CAPÍTULO VI
CAPÍTULO
VI
Noté que A. había estado durante la cena más silencioso de lo habitual.
Una vez fregados los platos, nos acomodamos junto al hogar, como la noche anterior.
Afuera se había desatado un temporal de lluvia y viento y, por precaución, habíamos asegurado las contraventanas de toda la casa.
El silbido del aire colándose por las rendijas, en contraste con el cálido resplandor de la chimenea y las velas, acentuaba la sensación de abrigo.
Con solemnidad, M. vertió en nuestras copas un dedo de Lepanto Aurum, envejecido treinta años en barrica.
—Esta mañana os he comprado un regalito en el pueblo —ronroneó M.
Con aire de oficiante, nos entregó sendos tubos de aluminio, de los que extrajimos unos aromáticos Cohiba.
No fumábamos habitualmente, pero de vez en cuando nos permitíamos ese tipo de placeres, más ligados al rito que al humo.
A esas alturas, la velada había alcanzado ya una suerte de perfección victoriana.
Encendidos los puros, seguimos con la mirada, complacidos y relajados, las volutas azuladas que ascendían en la semipenumbra.
—No sé si Félix acabó perdiendo la cabeza por culpa de este lugar —dijo de pronto A. —. Siempre que hablé con él, seguí viendo al mismo hombre lúcido e inteligente que conocí. Pero esta tarde he encontrado algo que me hace pensar que empezó a obsesionarse con la casa y cuanto la rodeaba.
Lo seguimos con la mirada cuando se levantó y fue hasta el escritorio. Volvió al sofá con un libro encuadernado en piel y una abultada carpeta marrón. Apoyando la mano sobre el volumen, continuó:
—Este es el libro que compré en Frías y le regalé antes de irnos. Lo encontré en el último cajón del escritorio, debajo de esta carpeta. Félix lo había dejado abierto por la página de la romería. Y allí, en el margen, me había escrito un mensaje.
—¿En serio? —me interesé.
—¿Y qué te decía? — M. parecía también intrigado.
—Nada que tenga demasiado sentido, la verdad. Desde luego, nada que parezca salido de la cabeza del hombre que yo conocí. Creo que se obsesionó con el sitio y acabó reuniendo una extraña colección de datos, documentos e historias confusas.
Abrió el libro por una página marcada con una tira de papel, dispuesto a leernos la nota.
—Escribió: «Querido A. : Cuanto más he averiguado sobre la historia de esta casa, más convencido estoy de que el libro que ahora vuelve a tus manos no llegó a ti por casualidad.
Aquí se custodia algo antiguo, algo que excede nuestro entendimiento, y no debo dejar que caiga en manos equivocadas.
Te toca guardarlo. Con el afecto que te profeso, en esta vida y en la otra. Félix Esparza».
—Qué mensaje más extraño. ¿Crees que pudo quitarse la vida?
A. se encogió de hombros.
—La vejez, la soledad y ciertas historias viejas forman un cóctel peligroso. Me parece que el pobre acabó algo trastornado —concluí.
—¿Y qué había en esa carpeta? —preguntó M. , señalando la que A. tenía entre las manos .
—Fotocopias de libros y dibujos, cartas reproducidas, documentos antiguos con sus transcripciones paleográficas… Todo relacionado con este lugar, o al menos eso creía él.
—¿Las has revisado?
—Sí. Debió de dejarlas aquí para que yo las encontrara. Están ordenadas cronológicamente.
A. apartó el volumen y abrió la carpeta sobre las rodillas. Mientras revisaba aquellos papeles, nos fue haciendo un rápido resumen.
—Esto es un extracto del Epitome de Gestis Romanorum , de Lucio Anneo Floro.
Relata uno de los viajes de Octavio Augusto a Hispania y su guerra contra los cántabros.
Según cuenta, un grupo de agrimensores e ingenieros romanos llegó a estas tierras para poner en marcha una colonia y abrir caminos, acueductos y posiciones defensivas.
De aquella presencia quedó con el tiempo un pequeño núcleo en la zona, pero eso ahora es lo de menos.
»Lo importante es esto: los romanos entraron en el valle convencidos de hallarse en territorio amigo y cayeron en una emboscada tendida por cientos de guerreros con los brazos y el rostro teñidos de azul.
Estuvieron a punto de aniquilarlos. Después pasaron meses intentando pacificar la zona, sin conseguirlo.
La vegetación era tan espesa y aquellos nativos se movían con tanta rapidez que aparecían y desaparecían en el bosque con una facilidad inquietante, como si el valle entero peleara de su parte.
»Octavio, furioso por la humillación, acabó acudiendo en persona con la Legión IV Macedónica.
Ni aun así logró someterlos con facilidad.
