El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1) CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

CAPÍTULO

II

De un tiempo a esta parte, viajar a lugares desconocidos y remotos se ha vuelto más cómodo, aunque también ha perdido parte de su encanto.

Desde que existen esos navegadores que jamás vacilan al llegar a un cruce, hemos dejado de sentirnos, aunque solo sea por un rato, exploradores de otros tiempos cada vez que nos subimos a un coche.

El único incidente reseñable fue el desvío que M.

nos obligó a tomar, porque juraba por lo más sagrado que en cierto pueblo, a veinte kilómetros de la autovía, vendían las mejores rosquillas del mundo.

Más tarde, bajo la mirada atónita de un pastor que debía de ser uno de los diez habitantes de aquel lugar, tuvimos que obligarlo a reconocer que se había confundido de pueblo, y que el verdadero ni siquiera se llamaba igual ni estaba en la misma provincia.

De vuelta en la autovía, y una vez superada nuestra justificada tentación de abandonar a M. en compañía del pastor y sus ovejas, entramos en Soncillo hacia las diez y media de la mañana .

Soncillo, capital del valle de Valdebezana, reunía servicios suficientes para servir de base a quien quisiera explorar la comarca.

El pueblo se asentaba en un paisaje recio, de lomas abiertas, prados duros y piedra gris.

Había en todo aquello una desnudez castellana, sin nada pintoresco: cielo alto, aire frío y una claridad lavada que dejaba las cosas a la vista.

Aparcamos en una calle lateral de la plaza. Más allá de las casas, el terreno se abría en suaves ondulaciones, con manchas de arbolado oscuro y una sensación de amplitud algo desabrida. Era una tierra de intemperie, más mineral que amable.

Después de almorzar en una taberna de buen aspecto, estábamos ya a punto de marcharnos cuando el dueño, que hasta entonces nos había atendido con una mezcla de desgana y curiosidad bastante común en los pueblos, nos dirigió la palabra desde detrás de la barra.

Debía de rondar los sesenta años y tenía el aspecto de uno de esos hombres que llevan toda la vida viendo entrar y salir a la misma gente y no desaprovechan ocasión para averiguar quién es cada cual y qué se trae entre manos.

Mientras secaba con una bayeta una copa que probablemente ya estaba seca, nos preguntó si no éramos de por allí.

—No —respondió A. —. Vamos a la casa que está subiendo la carretera, en dirección a Castrillo.

—¿La de los Garcinuño? —precisó él, alzando apenas las cejas.

A. asintió, y el tabernero, después de echarnos un vistazo de arriba abajo, acabó fijando sus ojos en él.

—Entonces será usted el nuevo dueño.

Lo dijo con tanta naturalidad que comprendí al instante que en Soncillo las noticias importantes debían de correr de barra en barra con notable diligencia. A. volvió a asentir con esa sobriedad suya que, cuando se lo proponía, rozaba la suficiencia.

—Eso parece.

—Jacinto, para servirle —se presentó, tendiéndole una mano descomunal—. Ya me había llegado algo. Lo de don Félix fue una pena. Muy suyo, pero un caballero.

Tras un breve silencio, ladeó la cabeza hacia la ventana, en dirección a la carretera por la que pensábamos salir.

—El jardín lo va a tener usted comido por la hierba. Si no ha entrado nadie en meses, aquello se habrá puesto perdido.

A. hizo un gesto neutro, sin mostrarse ni sorprendido ni demasiado interesado.

—Ahora lo veremos.

—Se lo digo porque mi cuñado, Ezequiel, se dedica a esas cosas. Jardines, podas, desbroces… lo que haga falta. No es ningún artista, pero trabaja bien y, por algo de dinero, se lo deja apañado.

La oferta quedó flotando en el aire con esa desnuda falta de ceremonia con la que en los pueblos se habla de los difuntos, de las goteras o del precio de la leña. M. , que hasta entonces había permanecido callado, resopló.

—Ya empezamos. No ha terminado de heredar y ya le están saliendo satélites.

Jacinto sonrió sin ofenderse.

—Yo solo aviso. Luego cada cual hace lo que quiere. Pero si suben ahora, ya me dirán si miento. La parte de atrás, sobre todo, se le habrá echado encima a la casa.

A. se tomó un instante antes de contestar, lo justo para dar a entender que valoraba la observación sin admitir del todo que pudiera resultarle útil.

—Tomaré nota. Primero quiero ver la casa con mis propios ojos.

—Como debe ser —concedió Jacinto—. Y si luego les hace falta alguien, preguntan por mí. Todo el mundo me conoce.

Nos despedimos y remontamos en el coche una estrecha carretera que seguía el curso del arroyo de San Juan, en dirección a Castrillo de Bezana.

Ascendimos tres kilómetros por una vía sin arcén, hasta tomar un desvío sin asfaltar que se internaba entre una vegetación espesa de arbustos y maleza.

Sorteamos una curva muy cerrada y, de pronto, surgió ante nosotros la Casa Solar de los Garcinuño.

