El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1) CAPÍTULO II #2
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CAPÍTULO II #2

Entramos en lo que parecía ser el comedor principal. Allí el hedor era menos intenso. Ayudado por la linterna, A. fue abriendo una a una las tres ventanas de la sala, junto con sus contraventanas, y por fin circularon el aire y la luz del día .

Aquel salón, y según descubriríamos después también buena parte de la casa, conservaba la traza de un mundo rural áspero y ya extinguido, ajeno todavía a modas afrancesadas.

En aquellas casonas de cristiano viejo, la vida se hacía en común, en estancias anchas como aquella, siempre al calor del hogar.

No se daba mucho espacio a la intimidad ni a los vicios que nacen de ella.

Ya vendrían, en siglos más regalados, los gabinetes íntimos y las salitas de fumar, tan del gusto de los descendientes de quienes levantaron muros como aquellos.

La desnuda piedra de los muros convenía bien a una sala en la que, una vez más, apenas se habían permitido concesiones al adorno: un espejo y dos o tres cuadros de distinta factura.

Uno de ellos mostraba el retrato, oscurecido y cuarteado, de un caballero envuelto en ropajes negros, posando junto a su escudo de armas.

En mitad de la estancia se alzaba una mesa larga, rústica y vencida por los años, rodeada de una docena de sillas recias y bien plantadas. Todo en aquel cuarto respiraba la misma gravedad austera que ya habíamos advertido en otras partes de la casa.

Por fortuna, el salón ofrecía también un rincón más abrigado. En torno a la chimenea se agrupaban, sobre una alfombra de cáñamo, dos viejos sillones de cuero pardo y un sofá de cuatro plazas cuyo respaldo aparecía protegido por una gran manta de cuadros rojos y azules.

En ese mismo muro, algo apartado del hogar, una gran librería ocupaba todo un paño sin ventanas.

Enfrente, en la parte más luminosa del salón, había una mesa de escritorio con su silla, sobre la que se amontonaban, sin orden ninguno, libros y papeles.

En un extremo, una fotografía enmarcada mostraba a Félix Esparza de joven, sonriente, posando ante la casa junto a una mujer que supuse su difunta esposa.

Y aún había otra pieza digna de mención: un enorme bargueño asentado sobre una mesa de madera oscura. Su interior había sido adaptado para guardar, no legajos ni escrituras, sino una valiosa cristalería y una pequeña pero escogida provisión de brandy y whisky añejo.

—Bien por Félix —aprobó M. , mientras alzaba a contraluz una botella de Macallan de 1982—. Este hombre se ha ganado mi respeto. Esta noche tendríamos que brindar por el eterno descanso de su alma.

Con una delicadeza impropia de él, más propia de un archivero o de un sacristán, devolvió la botella a su sitio.

—Andando, veamos de dónde sale toda esta pestilencia —dije.

Con A. alumbrándonos el camino, volvimos al zaguán y cruzamos la segunda puerta, la que se abría justo enfrente del portalón. Un pasillo estrecho, que luego torcía a la derecha, nos fue llevando hacia el interior. A cada paso, el olor se hacía más denso.

A un lado encontramos un aseo pequeño. Más allá, aquel corredor desembocaba en otra estancia grande, donde el hedor resultaba poco menos que irrespirable.

Conteniendo las arcadas —y no sin antes pasear la luz por toda la pieza, para asegurarnos de que la ocurrencia macabra de M.

no tenía fundamento— logramos desatrancar las ventanas. Aquello era la cocina.

Por fortuna, no nos aguardaba el cadáver olvidado del dueño, sino algo apenas un grado menos repugnante: un arcón congelador y un viejo frigorífico atestados de comida podrida.

La cocina parecía haberse quedado varada en el último tercio del siglo XX. Bastaba mirar aquel aparato, la lavadora o los fogones de gas butano Corberó para entenderlo. Como en el salón, una mesa de madera, robusta y aparatosa, se adueñaba de buena parte del espacio.

A la izquierda, bajo un escurridor de platos con inconfundible aire setentero, un viejo grifo de latón goteaba sobre una pila de piedra.

