Chapter 65
Abdul llegó desencajado, aporreó la puerta con fuerza y esperó, pero el miedo y la urgencia le hizo perder la noción del tiempo, y volvió a repetir la llamada de manera apremiante y casi inmediata.
Al poco oyó descorrer lo cerrojos y le abrió Alí que, al verle tan desmadejado, preguntó extrañadísimo:
— ¿ Qué ha pasado ?
— ¡ El arráez ! ¡ Qué el arráez ha asesinado a mi señor Kamal ! —dijo atropelladamente y casi a gritos.
Alí no acababa de comprender lo que decía, pero antes de pedirle más explicaciones, cruzó el dedo índice sobre su boca para imponerle silencio. A continuación, miró hacia ambos lados de la calle, le invitó a entrar y cerró la puerta con sigilo.
Le acompañó hasta la estancia donde esperaba Yusuf que, al verle en semejante estado de agitación, le inquirió asustado:
— ¿ Qué ha ocurrido ?
—Que vuestro sobrino ha muerto —dijo Abdul con voz entrecortada.
— ¿ Cómo ? ¡ Dinos qué ha pasado !
No le salían las palabras, y empezó a balbucear.
—Serénate y respira hondo —le ordenó su amo—. ¿Ya puedes hablar? —asintió—. Pues ahora cuéntanos lo que ha sucedido.
—Que siguiendo las instrucciones del señor secretario aquí presente, seguí a vuestro sobrino y al arráez sin que ellos lo advirtieran.
No hablaron mucho durante el camino, pero al llegar a la mezquita no había nadie, y mi señor le preguntó por los soldados.
El arráez —entrecerró los ojos con expresión de odio—, ¡qué arda para siempre en el fuego del Yahannam!
, contestó que estaban escondidos en las inmediaciones.
Le condujo hasta un adarve donde, según dijo, le aguardaban los soldados escondidos detrás de un carro, y le cedió el paso para protegerle de cualquier peligro —miró al suelo desolado, y se calló para tomar aire.
— ¡ Sigue, Abdul ! —insistió Yusuf.
—Me asomé justo a tiempo de ver cómo el arráez desenvainaba su alfanje y se lo clavaba en la espalda.
Mi señor Kamal, al sentirse herido, le llamó traidor e intentó revolverse; pero el arráez le tapó la boca y de un certero tajo, le rebanó el pescuezo —rompió a llorar—.
Se ha llevado el cuerpo escondido entre las pajas del carro que estaba parado al fondo, y yo he venido corriendo a contároslo, porque así me lo había ordenado el señor Alí.
Tuvieron que sentarse, la noticia les había dejado tan anonadados, que sintieron las piernas tan flojas que no les quedó otro remedio: ¡Kamal asesinado por aquel vil traidor! Un conspirador que, bajo la apariencia de un cordero, se había comportado como la más repugnante de las alimañas.
Con las cabezas gachas e incapaces de reaccionar, se quedaron un rato callados; hasta que Abdul les sacó del estado de estado de semiletargo, sugiriendo con el mayor respeto:
—Mi señor, habrá que informar a la señora de que su esposo ha muerto.
En ese instante Alí recordó su promesa. No podía perder un instante, porque la seguridad de Karin y Fátima lo exigía, y no debía fallarle a su hermano .
—Tienes razón. Dile a su esclava que despierte a la señora, porque tenemos que partir de inmediato.
Miró a Yusuf, y le pidió con la voz temblorosa:
—Necesito que disponga lo necesario para transporte de tus fardos y los nuestros al caravasar. Hay que cargarlos antes del amanecer, porque tenemos que salir con la caravana al alba.
Yusuf salió para dar las órdenes, pero a él le costaba concentrarse porque se sentía culpable. Se maldijo por no haber sido más cauto. El arráez nunca le dio buena espina, y debió seguir su instinto para salvaguardar la vida del Elegido.
Recreó en su mente la imagen de Abd el Aziz: demasiado prepotente, demasiado soberbio y engreído… ¡No! Tenía que haberle insistido a Kamal para que tomara precauciones.
Sacudió la cabeza para tratar de despejarse, no era momento de lamentaciones, sino de estar atento a los pasos que se debían dar. A continuación, se fue a controlar el traslado de las mercancías y del equipaje al caravasar.
Supervisó la carga de los fardos y cuando los vio partir hacia el caravasar, apareció Fátima conducida por Yusuf, con la nodriza llevando a Karin entre sus brazos.
Ella tenía la mirada perdida: ni una lágrima, ni un lamento, parecía como embrujada; pero se dejaba conducir dócilmente por su tío, que no dejaba de acariciarle los hombros y susurrarle palabras de consuelo.
