CAPÍTULO III #2
—Ah, ya estamos otra vez con lo de siempre.
— M. se apartó un poco de su compinche mientras alzaba hacia mí un dedo acusador—.
No se trata de creer en la ultratumba. Sabes de sobra que soy ateo y apóstata con los papeles en regla, y no cuento con que me espere nada al otro lado.
—Luego señaló la estancia, sumida en la penumbra—.
Pero ¿de verdad puedes estar en un sitio así sin que se te dispare la imaginación?
¿Sin notar siquiera el cosquilleo de la duda?
—El placer del cosquilleo de la duda —remachó A.
, que en estos asuntos jamás dejaba solo a su amigo—.
Creo que todos hemos vivido alguna vez algo para lo que no tenemos una explicación satisfactoria del todo.
O mejor dicho: quizá podríamos dárnosla, pero ¿por qué empeñarse siempre en hacerlo?
Delante de extraños, desde luego diría que la fotografía se cayó porque los libros estaban mal puestos; pero aquí, con vosotros, no me apetece andar disimulando.
—No empecéis —dije, ya impaciente—. Sabéis de sobra que no me van esas manías vuestras.
—Te propongo una cosa. — M. se había levantado a por la botella de Macallan, rellenó nuestros vasos y volvió a acomodarse en el sillón—.
Te doy dos noches de plazo. Haz memoria y cuéntanos alguna experiencia que no puedas despachar con una explicación sencilla.
Y luego, preferiblemente, nos ahorras la parte racional.
—No sé. Ahora mismo no se me ocurre nada.
Sí, mentía; para qué negarlo. Sabía perfectamente qué podría contarles, pero no pensaba darles esa satisfacción sin hacerlos sudar un poco antes.
—Sea. Tienes dos días por delante. Haz memoria. Por mi parte — M. tomó un sorbo de whisky—, no pienso desaprovechar un fuego encendido, una botella añeja y la compañía de dos viejos amigos para relataros mi propia incursión en lo, digámoslo así, difícilmente explicable.
—Yo también podría secundarte en eso —añadió A.
—. Viví una experiencia tan perturbadora que solo me he atrevido a contársela a una persona que no conocéis.
No me apetece que me tomen por loco o por embustero, pero la compañía de, no un embustero, aunque quizá sí de un loco —señaló a M.
con un gesto del mentón— me anima a romper el silencio.
Mañana, si viene a cuento, os contaré lo que viví.
M. se reacomodó en el sillón y comenzó:
—Como quizá recordéis, en las Navidades de dos mil trece pasé con mi mujer un fin de semana en Zaragoza.
El hotel donde nos alojamos era enorme; debía de tener diez u once plantas y no menos de trescientas habitaciones.
Durante nuestra estancia, no creo que estuviera ocupada ni la cuarta parte.
En otro tiempo, antes de cambiar de nombre, aquel establecimiento había sido seguramente lo más lujoso que podía ofrecer la ciudad.
También arrastraba un pasado terrible. En una época en que estaba lleno de familiares de militares, e incluso se habla de la presencia de la señora de Franco, sufrió un incendio tremendo y el edificio se convirtió en una ratonera para los huéspedes de los últimos pisos.
En aquel horror murieron cerca de ochenta personas.
»El inmueble reabrió con el tiempo y, a causa de ese pasado, no es difícil encontrar en internet relatos de ruidos y sucesos extraños. Según dicen, se notan sobre todo en los pisos superiores, allí donde quedó atrapada la mayor parte de las víctimas.
»Nosotros estábamos en la octava planta.
La noche del viernes volvimos tarde, seguramente pasadas las doce, después de cenar bastante lejos del hotel.
Conviene decir que yo ya venía de Madrid con un dolor de espalda bastante fastidioso.
Como al acostarme se me había calmado un poco gracias al vino de la cena, decidí que podía pasar sin tomarme el ibuprofeno.
Fue una mala idea. En cuanto se me fue el primer sueño, con la ciudad y el edificio ya en completo silencio, la espalda empezó a dolerme de verdad.
Como no quería ponerme a encender luces y a revolver la maleta, intenté buscar una postura que me permitiera dormirme otra vez.
»Pero no hubo manera. Cada vez que me movía, me respondía un pinchazo.
Al final se me fue el sueño del todo y, como no podía hacer nada sin molestar a mi mujer, me quedé escuchando.
Entonces empecé a oír, justo encima de nuestras cabezas, un taconeo claro, seco, de esos que uno atribuye enseguida a una vecina insomne.
Caminaba hasta un rincón de la habitación, sonaba un golpe, arrastraba algo por el suelo y luego se alejaba hacia el otro extremo. Una y otra vez. Siempre lo mismo.
