CAPÍTULO I #2
—Hace unos diez años —prosiguió A. —, Ale, ya sabéis de quién hablo, me contó algo sobre un amigo suyo que había sido atrapado en uno de esos infernales pleitos rurales.
Félix Esparza, que así se llamaba, era profesor emérito del Departamento de Óptica de la Universidad Pública de Navarra.
Viudo y sin hijos, repartía su tiempo entre Pamplona, donde siempre había vivido, y Burgos, donde había buscado refugio y paz.
Pero, según me contó, lo único que encontró allí fue una guerra minúscula y tenaz: un vecino suyo había conseguido convertir sus estancias en el campo en una pesadilla, y buscaba un abogado capaz de librarlo de un atolladero jurídico que él no había ido a buscar.
—¿Le llevaste el pleito, entonces? —le pregunté.
—No. La verdad es que era una nadería: una servidumbre de aguas.
Se había puesto en manos de un buen despacho de abogados de Pamplona, pero sospechaba que no se lo tomaban demasiado en serio y que el asunto acabaría perdiéndose después de dormir un par de lustros en el juzgado.
La casa estaba en el norte de Burgos, cerca de Soncillo.
Recuerdo que era primavera, y mi conocido me dijo que Esparza me invitaba a pasar unos días allí para decidir si me hacía cargo del asunto.
Si recordáis, por entonces yo salía con Bente, aquella encantadora chica danesa, de ojos claros y un pelo rubio que M.
siempre consideró demasiado perfecto para ser del todo auténtico.
Entre Bente y M. nunca hubo demasiada simpatía. Ella lo encontraba brutal, ruidoso y ofensivamente terrestre; él, por su parte, la tenía por una de esas personas empeñadas en descubrir señales donde los demás solo veíamos humedades, corrientes de aire y casas viejas .
—¿La tipeja aquella que escuchaba voces? — M. volvía a afanarse con el bogavante, pero estaba claro que seguía atento a la conversación—. Cómo no acordarme.
—No volvamos a eso —atajó A. con fastidio—.
Una semana después, Bente y yo viajamos a Burgos en coche, y Félix nos alojó cuatro noches en su casa.
Nuestro anfitrión era un hombre de unos setenta años, agradable y culto, y no tardó en nacer una mutua simpatía entre nosotros.
Aunque aquella no fuera la casa solariega de sus antepasados —la había comprado años antes—, Félix parecía sentir un vínculo muy intenso con el lugar.
De no ser porque Bente, cada vez que se le daba pie, insistía en que aquella casa tenía algo que la asustaba…
—Como una cabra, te lo digo yo.
—… habríamos prolongado la estancia. Al final fui incapaz de seguir dándole largas y me vi obligado a inventar una excusa plausible para regresar a Madrid con ella.
Aun así, en aquellos pocos días, y de manera casual, tropecé con la prueba sólida que acabaría inclinando la sentencia a favor de Félix.
En fin, como ya sabéis, en cuanto me cosieron un tapete de ganchillo en las mangas de la toga abandoné el ejercicio de la abogacía, y el caso siguió en manos del despacho de Pamplona.
—Mantuviste el contacto con él, entiendo, si te dejó la casa —deduje.
—Sí. Tres años después volví a tener noticias de Félix.
Como os dije, la sentencia le dio la razón y los herederos de su vecino, que no vivió lo bastante para ver el final del pleito, dejaron correr el asunto y no la recurrieron.
Desde entonces, en vísperas de cada Navidad, he recibido en casa una cesta de manjares de la mejor mantequería de Pamplona.
Había sido un asunto menor y mi intervención, mínima, pero nunca quiso atender mis protestas, y año tras año la cesta siguió llegando.
—¿Aquellas conservas y espárragos que nunca quisiste ponerme delante cuando iba a verte te los enviaba él? —recordó M. , con un rencor tan sincero que resultaba teatral.
—Correcto. Esos mismos que reservaba para mis padres y no para tu estómago sin fondo.
Y, si me lo permites, voy terminando. Félix y yo no volvimos a vernos en persona.
Siempre repetía su invitación para que fuera a visitarlo a Burgos o a Pamplona, pero nunca terminaba de cuadrarme.
Estas últimas Navidades la cesta no llegó y, la verdad, no me pareció elegante llamarlo para felicitarle las fiestas, porque podía interpretar que le echaba algo en cara.
Así que fui dejando la llamada para uno o dos meses después.
—Le llegarían noticias de cómo tratas a tus amigos y prefirió no arriesgarse a que lo contaras entre ellos, no fuera a ser que quisieras matarlo también de hambre.
—Como es habitual, el amigo M. y su don de la oportunidad.
Hace quince días recibí un burofax del despacho de abogados de Pamplona.
Me comunicaban que a mediados de enero habían encontrado muerto a Félix Esparza en su casa de Burgos.
Un empleado de Iberdrola, que había ido a revisar el contador, lo vio tendido en el suelo a través de una ventana.
Según parece, llevaba muerto algo más de un mes.
—Menuda forma de morir —lamenté.
—Pues, si no espabilas y cambias de vida, acabarás igual que él, tirado en cualquier rincón y más solo que la una —aventuró M.
El aludido resopló, impaciente.
—Vivir como un señor, morir como un perro.
Ya sabéis que asumo ese destino como propio.
El cuerpo no presentaba signos de violencia, y la casa no parecía forzada ni faltaba nada.
Como ya tenía cerca de ochenta años, se certificó una parada cardiorrespiratoria y no se le practicó autopsia.
Los abogados, en su condición de albaceas, me comunicaban además que Félix me había legado en testamento la casa de Soncillo con todo lo que hubiera en ella.
M. y yo cruzamos una mirada antes de que él preguntara:
—¿Y qué vas a hacer? Entre impuestos y demás, eso te puede costar una fortuna, sin contar con que la casa ha servido de ataúd.
M. había terminado de desguazar la pinza del bogavante y seguía enfrascado en una carnicería minuciosa que no ayudaba precisamente a tratar con delicadeza los aspectos más macabros del relato. Decidí enmendar su brusquedad y devolver la conversación a términos algo más razonables.