CAPÍTULO VI #6
»Luego dio una palmada, animado por una alegría seca, y añadió:
»—Esta ciudad ya no es lo que era, te lo aseguro, A.
Los vándalos ya ni respetan los lugares sagrados.
Aquí, por ejemplo, tenemos a un maniático empeñado en ensañarse con las delicadezas que nos manda el señor arzobispo.
Cada año, por el aniversario de la muerte del pobre don Segundo, tienen que mandar un par de albañiles a reparar lo que ese salvaje destroza.
Nos detuvimos ante la placa. En su parte superior aparecía una fotografía borrosa del criminal, a quien yo conocía bien.
Debajo, en letras negras de molde, podía leerse: «AQUÍ FUE MARTIRIZADO EL BEATO SEGUNDO ALVEAR DE RÁNDEZ EL 25 DE ENERO DE 1944.
FUE BEATIFICADO POR SAN JUAN PABLO II EL 18 DE OCTUbrE DE 1995».
En ese momento, mi acompañante sacó del abrigo un trozo de ladrillo que había mantenido oculto y lo estrelló con todas sus fuerzas contra el centro de la placa, que cayó al suelo convertida en añicos.
»—¡Qué desvergüenza! El animal ha cogido una piedra de la obra de ahí al lado para destrozar los bienes de la Santa Madre Iglesia. —La dejó caer al suelo y se volvió hacia la sacristía—. Vete, vete. Seguro que tienes algo mejor que hacer en cualquier otra parte.
»Cuando lo vi desaparecer por la puerta de la sacristía, salí del templo caminando despacio.
Me detuve ante las ruinas de lo que un día fue la casa de Lucía, tratando de asimilar todo lo que había oído aquella tarde.
Al cabo, el frío me recordó que ya era hora de volver a casa, y así lo hice, embargado por una mezcla de furia e impotencia.
»Investigué un poco en las hemerotecas digitales y, siguiendo las breves noticias de los periódicos de la época, pude comprobar la veracidad de la historia que me había contado el sacerdote.
Gracias a esos registros averigüé que Lucía había sido enterrada en el cementerio de Nuestra Señora del Sagrario, a las afueras de Toledo.
Mis experiencias recientes aún me afectaban profundamente y pensé que acercarme a su tumba quizá me ayudaría a serenarme y a recuperar cierta normalidad.
»Tuve que deslizar por el mostrador un billete de cincuenta para que el encargado del registro se dignara a examinar los viejos libros en busca de una sepultura tan antigua.
Al final, me la señaló en un plano del cementerio, advirtiéndome de que en breve trasladarían sus restos a un osario común.
Cuando encontré el nicho de la niña, un humilde hueco de la fila inferior, estaba en un estado lamentable, cubierto de maleza y medio arruinado.
»Cuando me llegue la hora y no sea más que un cadáver, me importará muy poco lo que ocurra con mi cuerpo. Pero, ante aquel abandono, sentí la obligación de dignificar un poco su memoria. Compré unas flores a un vendedor ambulante y las dejé en el pequeño florero de metal sujeto a la lápida.
»Se dice que la muerte nos iguala a todos, pero eso solo es verdad a medias.
Mientras regresaba con el ramo, pasé junto a un imponente mausoleo de mármol negro, situado muy cerca de aquel rincón y cubierto de coronas frescas.
Al rodearlo, leí el nombre del ocupante y descubrí, con profundo desagrado, que estaba ante la sepultura del antiguo párroco de San Miguel.
Como ambos habían muerto en fechas cercanas, habían terminado descansando muy cerca el uno del otro.
»Fue entonces cuando tomé una decisión de la que, si he de ser sincero, me arrepiento con frecuencia.
La emoción rara vez es buena consejera, pero ver que la memoria de aquel individuo seguía siendo honrada mientras los modestos restos de su víctima estaban a punto de acabar en un osario común desató en mí una ira que me llevó en volandas hasta las oficinas del cementerio.
Inventé una historia, aseguré ser un pariente lejano de la difunta que deseaba renovar el nicho por otros cien años y encargué algunos trabajos de mantenimiento.
»Prefiero no recordar cuánto pagué por aquello, sobre todo teniendo en cuenta lo que puede costarme mantener en pie esta mansión.
