El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1) CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

CAPÍTULO

IV

Me despertó la claridad lechosa de un día nublado, y desde la cama oí que fuera trabajaban ya en el desbroce del terreno. Cuando bajé, encontré a A. preparando café en una cafetera italiana bastante castigada por el uso. Al verlo solo, le pregunté:

—Buenos días. ¿Nuestro amigo ya se ha levantado?

—Escucha, por ahí suena el coche. Ya sabes cómo es; no paró hasta que le dejé las llaves. Quería bajar al pueblo a por churros.

En ese momento entró por la puerta con un abultado cucurucho de papel grasiento en la mano. Por la cara que puso el propietario del vehículo, deduje que estaba pensando en la tapicería impecable de su coche.

—¿Estás despierto? —me preguntó M. —. Entonces llegan a tiempo los churritos.

—Eso parece. Ya me había dicho A. que habías bajado al pueblo. Veo que sigue nublado.

—Y hace un frío que pela. Venga, vamos a desayunar, que tengo hambre y todavía están calientes.

Desayunamos de buen humor y, como A. quería quedarse en la casa mientras terminaban de arreglar el jardín, invité a M.

a dar un paseo por los alrededores. Él, mientras se iba hacia la cocina, respondió desde el pasillo que, para ver árboles, prefería largarse al Retiro, y que, ya que habíamos decidido prolongar nuestra estancia allí, volvería a bajar al pueblo para reponer la despensa.

Quedamos en reunirnos hacia la una para ir a comer juntos a Soncillo y, como hasta entonces no tenía nada mejor que hacer, aproveché la mañana para regalarme un buen paseo por el valle.

Tal y como había dicho M. , hacía más frío que el día anterior.

Cerca de la hora convenida, subí por el camino de la casa medio entumecido.

Al llegar, vi que habían arrancado buena parte de la maleza y dejado los setos perfectamente recortados.

Justo entonces, un tractor salía de la finca arrastrando un remolque cargado de zarzas y follaje.

La mejora se notaba sobre todo en la parte trasera, donde por fin podía caminarse sin dificultad hasta el monte.

En el vestíbulo me encontré con mis amigos. Ambos acarreaban sendas brazadas de leña que iban a dejar junto a la chimenea.

—He llamado a Iberdrola y será imposible arreglar lo de la luz hasta la semana que viene, así que tendremos que apañarnos con lo que hay —me dijo A.

, señalando la leñera medio vacía—. En cuanto entres vas a notar que la casa se ha quedado helada, y madera, como mucho, queda para hoy.

Mañana quizá será mejor dormir en el pueblo, ¿no?

M. acompañó su réplica con una mirada de reproche.

—Desde que vi Siete novias para siete hermanos , siempre he pensado que lo de leñador es un oficio de mucha hombría. Dejad eso de mi cuenta, que mañana me encargo yo.

No supe si bromeaba o no, pero al imaginármelo con camisa de cuadros y pantalones ceñidos, dando brincos a la manera de un poseso, tuve que volver la cara para ocultar la risa.

—Venid conmigo —nos pidió A. —. Quiero enseñaros una cosa antes de comer.

Rodeamos la casa y nos acercamos al ángulo superior izquierdo de la finca, muy cerca de la pared rocosa .

—El viernes, durante la cena, os conté que mi relación con este lugar empezó con una disputa de Félix con el propietario de la finca colindante —dijo, señalando hacia el otro lado del seto—. Fijaos ahí.

Bajo la vegetación recortada, junto a un pequeño afloramiento de roca, una lámina de agua corría en diagonal hacia la casa. No parecía gran cosa: poco más que un grifo mal cerrado.

—¿Se peleaban por esto? —pregunté, incrédulo.

—Tal cual. El manantial nace ahí detrás, entre unas rocas al pie del monte, pero ya dentro de la propiedad vecina. —Se agachó, mojó un dedo y se lo llevó a los labios—. Probadla.

