CAPÍTULO VI #2
—Y el conflicto no terminó ahí. La procesión al arroyo salado debía de ser ya una costumbre antigua y muy arraigada, y a los nuevos señores no se les ocurrió nada mejor que intentar impedirla por la fuerza en varias ocasiones.
A petición de fray Domingo, intervino el obispo de Burgos, y la amenaza de excomunión bastó para contenerlos.
La última carta conservada del abad es de noviembre de 1125, y la donación de la nueva talla data de 1131.
Si uno cruza ambas fechas, cuesta no sospechar que el incendio que destruyó la imagen anterior se produjo poco después de aquella amenaza.
En otras palabras: todo invita a pensar que los Garcinuño prendieron fuego a la antigua Virgen para acabar con una tradición que nunca soportaron y que ya no podían prohibir abiertamente.
A. levantó la vista hacia nosotros.
—Y no acaba ahí. Félix encontró indicios de que la Inquisición de Valladolid llegó a abrir proceso contra la familia al menos en tres ocasiones, siempre por su mala relación con el ritual mariano.
Ninguno de aquellos asuntos pasó de la fase de investigación, así que alguna influencia debían de seguir conservando .
Sacó entonces de la carpeta un grabado a plumilla y nos lo tendió.
—Esto es un dibujo de la casa que hizo un viajero francés en el siglo XIX. Félix marcó con flechas los relieves que había a ambos lados de la puerta, hoy reducidos a dos bultos irreconocibles. Entonces todavía se veía bien lo que representaban.
Cogí el grabado y lo acerqué al fuego. Lo que al principio parecían dos caballeros o soldados resultó ser la representación estilizada de dos criaturas fantásticas, a medio camino entre lo humano y alguna forma de vida marina.
—El resto de los papeles ya los conocéis: el fragmento del Becerro de las Behetrías y el expediente del oidor.
—Desde luego, reunió un material de lo más sugestivo —admitió M. —. Y, viendo todo junto, tampoco me parece tan descabellado que acabara tomándose muy en serio aquellas pesquisas.
Negué con la cabeza.
—No cuesta mucho reconstruir el camino que siguió Félix, pero, sinceramente, me sorprende que alguien con formación científica se dejara arrastrar tanto.
Dio por hecho que en el valle actuaba una fuerza maligna y que los Garcinuño descendían de una rama familiar superviviente de la conquista romana.
La procesión puede ser antiquísima, sí, incluso tener raíces anteriores al cristianismo, pero tradiciones así las hay a cientos.
Y, además, si a cualquiera —más aún a un noble— le pisan los campos año tras año, tampoco es raro que intente acabar con eso por las malas.
M. dejó la ceniza del puro en el cenicero antes de contestar:
—Bueno, por una vez estoy bastante de acuerdo con nuestro escéptico de cabecera.
Puede que el misterio de este sitio no fuera tan espiritual como pensaba Félix.
A lo mejor los Garcinuño sabían algo de algún tesoro antiguo ligado a esos ritos y se lanzaron a excavar medio valle para encontrarlo, aunque se murieran de hambre unos cuantos campesinos, que tampoco debían de importarles mucho.
Pero sí, admito que tu explicación racional es la más plausible.
Luego se volvió hacia mí con una sonrisa ladeada.
—Lo cual no significa que haya renunciado a escuchar tu relato paranormal.
—No sé qué decirte. No recuerdo ninguna experiencia de ese tipo. Seguiré pensándolo —mentí—. Lo siento.
—Demasiadas excusas en muy pocas palabras, E. —replicó M. , alzando un dedo acusador—. Algo te guardas para no darnos el gusto.
A. , después de devolver los papeles al cajón del escritorio, volvió al sofá y se quedó un momento mirando el puro que sostenía entre los dedos.
—Por fortuna, no todos aquí somos igual de reservados. Y, por algo que ahora entenderéis, la visita a la iglesia me ha recordado que os debo mi propia historia. Me pasó en Toledo.
Se aclaró la garganta.
—En una carpeta de dibujo que todavía conservo, llena de apuntes rápidos de mis excursiones más o menos artísticas por Toledo…
—…tienes escritas tres fechas —lo interrumpió M. entre risas—. No intentes darnos gato por liebre.
—Era solo un pequeño homenaje a los clásicos, hombre. Pero sí, tienes razón: será mejor que empiece por el principio, aunque lo que pasó tenga algo de leyenda de Bécquer.
—Ah, ya veo. Como él, cogiste la sífilis en algún burdel —aventuré.
—No de forma tan literal —corrigió—. Y, además, tampoco ayudaría mucho a crear el ambiente adecuado. Escuchad:
»Ya sabéis que durante un par de años estuve yendo varios días por semana a mi puesto en los juzgados de Toledo.