»Al principio pensé que estaría haciendo o deshaciendo una maleta; luego, como aquello seguía y seguía, me dije que encima de nosotros habría alguna dependencia del hotel, una lavandería o un cuarto de servicio, y que el ruido lo estaría causando una empleada moviendo bultos o carros.
Con esa explicación acabé por volverme a dormir y, aparte de la guerra que me dio la espalda, la noche no tuvo más novedad.
»Al día siguiente, sábado, después de un largo día de turismo y de volver ya de noche al hotel, me fijé en la fachada al acordarme de los ruidos de la jornada anterior.
Encima de nuestra habitación solo podía haber otra igual a la nuestra.
No tenía sentido pensar que el establecimiento desperdiciara un espacio con aquellas vistas para montar allí una dependencia de servicio que, además, pudiera molestar a los huéspedes.
»La segunda noche me acosté ya convenientemente drogado y bastante cansado por culpa de la mala noche previa.
Me dormí enseguida, pero el calmante no hizo milagros y la espalda volvió a sacarme del sueño.
No sé qué hora sería, pero me daba la impresión de haber dormido muy poco.
En fin, ya sabéis lo pronto que perdemos la paciencia con estas cosas los que, en general, gozamos de buena salud.
»Empecé a notar otra vez cuanto me rodeaba: la respiración profunda de mi mujer, el rumor apagado del poco tráfico que aún quedaba y, por encima de ambos, aquella maldita vecina con sus paseos nocturnos en zapatos de tacón.
Con ninguno de los dos primeros sonidos podía desahogar mi mal humor; con la dueña de los dichosos zapatos, sí.
Miré la hora en el móvil: la 1:38. No quise llamar a recepción para no despertar a mi mujer y, ya que no podía dormir, decidí ocuparme yo mismo del asunto.
»Así que, en pijama y descalzo, y armado únicamente con la tarjeta de la habitación, subí a la planta superior sin cruzarme con nadie, cosa lógica a aquellas horas.
Llegué a la 903, que era la gemela de nuestro cuarto en el piso de arriba.
El hotel entero estaba en silencio, y a través de la puerta podía oír con toda claridad los pasos de aquella mujer.
Llamé. El ruido cesó en el acto, pero nadie abrió.
Volví a llamar, ya de peor humor. Nada. Entonces levanté la voz y le grité que había gente abajo intentando dormir y que hiciera el favor de dejar de hacer ruido.
Bueno, creo que fui algo menos educado y se me escapó algún taco. Comprensible, dadas las circunstancias.
»Bastante satisfecho conmigo mismo, porque al menos había descargado la rabia en alguien, me dispuse a regresar a la cama.
Caminaba, como os digo, descalzo por el pasillo en dirección al ascensor, cuando caí en algo que me dejó plantado en el sitio.
El suelo de todo el hotel, y eso incluía también las habitaciones, estaba cubierto por una moqueta muy gruesa.
Sobre una moqueta así, alguien podría haberse echado a correr con madreñas sin hacer apenas ruido.
Mucho menos provocar aquel escándalo con unos tacones.
»En ese momento oí a mi espalda un roce de tela, un frufrú muy leve, pero claro, como el de una mujer que caminara deprisa con un vestido largo.
Me volví de golpe. El pasillo seguía vacío.
No había nadie, y sin embargo habría jurado que algo acababa de pasar junto a mí y se alejaba por el corredor.
Después oí el golpe de una puerta cerrándose en algún punto que no alcancé a ver.
»Yo conocía los antecedentes del hotel y había leído relatos de huéspedes que hablaban de pasos misteriosos, llamadas a puertas en pasillos desiertos y cosas por el estilo.
Así que, con toda la dignidad que un hombre asustado y en pijama puede reunir, emprendí una retirada bastante rápida hacia mi habitación.
—Me habría gustado verte correr por ahí a esas horas —dije—. No te dejarías la tarjeta olvidada por el camino, ¿verdad?
—Te agradezco la preocupación —repuso—, pero aún no he terminado. Déjame llegar al final antes de ponerte a repartir sensatez.
Hizo una breve pausa y dio otro sorbo al whisky.
—Ya de vuelta en la habitación, me metí en la cama sin hacer ruido.
Si hubiese estado solo, no me habría importado dejar alguna luz encendida, no os voy a engañar.
Eché más de una mirada a la oscuridad antes de volver a cerrar los ojos.
Lo curioso es que la vecina de arriba había reanudado sus paseos, y yo diría que ahora caminaba incluso con más brío.
Sin embargo, a esas alturas, ya había decidido que el asunto no me molestaba tanto.