Lo hicimos. El agua tenía un ligero sabor salobre.

—Salada —dictaminó sagazmente M.

—Eso es. Y si empapas un pañuelo con ella, verás además que tira un poco a rojo.

M. escupió al suelo en cuanto lo comprobó.

—¿Nos quieres envenenar?

—Si les sienta bien a las vacas, supongo que a ti también —replicó A.

con gracia—. El vecino quería el agua para el ganado.

Yo creo que en el interior de estas montañas debe de haber algún depósito de sal, y que el agua, al filtrarse, arrastra parte de ella.

El caso es que mi vecino, es decir, mi difunto colindante —se corrigió, no sin cierta malicia— pensó que, si llevaba aquella corriente a sus reses, podía ahorrarse las piedras de sal.

Aprovechando que Félix estaba dando clase en Pamplona, cogió pico y pala, desvió el curso del manantial y se hizo un abrevadero un poco más abajo, en una zona de mejor acceso para el ganado.

Cuando Félix volvió y vio la jugada, intentó llegar a un acuerdo con el vaquero. No hubo manera, y acabaron en juicio.

A. se volvió un momento hacia la fachada antes de seguir.

—Para Félix, toda esta propiedad era poco menos que un monumento en memoria de su mujer, y no estaba dispuesto a ceder en nada que alterase el conjunto.

El otro sostenía que el manantial nacía en su tierra y que, por tanto, le pertenecía.

Y se acabó. La disputa habría podido resolverse con un acuerdo de uso compartido, pero ya sabéis cómo se envenenan estos asuntos.

Una fricción mínima basta para sembrar un odio que luego dura generaciones.

Para tener alguna posibilidad en juicio, los abogados de Félix tenían que demostrar que el curso siempre había cruzado por aquí; pero el caudal es muy somero, como veis, y al pasar sobre roca apenas deja huella. Venid. Seguidme.

Echamos a andar tras A. , siguiendo aquel hilo salobre en dirección a la casa.

—Antes de venir desde Madrid, Bente y yo quisimos hacer un pequeño rodeo para parar en Frías. Yo quería enseñarle la ciudad, y ella iba empeñada en ver a un supuesto druida alemán que hacía limpiezas de aura.

M. caminaba algo rezagado y debió de no oír bien aquella última parte, porque no soltó ninguna de sus pullas habituales.

—El ritual, por llamarlo de algún modo, le iba a costar ciento cincuenta euros y un par de horas —prosiguió A.

, haciendo caso omiso del «¿el qué?» de M.

—, así que, mientras le limpiaban lo que tuvieran que limpiarle, yo aproveché para dar una vuelta por el pueblo.

Vi a la puerta de una tienda una especie de mercadillo, con objetos de adorno y varias cajas de libros a saldo.

Me acerqué por curiosear y acabé comprando cinco o seis que me parecieron los más interesantes, o al menos los de aspecto más antiguo.

Nos detuvimos a unos quince metros de la fachada, en un punto donde la hierba rodeaba un bloque irregular de piedra de un negro llamativo, más oscuro que cualquier otra roca del entorno.

—Ya recordaréis que, para contentar a Bente, tuve que ingeniármelas para marcharnos antes de lo previsto.

La última noche, mientras ella andaba en sus cosas, yo me entretuve hojeando los volúmenes que había comprado en Frías.

Uno de ellos, que adquirí solo por lo hermosa que era su encuadernación de piel, estaba escrito por un médico de la provincia, el insigne don Hilario Leal Ortega.

Lo había editado en 1863 el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Burgos con el título de Breve compendio de costumbres, atavíos y usanzas en el norte de Burgos .

El buen hombre, más con alma de coleccionista de gabinete del siglo XVIII que de autor al tanto de las corrientes científicas de su tiempo, había reunido una buena cantidad de tradiciones, fiestas y leyendas de un centenar de pueblos burgaleses.