Uno de mis compañeros, que no andaba lejos de la jubilación, solía celebrar cierto aniversario invitando a sus conocidos del ámbito judicial y universitario a un restaurante discreto, aunque excelente, abierto en la judería.
Yo era un recién llegado, pero, por cortesía, no le quedó más remedio que hacerme extensiva la invitación, y a mí, por la misma razón, aceptarla.
Y esta es la primera fecha que debería figurar, de existir, en mi carpeta de dibujo: miércoles, 25 de enero, de hace algunos años.
»Los comensales, viejas glorias de ciudad de provincias, acompañaban aquel surtido de platos clásicos, pero bien ejecutados, con relatos épicos de cacerías de perdices y conejos, y también de otras cacerías cuyos pormenores no habrían hecho demasiada gracia a sus dignísimas esposas.
La conversación, a medida que se acercaban los postres y los licores, recalaba cada vez menos en la fauna de pelo y pluma y más en el otro gran asunto de interés de tan distinguida concurrencia.
»Sabía que, tarde o temprano, alguno de aquellos pilares de la sociedad toledana propondría organizar una alegre expedición a algún local de las afueras donde ciertas damas expertas supieran aplacar sus viriles ardores.
Perro viejo en esas lides, comprendía que, si alguien lanzaba la propuesta y yo me excusaba entonces, mi negativa se interpretaría como un reproche moral dirigido a todos ellos, lo cual acabaría complicándome innecesariamente la apacible vida profesional.
Así pues, antes de los postres me disculpé alegando la distancia hasta mi domicilio y, con indisimulado alivio por ambas partes, tomé el abrigo y salí a enfrentar la noche helada, ya muy cercana la medianoche.
»Pasear por el empedrado toledano me produce siempre un secreto placer que difícilmente entenderá quien no haya leído al amigo Bécquer.
Aquella noche, a la tranquila belleza de una ciudad desierta se sumaba una ligera bruma que parecía haber borrado de su rostro las heridas de la modernidad.
Había dejado el coche en el aparcamiento del Alcázar y, sabiendo que al día siguiente no tenía que regresar a Toledo, no veía razón para no prolongar aquel plácido extravío alargando un poco la caminata .
»Mis pasos me llevaron hasta la fachada del palacio arzobispal.
Pero, en lugar de seguir recto hacia Zocodover y subir luego por la cuesta de Carlos V hasta donde había dejado el coche, opté por tomar la calle del Pozo Amargo.
Así fui deambulando por callejones estrechos que me condujeron hacia el barrio de San Miguel.
Cuando llegué a la calle de ese nombre, el frío ya había logrado atravesar el abrigo, circunstancia que me recordó que empezaba a no tener edad para según qué excentricidades.
Por eso decidí poner fin al rodeo y regresar.
Para ello, debía cruzar el pasadizo tras el cual se encuentra la puerta de la iglesia de San Miguel.
»Se trata de una iglesia de ladrillo cuya remodelación en el siglo XVII borró por completo su pasado medieval y su supuesta relación con la Orden del Temple, que, según dicen, tuvo allí un oratorio.
Aun así, el templo conserva una intrigante pila bautismal de piedra negra que lo vincularía con esa tradición templaria.
Por desgracia, la iglesia permanece cerrada la mayor parte del tiempo y solo abre unas pocas horas los domingos por la mañana.
Nunca había tenido, por tanto, ocasión de visitarla.
»Mientras cruzaba el pasadizo, noté un tenue resplandor que se filtraba por los vidrios opacos de un ventanuco.
Me detuve ante la puerta y, sin demasiadas expectativas, empujé una de las hojas.
Cedió unos centímetros. Por la rendija confirmé que la nave estaba débilmente iluminada.
Deduje que tal vez celebrasen algún tipo de vigilia, así que abrí un poco más para ganar el espacio suficiente y asomar la cabeza.
Muy poseído podría sentirme aquella noche del espíritu de Bécquer, pero no ignoraba los riesgos de interrumpir en plena faena a un posible ladrón de obras de arte.
»Afortunadamente, no era el caso. No había luz eléctrica, pero, gracias a cuatro o cinco cirios encendidos en el presbiterio y a las velas que los fieles habían dejado ante varias imágenes, pude ver que el templo estaba ocupado únicamente por un sacerdote arrodillado ante el altar.
No quería interrumpir sus plegarias, pero tampoco estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad que la fortuna me brindaba.
Deslicé el cuerpo por la abertura y sujeté la hoja con la mano, procurando que hiciera el menor ruido posible.
»En contraste, dentro se estaba agradablemente caliente.
Descubrí la pila bautismal justo detrás de un recodo de la nave, cerca de la entrada.
Las velas encendidas a los pies de una imagen de santa Lucía me permitieron examinar con detalle su peculiar forma de cáliz lobulado y la inscripción latina que recorría el borde.