CAPÍTULO VI #3
»El sonido de unos pasos me hizo alzar la vista.
El sacerdote se había puesto en pie y, con la cabeza inclinada, continuaba sus rezos en un susurro mientras caminaba con premura de un lado a otro junto al presbiterio.
Como yo permanecía en la penumbra y él no parecía haber advertido mi presencia, aproveché para observarlo mejor.
Era un hombre de rostro afeitado, más bien bajo, cuyo cabello corto y moreno empezaba ya a encanecer.
Mostraba una llamativa tonsura, y su tez pálida contrastaba con la negrura de una sotana abotonada hasta el cuello.
Llevaba unas pequeñas lentes redondas, con fina montura de oro, y la única piel expuesta, aparte de la cara, era la de las manos, que mantenía entrelazadas alrededor de un largo rosario de cuentas de azabache.
Me llamó la atención el brillo de sus zapatos, limpios de un modo casi ofensivo.
»Consciente de que asistía como testigo inoportuno a algo bastante íntimo, salí del templo con la misma discreción con la que había entrado, cuidando de no hacer ruido al cerrar la puerta tras de mí.
Cuando ya estaba en la calle, oí un sonido que no supe si atribuir a una bisagra mal engrasada o a un sollozo procedente de dentro.
En cualquier caso, el aparcamiento quedaba muy cerca, de modo que, después de recoger el coche, conduje de vuelta a casa sin novedad .
»En mi supuesto cuaderno de dibujo encontraríamos anotada una segunda fecha: viernes, 25 de enero del año siguiente.
Mi estimado colega me había cursado una nueva invitación para cenar aquella noche, en el mismo restaurante que la vez anterior.
Allí estaba yo, escuchando distraídamente sus relatos de escopetazos, monterías y provincianas bacanales.
Confieso que apenas prestaba atención a la conversación, pues mi mente divagaba entre las distintas posibilidades que se me ofrecían a la hora de solicitar traslado a un destino menos alejado de mi casa.
Todos teníamos una copa en la mano y los platos del postre ya habían sido retirados cuando mi alegre anfitrión propuso ir a tomar la última a un establecimiento de nombre exótico, cuya verdadera naturaleza adiviné sin dificultad.
Si no quería acabar arrastrado hasta algún burdel de carretera, haciendo de comparsa sobria entre aquellos sátiros de provincias, más me valía reaccionar sin demora.
»Lo cierto es que no se esforzaron en disimular que mi deserción, a esas alturas, les desagradaba.
Pero, como os decía, mi traslado estaba próximo, y acepté aquel pequeño desaire como la forma menos incómoda de poner fin a la velada.
Después de intercambiar unas despedidas bastante apáticas, salí de nuevo a las calles de Toledo, igual que un año antes.
La noche era húmeda, el suelo conservaba todavía el rastro de la lluvia caída en las últimas horas y, sin obligación alguna al día siguiente, dejé que mis pasos me llevaran sin rumbo fijo, con bastante en lo que pensar.
»No sabría trazar con precisión el itinerario que seguí, absorto como iba en mis pensamientos, pero recuerdo con claridad que terminé de nuevo en la calle de San Miguel, ante el mismo pasadizo del que ya os he hablado.
Al advertir una luz en el ventanuco, recordé lo ocurrido un año atrás y me detuve junto a la puerta, intrigado.
La empujé suavemente y apenas ofreció resistencia.
Sin soltar la hoja, la abrí lo justo para deslizarme al interior y di unos pocos pasos sobre las losas de la nave antes de alzar la vista.
»Allí, iluminado por un puñado de velas repartidas entre el presbiterio y los altares laterales, solo estaba el sacerdote de la vez anterior.
Ni su aspecto ni su vestimenta habían cambiado, pero sí su actitud.
Permanecía de pie, vuelto hacia el altar, en el espacio que quedaba entre la primera fila de bancos y el presbiterio.
Y sollozaba desesperadamente. Los brazos le colgaban inertes a ambos lados del cuerpo, y el largo rosario de gruesas cuentas negras que yo ya recordaba pendía de sus dedos.
De pronto advirtió que alguien lo observaba y se volvió bruscamente hacia la salida, donde yo me encontraba.
Recuerdo que, por la violencia del movimiento, las faldas de la sotana se le alzaron hasta las rodillas, y el rosario escapó de sus manos para ir a estrellarse contra la pared con un ruido que, en la quietud del templo, me pareció ensordecedor.
Las cuentas se desparramaron por el suelo con un repiqueteo multiplicado por el eco.
»Aquello me tomó completamente por sorpresa y la adrenalina me disparó el corazón, pues por un instante temí que el hombre fuera a atacarme.
Sin embargo, lo que sucedió a continuación fue todavía más extraño.
Su rostro, bañado en lágrimas, aparecía desfigurado por el terror.
Tenía la boca abierta, como si quisiera gritar, pero parecía incapaz de emitir sonido alguno.
