CAPÍTULO V
CAPÍTULO
V
Tres horas después, celebrábamos con fingida contrición, en un asador del pueblo, las exequias por el eterno descanso y rápida digestión del terciado cochinillo, cuyos huesos mondos se repartían entre nuestros platos.
A la salida del restaurante, agradecimos el viento frío que nos golpeó en la cara y ayudó a despejar en parte la modorra de aquella comida copiosa.
El sol otoñal, mortecino, seguía oculto tras un cielo cada vez más nublado.
Apenas habíamos puesto un pie en la plaza cuando vimos a Jacinto apoyado en la puerta de su bar, mirándonos con los brazos cruzados.
Al ver de dónde salíamos, levantó la barbilla a modo de saludo.
Nosotros le devolvimos el gesto con esa cordialidad excesiva de quien preferiría pasar de largo sin detenerse, pero no hubo manera.
Jacinto se apartó del quicio y dio un par de pasos hacia nosotros.
—Hombre —dijo—. Ya veo que no os ibais a quedar sin comer.
—Ha sido cosa de A. —dijo M. , señalándolo con un ademán de falsa inocencia—. Yo quería darte negocio.
Jacinto ni se molestó en mirarlo.
—Sí, ya. Se os ve disgustados.
A. esbozó una sonrisa breve.
—Solo hemos venido a tomar algo.
—Pues para tomar algo bien que os habéis entretenido —replicó Jacinto, echando un vistazo hacia el restaurante—. En fin, cada uno come donde le parece.
Lo dijo encogiéndose apenas de hombros, pero el gesto con que se volvió hacia la puerta de su bar desmentía cualquier indiferencia.
—¿Volvemos a la casa? —preguntó M. , subiéndose la cremallera del anorak y hundiendo las manos en los bolsillos.
—Sí, será lo mejor. Tiene toda la pinta de que va a llover —calculó A. , mirando el cielo encapotado.
—Es una buena oportunidad para averiguar si tendrás que desembolsar un dineral en arreglar el tejado —le recordé, pensando que nunca es mal momento para ofrecer desinteresadamente algo de información útil, incluso cuando no te la piden.
—Sí, sí. —No supe si apreció mi observación en lo que valía—. Pero antes veamos si la iglesia está abierta. Quiero enseñaros algo más.
Desde el restaurante arrancaba una calle estrecha que, tras ensancharse un poco, desembocaba en la iglesia.
San Cosme y San Damián, que así se llamaba, era un templo parecido a tantos otros de la Castilla rural, y no ofrecía ningún interés particular que justificase por sí solo el desvío.
Se trataba de una fábrica insulsa, de tres naves sin transepto, levantada en el siglo XVI, con la única peculiaridad de que para acceder a ella había que atravesar un arco construido bajo su única torre.
La iglesia estaba abierta y, al entrar, vimos que el interior no daba mucho de sí: paredes encaladas, altavoces con los cables al aire y unas cuantas imágenes devotas repartidas por retablos barrocos de mucho oro y poco interés.
A. nos indicó con un gesto que lo siguiéramos por una nave lateral hasta uno de aquellos altares.
Allí, protegida tras un cristal, se veneraba una talla que sí parecía antigua de verdad.
—Es la Virgen de la que nos habló ayer Jacinto —murmuró A. —. La misma cuya hermandad Félix Esparza desatendía.
Junto a la imagen colgaba un folleto amarillento, redactado sin duda por algún cura con aficiones eruditas, sujeto a la pared con cuatro chinchetas y metido en una funda de plástico.
La figura, de unos cincuenta centímetros, estaba tallada en una sola pieza de madera y aún conservaba buena parte de su policromía original.
Tenía esa desproporción algo tosca tan frecuente en las obras de su tiempo, y unos ojos demasiado grandes que aspiraban a infundir expresión al rostro sin acabar de lograrlo.
Sentada en un sitial marrón, cuyos brazos remataban en dos perros estilizados alzados sobre los cuartos traseros, vestía una túnica azul con adornos dorados y llevaba la cabeza cubierta por un velo rojo, ceñido a su vez por una corona.