La subieron al otro carro, y a continuación subió la nodriza ayudada por Alí; una vez acomodados, se despidieron de Yusuf y fue el propio Abdul quién les condujo hasta la puerta de Fez el Bali.
Esperaron en silencio y cuando ya había amanecido, vieron acercarse a la caravana.
Se apeó un hombre de mediana edad que , con una voz seca y cortante, casi le espetó a Alí:
—Mi nombre es Bayhas. ¿Sois vos el nuevo asentador del señor Yusuf?
—Sí, y esa es mi familia —dijo señalando a Fátima y a la nodriza, que seguía llevando en sus brazos a Karin.
—Vuestros fardos llegaron demasiado tarde, eran muchos, y cargarlos todos nos ha retrasado más de lo debido —dijo con voz de fastidio— No conviene que perdamos más tiempo, así que montad a los dromedarios porque partimos de inmediato.
Les ayudaron a acomodarse y a la orden del capitán de guía , se pusieron en marcha hacia el este.
Durante más de cincuenta días avanzaron entre tierras de labor, bordearon algunas montañas, y atravesaron un sinfín de tierras muertas. Al principio Fátima parecía ausente, pero las necesidades de su hijo la hicieron reaccionar, y poco a poco empezó a canturrearle y a dirigirle palabras de cariño.
Llegaron hasta una planicie desértica en la que, casi por casualidad, tuvieron noticias de que iban a sufrir el ataque de unos bandidos.
No es que fuera algo inusual, pues los asaltos a las caravanas constituían una importante fuente de ingresos para los nómadas; pero el hecho de que semejante práctica se produjera con cierta asiduidad, no impidió que el momento resultara especialmente angustioso.
Alí, preocupado porque Karin llevaba varios días sin apenas comer, se había acercado a Bayhas para preguntarle si aquella noche iban a acampar muy tarde.
Mientras se quejaba de las maratonianas jornadas de viaje, vieron galopar hacia ellos al capitán de guía que, al llegar a su altura, tiró de las riendas del caballo y dando visibles muestras de nerviosismo, contó que la avanzadilla había descubierto a un numeroso grupo de bandidos, acampados entre las rocas del paso de las montañas que se divisaban al fondo.
—Son demasiados, Bayhas —dejo con voz angustiada—.
Bastante más que en otras ocasiones. Casi tantos como nuestros guardias y por lo que la avanzadilla ha podido observar, nos esperan a nosotros.
Se estaban felicitando por el importante botín que piensan conseguir, porque suponen que llegaremos al paso dentro de un par de días.
Estaban hablando de enviar algunos jinetes para vigilar nuestra marcha, así que debes tomar rápidamente una decisión, porque estamos en grave peligro.
— ¿ Estás seguro ?
—Sí. Les debió llegar la noticia de que aplazábamos la partida, y se han relajado confiando en nuestro retraso —sacudió la cabeza resoplando—.
Menos mal que ordenaste recuperar el tiempo perdido, porque de no haberlo hecho, habrían caído por sorpresa sobre nosotros.
¿Qué hacemos? ¿Mandamos a nuestros guardias para que los ataquen?
Bayhas miró la caravana: era grande y estaba bien escoltada, pero si enviaba a los guardias y no conseguían acabar con todos, quedarían totalmente desprotegidos.
La decisión no era fácil porque dado su número, el enfrentamiento tendría un resultado incierto y los bandidos que lograran sobrevivir, caerían sobre ellos y no tendrían piedad.
Ni siquiera tendrían que abrir la clásica brecha entre la cabeza y la cola, pues con tantas mujeres y ancianos en la caravana, resultarían una presa fácil de aniquilar .
Tomó una decisión, y ordenó tajante:
— ¡ Nos desviamos hacia el norte, a Chebika!
Envía una avanzadilla para que preparen nuestra llegada.
Y nosotros, deprisa, que en cuanto se den cuenta de que nos hemos desviado, nos perseguirán para darnos alcance —se quedó pensativo, y a continuación le urgió al capitán de guía—.
Pasa el aviso de que esta noche retrasamos la acampada y ya sabes, dirígete al oasis a la mayor velocidad posible.
Alí volvió junto a Fátima, y le insistió con urgencia.
—Lo siento. Tenéis que prepararos porque cambiamos de rumbo, y a partir de ahora iremos más deprisa.
Acomoda lo mejor que puedas a Karim, que el caravan-bachi lo ha ordenado por la seguridad de todos.
Los guardias han descubierto bandidos en el paso, y Bayhas teme que al ver que nos desviamos, intenten darnos alcance.
