasta estar seguro de que no iba a enseñaros una simple oquedad y hacer el ridículo.

Se volvió hacia la puerta de la torre y levantó la linterna.

—Venga. Bajad.

Lo seguimos al sótano y vimos lo que había hecho M. Los tablones y los viejos marcos de ventana que no habían acabado convertidos en leña estaban amontonados a un lado, dejando libre la esquina. Allí, bajo el arco de piedra, se abría un hueco oscuro que no invitaba a mirar demasiado.