El legado del alarife Chapter 66
97%

Chapter 66

Se despertó al amanecer, Fátima mecía a Karin entre sus brazos, mientras la nodriza preguntaba, casa por casa, si alguien quería venderles un jarrillo de leche de cabra y un poco de fruta fresca.

Alí se quedó observándola y no lo pudo evitar, y se le hizo un nudo en la garganta al recordar a su querido amigo: ¡Cuánto le echaba de menos!

Para disimular que las emociones estaban a punto de desbordarle, se puso de pie y dijo:

—Voy a dar una vuelta. Siento curiosidad por conocer el sistema que usan en este pueblo para distribuir el agua de riego.

Fátima inclinó la barbilla en señal de asentimiento, y Alí fue a perderse por las callejuelas.

Llegó al límite de las casas, y se quedó extasiado al contemplar el relieve de la cordillera del Atlas que medio se adivinaba en la lejanía.

Sintió una reconfortante sensación de seguridad, y por un momento se concentró en esa visión obviando a las ardientes dunas, para recrearse en aquel grandioso y maravilloso espectáculo.

Se centró en su entorno más inmediato: las huertas estaban verdes y llenas de vida, parecía un milagro que, entre tanta tierra yerma, pudiera crecer un vergel tan esplendoroso.

Al volver la cabeza descubrió una escalera excavada en la roca, y descendió por ella.

Vio que terminaba en un cañón, que recorrió en hasta llegar a una catarata que desaguaba en un pequeño lago, y se detuvo a disfrutar del ruido y la humedad que se creaba alrededor de aquella vibrante cortina que formaba el agua al caer.

¡Qué bendición! No se le ocurría que pudiera existir nada tan sorprendente y gratificante, como aquel refrescante e inesperado estruendo que sonaba a vida.

Regresó y al aproximarse al cercado en el que estaban acampados, el bullicio casi le aturde: los peregrinos estaban despiertos y se dedicaban a preparar la comida, a recoger las mantas, y calentar la leche en sus anafes.

Reían a gritos como si lo vivido la noche anterior fuera un mal sueño, del que muchos intentaban despertar a base de bromas y alegría.

Todo estaba en movimiento: ancianos, mujeres, guardias…

Hasta los caballos relinchaban de satisfacción mientras los cepillaban, o les proporcionaban el alimento necesario para saciarlos.

Bayhas le fue a buscar, aún no había terminado de desayunar, pero le acompañó tras coger un pequeño fardo con telas. Se dirigieron a la casa del jefe del pueblo, donde les esperaban reunidos el consejo de notables para parlamentar, y por el camino le fue instruyendo sobre sus pretensiones:

—Asentador, nos vendría bien descansar un poco.

No solo porque la gente está cansada, también porque los dromedarios lo necesitan, ya que la huida de ayer a la carrera los ha extenuados, y corremos el riesgo de que revienten.

Definitivamente, quedarnos un par de días para recuperarnos, es lo mejor para toda la caravana.

Pero no es fácil que nos lo autoricen, porque nuestro elevado consumo de agua, les causa muchos perjuicios.

—Haré cuanto pueda, quizás les interese llegar a un acuerdo. Esta mañana al pasear por el pueblo, he visto que carece de cosas muy elementales. Si se las regaláramos, se sentirán agradecidos y compensados por el gasto del agua, y puede que se muestren magnánimos ante nuestras necesidades.

—Te dejó a ti esa parte de la negociación. Eres comerciante, y lo harás mejor que este pobre caravan-bachi.

Alí sonrió para sus adentros. Bayhas dominaba el arte de la adulación, lo que resulta muy útil cuando se necesita tratar con tribus hostiles durante el viaje, o simplemente para pedir ayuda cuando se necesita.

Al entrar en la casa y por contraste, Alí se acordó del esplendor de Alhambra.

Las paredes de adobe estaban desnudas, y si se lograban ver era gracias a la débil llama de tres pequeñas lucernas estratégicamente colocadas.

