El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1) CAPÍTULO VI #5
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CAPÍTULO VI #5

»Un ser miserable y diabólico. Uno de esos hombres capaces de quebrantar el secreto de confesión de una pobre feligresa para denunciar a las autoridades que escondía en el sobrado a su hijo cenetista.

Un tipo que se plantaba cada semana en la Prisión Provincial para atender las necesidades espirituales de quienes iban a ser fusilados al amanecer.

Su mayor placer consistía en escuchar en confesión a aquellos desgraciados y negarles luego la absolución al oído, con una sonrisa repugnante, mientras les explicaba que Dios jamás perdonaba pecados como los suyos y que él, desde el Paraíso, los vería retorcerse en las llamas del infierno por toda la eternidad.

La presencia en la prisión del Charoles —así lo llamaban los presos, por sus zapatos impecables y lustrosos, a cuyo brillo se entregaba con una fruición enfermiza— se recibía como la llegada del ángel de la muerte.

Sabían que al alba atronarían en el patio las descargas de fusilería, seguidas por los lamentos de quienes no habían tenido la suerte de morir en el acto.

»Me tomó del brazo y me invitó a seguir caminando hacia la iglesia. En ese momento, lo confieso, mi estómago empezaba a repudiar el sándwich que me había comido.

»—En aquellos años bárbaros estaban derribando el claustro medieval para levantar en su lugar la escuela parroquial.

Una mañana, muy temprano, uno de los obreros encontró allí el cadáver de Lucía, ultrajado de un modo que prefiero no detallar.

La noticia corrió como la pólvora y en pocos minutos aquello se llenó de vecinos, que empezaron a desahogar allí mismo el dolor y la rabia.

La noche anterior el barrio entero había vivido un gran revuelo cuando sus padres advirtieron la desaparición.

No tardaron en echar a correr los rumores de siempre: que si habían visto vagabundos por la zona, que si unos gitanos andaban merodeando el día anterior.

»Yo estaba allí. Vi su cuerpo maltratado, y es algo que me llevaré conmigo hasta el último suspiro.

»A los pocos minutos aparecieron varios números de la Policía Armada y dispersaron sin muchos miramientos a los vecinos.

Tres días después corrió la voz de que ya habían detenido al culpable.

Era un muchacho del barrio, de unos dieciocho años, llamado Marcelino Sanz, que trabajaba de peón en una fábrica de harinas de las afueras.

Los policías que lo sacaron de casa de sus padres tuvieron buen cuidado de pasearlo delante de todos nosotros, y tampoco hicieron gran cosa por protegerlo de la furia de la gente.

Yo mismo estaba poseído por aquella rabia que nos desbordaba a todos: agarré una piedra y se la lancé con todas mis fuerzas.

Le di en un hombro. Cuando vieron que aquello podía acabar en una lapidación pública, los policías echaron por fin mano de las armas y dispararon varias veces al aire. Eso bastó para poner fin a la algarada.

»Según he podido averiguar después, en el cuartel se emplearon a fondo con él.

Tras cerca de tres días de aplicarse con esmero sobre su persona, lo poco que dejaron entero confesó el crimen.

Y apenas un mes más tarde, en una de esas muestras de eficacia judicial tan propias del nuevo régimen —detrás de la cual no dudo que se movieron influencias poderosas—, despacharon al muchacho al penal de Ocaña, donde no tardaron en darle garrote .

»Después de abrir con llave la pesada puerta de la iglesia, que permanecía cerrada al público entre semana, como sabéis, nos dirigimos despacio hacia la sacristía. Aquello no era una visita turística, de modo que pasamos de largo junto a la pila medieval.

»—Por supuesto, entonces no relacioné una cosa con la otra, pero en los días y semanas que siguieron a la ejecución de Marcelino, don Segundo se fue convirtiendo en una sombra de lo que había sido.

Se le veía pálido, descompuesto, siempre nervioso.

Los chicos que servíamos de monaguillos, con ese instinto de pequeños carroñeros que tienen los niños, olimos enseguida su flaqueza y disfrutábamos viéndolo dar un respingo cada vez que dejábamos caer adrede un misal o cerrábamos de golpe la tapa de un arcón.

»Llegamos a la sacristía y me indicó que me sentara.

»—Un domingo, el 25 de enero, llegué temprano a la iglesia para ayudar en misa.

Venía corriendo hacia aquí con la intención de darle al cura un susto de muerte soltándole el «¡Buenos días, don Segundo!

» más atronador que permitían mis pulmones.

Pero al cruzar la puerta por la que antes hemos pasado estuve a punto de irme al suelo: estaba sembrada de canicas negras.

»Al final fue él quien estuvo a punto de matarme a mí del susto. Me lo encontré aquí mismo, colgado de un cinturón atado al gancho que ves sobre nuestras cabezas. Supongo que en otro tiempo habría sostenido alguna lámpara pesada.

»Pasado el primer golpe de miedo, me pudo la curiosidad, esa que tienen los niños ante el cadáver de un animal.

