El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1) CAPÍTULO I
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El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1)

El Legado (Crónicas del Valle Salobre 1)

Por Mario Cid

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CAPÍTULO I

CAPÍTULO

I

Podría adoptar un tono solemne y afirmar que la historia que acabaría alterando nuestra percepción del mundo —la mía y la de mis dos amigos— empezó con una llamada telefónica un miércoles por la noche.

Sin embargo, prefiero ser sincero y reconocer que pocas cosas en la vida te vienen dadas sin coste, y que el precio de aceptar aquella invitación para cenar el viernes terminaría cobrándomelo mi mujer, más temprano que tarde.

En concreto, me obligaría a ayudarla en la remodelación de la casita de su familia, en la provincia de Toledo.

No menciono esto porque ella fuera controladora, sino porque todo compromiso matrimonial —hablo del acuerdo real, no de los artículos que una jueza nos leyó en la boda— exige algún tipo de contrapeso cuando dejas sola a tu pareja a las puertas del fin de semana.

Como decía, antes de perderme en explicaciones que nadie me ha pedido, el teléfono sonó un miércoles, justo cuando estaba a punto de sentarme en el sofá después de cenar.

Al otro lado de la línea, tal como anunciaba la pantalla del móvil, estaba un viejo amigo de la infancia, a quien me referiré por su inicial, A.

Nunca habíamos perdido el contacto, pero en los últimos tiempos nuestros encuentros se habían vuelto menos frecuentes, así que atendí el teléfono con cierta prevención: las llamadas inesperadas y a deshora suelen traer malas noticias .

Afortunadamente, aquella tenía un propósito bastante más amable: invitarme a cenar el viernes siguiente en un restaurante de Villanueva de la Cañada, un animado núcleo universitario al oeste de Madrid.

Me explicó que tenía que contarme algo y que prefería hacerlo en persona.

Cuando comprendí que la invitación no se limitaba a la cena, sino que incluía también el pago de la cuenta, acepté complacido.

Aquella noche, hacia las nueve, logré aparcar justo delante del lugar donde habíamos quedado: el bar-marisquería Kybele, en plena calle Real.

Dejé mi Golf junto al monstruoso y anticuado Citroën C6 de mi amigo, aunque a él le gustaba referirse a su vehículo como «el Tiburón».

Sus diseñadores debieron de tener en mente las necesidades cotidianas de un capo marsellés y sus cuatro guardaespaldas moldavos, porque contaba con un maletero lo bastante espacioso para acomodar sin apuros los cadáveres de dos o tres miembros de bandas rivales.

Estábamos en octubre y la noche ya había caído, aunque todavía era un poco pronto para cenar.

Solo tres de las diez mesas de la zona de bar tenían clientes.

Las dejé atrás y seguí hacia el interior, donde estaba el comedor.

A. me vio desde su mesa y levantó una mano, un gesto bastante innecesario, porque la suya era la única con comensales.

Aunque no me lo había advertido, no me sorprendió encontrar a su lado a M. , otro viejo amigo de la infancia.

Los tres habíamos sido compañeros de colegio y, aunque todos habíamos rebasado los cuarenta, nuestra amistad había resistido los altibajos de la vida.

A. , de ojos claros, cabello indisciplinado y una inquietud contenida que se le escapaba por los dedos, me observaba mientras me acercaba, tamborileando sobre el mantel con ese aire serio y expectante que adoptaba cuando algo le preocupaba de verdad.

—Llegas tarde, señorito —me espetó M. a modo de saludo.

Para respaldar su afirmación, señaló las migas de su ya desaparecido bollo de pan, esparcidas por su lado del mantel y acumuladas también sobre la barriga.

Era de constitución robusta, con unos cuantos kilos que no podían atribuirse sin más a una «complexión fuerte», como él mismo solía alegar; tenía el cabello en desbandada más que en retirada, una expresión entre socarrona y cansada, y esa clase de aplomo burlón con el que parecía tomarse a guasa casi cualquier cosa, empezando por sí mismo.

—Bueno, no creo que me haya retrasado tanto —contraataqué—. Ni siquiera te ha dado tiempo a comerte el pan de A.

¿Y qué decir de mí, E. ? Aunque ninguno de los dos fuera bajo, yo era el más alto, seguramente el más atractivo y, al menos en apariencia, el menos excéntrico de los tres.

Me gustaba pensar que había sabido mantenerme a cierta distancia de muchas de sus peculiaridades, pero la verdad es que los tres nos habíamos moldeado mutuamente a lo largo de los años.

Pese a nuestras diferencias, la nuestra era una amistad fraternal, y buena parte de lo que éramos no podía explicarse sin la influencia de los otros dos.

—Tienes razón —admitió con elegancia.

—No le hagas caso, E. Vamos, siéntate. Aún no hemos pedido.

