El legado del alarife Chapter 63
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Chapter 63

Kamal quiso buscar su paz de espíritu en compañía de su familia, y durante los días siguientes apenas se movió de su lado.

Vivía cada momento con codicia, acariciándolos constantemente, como si no existiera un mañana en el que poder disfrutar de la bendición de tenerlos tan cerca.

A cada instante cogía al niño de brazos de la nodriza, y en cuanto a Fátima, no dejaba de mirarla y de inspirar su olor, como si intentara de absorberla hasta conseguir que formara parte de su ser.

Mientras tanto Yusuf, para aprovechar mejor el tiempo, llamó a Abdul y le ordenó:

—Vete al caravasar, busca a Bayhas y dile que venga mañana a verme, que necesito enviar una valiosa mercancía a El Cairo —se pasó la mano por la frente como dudando—. Si te dicen que está de viaje, pídeselo a otro caravan-bachi, porque me urge hacer este envío.

Acto seguido salió para reunirse con los alfareros: se había comprometido, faltaban tres noches para el acontecimiento, y aún quedaban demasiados preparativos pendientes.

Llegó a casa del árif , y los maestros ya le estaban aguardando.

La expectación era tremenda, alimentados por la esperanza de que les hiciera un gran pedido que cambiara su suerte, los hombres especulaban sobre la razón de una convocatoria con tanta urgencia.

Yusuf tomó la palabra y como en la reunión anterior, anunció el inminente cumplimiento de la profecía de Abu al-Hacin; pasados unos primeros instantes de estupor, la acogida fue mejor que la dispensada por los curtidores, ya que muchos maestros eran andalusíes y seguidores del morabito.

Las preguntas se sucedían, y el bueno de Yusuf apenas podía soportar el acoso.

Pero guardó el secreto y se mantuvo firme, hasta que varios de los presentes prorrumpieron en alabanzas al Altísimo, y anunciaron a voz gritos que iban difundir la noticia.

Se asustó al oírlos, nadie debía revelar el secreto antes de que el arráez lo autorizara, porque los planes podían irse al traste.

Ante tamaña euforia, le costó convencerles para que fueran discretos y, solo a base de ruegos, razonamientos y la entrega de una dobla de plata, consiguió que le prometieran que no dirían ni una palabra hasta que él les diera permiso.

Regresó contento. Esa parte de su cometido la creía asegurada, y ya solo quedaba cerrar el acuerdo con el caravan-bachi, y hablar con sus amigos para que, en caso de ser necesario, entre todos asumieran la deuda de Kamal.

Al día siguiente, Bayhas se presentó temprano.

Alí le vio llegar y, preocupado como estaba por la gran responsabilidad que había asumido, remoloneó en el patio para enterarse de lo que finalmente acordaban.

No era curiosidad, tan solo precaución por si tenían que huir; después de todo, la seguridad de Fátima y de Karin estaría en sus manos, y necesitaba contar con toda la información posible.

Se sentó cerca del mirador, y le oyó decir a Yusuf:

—La paz sea contigo, amigo mío. Te he hecho llamar para preguntarte si próximamente tienes previsto realizar algún viaje hacia oriente.

—Precisamente acabo de anunciar que, dentro de dos días, salgo para La Meca con una caravana de peregrinos y mercaderes.

Ya está decidida la fecha y como el tiempo es bueno, mañana tenemos previsto asegurar los bultos, y saldremos al amanecer del día siguiente. ¿Necesitáis enviar algunas mercancías?

—Sí, unas muy valiosas. Las mando al El Cairo que te coge de camino, pero no estarán los fardos listos hasta pasado mañana.

Me vendría bien que retrasaras un día la partida, porque es preciso embalar individualmente cada pieza antes de preparar los fardos, ya que se trata de un material extraordinariamente quebradizo y el viaje es muy peligroso.

Por eso envío también a mi nuevo asentador y a su familia, para que custodie los bultos durante el camino, y se asegure de que llegan en perfecto estado —sonrió buscando comprensión—.

Pensaba enviarle de todos modos para que abriera una delegación en El Cairo, ya que el elevado volumen de negocio que mantengo en esa zona, precisa que alguien de mi confianza viva allí y se ocupe de la gestión de mis intereses.

Bayhas torció el gesto, cuando tenía fijada la fecha de partida, no le gusta cambiarla. Además, ya estaba anunciada la salida y los peregrinos odiaban las demoras. Iba a negarse, cuando Yusuf se anticipó a su respuesta y comentó:

—Hace tiempo que nos conocemos, y siempre hemos trabajado a satisfacción de las dos partes.

No te lo pediría, si no se tratara de una mercancía muy cara y muy delicada que debe llegar pronto, porque tengo acordada la fecha de entrega.

Si mis proyectos salen bien, necesitaré a menudo de tus servicios, y en cualquier caso estoy dispuesto a compensarte por las molestias que te causen este pequeño retraso —le puso la mano en el hombro en señal de confianza, y lo miró directamente los ojos—.

Bayhas, si insisto en pedirte el aplazamiento, es porque me gustaría enviarla bajo tu protección, ya que cualquier otro caravan-bachi, me inspira menos confianza.

La adulación, la perspectiva de un negocio continuado y, sobre todo, la promesa de una gran recompensa, surtió efecto.

Bayhas accedió, y después de insistir que los fardos estuvieran en el caravasar al anochecer del segundo día, y que el asentador les aguardara en la puerta de Fez el Bali al amanecer del tercero, se fue para avisar a los peregrinos que la salida se retrasaba un día.

Cuando salió, Yusuf sonrió satisfecho: otro tema resuelto y si la voluntad de Allah era que la rebelión fracasara, Fátima y su hijo saldrían de la ciudad sin que nadie lo advirtiera.

