Chapter 62
Los días siguientes fueron trepidantes. El tiempo corría más deprisa que de costumbre, y parecía que no iban conseguir tener todo listo para la fecha prevista.
Era mucho lo que había que hacer, que preparar y sobre todo que vivir, antes de saber si los designios de Allah contemplaban aquel momento como el propicio.
Alí trató de multiplicarse: fue a La Mellah para revisar la escritura antes de la firma, preparó el equipaje por si tenían que abandonar la ciudad, revisó con detenimiento la ruta hacia El Cairo que, después de mucho discurrir, fue el destino por el optaron porque Fadil había nacido allí; por tanto, no era tan descabellado pensar que, a pesar del tiempo transcurrido, algunos descendientes de Zayd ibn Thabit siguieran residiendo en la ciudad.
Seguro que en cuanto supieran que Karin era el nuevo Elegido, los recibirían con los brazos abiertos, les protegerían a todos, y podrían llevar una existencia tranquila lejos de la ponzoña nazarí.
Kamal dedicó bastante tiempo a preparar su proclamación: se purificó, y estuvo pensando las palabras que debía dirigir a su pueblo cuando fuera proclamado califa.
Pasaba las noches en duerme vela sin conseguir un sueño profundo, y en los momentos de vigilia, besaba suavemente la frente de Fátima, para no despertarla.
Y qué decir de su hijo… cada vez que podía, corría para sostenerlo entre sus brazos y sentir aquel cuerpecito que ajeno a la gravedad del momento, dormía o pataleaba intentando levantar la cabeza; mirándole estaba cuando vio que el niño fijaba la vista en él, emitía su primer sonido y le dedicaba una sonrisa.
¡Qué emoción tan grande! Le agradeció a Allah la bendición de poder disfrutar de aquel instante, y se sintió reconfortado para seguir adelante con el plan.
El segundo día y según lo acordado, se acercaron a La Mellah para firmar la escritura y recoger el dinero.
Habían estado meditando qué debían hacer con él, y finalmente tomaron una decisión: lo guardaría Alí porque si las cosas llegaban a torcerse, lo iba a necesitar para poner a salvo a la familia.
Por el camino de vuelta, Kamal le insistió en un tono que no admitía réplica:
—Alí, nadie debe saber que disponemos de este dinero porque si la conjura fracasa, lo necesitarás para mantener dignamente a Fátima y a Karin.
Tendrás que educar a mi hijo, y no te resultará barato criar al nuevo Elegido.
No te preocupes, le pediré a Yusuf que interceda para que los árabes paguen la deuda a los judíos, si es que Allah decide no concedernos la victoria.
No me gustaría que Isaac se arruinara por comportarse como un buen amigo.
—Confía en mí, seguiré fielmente tus órdenes —Alí se quedó pensando con un nudo en la garganta, y finalmente dijo algo que le era muy difícil de digerir—.
Me duele lo que voy a decir porque confío que el Todopoderoso te proteja, pero si sus designios no coinciden con mis deseos, deberíamos tener prevista la huida, y sabes que esto lo digo pensando en tu familia.
Deberemos marcharnos inmediatamente muy lejos, y organizar una caravana no es fácil ni puede improvisarse.
—Lo había pensado y tienes razón, voy a comentárselo a Yusuf para que nos ayude.
Él exporta muchas mercancías a El Cairo, y lo sé porque habitualmente se las transporta Bayhas, el agá que envió a Tánger para recogernos.
Le preguntaré si tiene previsto realizar próximamente algún viaje, y de ser así le pediré que prepare la salida para la mañana siguiente a la del asalto —le miró con firmeza—.
Alí, si no conseguimos el triunfo esa noche, no lo dudes y uníos a esa caravana.
Recuerda que tú serás el único protector de mi hijo, y que tienes que preservar su vida a cualquier precio.
Asintió, pero como se le hacía doloroso hablar de aquello, decidió cambiar de conversación. Miró al cielo y estaba como de costumbre: de un color azul intenso y limpio de nubes, pero como ya estaba avanzado el verano, la temperatura era suave y no se buscaba desesperadamente la sombra. Le preguntó:
— ¿ No echas de menos Granada ?
—Todos los días. A veces sueño con la imponente vista de la Alhambra desde el Albayzín, con el bullicio de las calles, con sus olores, y hasta con la nieve coronando las cumbres de Sierra Nevada.
Me acuerdo mucho del cadí, que se portó conmigo como un verdadero padre.
Y de Isaac que me enseñó a distinguir las plantas, a conocer sus propiedades, y a mirar en el interior de los hombres, aunque no fueran creyentes.
Reconozco que es la persona que más ha influido en mi visión de cómo debe comportarse un califa —suspiró—.
También echo mucho de menos la vieja alquería de mi infancia, fui muy feliz allí con Fadil y Raissa.
Ellos me hicieron un hombre cabal, y de ellos aprendí los valores que deben inspirar la vida de todo buen musulmán.
Se quedó medio ausente, con la mirada abstraída de quien se sumerge en sus recuerdos, hasta que de pronto estiró a comisura de los labios y prorrumpió en carcajadas.