Vi entonces que el cura sujetaba un papel con unas líneas garabateadas.

Me subí a una silla y me acerqué a leerlo.

Aquel miserable confesaba haber sido tentado por el demonio y haber violado a Lucía antes de estrangularla con su rosario.

También reconocía la falsa acusación contra el chico.

Y, para rematar, pedía que no dejaran de rezar por él .

»En cuanto terminé de leerlo salí corriendo a avisar a mis padres, y ya os podéis imaginar el revuelo que se armó, porque la muerte de un cura no era asunto menor.

Recuerdo que aquella noche un teniente de la Policía Armada fue a casa y pasó largo rato hablando con ellos.

Cuando se marchó, mi padre me dejó muy claro que no debía contar jamás lo que había visto ni leído allí.

Y me lo remachó a golpes cuando se me ocurrió protestar.

»El cura prosiguió su relato. A medida que hablaba, la sacristía se me antojaba cada vez más irrespirable. Hizo una pausa y se humedeció los labios.

»—Al día siguiente, Toledo entero sabía ya que el Comandante, un temido jefe maquis, había metido en la ciudad una pequeña partida durante la noche del sábado para asesinar brutalmente al respetable don Segundo.

Durante el funeral colgaron cintas negras en muchos balcones y se celebró una ceremonia solemne y concurrida en su honor, oficiada por el arzobispo de Toledo y con presencia del gobernador civil y de otras autoridades.

»No tardaron en correr las historias. Se decía que, pese a las torturas de sus captores, el sacerdote no había querido renegar de su fe, como pretendían aquellos canallas, y que al final se había inmolado cuando intentaron profanar el Santísimo Sacramento.

Las bolitas negras con las que estuve a punto de romperme la crisma al entrar resultaron ser las cuentas de su rosario, es decir, el arma homicida.

Muchas fueron engarzadas en plata y acabaron en manos de familias principales de Toledo, convertidas en reliquias de un sacerdote martirizado y muerto en olor de santidad.

»Me indicó que saliéramos de la sacristía y regresamos a la nave del templo.

»—Y todo habría podido quedarse ahí, reducido a una atrocidad más de la posguerra, si don Segundo no hubiera sido compañero de seminario y miembro de la Pía Unión, una organización fundada por un santo español que seguramente conoces, porque estudiaste en uno de sus colegios.

Los devotos de aquel hombre, que por entonces aún era beato, andaban empeñados en rescatar del olvido a cuantos religiosos muertos en la Guerra Civil pudieran acabar siendo declarados mártires por el papa Wojtyła.

Lo que la mayoría no sabía era que, entre los legítimos, se les había colado este cerdo.

»Para entonces yo ya era párroco de San Lucas, y cuando me enteré de la maniobra monté en cólera. Hice bastante ruido en el arzobispado, armé un buen escándalo en Madrid e incluso viajé a Roma por mi cuenta, dejándome en ello todos mis ahorros.

»A cambio solo recibí una seria amonestación y la amenaza de un retiro forzoso si seguía por ese camino. Como tenía la obligación de cuidar de los vivos, y las afrentas antiguas ya no alcanzan a los muertos, regresé a mi parroquia para rumiar en silencio la derrota.

»Entonces cambió el tono. Se volvió de pronto jovial mientras nos acercábamos a una placa blanca adosada a uno de los muros. Debía de ser la misma que los obreros estaban colocando el domingo anterior.

»—¿Sabes qué pienso? Que no me extrañaría nada que un día saliera a la luz la historia de alguna beata a la que se le curó un uñero por tocar una de esas cuentas del rosario, de las que me consta que todavía andan circulando.

O que alguien asegure haber visto a nuestro querido beato en el sitio más peregrino, quizá hasta en la que fue su propia iglesia.

Y si a alguno le diese por promover su canonización, ya tendría por dónde empezar.

¿Tú qué dices? ¿Compartes mi punto de vista, A.

? —Me miró con fijeza, como si quisiera hurgarme dentro de la cabeza.

»En ese momento ya no me quedó más remedio que contarle con detalle lo que había experimentado en San Miguel. Mientras hablaba, me escuchó con los brazos cruzados y la cabeza un poco vencida hacia delante.

»Cuando terminé, alzó la cara. Tenía los ojos enrojecidos .

»—Sin meter la fe por medio, que sospecho que no te arreglaría gran cosa, no sé explicarte lo que viste. Pero en algo sí podemos coincidir.

»Se frotó despacio la boca antes de seguir.

»—Ese miserable acabó recibiendo el castigo que merecía. Y estoy convencido de que has visto cómo lo arrastran de vuelta a este lugar, una y otra vez, para que reviva el horror que terminó empujándolo al suicidio.

»Alzó apenas los hombros.

»—No soy hombre de grandes consuelos, pero te diré esto: me has dejado más tranquilo. Dan ganas de que lo santifiquen, solo por ver cómo el dinero de quienes taparon aquello sirve ahora para sostener la condena de ese canalla.