Esperaba que Kamal diera el beneplácito a su estratagema, pues no todos los hombres están dispuestos a permitir que su esposa y su hijo finjan ser la familia de otro, por muy hermano suyo que lo considere.

Decidió que lo mejor era informarle durante la cena. No quería robarle el poco tiempo de tranquilidad que le quedaba junto a los suyos, antes de correr los enormes riesgos que implicaban el gran acontecimiento.

Alí, después de escuchar la conversación, se fue a embalar sus cosas.

Sacó las joyas de su amada Jalila, y durante unos instantes las acarició mientras las lágrimas humedecían sus ojos.

Pero enseguida se sacudió la pena y siguió recogiendo: la escribanía de Kamal, el dinero del préstamo, sus ropas…

fue colocando ordenadamente en un rincón las cosas que debía llevarse, y volvió a repasarlo para asegurarse de que no se olvidaba nada; cuando tuvo la certeza de que todo estaba bien, avisó a Abdul para que le ayudara a preparar los fardos.

Después llamó a la esclava de Fátima, y le ordenó que ordenar el equipaje de la señora y del niño.

Pensó en el pequeño, y decidió consultar con Kamal la conveniencia de que viajara con ellos la nodriza, lo apuntó mentalmente, y se puso a inspeccionar el estado de sus armas: afiló su alfanje en la piedra de amolar, repasó a conciencia la cureña, la cuerda y la nuez de la ballesta; incluso se entretuvo en revisar cuidadosamente cada una de las saetas y en recontarlas, solo para asegurarse que estaban en buen estado y llevaba suficiente cantidad.

Cuando estuvo plenamente satisfecho con el resultado, se fue en busca de su amigo.

—Tenemos que hablar. Quiero consultarte algunas cuestiones, porque preciso que las autorices en caso de que hubiera que ponerlas en práctica, así que cuando puedas te espero en la estancia de trabajo.

Kamal no tardó en aparecer, tenía que ser algo importante para que Alí le pidiera una reunión privada.

— ¿ Ha surgido algún problema ?

—No. Pero quiero que consideres determinados asuntos, ahora que estamos a tiempo de fijar las previsiones.

El primero es el de la nodriza. Karin es pequeño y tiene que alimentarse, sería conveniente que nos acompañara.

Además, el trayecto es largo y Fátima tendrá que descansar.

¿Te parecería mal que viniera, para que se ocupe del niño mientras ella duerme?

—Bien pensado. Lo hablaré con Fátima y con Yusuf. ¿Cuál es el segundo asunto?

—Te confieso que he espiado la conversación de Yusuf con el caravan-bachi.

Sé que, si tuviéramos que huir, voy a viajar a El Cairo como el asentador de sus negocios.

Creo que si las cosas no salieran como están planeadas, debo casarme con Fátima y hacer pasar a Karin por mi hijo ya que, de no hacerlo así, deberíamos fingir toda la vida que somos una familia —le miró con pena—.

Sabes que, al sugerirte esta idea, no pretendo ocupar tu lugar en su corazón, tan solo asegurar la tranquilidad de tu esposa y del niño.

Jamás le ocultaré a Karin que tú eres su padre y, cuando llegue el momento, le hablaré de ti y de su legado; pero he pensado mucho en su seguridad y a los ojos de todos, creo que lo mejor serías que se llamara Karin ben Alí.

Como ves, son decisiones importantes. Por eso necesito tu bendición, porque si fuera necesario ponerlas en práctica, quiero saber que cuento con tu beneplácito.

También, y sé que es mucho pedir, necesito que seas tú mismo quien se lo comunique a tu esposa.

En ese instante, Kamal notó que algo se hacía añicos en su interior, su corazón casi se para, y sintió que un peso insoportable le aplastaba el pecho hasta dejarle sin fuerzas.

Se sentó desolado y no despegó los labios mientras miraba fijamente al suelo, pero no lo veía; tan solo pensaba que, si aquella opresión lograba ahogarle del todo, se acabarían para siempre sus sufrimientos.

Alí respetó su pena, pero necesitaba certezas y pasado unos instantes, volvió a insistir en su petición:

—Espero que nada de lo que decididas tengamos que llevarlo a la práctica, pero necesito que me contestes porque si la voluntad de Allah no coincide con lo que tenéis planeado, la lealtad me obliga a preguntarte cómo quieres que me comporte.

No haré nada que no cuente con tu bendición, y si me la das insisto en que seas tú mismo quién se lo diga a tu esposa.

Continuó con la cabeza gacha, nunca le había visto tan hundido. Pero pasado un rato, miró a Alí con una expresión que reflejaba el titánico esfuerzo que le suponía abordar aquel terrible asunto.

—Ruego al Altísimo, que nada de esto sea preciso. Pero si lo fuera —tragó saliva porque las palabras se negaban a salir de su boca—, cuentas con mi bendición. No te preocupes, hablaré con Fátima, y sé que respetará mi decisión porque sabe que es lo mejor para Karin.

Alí se acercó y tras ponerle la mano en el hombro, le sugirió con suavidad:

—Ahora, hermano, olvida cuanto hemos hablado y vete a disfrutar de tu familia.

Yo, desde el instante en que murieron los míos, no he dejado de llorar su pérdida.

Por eso te digo que daría cuanto tengo y hasta mi propia vida si, aunque solo fuera por una vez, pudiera volver a sentir a mi esposa entre mis brazos.

Kamal se marchó mientras que Alí se quedaba con la mirada perdida, añorando a su querida Jalila. Desde que murió, ni la más brillante luz del día ni el más fausto de los acontecimientos, habían conseguido infundirle un soplo de alegría o unas mayores ganas de vivir.