Una hora después, estábamos llegando al final de una cena deliciosa, y la segunda botella de godello ya había dado lo mejor de sí.

En un momento dado, A. se limpió las manos antes de sacar una tableta de su funda, apoyada en una de las sillas vacías de nuestra mesa.

Con un movimiento ágil, logró ponérsela fuera del alcance de M.

, que se había lanzado sobre ella con avidez.

Nada en nuestra conversación, que discurría con la naturalidad fatigada de tres amigos que se conocían de toda la vida, había anticipado aún el verdadero motivo por el que A. nos había reunido. Para tirarle de la lengua sin parecer demasiado ansioso, opté por una broma y señalé la tableta.

—¿Eso es lo que querías enseñarnos? Solo para que lo sepas, yo tengo una igual en casa y no me parece motivo suficiente para invitar a M. a cenar a mi costa.

Sin hacer caso de mi comentario, A. encendió el dispositivo y, tras navegar unos instantes entre iconos y carpetas, giró la pantalla hacia nosotros para mostrarnos la fotografía de una gran construcción de piedra.

Esta vez, las manos de M. estuvieron a punto de apoderarse de la tableta con una codicia difícil de justificar ante un simple aparato electrónico.

La imagen mostraba, en una panorámica abierta, un antiguo caserón, de ventanales regulares y enrejados, repartidos en dos alturas.

La uniformidad de la fachada solo se veía interrumpida por un amplio balcón de forja suspendido sobre el arco de medio punto blasonado que hacía las veces de puerta principal, flanqueado a su vez por dos figuras talladas en relieve.

Su aspecto no difería mucho del de tantos palacios renacentistas que yo había visitado en Italia o en ciudades andaluzas como Úbeda y Baeza, salvo por un detalle: adosada al edificio principal se alzaba una torre medieval de planta cuadrada y traza primitiva, que en otro tiempo habría dado refugio y prestigio a la familia noble que la poseyó.

En conjunto, y descontando los bloques almohadillados de piedra grisácea que componían los dos tercios inferiores del torreón, la casa resultaba atractiva y vistosa, realzada por una sillería color miel a la que el espléndido sol de aquel día arrancaba matices dorados.

Aun así, había algo en la torre —tal vez su aspereza, tal vez la manera en que parecía apoyarse contra la casa sin pertenecer del todo a ella— que impedía confundir aquel edificio con una simple residencia nobiliaria.

Nada de aquello parecía cercano a pueblo o ciudad alguna.

La casa se alzaba rodeada de prados salpicados de arbustos, en un entorno de apariencia idílica que enmarcaba la vetusta construcción y acentuaba su autoridad sobre el paisaje.

A cierta distancia, por la parte de atrás, el terreno ascendía hasta una pared de roca, y tras ella comenzaba una zona de monte bajo densamente arbolada.

Vista así, bajo aquella luz limpia, la casa parecía ofrecerse al visitante; pero el monte, la roca y la torre la sujetaban al paisaje con una gravedad mucho más antigua.

—Os presento la Casa Solar de los Garcinuño: dos mil años de historia comprimidos en un solo edificio. Es más, puede documentarse su ocupación ininterrumpida desde el siglo XII, aunque parece que algunos sillares del torreón podrían ser de origen romano.

—¿Es de Airbnb? Me parece un poco grande para un solterón recalcitrante como tú —opinó M. Antes de que nadie respondiera, añadió, pensativo—. No se te ocurrirá invertir en eso, ¿verdad? Ya estoy cansado de advertiros de que el ladrillo no es un colchón tan seguro como dicen. Tch, menudo país este…

Acercó la cara a la pantalla, manteniendo ostensiblemente las manos en alto, en son de paz. La foto parecía haberle interesado lo bastante para soltar en el plato los despojos del bogavante que se disponía a rematar. A. sonrió con una expresión enigmática, anticipando el efecto de su revelación.

—Pues no. Ni una cosa ni la otra: la he heredado.

Me tomé unos segundos para calibrar la noticia, sin decidir aún si se burlaba de nosotros.

Los tres nos habíamos criado juntos en una ciudad del extrarradio de Madrid y conocíamos demasiado bien los orígenes humildes de nuestras familias, muy alejados de palacios y edificios señoriales.

Para sonsacarle algo más sin delatar si le concedía crédito o no, preferí refugiarme en la burla.

—¿Nos has ocultado durante todos estos años tu noble estirpe?

—Amigos míos, por mis venas solo corre sangre de suburbio, como bien sabéis. No, en serio, yo tampoco me lo esperaba. Os veo expectantes y, como amigo vuestro que soy, os debo una explicación.

No entendí bien lo que masculló M. , pero aquel balbuceo con la boca llena debía de rematar la referencia a cierta gloriosa película de Berlanga.