Las esteras en las que permanecía sentado el consejo, eran viejas y bastas, y aquí y allá se veían apilados algunos platos de alfareros totalmente descascarillados.

En resumen, el jefe era pobre, y los demás miembros de consejo no le iban a la zaga.

Bayhas se inclinó ante ellos exageradamente, y dijo con humildad:

—La paz sea con vosotros, hermanos. Que Allah os bendiga y os premie la protección que nos brindasteis anoche, porque de no haber sido por vuestra ayuda, nuestros huesos yacerían expuestos al abrasador sol del desierto.

Alí permaneció en silencio, mientras Bayhas les regalaba el oído con una profusión de palabras de agradecimiento, a todas luces excesivas.

Alabó el valor y la piedad que demostraron los vecinos durante la batalla y que, en su opinión, sería largamente recompensada en el Paraíso.

La impresionante belleza del pueblo, la hospitalidad con la que les habían acogido a cesar la lucha, y finalmente expresó su deseo de alargar dos días más la estancia de la caravana, para que las personas y los animales pudieran reponer fuerzas.

También se atrevió a pedirles autorización para cargar agua antes de marcharse, y se calló esperando la reacción de sus interlocutores.

Les vio torcer el gesto, mirarse entre ellos, y tras un embarazoso silencio que reflejaba su desconcierto, el jefe les invitó a tomar el té. Cuando ya lo habían servido, dijo con expresión hierática:

—Agradezco vuestras palabras, pero… ¡qué otra cosa podíamos hacer, si habíais atraído a los bandidos hasta nuestro pueblo!

Sé que el Magnánimo pide un comportamiento bondadoso con los necesitados, pero creedme, no nos movió solo la piedad, también el hecho de nosotros estábamos en grave peligro —dio un sorbo al té—.

Otra cuestión es que alarguéis vuestra estancia aquí, pues habéis de entender que sois muchos, nuestro pueblo es pobre, y el agua es demasiado escasa.

Comprendedlo, con tantos peregrinos y tantas monturas, pronto se agotarían nuestras existencias.

Y más todavía si como decís, pretendéis cargar vuestros odres para beber durante el camino —negó repetidamente con la cabeza—.

Por no añadir que vuestra permanencia aquí atrae las miradas de los codiciosos que os atacaron, y que hasta ahora nos habían ignorado debido a nuestra pobreza.

Alí se lo estaba temiendo: eran unos huéspedes incómodos, y deseaban que se fueran de inmediato con las manos vacías. Tomó la palabra y, tras deshacerse en elogios al valor demostrado por los vecinos durante la refriega, desenvolvió el fardo y dijo:

—Permitidme que en nombre de mi señor Yusuf, os dé una pequeña muestra de su gratitud, que estoy seguro que es tan inmensa como las arenas del desierto.

Sacó unas piezas de seda y con la cabeza gacha, las fue repartiendo entre los miembros de consejo. Pudo observar cómo las palpaban admirados, no debían estar acostumbrados a ver semejantes maravillas, y menos aún a que alguien se las regalara.

Pasados unos primeros momentos de estupor, observó que su reacción no era la que él hubiera esperado y lo comprendió: quién no tiene sus necesidades más elementales cubiertas, los artículos de lujo no le compensan. Se dio cuenta que debía ofrecer más, y en el mismo tono modesto siguió hablando:

—Sé que os pedimos más de lo que os damos, pues para vosotros el agua no tiene precio.

Pero tan solo se trata de que nos admitáis durante dos días, y yo os prometo que, al amanecer del tercero, partirá la caravana para siempre.

Si nos permitís reponer fuerzas, abrevar nuestras cabalgaduras y llenar nuestros odres, os pagaremos generosamente, y Allah os compensará haciendo que vuestros manantiales broten con la misma abundancia que los ríos del Paraíso —sacó ocho monedas de plata, y las colocó delante de él sobre la mesa—.

