CAPÍTULO VI #4
»—Bodas, bautizos y comuniones, en el despacho parroquial de San Lucas, de diez a una y de seis a ocho —recitó de carrerilla, todavía medio cubierto por la vestimenta litúrgica.
»—Buenos días. No venía por eso. Estoy intentando localizar al otro sacerdote de esta iglesia —expliqué.
»—Pues va listo. Aquí no hay más cura que yo, y ni siquiera esta es mi parroquia.
Vengo, digo misa y salgo pitando a otras dos, así que, si no le importa, no me haga perder la mañana —respondió al fin.
Me lanzó una mirada rápida, sin interés, mientras se alisaba el pelo blanco, revuelto por la casulla.
»—Verá, me refiero al sacerdote que estaba aquí el viernes por la noche. Entré por casualidad, al ver luz dentro, y él estaba junto al altar, rezando. Creo que lo sobresalté, y me gustaría disculparme con él.
»—¿Usted no es de Toledo, verdad? —preguntó, pasando de pronto a ese plural ofensivo que algunos reservan para los forasteros—. Se os mezclan las iglesias, las leyendas y las tonterías. Ya le he dicho que tengo yo la llave y que esto solo se abre una vez por semana.
»—No soy de Toledo, pero trabajo aquí y conozco bastante bien la ciudad y su historia —repuse, empezando a cansarme de su suficiencia—.
El viernes por la noche vi en esta misma iglesia a un sacerdote con sotana negra, pelo moreno tonsurado, un rosario negro en las manos y gafas redondas con montura de oro, rezando justo enfrente de ese altar.
—Señalé hacia la puerta—. Y me gustaría hablar con él para ofrecerle mis disculpas.
»Entonces su expresión cambió. No fue exactamente sorpresa, sino una especie de rabia instantánea, como si acabaran de meterle un hierro al rojo bajo la sotana.
»—Mire, escúcheme bien —dijo, avanzando un paso—.
Aquí no hay más cura que yo, y no tengo tiempo ni paciencia para majaderos.
Y si viene usted con la misma matraca que los otros, ya puede largarse por donde ha entrado.
A mí no me enredan con milagrerías de sacristía ni con beaterías de manicomio. Así que fuera. Y rápido.
»Aunque allí no me conocía nadie y me importaba poco lo que aquel energúmeno pensara de mí, decidí no dejar pasar su grosería.
»—No sé quién se cree usted que es ni por qué me habla de ese modo, cuando yo le he tratado con corrección.
Tampoco sé qué «otros» ni qué historias le rondan por la cabeza.
El viernes por la noche vi a un cura vestido con sotana en esta misma iglesia.
Lo oí rezar, lo oí llorar y oí los pasos de sus puñeteros zapatos brillantes.
Solo quiero encontrarlo para disculparme, porque estoy convencido de que lo asusté.
»Mi respuesta pareció serenarlo, o quizá solo le hizo ver que no iba a sacar mucho más de mí. Tras unos segundos, agitó una mano con gesto de apartar una mosca.
»—Venga, hombre, venga. Yo no tengo nada que decirle. En diez minutos tengo misa en San Lucas.
»Se giró, tomó el abrigo del perchero, se lo puso y se quedó inmóvil, esperando a que yo saliera. Comprendí que mis indagaciones terminaban allí y me marché sin despedirme.
»En el templo ya no quedaba nadie, salvo dos albañiles que daban yeso a un pequeño tramo de pared.
»El miércoles siguiente, hacia las tres de la tarde, bajaba las escaleras del juzgado camino de la salida.
Tenía hambre y aún me aguardaba un largo viaje hasta casa.
A esa hora, el vestíbulo estaba bastante concurrido, pues coincidía con el final de la jornada de la mayoría de los funcionarios.
Entre quienes se apresuraban hacia la puerta distinguí a alguien inmóvil, más allá del control de seguridad.
Era el cura maleducado. No me pareció probable que yo fuese el motivo de su visita a los tribunales, pero tenía muy presente que una cosa es protagonizar un altercado en cualquier parte y otra muy distinta hacerlo en un lugar donde todo el mundo te conoce.
Más me valía encontrar la forma de esquivarlo.
»Maldije mi suerte y regresé al despacho. Pasé un cuarto de hora masticando un sándwich reseco de la máquina del pasillo y volví luego hacia la entrada, confiando en que ya se habría reunido con quienquiera que hubiese ido a ver y yo podría marcharme sin tropiezo.
»No tuve esa fortuna. El maldito seguía allí, clavado en el mismo sitio, y esta vez en el vestíbulo no quedábamos más que el vigilante del control y yo, de modo que no tenía dónde esconderme.
Resignado, seguí avanzando, procurando trazar una ruta que me apartara de él, pero fue inútil: se me echó encima para cortarme el paso.
»—Sales tarde, A. Llevo una hora esperando para enseñarte San Miguel el Alto en visita privada —me dijo con toda naturalidad, como si hubiéramos quedado y fuese yo quien llegaba con retraso.