Oculta tras una espesa cortina de vegetación, la finca se abría hacia la derecha en un paisaje de prados delimitados por tapias de piedra y setos. Todo aquello quedaba encajonado entre un arroyo que corría con brío hacia el fondo del valle y una vertiente rocosa que daba paso al monte.

La casa, orientada al sur, ocupaba una parcela rectangular de unos siete mil metros cuadrados.

La frondosidad de unos setos, ya visiblemente descuidados, la separaba de las fincas vecinas.

Como sabíamos por la foto, tomada desde algún punto cercano a donde acabábamos de aparcar, el terreno situado tras la vivienda se elevaba hasta chocar abruptamente con una pared rocosa.

En aquella parte, la vegetación crecía sin control y parecía haber recuperado antiguos derechos sobre el terreno.

Frente al edificio se extendía una explanada de grava en la que podrían aparcar varios coches.

A su alrededor prosperaba lo que en otro tiempo debió de ser un jardín y que ahora no era más que un zarzal indómito.

No tardé en acordarme de la advertencia de Jacinto: aquello estaba, en efecto, comido por la hierba.

La casa estaba muy aislada. Salvo algún lejano refugio de pastor, también con muestras de abandono, no vimos vecino alguno. La quietud absoluta del lugar y el colorido otoñal del monte componían una estampa hermosa, aunque demasiado inmóvil para resultar acogedora.

Descendimos del coche y, para estirar las articulaciones, todavía resentidas por las horas de viaje, empezamos a rodear el edificio. Con sus cerca de treinta metros de fachada, aquel lugar prometía a su propietario largas horas de trabajo, además de no pocos gastos y desvelos .

Todas las contraventanas permanecían cerradas.

En el frontal de la vivienda no había más acceso que la monumental puerta principal que ya conocíamos por la foto.

Sin embargo, al rodearla descubrimos, junto al torreón, una segunda entrada lo bastante amplia como para permitir el paso de animales o de algún pequeño vehículo agrícola.

Concluido aquel breve reconocimiento, regresamos a la entrada principal.

Las dos figuras talladas en bajorrelieve, que siglos de intemperie habían deformado hasta volverlas siluetas vagamente antropomórficas, nos vigilaban mudas y ciegas desde ambos lados.

A. alzó la llave, la introdujo en la cerradura y anunció, con un leve temblor en la voz:

—Veamos si podemos entrar.

Bastaron un par de vueltas para que el portón se abriese con un chasquido.

La claridad del día iba por fin a permitirnos atisbar algo del interior, y nos apelotonamos en el umbral, expectantes.

Pero apenas asomamos la cabeza nos golpeó una bocanada de aire nauseabundo, y retrocedimos varios pasos entre toses y arcadas.

—No me puedo creer que aún huela a muerto aquí —espetó M. , tosiendo y escupiendo—. No entro ni loco. Lo mismo ni se lo han llevado.

—No digas tonterías —replicó A. , con un aplomo menos sólido de lo que pretendía aparentar—. Esperad un momento. Tengo una linterna en el maletero.

Con las ventanas cegadas por los postigos, desde fuera apenas alcanzábamos a distinguir el solado de barro cocido, que devolvía débilmente la luz que entraba por el portalón.

Cuando A. regresó del coche, enfocó con la linterna hacia dentro.

Como el hedor parecía haberse dispersado un poco, me puse a su lado y seguí con la vista el haz de luz.

La puerta daba paso a un amplio zaguán de techos altos, sostenido por antiquísimas vigas maestras de madera labrada.

El enlosado, compuesto por baldosas de barro, se interrumpía aquí y allá con pequeños azulejos que representaban escenas de caza, frutas y animales.

Aquella labor de azulejería remontaba también por los muros hasta cubrir aproximadamente un cuarto de su altura.

Por encima, los paramentos aparecían escuetamente encalados, sin más adorno que un espejo sobrio colgado al fondo y un par de escaños arrimados a la pared.

Del techo pendía un lamparón de hierro forjado.

Desde el zaguán arrancaba la escalera principal hacia el piso alto, y dos puertas abiertas daban paso a otras estancias del piso bajo.

Avanzando con cautela, A. fue alumbrando el muro de la izquierda hasta descubrir una llave de la luz unida a un cable antiquísimo, con forro textil.

Si aquello daba la medida del estado de la instalación, nuestro amigo podía ir apartando una buena suma para ponerla en regla.

—Aquí hay una llave.

La accionó un par de veces, sin resultado.

—El cuadro de luces tendrá que estar también en la entrada. Seguro.

Se volvió hacia nosotros y alumbró la cara interior de la fachada.

—Y, en efecto, aquí está.

Oculto a mi vista por el portón abierto, le oí trajinar con varias palancas, pero no pasó nada.

—Me temo que han cortado la luz. Voy a tener que arreglarlo con la compañía. Veamos de dónde sale el olor.

Cubriéndome la nariz con la manga del forro polar, seguí sus pasos hacia la puerta de la izquierda. Rezongando y maldiciendo su perra suerte, M. se nos unió y cerró la marcha.