El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1) CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

CAPÍTULO

III

Retirados los platos de la cena, nos instalamos en los sillones agrupados junto al hogar, donde la leña, tras ciertas dificultades iniciales, ardía ya con buen brío en la chimenea del salón.

Los vasos que sosteníamos, generosamente servidos con los selectos licores atesorados por nuestro difunto anfitrión, filtraban los destellos de la lumbre y nos teñían el rostro de reflejos ambarinos cada vez que los llevábamos a los labios.

Las velas repartidas por la estancia daban a la escena un aire de otro tiempo y, en aquel momento, sí, lo admito, me alegré de corazón de que nos hubiéramos quedado allí.

—¿Qué sabes de los Garcinuño y de esta casa? —le pregunté a A. —. ¿Se la compró Félix a sus descendientes?

—No; a ellos no, a pesar de lo que nos dijo antes Jacinto. Se la compró en los setenta a una familia de por aquí, y por cuatro cuartos. Entonces aquello era poco menos que un rincón perdido y la finca valía bien poco. Solo alguien con cierta visión habría sabido reconocer lo que tenía delante.

Bebió un sorbo antes de seguir.

—Félix me contó que ni él ni su mujer tenían vínculo alguno con el valle.

Se toparon con la finca durante unas vacaciones y se encapricharon de ella desde el primer momento.

Querían hacer de aquel sitio una segunda residencia, un lugar donde sus futuros hijos echasen alguna raíz rural.

Pero el plan se vino abajo muy pronto. Dos años después, un camión embistió el coche de su mujer.

—Bonita manera de truncarle a uno los proyectos —murmuró M. , girando el vaso entre los dedos.

—Félix no volvió a casarse —prosiguió A. —. Conservó la casa y la fue restaurando poco a poco, a modo de homenaje. Era hombre de ciencias, sí, pero también tenía sus inquietudes humanísticas. Había indagado algo sobre la historia del lugar y de los Garcinuño, y alguna vez me habló de ello.

—O sea, que además de científico pasaba las tardes metido entre legajos —dijo M. —. Normal que luego necesitara una casa grande.

—No sé si llegaba a tanto —respondió A. —, pero sí había indagado lo suficiente para hacerse una idea bastante precisa del linaje.

Según me contó, en el Becerro de las Behetrías aparecen descritas las posesiones de los Garcinuño a mediados del siglo XIII.

No eran grandes señores, ni mucho menos: vasallos de los Lara, con ciertos derechos sobre parte del valle y un centenar escaso de pecheros.

—Vamos, hidalgos con más apellido que poder —apuntó M.

Siempre que M. y A. empezaban con aquellas historias de hidalgos, pergaminos y apellidos con ínfulas, yo notaba cómo se me iba apagando el ánimo.

—Más o menos. Y luego Félix encontró, por medio de un colega de la universidad, una ejecutoria de nobleza de comienzos del XVII.

Estaba incorporada al expediente de limpieza de sangre de un segundón de la familia, uno al que más tarde nombraron oidor en la Audiencia de México.

No parece prudente dar demasiado crédito a esas genealogías interesadas, pero el documento traía una explicación bastante pintoresca del origen del linaje .

Bebió un poco antes de continuar, quizá porque aquella parte del relato le divertía más de lo que quería admitir.

—Según esa tradición, a finales del siglo XI, Alfonso VI de León regresaba de caza cuando sufrió un percance al cruzar el Ebro, cerca de Orbaneja.

El río bajaba crecido por el deshielo; el caballo se encabritó a mitad del puente y el rey cayó al agua con un pie enredado en la montura.

De todos los que lo acompañaban, solo un joven ojeador se arrojó tras él.

La lumbre chasqueó en la chimenea. A. dejó que el fuego llenara el silencio unos segundos, como si también a él le complaciera imaginar la escena: el río crecido, los hombres paralizados en la orilla, el rey arrastrado por la corriente.

—Cuando todos los daban por perdidos, los vieron aparecer río abajo. El muchacho arrastraba al rey, medio ahogado pero vivo. Alfonso sobrevivió y decidió armar caballero al ojeador, al que la tradición tiene por fundador de la estirpe de los Garcinuño.

M. soltó un bufido breve, no exactamente de burla.

—Hay formas peores de empezar un apellido.

—Caballero, pero no hidalgo —precisó A. —. La hidalguía verdadera habría llegado después, con los descendientes. Y tampoco fue Alfonso quien le dio las tierras del valle, sino Pedro González de Lara, que las desgajó de sus dominios y se las entregó en tenencia hereditaria.

—O sea, que el rey repartió generosidad con tierras de otro —dijo M.

—Eso parece. Según se deja entrever en el documento, también Lara iba en la partida de caza.

De modo que aquello tuvo algo de recompensa y algo de imposición.

El rey premiaba al ojeador, y el señor de la comarca tenía que aceptar a un nuevo vasallo instalado en sus propias tierras.

No cuesta imaginar que aquello no le hiciera ninguna gracia.

—¿Y la torre? —pregunté—. ¿La levantaron ellos ?