Estaba atardeciendo, cuando divisaron a lo lejos el oasis y al pequeño pueblo bereber. Alí, como todos, estaba agotado y hambriento; pero eso no le impidió quedarse maravillado al contemplar tantas palmeras y frutales, creciendo vigorosos en mitad del desierto.
Capitaneados por Bayhas, ascendieron por el sendero de piedras, mientras que los guardias retrocedían para proteger la cola de la caravana.
Llegaron a una especie de cercado, y allí se detuvieron a pasar la noche.
Estaban llegando los más rezagados, cuando oyeron los primeros gritos.
A pesar de lo rapidez con la que habían viajado, los cargados dromedarios no podían competir con los veloces caballos árabes, y los bandidos casi les dan alcance.
Hasta allí llegaban los gemidos de los heridos, las órdenes para proteger el sendero y el ruido de la lucha.
Los peregrinos, totalmente aterrorizados por la cercanía del enfrentamiento, empezaron a invocar la protección del Todopoderoso, hasta que vieron a los hombres del pueblo bajar en tropel para unirse a sus guardias.
Se acrecentaron los gritos con en el fragor de la batalla, la situación parecía cada vez más apurada, y Alí tomó una drástica decisión:
—Fátima, no os mováis porque voy a unirme a la defensa. Si los bandidos logran rompen la línea y llegar hasta aquí, podemos darnos todos por muertos — cogió sus armas y descendió por el sendero.
Duró mucho aquel infierno. Los bandidos, al ver que se les escapaba un botín que daban ya por conseguido, atacaban con una fiereza inusitada.
Lo intentaron una y otra vez con lluvia de flechas, encuentros cuerpo a cuerpo, y a sablazo limpio desde sus cabalgaduras; aquello parecía no tener fin.
Pero al apagarse las últimas luces del crepúsculo, se impuso la cordura y se retiraron: ¡Qué podían hacer, si ni siquiera conseguían ver dónde estaban sus presas!
El capitán de guía al frente de un destacamento, se quedó haciendo guardia mientras que Alí subía hablando con Bayhas.
— ¿ Qué vamos a hacer ?
—Hablaré con el jefe del pueblo para que nos permita quedarnos.
No le gustará porque aquí el agua es tan necesaria como escasa, y una caravana consume demasiada —hizo un gesto dubitativo—.
Apelaré a su hospitalidad de buen creyente, y confío en que nos autorice a quedarnos hasta que decida lo más conveniente para todos.
—Si retrocedemos para atravesar por el paso, nos estarán esperando, nos atacarán y nadie conseguirá salir vivo.
—Eso me temo, por eso estoy dándole vueltas a la idea de continuar por la ruta de la costa.
El camino es más largo, pero también más seguro.
Tendríamos que salir abastecidos de agua y comida, para poder alcanzar las ciudades rivereñas más cercanas; aunque no sé si esta gente será tan generosa como para compartir con nosotros sus pobres recursos.
—Creo que es cuestión de ponerle un buen precio a su generosidad.
Sería lo justo, puesto que aquí tienen unas condiciones de vida muy duras, y no podemos pedirles que nos regalen su bien más preciado —reflexionó sobre qué podía entregarles—.
Yo dispongo de algún dinero, y llevo en mis fardos telas y platos estañados muy valiosos.
No creo que a Yusuf le parezca mal que les entregue algunos, si con ello consigo salvar la mayor parte del cargamento.
Lo mismo deben hacer los restantes comerciantes, y todos a una alcanzaremos un acuerdo, porque se trata de ceder un poco para que podamos salvar el resto.
Y por supuesto los peregrinos tienen que colaborar, porque como a todos, también les va la vida en esta negociación.
Bayhas metió su dedo índice bajo el turbante, y se rascó mientras pensaba. Miró a Alí y le pidió:
—Te veo muy experimentado en los tratos… ¿Te importaría acompañarme mañana?
—Lo haré mucho gusto. Ahora me voy con mi familia, que estará preocupada al ver que no regreso.
Se acercó a los suyos, dormían tranquilos a pesar de lo vivido. El agotamiento les había vencido y al cesar la lucha, no habían podido mantener los ojos abiertos.
Se sentó a su lado y contempló el cielo: estaba hermosísimo.
Las estrellas que parecían pender de aquella inmensa cúpula negra, eran tan brillantes que su casi imperceptible parpadeo, se le antojaron guiños que le hacía su añorada Jalila.
Esa idea le sobrecogió hasta emocionarle, se le saltaron las lágrimas, y se recreó en contemplarlas mientras también le dedicaba un amoroso pensamiento a Kamal: « Hermano mío, desde el Paraíso vela por mí, para que pueda cumplir la promesa que te hice ».
Sintió frío. En el desierto baja mucho la temperatura durante la noche, y se cubrió con su mahsuw antes de quedarse dormido.