El legado del alarife Chapter 67
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Chapter 67

Al amanecer del tercer día pusieron rumbo a Gabés.

Resultó duro volver al calor del desierto, al bamboleo sobre el dromedario y al agua racionada, pero Alí no le oyó proferir ni una sola queja a Fátima.

Durante el mes que duró aquel duro tramo del viaje, solo se le notaba su cansancio en las ojeras, pero por lo demás, siguió pendiente del bienestar de su hijo protegiéndole del sol, dándole de beber, cambiándole los pañales o canturreándole para que se durmiera.

El día en que divisaron el oasis Gabés, la caravana estalló en una explosión de júbilo al acampar.

El miedo que los peregrinos habían guardado en sus corazones desde que sufrieron el ataque de los bandidos, desapareció al saberse a salvo y dieron rienda suelta a su euforia de una manera desmedida: se cantó, se bailó y ante la proximidad de las ciudades de la costa, por una vez no se racionó el agua.

La temperatura se había moderado, y la gente se sentía feliz al poder pasear por los huertos de naranjos, albaricoqueros, limoneros y perales.

Alí nunca había visto tantas palmeras juntas, y decidió aprovechar para darse un largo paseo antes de la cena.

Volvió con unas ramas de dátiles para Fátima, y después de comer se quedó mirando cómo los saboreaba.

Se concentró en sus gestos y sin poder explicar la razón, le parecieron una atractiva mezcla de sobriedad y placer contenido que le despertaron unos sentimientos largamente reprimidos; entonces fue consciente que, por primera vez desde que la hizo pasar por su esposa, sentía hacia ella un deseo que solo le había inspirado Jalila.

Se avergonzó, creyó que estaba traicionando a Kamal y a su amor, y se levantó para alejarse de la tentación.

Anduvo errante por el palmeral, y cuando el cansancio le pudo e imaginó que ya todos dormían, regresó para descansar un rato.

Al amanecer reanudaron la marcha, llegaron al mar, y fue un auténtico placer sentir otra vez la humedad en la piel, y el aire fresco en el rostro.

Continuaron por la costa hasta Alejandría, y el optimismo cundió en el ánimo de los viajeros que, exultantes de alegría por las suaves temperaturas y la abundancia de agua, empezaron a relajarse: después de todo estaban atravesando una tierra rica, los paisajes eran refrescantes, y al anochecer la brisa invitaba a tener un sueño reparador.

¡Qué más podían pedir después de tantas penalidades!

Según avanzaban, Alí galopaba hasta las barcas que regresaban a la orilla para comprar alguna captura; o bien se acercaba a los huertos para comprar frutas y verduras frescas.

Parecía que no solo su vida de antaño, también los sufrimientos de viaje quedaban atrás, y casi sin darse cuenta empezó a sentir a Fátima como a su verdadera esposa, y a Karin como a su propio hijo.

Llegaron a El Cairo después de dos meses, y pudo comprobar una vez más que el dinero vence voluntades, porque no tuvo dificultades en encontrar la casa que ellos necesitaban: ni grande ni pequeña, ni rica ni pobre, la propia para el asentador de un rico comerciante extranjero.

Tras pasar algún tiempo dedicado al aprendizaje de las costumbres del lugar, puso en marcha los negocios de Yusuf, y comenzó una discreta búsqueda de los parientes de Fadil.

No era fácil encontrarlos en una ciudad tan grande, pero tuvo suerte, y alguien le hablo de quién podría ser su sobrino.

No lo dudó, y se dirigió a la casa pidiendo ser recibido.

Mientras esperaba, no hacía más que dar vueltas a la forma en que iba a abordar el asunto, y en esas estaba cuando entró en la habitación un hombre de rasgos afilados y profundas arrugas.

Tendría unos cincuenta años y mucha curiosidad, porque nada más aparecer por la puerta, le espetó sin ningún tipo de circunloquio:

—La paz sea contigo, hermano. No me acuerdo de ti, así que deberás recordarme de qué nos conocemos, porque me han dicho que has preguntado por mí.

