El legado del alarife Chapter 64
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Chapter 64

Amaneció el quinto día con un sol brillante y como el frescor nocturno aún no se había disipado, la temperatura era suave. Kamal abrió los ojos, la ansiedad por la inminencia del asalto le había mantenido despierto y, hasta bien pasada la media noche, no consiguió conciliar el sueño.

Fátima tampoco pudo, pero permaneció a su lado sin moverse, y tan solo con las claras del día se atrevió a levantarse procurando no hacer ruido.

Le estaba costando contener los nervios.

Kamal le había pedido que en caso de que la conspiración fracasara, debía abandonar Fez con Alí, con quién además debería casarse por la seguridad de Karin.

La pena le oprimía el pecho, pero no quería preocupar a su esposo y con la expresión más animosa que pudo improvisar, esperó a que se levantara.

Instantes después apareció Kamal somnoliento para anunciar que se iba a los baños y a la mezquita, porque necesitaba purificarse y orar para encarar las próximas horas con optimismo y con fe.

A media tarde, llegaron sus adeptos para repasar el plan. No había euforia, tan solo tensión y algo de miedo. Estaban extrañamente silenciosos y en cuanto apareció Kamal, se arrodillaron todos incluido Abd del Aziz, que permaneció postrado más tiempo que ninguno.

Le observó desde el umbral, seguía con la cabeza gacha, y al verle tan sumiso se preocupó: no era esa la actitud que esperaba en aquel arrojado soldado. Avanzó hacia él y le ordenó:

—Álzate, Abd el Aziz. Cuéntanos si han surgido problemas, porque aún estamos a tiempo de modificar los planes.

Obedeció, pero seguía con la mirada huidiza y sin articular palabra. Por un instante casi no pudo reconocer en él, al orgulloso arráez que le presentaron a su llegada; así que muy escamado insistió:

—Dinos, Abd el Aziz. ¿Hay noticias importantes que debamos conocer antes de esta noche? ¿Ha pasado algo que desaconseje seguir adelante con los planes?

Se hizo un silencio tan espeso, que ni tan siquiera Taher, el principal adalid del honor de su hijo, se atrevió a romper. Inesperadamente el arráez cambió de actitud, y volvió a mostrar esa mirada altiva que le era tan propia.

—Nada, mi señor, todo está dispuesto. Después de que el muecín llame a la oración de la noche, vendré a buscaros para iniciar el asalto. Saldremos hacia la mezquita en cuanto terminen los rezos y las calles se queden desiertas, porque es allí donde os esperan vuestros hombres.

Se oyó un suspiro general; los conjurados se sentaron a comentar sus gestiones y lo que debía hacer en cuanto recibiera el mensaje de Abd el Aziz .

Sirvieron la comida y el ambiente se fue animando.

Con aparente firmeza y alguna que otra risa nerviosa, uno tras otro fueron contando las reacciones de los maestros de oficios cuando les anunciaron el inminente cumplimiento de la profecía del morabito.

Describían con todo lujo de detalle las expresiones de estupor, los tartamudeos, y hasta la cómica caída de un platero al que le flaquearon las piernas con la noticia…

pero por lo general, todos convinieron en que la acogida había sido magnífica, y que nadie cuestionó que el momento hubiera llegado.

El arráez, que había permanecido en silencio, tomó la palabra para insistir que en cuanto se hiciera de noche, todos deberían permanecer en sus casas esperando sus órdenes y hasta que no las recibieran deberían abstenerse de alertar a los suyos.

Insistió hasta la saciedad en lo importante que era aparentar normalidad para no estropear la sorpresa, y cuando parecía que se estaba poniendo excesivamente insistente, Kamal intervino:

—No te preocupes, Abd el Aziz. Creo que ya han entendido la importancia de la sorpresa, y nadie osará contravenir tus recomendaciones que, por mi voluntad, desde ahora son órdenes inquebrantables.

—Mi señor, gracias por la confianza que me estáis demostrando —dijo con una abierta sonrisa.

Más relajado, se incorporó a la charla sin volver a sacar el tema. Parecía satisfecho con el papel que se le había asignado en la conspiración y, con una mezcla de agradecimiento y jactancia, reiteró el gran honor que suponía ser un instrumento decisivo de la voluntad del Todopoderoso.

Alí, que había cogido el gusto a espiar las conversaciones desde el patio, en cuanto le oyó decir a Abd el Aziz que todo estaba preparado, se alejó sin hacer ruido.

Por lo que había oído, el asalto estaba bien planificado y aunque él no pudiera acompañar a Kamal, nada impedía que lo hiciera otro en su lugar.

Y más en este caso en el que, al parecer, de la presencia del Elegido dependía el buen desarrollo y el resultado de los acontecimientos.

Llevó a Abdul a un discreto rincón del huerto, y le ordenó:

— ¡ Prepárate! Cuando esta noche tu señor Kamal abandone la casa en compañía del arráez, vas a seguirles.

Deberás ir con los ojos bien abiertos, y si ocurriera algo grave, correrás hasta aquí para contármelo inmediatamente.