—No lo creerás, pero incluso me acuerdo de Pietro el Genovés.
Me parece estar viéndole con su cara coloradota y su mirada codiciosa, corriendo por la tienda para adular a cualquier posible cliente que asomara por su puerta —arrugó la nariz y sin llegar a fijar la vista en él, preguntó—.
¿Sabes qué fue de él después de la entrega de Granada?
—Poco, porque no volví por su almacén. Pero me llegó el rumor de que se estaba dedicando a comprar, a bajo precio, las propiedades de los judíos que iban a ser expulsados.
Por lo visto, tenía intención de destinarlas al arrendamiento.
Sabes que el negocio de la seda decayó porque el Aragonés taló las moreras y, ante la falta de alimentos para los gusanos, las fábricas cerraron, y él se quedó sin la posibilidad de continuar con sus lucrativas exportaciones.
Pero no creo que le vaya mal, es cristiano, ambicioso y tiene buen ojo para los negocios; seguro que gana unos buenos dineros en su andadura como propietario.
Llegaron a la sinagoga, recogieron a Abraham y al banquero, y juntos fueron a firmar el crédito a casa del sofer Simeón, el notario de la aljama hebrea. El rabino se quedó con la copia de la escritura para enviársela a Isaac, y ellos con el dinero.
De vuelta, los dos iban silenciosos y preocupados. Eran conscientes del paso que acababan de dar, y sentían vértigo al pensar en el escaso tiempo que faltaba para iniciar el asalto.
A Kamal, la ansiedad le iba cerrando la garganta por momentos, hasta que Alí rompió la tensión abordando el asunto de la huida.
—Creo que deberíamos planificar el viaje cuanto antes.
Si Bayhas no está disponible, deberíamos acercarnos al caravasar para contratar otro agá que parta en la fecha prevista.
Esta época es una de las más propicias para peregrinar a La Meca, porque no hace tanto calor y el viaje es más llevadero.
Si nos uniéramos a una de esas caravanas, podríamos quedarnos en El Cairo y viajar confundidos entre la muchedumbre —suspiró sonoramente—.
Confío en que todo salga bien y que nada de esto sea necesario, pero por si acaso, debemos ser previsores y contratar la partida.
—Cierto, hermano, sabía que no me equivocaba al dejar a mi familia bajo tu protección. Esta tarde preguntaré a Yusuf si tiene previsto realizar próximamente algún viaje, y nos acercaremos a caravasar para dejar el asunto resuelto.
Durante la comida, Yusuf estuvo más parlanchín que los días anteriores.
Tenía los nervios desatados y tan pronto engullía con ansia, como se quedaba paralizado y absorto en sus pensamientos.
Contó que se había reunido con los maestros de gremios con los que mantenía más trato comercial pues, en principio, presuponía que eran los más dispuestos a respetar sus opiniones.
Tras un largo preámbulo salpicado de nimiedades, añadió:
—Cuando llegué al lugar donde se habían reunidos los maestros curtidores, me esperaban impacientes creyendo que les iba a encargar un importante pedido —comentó con un poso de orgullo—.
Pero en lugar de hacerlo, les hablé de la profecía del morabito Abu al Hacin, que es muy respetado porque suelen citarlo con frecuencia los andalusíes.
Al principio parecían decepcionados, pero después, cuando les hablé de que estaba a punto de cumplirse la más importante de todas, se quedaron impresionados al saber que el momento era inminente —se esponjó como un pavo real durante el cortejo—.
Créeme, tenían los ojos abiertos como platos, pero más lo hicieron sus oídos cuando añadí que, en breve, la gloria de Allah resplandecerá sobre la umma para ser admirada por todos los creyentes.
Se calló esperando algún comentario de Kamal, pero él se limitó a sugerir en tono amable:
—Prosigue, Yusuf, te escuchamos atentamente. ¿Les informaste de lo que se espera de ellos?
—Por supuesto. Añadí que en cuanto recibieran mi misiva, deberían convocar a los integrantes del gremio para bendecir a Allah, congratularse de que la verdad por fin resplandezca, y tomar partido para evitar que los descreídos tuerzan la voluntad del Magnánimo.
— ¿ Y qué contestaron ?
—El árif habló por todos. Dijo que, aunque no era esa su misión, si tal hecho ocurría, como creyente y no como maestro curtidor, convocaría a su gremio para que pudiera participar en tan gloriosa gesta.
— ¿ Tienes algo más que añadir ?
—Poco más… que por las molestias o los gastos que pudiera ocasionarle la convocatoria, le entregué una dobla de plata —sonrió con malicia—.
A los demás, les hice un pequeño pedido para que mantengan fresca la memoria y cumplan sus compromisos.
Soy de los que piensan que la forja de un imperio exige tres requisitos: elegir el momento propicio, la voluntad del quién lo impulsa, y tener el dinero suficiente para financiar la empresa.
— ¿ Quieres decirme algo más ?
—Que, con tu permiso, lo mismo haré esta tarde con el gremio de los alfareros.