—La paz sea contigo. Nadie nos ha presentado, pero si sois el descendiente de Zayd ibn Thabit y tuvisteis un tío llamado Fadil, sin duda sois la persona que ando buscando.

Le vio enderezarse con orgullo y exclamar:

— ¡ Por supuesto! Ya sabéis que mi nombre es Zayd ibn Zayd, y me enorgullezco de pertenecer a la estirpe del hombre que acompañó al Profeta, y que le sirvió con lealtad hasta su muerte.

—En tal caso, conoceréis la encomienda que tiene vuestra familia por su voluntad.

Le vio revolverse nerviosos y tras mirarle fijamente, le preguntó con la desconfianza de quién es inquirido sobre un asunto muy secreto, por alguien que es un completo desconocido para él.

—Y vos… ¿acaso la conocéis?

Su actitud y la pregunta le convencieron que se trata de la persona que andaba buscando:

—Así es. Permitidme que me presente, mi nombre es Alí ibn Muhammad y procedo de Al-Ándalus —se quedó observándole unos instantes—.

Ahora vivo en El Cairo, y soy el asentador de Yusuf ben Abi Bakr, un rico comerciante de Fez que exporta a esta ciudad.

Si no me equivoco, vuestro tío Fadil volvió hará unos treinta y tres años, para asumir la responsabilidad de ocultar y proteger al que entonces era el Elegido.

Le vio abrir desmesuradamente los ojos.

— ¿ Cómo lo sabéis ?

—Porque tras el cruel asesinato de su protegido, hizo pasar a su hijo como propio para salvaguardar mejor su vida.

A ese nuevo Elegido, no solo le conocí, sino que me precio de haberlo sentido y tratado como a un hermano.

No lo éramos familia de sangre, pero sí en mi corazón y en el suyo.

Se llamaba Kamal, y como su padre también ha sido asesinado.

Días antes de morir me pidió que, si no lograba sobrevivir, protegiera a su hijo, os buscara, y os revelara su identidad para que cuando yo muera, vuestra familia siga cumpliendo con la encomienda del Profeta.

— ¿ Hay un nuevo Elegido? —preguntó eufórico.

—Así es. Todavía es un niño, y por voluntad de su padre seré yo quien le prepare para la alta misión que Allah le tiene reservada. Pero si algo irreparable me ocurriera, vos deberéis asumir su cuidado y educación.

— ¿ Podría conocerle ? —dijo con los ojos brillantes de emoción.

—Podéis y debéis, que para eso he venido.

Quiero que el niño se acostumbre a vuestra familia porque si yo muero, protegerle será vuestra responsabilidad.

Quiero que frecuentéis mi casa y paséis tiempo en su compañía, para que entre todos consigamos mantenerle a resguardo de los malvados —hizo una larga pausa—.

Como en su día hizo vuestro tío Fadil, yo también le he hecho pasar por mi hijo para ocultarle.

Espero que no os parezca mal, pero lo he juzgado conveniente para que nadie sospeche que es el nuevo Elegido, hasta que llegue el momento en que deba cumplirse la voluntad del Todopoderoso.

—Estoy de acuerdo. Si os parece bien, me acercaré por vuestra casa fingiendo interés por adquirir alguno de vuestros productos.

—De acuerdo. Ahora debo irme, aunque confío en que el Magnánimo os ayude a cumplir con vuestra delicada misión, si es que algún día llega a ser necesario.

Alí se marchó, pero al día siguiente Zayd se presentó a media tarde en su casa.

Estaba tan nervioso que a pesar de su aspecto era el de un comprador casual, se le notaba demasiado excitado.

Conoció a Karin y le miró con tanta devoción, que por primera vez desde que se hizo cargo del niño, Alí sintió la tranquilidad de saber que contaba con un excelente colaborador para proteger al niño.

Sus visitas se fueron haciendo más frecuentes, y tanto él como su hijo acabaron por tener con ellos una relación de casi parentesco.