A. se agachó y apartó con la mano unas briznas secas que ocultaban en parte el borde de la piedra.

—Fui a buscar el capítulo dedicado a Soncillo y allí encontré una noticia que acabó siendo de mucho provecho para Félix.

—¿Cuál? —le pregunté.

—Que todos los 8 de abril sacaban en procesión a la Virgen del pueblo, llevada por cuatro mozas solteras.

Remontaban en fiesta el cauce del San Juan hasta «la casa que llaman de los Garcinuño, donde viene a morir un arroyuelo».

El buen doctor no llegaba a decir lo que a cualquiera con cierto olfato antropológico le habría dado por sospechar: que bajo aquella romería podía sobrevivir un viejo rito de fertilidad, quizá agrario, más tarde cristianizado por la Santa Madre Iglesia.

Él, en cambio, recogía con devota ingenuidad la tradición que explicaba el origen de aquella costumbre.

En ese momento nos sacudió una ráfaga de viento, y los tres nos ajustamos mejor los abrigos. M. dio media vuelta, encogiendo los hombros, y lanzó una mirada sombría hacia el monte.

—Satanás —continuó A. — llegó un mal día al valle desde los mismísimos infiernos.

Hizo brotar aquí un manantial cuyas aguas ponzoñosas enfermaban a personas y animales.

El regato vertía luego su veneno al arroyo de San Juan, que es el que baja por ahí, y este, a su vez, lo llevaba hasta la Gándara, principal fuente de agua de toda Valdebezana.

No tardó, por eso, en extenderse una gran mortandad por la comarca.

Desesperado, e ignorando el origen de sus males, el pueblo elevó sus preces a Santa María.

Y ella, conmovida por tanto dolor y tanta fe, descendió de los cielos sobre la corriente maldita.

Al retroceder un paso para señalarnos la roca, A. pisó mal en el barro y tuvo que abrir un poco los brazos para recobrar el equilibrio.

—Cuando sus divinos pies tocaron el suelo, la Virgen aprisionó a Satanás en el interior de aquella piedra y, por la índole de su nuevo ocupante, esta se volvió negra.

Y ahí sigue el maligno —dijo, señalando el bloque que teníamos a los pies—, condenado a tragarse para siempre las aguas emponzoñadas de su propio arroyo.

Como veis, debe de tratarse de una roca porosa, porque, tal y como dice la tradición, el caudal desaparece aquí bajo tierra.

M. dio con la punta del zapato en la roca, como si quisiera comprobar por sí mismo que seguía allí el demonio.

—Todo esto sirvió, junto con informes periciales de mayor enjundia, para sostener con éxito que había habido una alteración dolosa del cauce.

Yo no llevé el asunto directamente, como sabéis, pero sí le regalé el volumen a Félix para que pudiera usarlo como prueba.

Más adelante, tirando de ese hilo, encontró además una colección de daguerrotipos en el Archivo Histórico Provincial de Burgos, en los que aparecía buena parte del vecindario posando junto a la casa y al manantial.

—¿Te das cuenta de que toda esa gente podía meterse en tu finca cada año? —le pregunté, sorprendido de que no hubiese reparado en ello.

—Por fortuna, ya no sucede así —se rió—.

El bueno de don Hilario cuenta que un cacique local —aunque él, claro, no lo llama de ese modo, sobre todo porque lo alojó en su propia residencia mientras preparaba el libro— estaba levantando a su costa una nueva ermita en tierras suyas, allí abajo, a las afueras de Soncillo .

Se inclinó para recoger una piedrecilla y la lanzó hacia la pendiente, donde fue rebotando hasta perderse entre la hierba.

—Y hace ya mucho que ni siquiera sacan la procesión en abril.

Hoy hablamos más bien de una fiesta de agosto, con unas costumbres que no se diferencian gran cosa de las de cualquier otro lugar castellano.

Fuera de algún erudito local, no creo que muchos recuerden la tradición que os acabo de contar; así que no hay peligro de que esto se me llene de romeros comiendo tortilla de patata.