El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1) CAPÍTULO VI #7
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CAPÍTULO VI #7

»Y así concluyen mis tres fechas toledanas.

Quiero pensar que, la noche en que el asesino abandonó el cadáver ultrajado, la pulsera se deslizó de la muñeca de la niña y quedó enterrada en algún montón de tierra que fue mezclada con el cemento empleado después en la construcción de la escuela parroquial; y que, desde entonces, permaneció oculta en los muros de la iglesia.

Podéis considerar pura casualidad que se desprendiera del mortero justo cuando yo pasaba por allí, o atribuirle algún sentido.

Eso, queridos amigos, os lo dejo a vosotros.

⁂

El último tronco que habíamos arrojado al fuego, y con él nuestra reserva de leña, comenzaba a consumirse. La temperatura descendía poco a poco, mientras las sombras ganaban terreno en la sala.

—¿Qué hiciste con la pulsera? —pregunté.

—Desde luego, no me la quedé. La puse en un sobre y se la envié a mi amigo el cura, acompañada de una breve carta en la que le explicaba cómo llegó a mis manos.

En ese momento decidimos dar por terminada la velada.

Al igual que la noche anterior, extinguimos cualquier posible fuente de incendio y nos retiramos a nuestras habitaciones.

Mis amigos mostraban signos de agotamiento, pues la noche previa no debieron de dormir demasiado, y no pasó mucho tiempo antes de que los escuchara roncar.

En el exterior, el viento y la lluvia seguían azotando furiosamente la fachada, y el molesto traqueteo de una de las contraventanas de mi habitación me obligó a abandonar el cálido refugio de las mantas para comprobar que los pasadores estuvieran bien cerrados.

Cuando estaba en ello, el viento me arrancó de las manos los batientes, y mientras forcejeaba por dominarlos una ráfaga de aire húmedo me golpeó en la cara.

Entonces lo percibí.

Aquel olor.

No era el de la tierra empapada, ni el de la madera vieja, ni el de la lluvia enfriando la piedra.

Era otro, delicado y floral, impropio de aquella noche de vendaval y de aquel rincón perdido del valle.

Lo aspiré sin pensarlo, desconcertado por su nitidez.

No venía de fuera, no tenía la aspereza de los olores del campo arrastrados por el viento; parecía haberse quedado suspendido a mi alrededor, adherido a la piel, igual que el rastro de alguien que acabara de pasar muy cerca.

Por un instante me quedé inmóvil, todavía sujetando con ambas manos la contraventana.

Sentí entonces, a la altura de la muñeca, un leve cosquilleo, apenas un roce frío que me erizó la piel y me hizo aflojar la presión.

El perfume se intensificó allí mismo, en ese punto exacto, sin violencia, con una precisión que me resultó más desconcertante que amenazadora.

Y, sin embargo, más allá del cristal y del golpear desordenado de la lluvia, persistía también otra impresión, mucho menos precisa y más inquietante: la de que algo aguardaba fuera, al otro lado de la oscuridad, atento a la casa.

No sabría decir si era una amenaza real o una de esas sugestiones que el miedo compone con sombras, agua y cansancio, pero la sentí con claridad.

Frente a ella, aquel perfume adherido a mi piel, aquella cercanía inexplicable dentro de la habitación, no me inspiraba alarma, sino una extraña sensación de amparo.

Logré al fin asegurar el cierre y me quedé unos segundos mirando la negrura del campo, consciente a la vez de ambas cosas: de la hostilidad vasta que cercaba la casa bajo el temporal y de esa presencia sin forma que parecía haber entrado conmigo en el cuarto.

Por supuesto, me dije que todo obedecía al cansancio, a la sugestión y al recuerdo todavía reciente de lo escuchado junto al fuego.

Nada había en la noche salvo agua, viento y oscuridad.

Nada podía haber dejado en mi piel aquel olor imposible, ni aquel hormigueo que persistía, tenue pero obstinado, donde había sentido el roce.

O, al menos, esa fue la explicación tranquilizadora que todavía podía permitirme.

Asegurada la contraventana, regresé a la cama, aterido.

Ya bajo las mantas advertí que el perfume seguía allí, apenas debilitado, prendido a mí con una insistencia turbadora.

Me llevé la mano a la muñeca y luego al cuello, por si encontraba alguna señal, pero no hallé nada salvo aquel cosquilleo residual, cada vez más leve y, sin embargo, innegable.

Tumbado en la oscuridad, y pese a mi natural resistencia a entregarme a tales fantasías, la imaginación me transportó dos mil años atrás, recorriendo con la mirada las azules paredes del templo megalítico que quizá ocupó aquel mismo solar.

Intenté figurarme qué clase de deidad habrían adorado los antiguos y feroces habitantes del valle.

Pero antes de que el sueño me venciera del todo, me sorprendí pensando no en una estatua ni en un altar, sino en algo inmóvil y vigilante, inclinado sobre mí con una paciencia remota.

Entonces aún no podía intuirlo. Si hubiera comprendido lo que aquel perfume anunciaba, quizá habría permanecido despierto hasta el alba, solo por retenerlo un instante más. Con el tiempo aprendería a temerlo, a buscarlo y a echarlo de menos.

Así, con aquella fragancia todavía prendida al cuerpo, terminé por dormirme.