Aun así, me reconforta pensar que alguno de los que acuden a rendir homenaje a la tumba de su venerado mártir conoce ya la verdad: que están elevando a los altares a un cobarde, a un violador y a un asesino de niñas.
Me gusta imaginar que llegará un día en que uno de ellos alce la vista y advierta que la presencia acusadora de la víctima sigue allí, tan cerca de su verdugo.
Y quizá, solo quizá, sienta algo parecido al miedo.
Si de verdad creen en ese Dios del que tanto hablan, al menos mi dinero habrá servido para recordarles que se acerca el día en que, señalados por el dedo de una niña, tendrán que responder por todo ello.
»Y así llegamos al tercer y último capítulo de esta crónica: viernes, 21 de febrero.
»Por fin había llegado la hora de poner término a mi destino en Toledo.
Como despedida, aquella noche invité a cenar —o, mejor dicho, a tapear, dado el impulsivo desembolso que había hecho en el cementerio— a las cuatro o cinco personas con las que había trabado mayor amistad.
Y, por si os asalta la duda, aclaro que la invitación no se hizo extensiva a ninguno de los comensales de las otras dos cenas que os he relatado, de modo que procuré organizarla con cierta discreción.
»Después de tomar algo en otro local, nos despedimos en la plaza de Zocodover entre las habituales promesas de mantener el contacto.
Como era el único que no vivía en Toledo, me tocó subir solo hacia el aparcamiento para recoger el coche.
Justo cuando estaba a punto de bajar las escaleras del garaje, cambié de idea: quise visitar por última vez el barrio y la iglesia donde había vivido experiencias tan extraordinarias.
Una niebla ligera había caído sobre las calles, pero no hacía demasiado frío y el paseo sería breve.
»Con el paso de las semanas había logrado, aunque no sin esfuerzo, asimilar lo que había experimentado, y ya no lo sentía como algo puramente aterrador, sino como un hecho que desbordaba los límites habituales de la comprensión.
Llegué a la conclusión de que, en ciudades antiguas como Toledo, con una historia milenaria a sus espaldas, el mundo de los vivos discurre en paralelo al de los muertos.
Podría decirse que la realidad se parece allí a un tejido cuyos hilos no llegan nunca a cruzarse.
Solo en determinados lugares parecen anudarse, entrelazarse por azar y formar dibujos únicos, asombrosos.
»Seguí el mismo camino que me había mostrado el cura aquella vez, un rodeo que se apartaba de la ruta más corta y obligaba a pasar primero ante la casa que había pertenecido a Lucía.
El solar ya había sido limpiado y cercado y, a través de los huecos de la valla, comprobé que habían empezado a excavar los cimientos de una nueva construcción.
Continué luego cuesta arriba hacia la iglesia, por aquellas calles del viejo Toledo, estrechas, sombrías y casi vacías a esa hora.
Todo estaba en penumbra y, cuando, con mucha cautela —pues no tenía la menor intención de entrar—, intenté empujar levemente la puerta, esta permaneció firmemente cerrada.
Por último, eché a andar hacia la calle del Cobertizo de San Miguel, dejando a mi derecha los muros del templo, para regresar al aparcamiento y volver a casa.
»Caminaba, como os decía, por aquel callejón estrecho cuando oí a mi espalda un leve tintineo metálico.
Me volví y miré al suelo, pensando que se me habría caído algo del bolsillo.
Tras buscar un momento, encontré entre las piedras un objeto pequeño y estrecho, que recogí.
No había nadie más en el callejón, así que me lo guardé en el abrigo para examinarlo mejor cuando tuviera más luz.
»Bajo los fluorescentes del aparcamiento lo saqué del bolsillo.
Era una pequeña pulsera de plata, opaca y muy sucia, cuyos eslabones remataban en una placa.
Rasqué con la uña unos diminutos restos de cemento adheridos a la superficie y descubrí, más conmovido que sorprendido, que llevaba grabado el nombre de Lucía.
En el reverso podía leerse una fecha muy gastada, pero que yo conocía de memoria, pues había tenido que copiarla varias veces al cumplimentar los documentos de su tumba en el cementerio: el día de su nacimiento.