Sabes que exporto parte de su producción, porque sus hermosos platos estañados son apreciados en el mundo entero —se regodeó de nuevo en su posición de importante mercader—.
Bastó con que le pidiera al árif que los reuniera, y los ha citado a todos para esta misma tarde.
—Gracias, Yusuf. Tu contribución a la causa de Allah tendrá su premio en el Paraíso y, si el desenlace de la lucha nos es propicio, también lo tendrá en este mundo. ¿Sabes algo más de las gestiones de nuestros amigos?
— ¡ Oh, sí ! Que no hay razón para preocuparse porque no han sido perezosos, y ya han contactado a los gremios de tejedores de alfombras, bordadores, cesteros , panaderos, joyeros…
Pocos artesanos quedarán en Fez, que no sepan que deben esperar nuestras indicaciones.
Puedes estar tranquilo porque en cuanto recibamos la misiva de Abd el Aziz, el pueblo entero se reunirá ante el palacio para aclamarte.
Kamal se mesó la barba, no sabía si ese era el mejor momento para abordar el asunto de la caravana.
No quería que Yusuf pensara que dudaba de la vitoria, pero tampoco quería que la seguridad de su familia dependiera de ella.
Se decidió y con la mayor naturalidad que pudo, preguntó como queriendo cambiar de conversación.
—Ya que hablas de tus frecuentes exportaciones... ¿Tienes previsto enviar pronto alguna caravana hacia oriente?
Yusuf le miró perplejo. No era normal que estando tan cerca la fecha del asaltó, se interesara por sus negocios.
Viendo su cara de desconcierto, Kamal decidió sincerarse con él; la generosidad de Yusuf no merecía que se anduviera con subterfugios, y necesitaba su ayuda para organizar el plan alternativo.
—Voy a ser muy franco contigo. La pregunta no es casual, es porque las traiciones que han sufridos desde siempre mis ancestros, me obligan a ser cauteloso —bebió despacio, notaba la garganta reseca—.
No es que desconfíe de la protección del Altísimo, es que sería un acto de soberbia pensar que sus planes se ajustarán en todo caso a mis deseos, cuando mi inteligencia no es ni el pálido reflejo de su inmensa sabiduría.
—Hablas con sensatez, sobrino. Dime lo que necesitas.
—Si las cosas se tuercen y no alcanzamos nuestro objetivo, sé que mi destino será la muerte.
Pero según el testamento del Profeta, debo asegurarme de que mi hijo sobrevive para que algún día se cumpla la profecía, y el verdadero Elegido libere de divisiones a la umma —le dirigió una mirada de afecto—.
Yusuf, si al amanecer de la gran noche no hemos triunfado, le he ordenado a Alí que huya con Fátima y con mi hijo.
Pero improvisar un viaje en circunstancias tan adversas, resultará difícil y peligroso, por ello he pensado que lo mejor es tener prevista la huida.
¿Comprendes ahora el porqué de mi pregunta?
Nada mejor para pasar inadvertidos, que viajar confundidos entre el gentío de una caravana que parte hacia oriente.
—Ahora entiendo tu pregunta y muchas cosas más. Me extrañaba que Alí no se hubiera ofrecido a participar en la rebelión, y que no hubiera mostrado ningún interés por conocer los detalles de la conjura.
Cogió un puñado de frutos secos, y empezó a metérselos lentamente en la boca. Lo hacía siempre que intentaba pensar con claridad, y ahora necesitaba hacerlo más que nunca. Cuando terminó de tragarse la última almendra, comentó satisfecho:
—Podrían sumarse a cualquier caravana de peregrinos que parta hacia La Meca. Si le digo al caravan-bachi que quiero abrir una delegación en la ciudad que me indiques, y que he decidido que Alí sea el asentador que distribuya mis productos en la zona, a nadie le extrañará su marcha.
—Buena idea. El Cairo sería un buen lugar para que se establecieran.
—De acuerdo, esa ciudad también les viene bien a mis negocios, y es cierto que me convendría tener un asentador allí. Esta tarde enviaré a Abdul al caravasar —movió repetidamente la cabeza—. No te preocupes, de una manera u otra, mañana estará este asunto solucionado.
—Gracias, Yusuf. Quiero pedirte que guardes en secreto su destino, porque si llega a oídos de Aixa, sé que ordenará la muerte de mi hijo.
—Así lo haré. ¿Deseas pedirme algo más?
—Sí. Tengo una deuda de dos mil doblas de oro con mi amigo Isaac, un médico sefardí que actualmente vive en Tetuán, y que ha tenido la inmensa generosidad de brindarme su ayuda cuando lo he necesitado.
Si muero en el intento de asalto, te ruego que tengas la piedad de devolvérselas por mí.
Perdió mucho cuando fue expulsado de Granada, y no deseo que vuelva a verse en tan precaria situación.
—Así lo haré. La cantidad es grande, pero entre todos nuestros hermanos árabes, podremos asumirla sin especial quebranto para ninguno.
Se levantaron de la mesa y cada uno partió en una dirección diferente. Tenían que hacer gestiones y preparar demasiadas cosas, antes de la llegada de la gran noche.