Es importante que no adviertan que les sigues, porque si llegaran a descubrirte, tu vida correría un serio peligro. ¿Me has entendido?

—Sí, mi señor. No debéis preocuparos, seré prudente y no advertirá mi presencia —se quedó pensativo—. ¿Queréis que también le proteja?

Alí dudó, pero Abdul no destacaba precisamente por su envergadura ni por su destreza física.

Es más, en comparación con el arráez, parecía un muchacho insignificante.

Por eso consideró que, en el mejor de los casos, su intervención no pasaría de ser más que una pobre anécdota.

Además, lo más probable es que molestara más que ayudar, y nunca se perdonaría que, por una desacertada orden suya, el Elegido se viera en peligro .

—No es necesario. Va con el arráez que es un gran soldado, y tú solo serías un estorbo. No te preocupes, solo tienes que seguir mis instrucciones. Ahora, retírate y no te alejes demasiado.

Miró al cielo para rogar al Altísimo que protegiera a Kamal, y se concentró en unos pensamientos cercanos a la plegaria, hasta que oyó movimiento en la casa, y se acercó a ver qué ocurría.

Estuvo espiando mientras se despedían los conspiradores: lo hicieron uno a uno, con las miradas esperanzadas y loas a Altísimo.

Todos menos Abd el Aziz, que permanecía al lado de Kamal sin moverse.

Cuando le llegó el turno de Taher, lleno de orgullo por el papel que su hijo iba a desempeñar en la rebelión, dijo rebosante de esperanza:

—Mi señor. Os agradezco la confianza que habéis depositado en mi hijo, y estoy seguro que no os defraudará.

Es un hombre cuya pericia está fuera de toda duda, y sé que os protegerá de cualquier peligro.

Si esa es la voluntad de Allah, tened por seguro que mañana amaneceréis en palacio como el gran califa que espera la umma , y el pueblo vitoreará con alegría vuestro nombre.

Kamal asintió, no desea prolongar por más tiempo una charla que consideraba estéril, cuando lo que en realidad anhelaba era apurar aquellos instantes junto a su esposa. Le pidió al arráez:

— ¿ Por qué no acompañas a tu padre y compruebas que todo está dispuesto? Yo te esperaré aquí y con que vengas después de la llamada de muecín, será suficiente.

Abd el Aziz se inclinó con gesto inexpresivo, y salió en compañía de Taher.

Kamal, a paso rápido se dirigió al patio, y allí encontró a Fátima con el niño en su regazo y la mirada perdida.

Tenía una expresión que jamás le había visto.

No era pena, era una mezcla de angustia y resignación que le marcara una profunda arruga en el entrecejo, al mismo tiempo que su mentón ligeramente elevado, la revestía de un aire de entereza y determinación.

Se sentó a su lado, y volvió a mirarse en aquellos ojos profundos en los que tantas veces se había perdido.

Vio como cambiaba de expresión y aunque seria, sus facciones se fueron relajado para intentar sonreír, pero a pesar de sus esfuerzos, solo consiguió estirar levemente las comisuras de los labios.

Preguntó procurando que su voz sonara natural:

—Esposo, ¿todo está preparado?

—Sí, ahora está en las manos de Allah —le pasó el brazo por los hombros—.

Fátima, siento que mi destino te esté causando tanto dolor.

Confía en el Magnánimo y sea cual fuere el resultado de esta noche, ten por seguro que Él cuidará de vosotros.

No desesperes si no consigo volver, porque Alí será un buen esposo y un gran padre para Karin.

Fátima abrazó con suavidad al niño y se recostó en su pecho. Así permanecieron quietos, sin cruzar una palabra, solo concentrados en sentir la cercanía del otro.

Las luces de la tarde fueron cayendo, y el olor a dama de noche se fue haciendo cada vez más intenso hasta perfumarlo todo.

Kamal pensó que el tiempo se había detenido, pero le sacó de esa falsa ilusión la voz del muecín, que resonó en el silencio del anochecer como un aldabonazo del Altísimo.

Abrazó con más fuerza a su esposa, y permaneció sin moverse hasta que, pasado un rato, apareció la esclava para anunciarle:

—Mi señor, acaba de llegar el arráez. Pregunta si ya estáis preparado, e insiste en que vayáis concluyendo lo que tengáis entre manos, porque debéis marcharos en breve.

Besó por última vez a su esposa y a su hijo, y se levantó para despedirse de Alí.

Lo encontró casi a oscuras, sentado en la estancia de trabajo.

Solo la débil llama de una lucerna rompía la negrura del lugar, y permitía medio adivinar el montón de fardos que ya se hallaban apilados en el rincón.

Todos excepto uno más pequeño que contenía su escribanía, que lo tenía de su mano y lo acariciaba intermitentemente.

Kamal se acercó para despedirse.

—Alí, ha llegado la hora. Recuerda que te confío lo que más amo y si las cosas no salen como están planeadas, no lo dudes y parte con ellos de inmediato.