Yo seguía sujetando la puerta, así que retrocedí para apartarme de aquel desequilibrado.
Pero las suelas mojadas de mis zapatos resbalaron sobre la piedra y fui a caer patéticamente al suelo, con medio cuerpo dentro de la iglesia y las piernas atrapadas por la pesada hoja, que se cerró empujada por su resorte.
»No era el único que tenía dificultades.
El sacerdote también había acabado en el suelo, presa del pánico, emitiendo gemidos roncos e ininteligibles mientras intentaba recobrarse.
Lejos de atacarme, huyó hacia una puerta lateral, pero, al tropezar con el dobladillo de la sotana, fue a dar cuan largo era contra el pavimento.
Al fin, ayudándose de las manos, consiguió recuperar el equilibrio y desapareció por allí.
»Os aseguro que en aquel momento temí por mi vida, convencido de que ese individuo había ido en busca de algún arma. Con esa fuerza desesperada que a veces aparece cuando uno se ve perdido, pataleé hasta liberar las piernas y, apoyándome en la pared, conseguí ponerme en pie.
»Fue entonces cuando advertí que no estábamos solos.
A mi izquierda había un hombre de pie, de perfil.
No había reparado en él porque la hoja de la puerta me lo ocultaba.
Era muy joven, dieciséis o diecisiete años, de piel oscura y cabello moreno peinado hacia atrás.
Vestía de una forma extrañamente anacrónica, como escapado de una fotografía de la posguerra más miserable: un tosco pantalón negro, remendado y lleno de parches, una camisa blanca sin cuello y unas alpargatas atadas a los tobillos.
Parecía haber recibido una paliza brutal.
Tenía el rostro hinchado, tumefacto, cubierto de moratones.
Impresionaba verlo así, pero lo peor estaba en la mano izquierda: le habían arrancado todas las uñas y las heridas mostraban un claro principio de infección.
Sin embargo, lo que acabó de helarme la sangre, lo que me hizo forcejear a ciegas con aquella maldita puerta para salir de allí, fue la postura de la cabeza.
Le colgaba hacia delante de un modo forzado, imposible, dejando a la vista la marca oscura que le ceñía el cuello.
»El pánico me volvió irracional. Las llamas de las velas parecieron quedarse sin aire a un tiempo y empezaron a consumirse con una rapidez alarmante, hundiendo el templo en la oscuridad.
No recuerdo bien cómo di con el asidero de la puerta, pero conseguí abrirla y salir a la calle.
Cuando empecé a recobrar el gobierno de mis actos, advertí que iba corriendo y resbalando cuesta arriba por las calles mojadas de Toledo .
»Por fortuna, ni la cartera ni las llaves se me perdieron en el trance y, bajo la mirada inquisitiva del vigilante del aparcamiento —que probablemente se preguntaba de qué clase de celebración salía aquel individuo sudoroso, descompuesto y embarrado—, logré recuperar el coche y alejarme lo bastante de la ciudad para empezar a serenarme.
»Al día siguiente, sábado, inventé algunas excusas y evité cualquier trato social.
No conseguía apartar de la cabeza lo vivido la noche anterior.
A media tarde reuní por fin el valor que me faltaba y tomé una decisión.
Resolví que la única forma de afrontar aquello era mirarlo de frente y con un mínimo de sentido común: el domingo por la mañana iría a hablar con el sacerdote.
»A las diez y media estaba ya ante la puerta de la iglesia.
La misa había comenzado y entré junto a un rezagado para sentarme en el último banco.
A la luz del día, el templo ya no parecía la boca del infierno que mi imaginación recordaba, sino una iglesia apacible en la que un puñado de fieles cumplía con sus rezos y rutinas.
»El sacerdote que oficiaba la misa, asistido por un par de monaguillos que no paraban de bostezar, no era el mismo que yo había visto dos noches antes; de eso no me cabía duda.
Este era un hombre bajo y recio, de pelo canoso y rostro curtido, con una energía mal contenida en los gestos, como si hasta oficiando misa le costara no parecer de mal humor.
Tenía algo de alimaña de sacristía: ojos vivos, mandíbula terca, un nervio hosco en la forma de volverse, de alzar la mano, de recolocarse la estola.
Acabada la misa y recogidos los objetos litúrgicos, se dirigió con los monaguillos hacia la puerta lateral por la que, dos noches antes, había desaparecido aquel otro cura.
»Yo no había madrugado un domingo y viajado hasta Toledo para marcharme sin intentar arrancar alguna explicación.
Avancé hacia el altar, esquivando a los últimos fieles, y entré por la puerta que daba a una antesala, donde los monaguillos ya se quitaban las vestiduras a toda prisa mientras se ponían los abrigos.
Por otra puerta, que comunicaba con la sacristía, vi al cura sacándose apresuradamente la casulla.
Debajo llevaba pantalón de pana y un jersey rojo de lana.
Anuncié mi presencia con un par de golpes de nudillo.