Combatían hombres, mujeres y niños; el terreno rompía las formaciones romanas y convertía cada enfrentamiento en una lucha confusa y salvaje.
No encontraron aldeas ni asentamientos, ni consiguieron capturar vivo a uno solo.
Según Floro, muchos iban armados apenas con lanzas cortas y cuchillos de piedra afilados, unas herramientas primitivas que, en aquella clase de combate cerrado, resultaban espantosamente eficaces.
»Al final, un soldado extraviado que había logrado reunirse de nuevo con su unidad habló de la existencia de un templo de piedra.
Siguiendo sus indicaciones, y con Octavio presente, una fuerza considerable marchó hasta allí para arrasarlo.
Fue entonces cuando se libró la batalla decisiva.
De todas partes surgieron oleadas de guerreros azules dispuestos a morir por aquel santuario.
La disciplina romana acabó imponiéndose y, terminado el combate, Octavio y su estado mayor tuvieron que avanzar sobre montones de cadáveres para llegar al lugar.
»Floro lo describe como un templo circular a cielo abierto, formado por grandes megalitos teñidos de azul y dispuestos en torno a un espacio central.
En el interior hallaron una figura religiosa que compara vagamente con un huevo de piedra del tamaño de un hombre, vinculada al culto de un dios marino.
No dice mucho más, salvo que impresionó profundamente a quienes la vieron.
También menciona que un pequeño arroyo de aguas saladas bañaba su base.
M. , sin decir palabra, se acomodó mejor en su asiento y lo miró con curiosidad.
—Octavio —continuó A. —, que nunca se distinguió por la clemencia, ordenó arrasar el templo y partir los megalitos para reutilizarlos en la calzada.
Era una forma bastante eficaz de asegurarse de que aquellos dioses quedaran para siempre bajo las botas de sus legionarios. Pero el asunto no terminó ahí.
Hizo una pausa antes de seguir.
—Después de su marcha, una plaga empezó a cebarse con quienes se quedaron en el valle trabajando en la colonia y en la calzada.
Los romanos, tan supersticiosos como prácticos, la atribuyeron a la destrucción del santuario indígena.
Ni los rituales de purificación que probaron sirvieron de mucho, y hasta los esclavos preferían jugarse la vida huyendo antes que seguir allí.
Según aquel extracto, Octavio regresó una última vez a aquellas tierras para recibir a la Gran Dama.
A partir de entonces, la enfermedad comenzó a remitir y los trabajos pudieron reanudarse.
—¡La Gran Dama! — M. abrió mucho los ojos—. ¿Podría ser una sacerdotisa?
—No se dice nada más. Pero ahora viene lo más interesante.
Parece que Félix tenía muy buenos contactos, porque logró acceder tanto a archivos públicos como privados.
Estas fotocopias que veis forman parte de las cartas cruzadas entre don Pedro González de Lara y su primo, el abad de Oña, fray Domingo de Tello.
Nos enseñó la carpeta antes de continuar:
—No os dejéis engañar por lo de «fray». El abad de Oña era un hombre poderosísimo.
Y, además, ambos nombres os resultarán familiares: el primero era el noble obligado a ceder parte de sus tierras al ojeador que salvó al rey, el primer Garcinuño; el segundo, el donante de la talla que vimos esta tarde en la iglesia, la misma que reemplazó a la imagen perdida en aquel incendio.
A. bajó un poco la voz.
—Según se desprende de estas cartas, el Garcinuño nunca se internó en el Ebro para salvar a su rey; eso parece una invención posterior de sus descendientes.
En cambio, sí debía de tener un talento notable para otros servicios, sobre todo para complacer a don Alfonso de León, un rey de gustos poco comunes para su tiempo.
—Bravo por él —interrumpió M. , alzando la copa.
A. ni sonrió.
—Debía de poseer alguna habilidad particular, porque el rey no dudó en enfrentarse a una de las casas más poderosas del reino para complacer a su favorito.
Según parece, fue el propio Garcinuño quien escogió estas tierras con notable precisión: justo las de este valle, que no dependían de la Corona, sino de los Lara.
El rey invitó a don Pedro a cedérselas y a aceptar al Garcinuño como vasallo.
A una familia como aquella no le quedó más remedio que tragarse la afrenta, pero no la olvidó.
Se detuvo un instante antes de seguir:
—Poco después, el abad de Oña recibió quejas del clérigo de Soncillo.
Los Garcinuño obligaban a sus vasallos, en plena época de siembra, a excavar por diversos lugares del valle sin un motivo claro.
Aquello podía arruinar la cosecha y dejar a la gente sin qué llevarse a la boca durante el invierno.
Era el tipo de abuso señorial que a menudo se toleraba, pero esta vez ofrecía a los Lara una buena excusa para responder a la afrenta.
Pasó una hoja de la carpeta.