»Aquello me alarmó mucho, pero no pensaba preguntarle delante del vigilante cómo demonios había conseguido localizarme. Lo rodeé sin responder y bajé las escaleras exteriores hasta la acera.
»—Y lo que más me ha gustado es ver que, aunque pudiste hacer amigos poderosos, no llegaste a poner las manos en la Obra —añadió, con intención manifiesta—.
Me equivoqué contigo de medio a medio. Lo siento, hijo.
Perdona a este cura cascarrabias y deja que te enseñe la iglesia.
Guarda historias viejas de las que a ti podrían interesarte .
»Había entendido perfectamente la alusión a un episodio fugaz y remoto de mi pasado, cuando estudié el bachillerato en el colegio de la organización religiosa que ya conocéis, y aquello terminó de ponerme en guardia.
También era cierto, por otra parte, que parecía dispuesto a darme algunas respuestas que yo necesitaba oír.
»Naturalmente, no me engañaba su actitud.
El cura era un viejo jabalí de colmillos retorcidos y me había buscado no por humildad ni contrición, sino porque también quería sonsacarme algo.
No quise darle el gusto de preguntarle cómo había averiguado aquello sobre mi vida, aunque sospechaba que aquel domingo había conseguido la matrícula de mi coche de alguna manera —seguramente con ayuda de aquellos mocosos de San Miguel— y que, gracias a los largos brazos de la Santa Madre Iglesia, había seguido tirando del hilo.
»En cualquier caso, me interesaba oír lo que tuviera que contarme, así que le seguí el juego.
»—He de decirle que me ofendió su reacción, del todo injustificada, pero cualquiera puede dejarse arrastrar por la ira en un mal momento. Dispongo de una hora. ¿Ha traído coche?
»—Esos lujos no están al alcance de un cura viejo, pero veo el tuyo ahí mismo.
»Encajé el golpe bajo de aquel Sherlock de sacristía y subimos al Tiburón.
»Tardamos cinco minutos en llegar al aparcamiento del Alcázar, y durante ese tiempo creo que no dejó sin pulsar un solo botón del salpicadero, ni de asombrarse por lo lejos que había llegado la industria del automóvil desde que él se sacó el carné con un dos caballos.
»Cuando echamos a andar hacia la iglesia, advertí que el viejo no se desviaba por el Cobertizo de San Miguel, que habría sido la ruta más directa, sino que seguía bajando por la cuesta de San Justo para abordar después la calle de San Miguel, ya pasada la iglesia.
A unos cincuenta metros de la puerta del templo se detuvo en mitad de la calle, junto a una casa semiderruida que quedaba a nuestra izquierda.
»Por motivos de seguridad habían retirado buena parte de los escombros del solar, pero aún podían verse restos de quienes habían vivido allí: jirones de papel pintado adheridos a la pared, fragmentos de vajilla con flores rojas y azules, un espejo roto, algún mueble triturado por la maquinaria de demolición.
Pensándolo bien, aquello era una pequeña lección sobre la futilidad de las ambiciones humanas y lo efímera que resulta la huella que dejamos al marcharnos.
Bastaría media hora de trabajo para que el solar quedase limpio de todo cuanto aquellas personas habían creído importante en sus vidas.
»—Mira —interrumpió mis pensamientos—. Cuando el frío, el hambre, la miseria y el miedo son tan corrientes que uno los acepta como parte del paisaje, da que pensar lo poco que basta para que la gente olvide durante un rato sus desgracias y siga tirando.
Se llamaba Lucía. Un angelillo rubio que vivía en aquella España de luto perpetuo.
Era hija de un celador del Ayuntamiento y de una mujer que se ocupaba de lo que debía ocuparse entonces una mujer decente: sus rosarios, sus pucheros —cuando los había— y sus zurcidos.
Y vivía justo aquí. —Señaló la casa derruida—.
Cuando levanten en su lugar alguna vivienda absurdamente cara, será como si nunca hubiese existido, porque no quedará nadie que la recuerde.
Tenía doce años, y en ella empezaban ya a insinuarse las formas de una mujer.
Todo el mundo la quería, y pertenecía, supongo, a esa clase rara de personas cuya sola compañía te mejora el ánimo.
Yo tenía entonces diez años, y a esa edad dos años son una barrera generacional insalvable, pero siempre que podía la rondaba como un perrillo en busca de una caricia, aunque no puedo decir que cosechara grandes éxitos.
Quizá por eso acabé de cura —añadió, riéndose entre dientes .
»Noté que, poco a poco, aquel hombre iba logrando que bajase la guardia y relajase mi actitud hacia él.
»—Yo por entonces ayudaba en la iglesia como monaguillo.
No por fe, ni porque Dios me llamase por ese camino, sino por los tragos de vino embocado, los recortes de las hostias sin consagrar y algún dulce que lograba sisarle a don Segundo, el cura de San Miguel el Alto.
Para mí era entonces como cualquier otro cura de la época: severo, engolado y henchido de esa superioridad moral tan propia de quienes se creen por encima de su rebaño.
»Más tarde, cuando tuve edad para entender ciertas cosas, supe quién era realmente don Segundo.