Sus manos, grandes y toscas, sostenían sobre el regazo un cuenco en forma de cono invertido.
El folleto nos informaba de que aquella era la muy venerada Virgen de la Sangre, o Nuestra Señora de la Santísima Sangre, patrona del pueblo y obra del siglo XII.
La talla, donada en 1131 por el abad de Oña fray Domingo de Tello, era en realidad copia de otra más antigua y venerada, perdida por desgracia en un incendio.
Se suponía que el nombre guardaba relación con la creencia de que sostenía un cáliz eucarístico, aunque el verdadero sentido de la advocación y de aquella extraña iconografía debió de arder con la talla primitiva.
—¡Es increíble, extraordinario! —susurró M. a mi lado, con un entusiasmo impropio de él.
Busqué en derredor, tratando de entender el motivo de aquella súbita efusión.
Descarté que M. hubiera sufrido una conversión sobrevenida y tampoco vi por allí ninguna muchacha entendida en arte sacro a la que pudiera deslumbrar con sus saberes de autodidacta descreído.
Como estábamos solos, examiné con más atención lo que teníamos delante.
Sí, era una talla antigua, valiosa y hermosa; aun así, he visto cubos de Rubik con mayor capacidad expresiva.
En fin, nada que justificara semejante arrebato.
La figura no difería tanto de otras vírgenes medievales que pueden verse en innumerables iglesias, catedrales o museos de media Europa.
Como no advirtió en nosotros reacción alguna, M.
insistió en voz baja, ya con un punto de impaciencia:
—El culto a la Virgen, tal y como hoy lo entendemos, es cosa bastante reciente.
Si lo comparas con esto, claro. Cuando tallaron esa imagen, la devoción mariana empezaba a cobrar fuerza, sí, pero María seguía apareciendo sobre todo en su condición de madre del Nazareno.
Una talla del siglo XII como esta, con ella sola, ocupando todo el centro de la escena, es una rareza.
Al ver nuestras caras de incrédula indiferencia, M. refunfuñó, algo picado:
—Ateo, sí. Ignorante, no. No me mezcléis las dos cosas.
Dimos por terminada la visita y salimos a la calle. Ya tirábamos hacia el coche para regresar antes de que el sol se apagara del todo y nos tocara entrar a tientas en una casa sin suministro eléctrico, cuando A. añadió:
—Esa era la imagen que subían en procesión hasta la casa.
He visto en internet toda clase de páginas amigas del delirio místico donde la llaman «la Virgen del Grial».
Otras sostienen que ni siquiera representa a la Virgen, sino a María Magdalena.
Y, claro, con la fiebre conspirativa que padecemos, no falta quien se viene hasta aquí, cámara en mano, a recorrer las iglesias del valle por si da con la dichosa copa escondida bajo una piedra o cifrada en las marcas de cantero.
—No sé qué me inquieta más —comenté—: que haya gente dispuesta a recorrerse media España detrás de una copa imaginaria o que, después de hacerlo, seguro que regrese a casa convencida de haber encontrado algo.
A. soltó una sonrisa breve mientras buscaba las llaves en el bolsillo del abrigo.
—Más vale que ninguno de esos iluminados haya relacionado la talla con mi casa.
Desbloqueó las puertas del coche con el mando y añadió:
—Porque, como a alguno le dé por atar cabos, cualquier día se me presenta aquí media docena de chalados con cámaras, péndulos y teorías secretas. Aunque, pensándolo bien, tampoco pondría la mano en el fuego por todo lo que pueda esconder este sitio.
Cuando llegamos debía de quedar, como mucho, una hora de luz.
Una vez encendida la chimenea, dejé a A.
curioseando entre los papeles del escritorio y a M.
tumbado en el sofá, junto al fuego, y, a pesar del frío, aproveché para dar un breve paseo por el valle y ayudar a bajar la comida.
Cuando regresé ya había anochecido y empezaban a caer las primeras gotas de lluvia.