—No enteramente. Félix creía que la parte baja del torreón era de origen romano y que los Garcinuño, al recibirla medio arruinada, se limitaron a rehacer el tercio superior. Decía que el cimiento, con su opus caementicium , y ciertos sillares almohadillados apuntaban claramente a una obra antigua.

—Estupendo —dijo M. —. Una torre medio romana, una familia venida a más y un profesor muerto en una casa sin luz. Cada vez me alegro más de haberme quedado.

—Y aún hay más. Aquel segundón destinado a México regresó a España cuando su hermano mayor murió sin descendencia. Debió de prosperar al otro lado del océano, porque volvió con dinero suficiente para ampliar el edificio y dejarlo, en lo esencial, como hoy lo vemos.

—Vaya con el oidor —dijo M. —. Fue a México y volvió con dinero suficiente para hacerse media casa nueva. Eso sí que es aprovechar el destino.

—Sí, desde luego. Y por lo que decía Félix, tampoco regresó vacío de ambición. Pero esa parte del relato la desconozco.

M. dio un leve gruñido, como si tomara nota.

—El final de la estirpe sí lo conozco mejor.

Y ese tramo está bastante documentado. Ocurrió el 13 de septiembre de 1810, durante la Guerra de la Independencia.

El coronel al mando del 12.º Regimiento de húsares envió hasta aquí una sección para requisar la casa e instalar un destacamento.

Querían mantener expedita la ruta entre Miranda de Ebro y Reinosa, por el puerto del Escudo.

Pero cuando intentaron desalojar a los Garcinuño, se toparon con una resistencia feroz.

M. dejó el vaso sobre el brazo del sillón y se inclinó un poco hacia delante. Esta parte, al menos, parecía interesarle.

—En el memorando que el teniente Allet remitió a su coronel, para dar cuenta de las nueve bajas sufridas —continuó A.

—, decía que antes preferiría enfrentarse desarmado a una manada de lobos hambrientos que volver a tomar aquella maldita casa.

Y no son palabras que un oficial francés dejara por escrito a la ligera.

La llama chasqueó en la chimenea. A. dejó pasar un instante antes de seguir.

—Entre otros lances, describía a una niña de unos siete años que se arrojó sobre uno de sus hombres y lo hizo caer del caballo.

Cuando acudieron a apartarla, la encontraron prendida a su cuello con los dientes.

Ni los golpes ni los tirones lograron soltársela.

Según el teniente, siguió aferrada incluso después de muerta.

El francés se desangró allí mismo, y solo consiguieron desprenderla al romperle la mandíbula con el pomo de un sable.

Durante unos segundos no se oyó más que el crepitar de la leña.

—Bueno —dijo al fin M. , muy despacio—. Admito que la criatura tenía carácter.

No supe si aquella salida aliviaba la impresión o la empeoraba.

—Y ahí se acabó la familia —concluyó A. —. Lo demás ya os lo podéis figurar: pleitos, parientes lejanos, desvinculaciones y ruina. Fin de la estirpe.

M. alzó el vaso.

—Miradlo por el lado bueno. Si no llega a ser por aquellos benefactores franceses, A. no tendría hoy esta acogedora mansión.

—Ni nosotros esta bebida —añadí.

—Ni esta chimenea —remató él—. Así que propongo un brindis. A la salud de nuestro fallecido anfitrión, que nos ha reunido en esta agradable noche. Que la tierra te sea leve.

—Que la tierra te sea leve —repetimos a coro.

Un estruendo a nuestra espalda estuvo a punto de arrancarnos de los asientos. Varios de los libros apilados sobre la mesa del despacho se habían deslizado, empujando la fotografía en la que posaban Félix y su mujer. El cristal estalló cuando el marco golpeó el suelo.

—¿Alguna explicación razonable? —preguntó M. , revolviendo su corpachón para escrutar las sombras por encima del hombro.

—No diré que no impresiona —admitió A.

—Veo que ninguno se anima a buscar una escoba, ¿verdad? —me burlé, antes de agarrar la linterna de las Tortugas Ninja y levantarme para ir a la cocina.

Mis amigos han sido siempre muy dados a lecturas de aparecidos, prodigios y demás zarandajas.

Entre eso y su afición por la historia, se les había quedado un poso que los años quizá habían rebajado, pero no borrado del todo.

Yo jamás le he visto el gusto a perder el tiempo con esas cosas, y si en una casa oigo un ruido raro, antes pienso en una rata o en un ladrón que en un difunto con ganas de charla.

Ellos, claro está, no opinaban lo mismo.

Cuando regresé al salón, M. ya había abandonado el sillón y se había arrimado al sofá, junto a A. , tan pegados el uno al otro que parecían dos colegiales sorprendidos en falta. Barrí los trozos de cristal y devolví el marco a su sitio.

—¿Habéis recibido alguna visita fantasmal en mi ausencia? Os noto algo nerviosos. Tan mayores y todavía con esas tonterías.

—No digas eso; sabes que gozo de una mente perfectamente racional —se defendió A. , evitando sostenerme la mirada.