Con esto trato de compensar el consumo de agua de mi familia y la que admitan nuestros odres, y con esto otro —sacó ocho monedas más y corrió el monto total hacia el jefe—, la que pueda consumir mi caballo y mis dromedarios durante nuestra estancia.

Vio que los hombres se miraban entre ellos: no lo consideraban suficiente y les iban a pedir que se fueran, así que anduvo rápido y les siguió ofreciendo:

—Claro que esto es solo mi parte, falta añadir la aportación de los demás —les miró de reojo, aquello les sonó mejor y empezaron a prestarle atención—.

Si os parece bien, podemos ajustar una moneda de plata por cada persona o caballo, dos por cada dromedario, y otra más por cada odre que llenemos de agua.

Vio brillar la codicia en sus ojos, ahora sí que estaban de acuerdo, y asistieron satisfechos ante esa proposición.

No obstante, Alí miró al jefe del pueblo esperando que confirmara la decisión del consejo y, a juzgar por la expresión de su cara, inmediatamente intuyó que sería igualmente favorable.

Tomó la palabra el jefe y dijo:

—El Todopoderoso sabe que nunca seré un hombre rico, pues mis manos como son ríos caudalosos que reparten cuanto tengo entre la gente de mi pueblo.

Con ese dinero que nos ofrecéis, mejoraremos el oratorio y podremos paliar la miseria de los más necesitados.

Además, no queremos faltar a la sagrada hospitalidad, ni deseamos que tantos hombres, mujeres y niños sean pasto de alimañas.

Creedme si os digo, que nos apenaría saber que vuestros huesos yacen al sol, sin que nadie les dé una piadosa sepultura —bebió otro sorbo de té—.

Por eso aceptamos el acuerdo siempre que, al amanecer del tercer día, os marchéis sin poner más excusas ni retrasos.

Bayhas soltó una retahíla de frases de agradecimiento mientras se despedían, y añadió con humildad mientras inclinaba repetidamente la cabeza:

—No os preocupéis. Yo mismo organizaré la colecta, y mañana al anochecer os traeré los dineros acordados.

Salieron satisfechos del acuerdo, y Bayhas le felicitó con entusiasmo:

—Asentador, te estoy muy agradecido, eres hábil en las negociaciones y de no ser por tu intervención, no creo que nos hubieran permitido quedarnos.

Con lo acordado partiremos descansados, con los odres llenos de agua, y bien provistos para cruzar el desierto hasta Gabés.

Si seguimos esa ruta, acortaremos en varios días nuestro viaje.

Definitivamente es un buen acuerdo, por eso no me extraña que el rico Yusuf te haya nombrado su asentador, ya que le vas a proporcionar pingües beneficios.

Aprecio tu intervención y no te preocupes, yo me ocuparé de pagar al jefe.

Ese día y el siguientes, Alí los dedicó a conocer el pueblo y sus alrededores.

Se asombró del ingenioso sistema que tenían para repartir el agua entre los distintos regadíos.

Era sencillo, pero al mismo tiempo el más justo que alguien hubiera podido concebir: en la sala a la que era conducida parte del precioso líquido, habían construido un artilugio formado por dos jarras que pendían de unas cuerdas a diferente altura.

Cuando el agua rebosaba en la que estaba más alta, caía sobre la que se encontraba más abajo.

Según le explicó el encargado de vigilarlo, dependiendo de lo que tardara en llenarse la jarra inferior, abrían y cerraban las compuertas de riego.

Alí atendía fascinado sus explicaciones, y se acordó de Kamal y de su admiración por los sistemas hidráulicos de Granada: aquel no se quedaba atrás.

Pensó en que no hay nada mejor que la carestía para agudizar el ingenio y, si la solución elegida garantiza el bien común, aún en las peores circunstancias, la supervivencia de los pueblos puede llegar a ser posible.