Alí inclinó la cabeza para asentir, porque el nudo que tenía en la garganta, le impedía articular cualquier sonido. Le vio salir y cuando ya se había alejado unos pasos, acertó a musitar: «¡ Que Allah te guie y te acompañé, hermano mío! »

Kamal fue al encuentro de Abd el Aziz, que al verle hincó su rodilla en el suelo y dijo con el mayor respeto:

—Todo está preparado, mi señor, pero será mejor esperar a que las calles queden desiertas del todo. Todavía quedan algunos rezagados que vuelven de la oración, y no conviene que nadie os vea antes de que llegue el momento —dicho eso, se sentaron a dejar pasar el tiempo.

Kamal avisó a Yusuf para que les hiciera compañía, y al llegar su tío ordenó que les sirvieran unos frutos secos y agua de rosas. Pero la espera no fue larga porque casi recién servidos, Abd el Aziz se levantó y dijo tajante:

—Debemos marcharnos, mi señor. Vuestros hombres os aguardan, y no conviene que se pongan nerviosos —acto seguido se encaminó directamente a la entrada.

Alí, que había estado todo el tiempo espiándoles, corrió a llamar al esclavo para que los siguiera a una prudente distancia y, en cuanto se alejaron un poco, Abdul salió tras ellos como una sombra.

Les vio dirigirse tranquilamente a la mezquita.

No quedaba un alma en la calle y todo permanecía silencioso, excepto por el ruido que hacían sus botas al andar y un suave viento que más que sentirse, se adivinaba por el rumor del entrechocar de las hojas.

Gracias a ese murmullo, Abdul pudo ir tras sus pasos pegado a la pared, haciendo coincidir sus pisadas con las de los dos hombres.

Iba cobijándose en los entrantes de las casapuertas y gracias a su prudencia, ni los perdió de vista, ni ellos advirtieron que el esclavo les seguía.

Llegaron a la mezquita, pero Abd el Aziz pasó de largo. Abdul pudo oír como Kamal preguntaba:

— ¿ No dijiste que los hombres nos esperaban aquí?

—Sí, mi señor, están muy cerca. Pero permanecen ocultos porque les di orden de no llamar la atención de los rezagados, y no es fácil que treinta soldados armados, pasen desapercibidos.

Siguieron avanzando, hasta que llegaron a un adarve cuyo fondo lo ocupaba una mula uncida a un gran carro de paja, pero por lo demás, no se veía a nadie por las inmediaciones. Abd el Aziz frenó en seco y le cedió el paso a Kamal, al tiempo que le susurraba al oído con respeto:

—Pasad vos primero, mi señor, vuestros leales os esperan escondidos detrás de aquel carro. No os preocupéis, no correréis peligro porque si alguien intentara sorprenderos, yo iré detrás para cubriros las espaldas.

Se adentraron, y Abdul se aproximó a la esquina para asomarse. Llegó a tiempo de ver como el arráez desenvainaba su alfanje, adelantaba su brazo izquierdo para rodear a Kamal por los hombros e inmovilizarle, y le hendía con fuerza el arma en la espalda.

— ¡ Traidor ! —gritó Kamal. Y a continuación se oyeron los estertores de su agonía.

Abd el Aziz no respondió, se limitó a taparle la boca y de un certero tajo, le degolló.

Las salpicaduras de sangre salieron en todas las direcciones y para evitar manchase, el asesino dejó caer el cuerpo al suelo; acto seguido miró hacia ambos lados para comprobar que no había nadie observando, y en cuanto Abdul vio que el arráez se giraba hacia él, retrocedió horrorizado.

Instantes después le echó valor y volvió a asomarse, justo a tiempo de ver cómo arrastraba el cadáver y lo subía al carro.

Antes de cubrirlo, escupió sobre él y murmuró con desprecio : «¡ Maldito impostor!

¡Qué te creías! Yo solo sirvo a mi señor ».

Desde lo alto, esparció sobre el suelo unas brazadas de paja para ocultar la sangre, se sentó en la parte delantera del carro, y arreó la mula con absoluta indiferencia.

Abdul se quedó lívido, pero cuando vio que el carro avanzaba en su dirección, retrocedió buscando desesperadamente un sitio en el que ocultarse.

Por fin le funcionaron los reflejos, subió a toda prisa al escalón de la casa más próxima, y se pegó a la puerta hasta casi incrustar su espalda en la madera.

Esperó conteniendo la respiración, mientras rogaba a Allah que el arráez no le descubriera; pero ni siquiera su gran fe impidió que, por la tensión del momento, el sudor corriera como una catarata por su espinazo.

Le oyó acercarse, pero tuvo la cordura de aguantar sin huir, y cerró los párpados con fuerza esperando su destino.

El chirrido del roce del carro contra la esquina le disparó el corazón, y por un instante pensó que se le iba a salir del pecho.

Apretó los dientes, y esperó resignado a que el arráez apareciera en cualquier momento para darle una cuchillada mortal; pero no, el ruido se fue alejando, porque el maldito había tomado la dirección contraria.

Cuando de nuevo reinó el silencio y consiguió que las piernas le obedecieran, corrió un gamo hasta llegar a casa de Yusuf.