CAPÍTULO II #3
—«Lo imposible es el fantasma de los tímidos y el refugio de los cobardes».
Napoleón. Por si no os suena. Mientras vosotros dabais vueltas por ahí, yo he comprobado que la bombona de gas está llena, así que el café de A.
tiene remedio. Y cuando hemos aparcado esta mañana, he visto en la plaza un bazar abierto.
A esos comerciantes, dicho sea en su honor, no parece haber fiesta bastante sagrada que los mueva a echar el cierre —replicó con aplomo—.
Además, ¿no habéis visto esa chimenea? Está pidiendo lumbre.
Un proletario de mi condición, criatura del cinturón gris de Madrid, no dispone todos los días de una ocasión así.
A. abrió la boca para responder. Yo, por mi parte, me mordí la lengua para no señalar que conocía a pocas personas con gustos menos proletarios que los suyos. Pero M. , sin darnos margen para interrumpirlo, remató su alegato:
—Y aún hay más. Apelo a vuestro espíritu romántico. Todo esto es medieval; medieval de verdad. Y, si nada de lo anterior os conmueve, considerad al menos que, si dormimos aquí, nos saldrá gratis.
¿Por qué me miraría al pronunciar la última palabra? Cría fama y échate a dormir. Lo cierto es que aquel razonamiento, tan oportuno como mezquino, me alcanzó en el centro mismo de la diana y me dispuso un poco a su favor.
Discutimos todavía un rato, pero al final accedimos a darle el gusto y pasar allí la noche.
Cerramos la puerta, aunque dejamos los postigos abiertos para que la casa siguiera oreándose, y volvimos al coche.
Mientras M. se acomodaba en su asiento, le oí murmurar no sé qué acerca de un hacha y de ponerse a talar árboles para la chimenea.
Por fortuna, yo ya había visto algo de leña almacenada en las cuadras y, por esta vez, nos ahorraríamos una carrera suicida hasta el hospital comarcal mientras nuestro leñador se desangraba.
En el bazar del pueblo nos pertrechamos con una caja de cerillas y las cinco únicas velas que tenían —tres con la estampa de la Virgen de los Dolores y otras dos con Santa Claus volando en su trineo—, además de una linterna de las Tortugas Ninja, varios paquetes de pilas, bolsas de basura, unos cuantos útiles de limpieza y toda la lejía que fuimos capaces de acarrear.
Compramos también una nevera portátil, que llenamos allí mismo con hielo y bebidas.
Mientras nosotros nos ocupábamos de aquello, M. se había acercado a la carnicería y a la confitería, ambas aún abiertas para provecho de los turistas. No tardamos en verlo regresar muy ufano, cargado con provisiones suficientes para resistir un asedio dentro del torreón.
Después de comer bien y con holgura en el bar, dejamos cerrada, gracias a Jacinto, la limpieza de la finca para el día siguiente.
Él ya nos había mencionado a un tal Ezequiel, dedicado a esa clase de trabajos, pero quiso rematar el asunto allí mismo.
Apenas oyó a A. decir que necesitábamos desbrozar la finca, salió a la puerta, llamó a voces al hombre, que cruzaba la plaza, y antes de que termináramos el café la faena había quedado apalabrada.
Fue en esa conversación, al oír de nuevo el nombre de Félix Esparza, cuando Jacinto torció el gesto y meneó la cabeza. A esas alturas ya nos tuteaba con la naturalidad de quien había decidido que la conversación le pertenecía.
—Buen sitio habéis heredado —dijo—. Pero ese hombre venía aquí por temporadas y hacía poca vida en el pueblo. Y con la casa, lo justo.
Recogió los vasos de la mesa de al lado y, bajando algo la voz, añadió:
—Ni él ni los de antes fueron nunca de arrimar mucho el hombro.
Para la iglesia, poco; para la hermandad de la Virgen, menos.
Mucho escudo, mucha piedra y mucho apellido, pero a la hora de aflojar, nada.
Preguntádselo, si no, al Cencerro, el de las vacas, que bastante tuvo que bregar cuando se habló de arreglar el atrio.
A. escuchó sin decir nada. Yo no sabía si por prudencia o porque todavía no tenía claro si le incomodaba o le divertía ir descubriendo las flaquezas de los antiguos dueños de la casa .
Jacinto debió de notar que quizá había hablado de más, porque enseguida suavizó el tono.
—En fin, no me hagáis demasiado caso. Ya se sabe cómo son los pueblos. Pero, si tenéis un rato, acercaos a ver a la Virgen antes de que cierren la iglesia. Es antigua de veras, y aquí se le tiene mucha ley.
Volvimos a la casa hacia las cuatro de la tarde y, con M. entusiasmado al frente de las operaciones —sordo, por lo demás, a cuantas indirectas le lanzábamos por la desagradable faena que su terquedad nos había echado encima—, nos pusimos a sanear la cocina.
Cuando arrastramos fuera la última bolsa de basura, el sol ya se había escondido tras la ladera del valle, y tanto nosotros como la ropa despedíamos un olor indecible.
A. y yo tuvimos al menos la secreta satisfacción de obligar a M.
a ducharse con un chorro glacial, pues la casa contaba con un gran termo eléctrico y, sin corriente, el grifo caliente era poco más que una promesa decorativa.
Bastó insinuarle que la única alternativa para asearnos en condiciones era pasar la noche en el hotel del pueblo para que se diera por personalmente desafiado.
Subió al cuarto de baño de arriba con paso resuelto, asegurando que tampoco hacía tanto frío y que con los años nos habíamos vuelto unos flojos.
No tardó en volver, con la piel teñida por el resplandor azulado de los hornillos de butano donde A.
y yo calentábamos varias ollas para lavarnos.
No supimos discernir si aquel color se debía por completo a la llama o a que la hipotermia empezaba ya a hacerle presa.