Su antigua condición de lavadero se adivinaba sin esfuerzo por la tabla tallada en uno de sus costados.

Completaba la pieza una vistosa alacena, pintada en colores vivos, donde se apiñaba una abundante y desigual provisión de menaje y cubertería.

Dejamos que se orease la estancia y, no voy a negarlo, con el ánimo bastante más suelto una vez averiguado el origen de la pestilencia, nos dispusimos a recorrer el resto de la casa.

Desde la propia cocina se accedía, por una pequeña rampa, a lo que en otro tiempo debieron de ser las cuadras y los corrales, donde la familia guardaría sus animales.

Para entonces, aquel espacio no era más que un cobertizo polvoriento lleno de aperos en desuso y algunos útiles de jardín.

Tenía además salida propia: el portón que ya habíamos visto en la trasera de la casa.

Fue allí, en esa parte de servicio, donde encontramos el único acceso al torreón medieval.

La fábrica se repartía en cuatro niveles, uno de ellos subterráneo, enlazados por una escalera de caracol tan angosta que solo permitía pasar de uno en uno.

Tal vez por eso sus moradores habían renunciado a darle verdadero uso.

Salvo el cuarto inferior, donde se amontonaban puertas viejas, ventanas inservibles y vigas arrumbadas, los demás niveles estaban vacíos.

Terminamos aquel primer reconocimiento regresando al zaguán para subir al piso alto. Allí había un cuarto de baño y varias alcobas de techos altos y distinto tamaño, aunque solo tres se encontraban acondicionadas, siquiera de manera rudimentaria, y podían tenerse por habitables.

La mayor, arreglada como todo lo demás al sobrio modo castellano, tenía salida propia al balcón y debió de ser la que Félix ocupó en vida. Las otras dos parecían destinadas a alojar a visitantes ocasionales.

De aquel recorrido conservaría, sin embargo, un detalle menor en apariencia, cuya importancia tardaríamos meses en entender.

En la dependencia subterránea del torreón encontramos un lienzo de muro cubierto de toscos grafitis grabados en la piedra.

Con más empeño que maña, alguien había dejado allí figuras de animales, plantas, cruces y otros motivos, junto a algún nombre trazado con caligrafía arcaizante.

Dejamos abiertas todas las ventanas de la casa y salimos a respirar un poco de aire fresco mientras contemplábamos la fachada desde el jardín.

—En fin —dijo A. , rompiendo el silencio—.

Sin luz no podemos quedarnos aquí. Preguntemos en el hotel del pueblo si tienen alguna habitación para estos días y, si no, ya encontraremos algún alojamiento rural por los alrededores.

Y, ya que bajamos, buscaré al cuñado de Jacinto, a ver si se aviene a limpiar lo de la cocina y a abrirse paso entre toda esta maleza.

—Ya te lo advertí, A. —dije—. Aún no has puesto un pie en condiciones en la casa y ya te ha costado un riñón —sin contar lo que iba a costarme a mí el imprevisto del hotel, aunque no me pareció elegante hacerlo notar en voz alta—. Lo mejor será cerrar todo esto y bajar al pueblo a comer.

—¿De verdad no vamos a quedarnos? —preguntó M. , visiblemente contrariado—. ¿Por un poco de mal olor? Eso se corrige con lejía y algo de faena, hombre. Se nota que nunca has tenido que bregar con ciertas miserias domésticas, A.

—Yo sí he tenido que bregar con ellas, y no pienso acercarme otra vez a una tonelada de comida en descomposición, M.

—le atajé, algo malhumorado, lo admito, ante la perspectiva de pagar tres noches de hotel—.

Y si te diera por ventilar la sensatez de cuando en cuando, caerías en la cuenta de que hoy es festivo y está todo cerrado.

— M. , ¿cómo quieres que nos quedemos aquí con este frío? No podemos ni prepararnos un café. No hay luz —insistió A.

Nuestro amigo dejó escapar un resoplido y se volvió hacia nosotros.