CAPÍTULO I #3
—La venderás, ¿no? Es un caserón enorme, y mantenerlo en buen estado te va a costar más que buscarte algo de un tamaño acorde con lo que necesitas. Entre que no se ve cómo está el tejado y que, encima, es un edificio histórico, quizá catalogado, una cosa así puede arruinarte si no andas con ojo.
En respuesta, A. rebuscó en el maletín y dejó sobre la mesa una llave vieja y pesada, de unos treinta centímetros de longitud, obra de una forja tan elaborada como extraña.
El ojo presentaba la forma esperable, pero la tija estaba recorrida por una serie de grabados geométricos intrincados que no remitían con claridad a ninguna tradición reconocible.
Lo verdaderamente singular, sin embargo, era el paletón.
A diferencia de lo que cabría esperar en cualquier llave antigua, el artesano no lo había compuesto con el habitual juego de ángulos rectos, sino con una maraña de líneas ondulantes que se entrecruzaban unas con otras, dejando entre medias pequeños huecos romboidales.
Habría podido pensarse en una influencia islámica, de no ser porque aquello parecía rehuir cualquier simetría reconocible.
Daba la impresión de que alguien hubiera intentado imitar un motivo vegetal sin comprender del todo las leyes de las plantas, aunque a mí me produjo una sensación bastante menos apacible: por un instante me recordó a los tallos de una planta agitándose bajo el viento, pero, mirándola mejor, pensé en los tentáculos de una anémona revolviéndose bajo el agua.
No sabría explicar por qué, pero aquella llave me produjo un ligero desasosiego, como si hubiera en su diseño algo deliberadamente antinatural.
Y, sin embargo, era evidente que no se trataba de una fantasía moderna.
La pátina, el desgaste de los bordes, la huella misma del uso: todo delataba un objeto antiguo y auténtico.
Aquello había salido de las manos de un gran artesano.
Más aún: concebir una cerradura capaz de admitir una llave semejante debió de suponerle un reto extraordinario.
A. continuó poniéndonos al día:
—Los abogados de Pamplona, haciendo gala de su eficacia habitual, me avisaron diez días antes de que venciera el plazo para liquidar los impuestos.
Ya os podéis imaginar que dejarlo pasar me habría supuesto un buen pico en multas y recargos.
Por si acaso, hice mis propias averiguaciones y comprobé que Félix no dejaba ningún legitimario que pudiera complicarme la vida, así que al menos por ahí podía estar tranquilo. Después eché mis cuentas.
»Hace diez años la casa estaba en buen estado de conservación y, como sabéis, llevo tiempo buscando un sitio así.
Como bien dice E. , el edificio está catalogado por la Junta, pero en la parte más moderna la protección solo alcanza a la fachada y a ciertos elementos estéticos.
El torreón, en cambio —lo señaló en la pantalla—, sí goza de protección integral, aunque no importa demasiado, porque creo recordar que ni siquiera estaba comunicado con el resto de la casa y, cuando estuve allí, no era más que un trastero con mil años de polvo.
»En definitiva, la casa me interesa y, aunque los impuestos que he pagado no han sido pocos, sigue estando muy por encima de cualquier cosa que yo hubiera podido comprar con mi dinero.
—Estás metiendo la pata, A. Ese panteón te va a arruinar, acuérdate de lo que te digo —advirtió M.
El aludido negó con la cabeza con una seguridad apenas teñida de impaciencia, como si la objeción no mereciera demasiada consideración, antes de proseguir:
—No digo que no guarde afecto a Félix y que no aprecie de verdad su gesto de generosidad, pero, si la cosa se sale de madre, no hay nada que me impida vender la casa en cuanto empiece a convertirse en una carga imposible de asumir.
—Si encuentras quien te la compre — M. había sacado el móvil y consultaba el mapa—. Pero, de verdad, ¿tú has visto dónde está Soncillo?
—Yo no comparto tu visión, M. —replicó, con esa sequedad suya que solía asomar cuando daba por zanjada una discusión—.
En fin, la cosa es que pagué mis impuestos, los abogados resolvieron los últimos detalles y el lunes recibí por mensajero esta belleza —dijo refiriéndose a la llave—, junto con una copia de las escrituras.
—Bueno, si tú estás contento, nosotros también. Enhorabuena, A. —lo felicité, mientras M. expresaba su desaprobación con un resoplido—. ¿Ya has visitado la casa?
—Todavía no, y esa es precisamente la razón por la que os he reunido.
Este fin de semana no puedo moverme de Madrid, pero el próximo jueves, que es festivo, me gustaría acercarme allí y volver el domingo a la hora de comer.
Sería una buena ocasión para repetir una de nuestras viejas escapadas: aire fresco, buena comida y una vez más los tres solos frente al mundo.
—Elegante forma de excluir a nuestras familias —le reprochó M. —. Se nota que hablas desde la irresponsable tranquilidad del soltero: aún no has descubierto que la risa de un niño y unas manos pegajosas pueden ser, a la vez, la mayor alegría de tu vida y el final de tus posesiones más queridas.
Después la conversación derivó hacia otros asuntos y, tras prometerle que intentaríamos arreglarlo para irnos con él, nos despedimos amistosamente pasada la medianoche.