CAPÍTULO III #3
»Acabé por dormirme, y entonces soñé. Estaba en una habitación en penumbra, una de esas estancias soñadas cuyos límites uno no acaba de ver, con paredes que parecían perderse en la sombra.
Yo sentía miedo, no por nada concreto, sino por la certeza de que había algo allí conmigo.
Entonces la vi. Al fondo, junto a un muro apenas distinguible, había una mujer quieta.
No sé por qué supe enseguida que era de otra época.
Llevaba uno de esos vestidos elegantes de los años setenta, ceñido en la cintura, con la falda cayendo recta, y el peinado alto y muy compuesto de las fotografías antiguas.
No era una figura borrosa; al contrario, había en ella una claridad extraña, una nitidez que parecía impuesta por el propio sueño.
»No se movía. Tenía la cabeza un poco ladeada, y aunque al principio no le distinguía bien la cara, toda su postura respiraba una desesperación tan honda que daba más miedo que cualquier amenaza.
Yo no caminaba hacia ella; me deslizaba, arrastrado sin remedio, mientras la distancia entre ambos se acortaba sola.
Y a medida que me acercaba sentía que su angustia y la mía se iban mezclando, hasta hacerse una sola.
»Entonces levantó la cara y me miró.
»No sabría deciros bien qué tenía aquella expresión.
No era un gesto de rabia ni de locura. Era algo peor: la cara de alguien que hubiera muerto con espanto y siguiera atrapado en el mismo instante de comprenderlo.
Tenía los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, no en un grito, sino justo antes de darlo.
Yo seguía acercándome sin poder evitarlo, clavado a aquella mirada, y en ese momento tuve la certeza de que aquella mujer estaba aterrada por algo que venía conmigo o detrás de mí, no lo sé.
Solo sé que abrió la boca del todo y el grito salió por fin.
»Y yo grité con ella.
»O quizá no; quizá fui yo quien gritó primero y el sueño le puso su voz encima a la mía.
El caso es que desperté convencido de que seguía gritando.
Al ir recobrando el sentido de mi cuerpo, noté algo muy pesado sobre el pecho y un frío intensísimo en torno al cuello, clavado en la piel y cortándome la respiración.
Un pánico absoluto se apoderó de mí. No sé si alguna vez habéis sufrido esa sensación espantosa de estar a medio camino entre el sueño y la vigilia, con la cabeza queriendo despertar del todo y el cuerpo negándose a obedecer.
Aquello fue exactamente eso. Quise moverme y no pude.
Quise incorporarme y no pude. Quise pedir ayuda y no salió ni un sonido.
»No sabría deciros cuánto duró. Segundos, seguramente.
A mí me pareció una eternidad. Y en medio de aquella agonía todavía me dio tiempo a pensar, con una lucidez absurda, que la mujer del sueño estaba allí, en algún lugar de la habitación, mirándome.
No la veía; o mejor dicho, no estoy seguro de haberla visto.
Pero sentía su presencia igual que se siente a alguien demasiado cerca en una habitación oscura.
»Al final todo cedió de golpe. Pude abrir los ojos y me incorporé bruscamente, jadeando. La habitación seguía a oscuras. Mi mujer dormía a mi lado, ajena a todo. Pero yo ya no pude volver a pegar ojo.
»Las horas que faltaban hasta el amanecer transcurrieron con una lentitud insoportable.
Intenté razonar lo ocurrido y repetirme que conocía de sobra el fenómeno de la parálisis del sueño, que hay explicaciones neurológicas para esas cosas y que el dolor, el cansancio y la sugestión hacen mucho.
Todo eso me lo dije. Pero en medio de la oscuridad y del silencio, después de aquella visión, no me sirvió de nada.
»Aprovechando que aún me quedaba un poco de pudor y, sobre todo, que no me veía capaz de despertar a mi mujer para confesarle el miedo que llevaba encima sin perder la dignidad, cogí un libro y me refugié en el aseo. Aquella noche tomé, sin exagerar, el baño más largo de mi vida.
»Después de lo que me parecieron horas, mi mujer se despertó por fin y se asomó al cuarto.
Como ya me había aseado de sobra, aproveché su llegada para salir del agua.
En cuanto me vio, soltó un grito y me preguntó qué demonios me había pasado.
Por suerte era invierno, y los jerséis de cuello alto, que tuve que usar durante cerca de un mes, me evitaron bastantes explicaciones incómodas.
Sacó entonces el móvil y nos enseñó una serie de fotografías en las que, con una nitidez bastante desagradable, podían verse marcadas sobre la piel las huellas moradas de unos dedos largos.
A. rompió el silencio en el que nos habíamos quedado sumidos tras escuchar el relato, cada cual ocupado con sus propios pensamientos:
—Ya es hora de dormir. Mañana viene la gente del pueblo para limpiar la maleza.
Apuramos las bebidas y, después de apagar todo lo que pudiera provocar un incendio, subimos a las tres habitaciones que habíamos dispuesto para pasar la noche.
A diferencia de la temperatura agradable que había alcanzado el salón, arriba hacía bastante frío.
Por suerte, Félix había dejado una buena provisión de mantas, y era poco probable que alguno de nosotros lo pasara mal en la cama.
Mi habitación estaba entre las dos asignadas a mis amigos y daba a la parte trasera de la casa, con vistas al monte cercano.
Por el crujir de los somieres pude notar que ambos estuvieron todavía un buen rato revolviéndose antes de quedarse dormidos.
Por mucho que se burlaran de sí mismos y de sus propias manías, la historia de M.
les había dejado más poso del que estaban dispuestos a reconocer.
Dejé las contraventanas abiertas y, bajo la tenue luz de la luna, no tardé en caer en un sueño reparador.
Ya bien entrada la noche me desperté un instante, extrañado por un leve perfume floral suspendido en el cuarto.
Pensé aún, medio dormido, que no sabía de dónde podía venir aquella fragancia; pero el olor se desvaneció enseguida y me venció otra vez el sueño.
Más tarde, bastante más tarde, fueron los ronquidos de M.
los que acabaron por sacarme nuevamente de mi descanso.