Chapter 61
Alí se fue a media tarde, y una hora después llegaron todos los conjurados.
Con expresión circunspecta que no recordaba a la alegría de la primera vez, dieron rienda suelta a la tensión con movimientos nerviosos y cuchicheos.
Todos observaban de reojo a Abd el Aziz, que permanecía callado en un rincón sin que nadie, ni siquiera su padre, osara dirigirle la palabra.
Cuando entró Kamal, todos se postraron menos él, que permaneció de pie sin variar el gesto.
Pasado unos instantes, con aquella voz potente y cavernosa que llamaba tanto la atención cuando la oías por primera vez, dijo con un ligero deje de desprecio:
—Hermanos, os recuerdo que el Elegido nos pidió que nos abstuviéramos de hacer este tipo de demostraciones, hasta no haber conseguido la victoria.
Todos se pusieron de pie acharados, mientras Kamal sonreía al comprobar el control que el arráez mantenía sobre aquel grupo de ancianos.
Se notaba que estaba tan acostumbrado a dar órdenes como a acatarlas, y ambas cosas las hacía con seguridad, y sin menoscabo de la dignidad que se le presupone a alguien de su rango.
—Lo has dicho bien, Abd el Aziz. Y ahora, tomad asiento que el tiempo apremia, y son muchas las decisiones que debemos adoptar —lo hicieron de inmediato, mientras que la expectación se acrecentaba por momentos—.
Me ha dicho Taher que los preparativos están muy avanzados.
Ponedme al tanto, porque necesito valorar si ha llegado el momento de iniciar una rebelión, o si debo posponerla hasta que llegue otra ocasión más propicia.
En caso de que concluyamos que esta es una buena oportunidad, debemos poner fecha a la toma de palacio.
Se miraron entre ellos y se revolvieron inquietos, hasta que tomó la palabra Taher.
—Mi señor, sabed que ya hemos contactado con la mayoría de los arifes, y grandes maestros de oficio de Fez.
Les hemos dicho que según las predicciones del venerado morabito Abu al Hacin, está próximo el instante en el que la gloria de Allah resplandecerá sobre la umma —se calló esperando el juicio de Kamal sobre la estratagema, pero permaneció en silencio y ante su falta de reacción, continuó hablando—.
Se ha creado una gran expectación, pero no nos ha parecido prudente anticipar vuestra presencia, porque vuestros enemigos son numerosos y tienen oídos en todas partes.
Hemos creído que lo mejor era guardar silencio, para que no corráis peligro antes de que llegue el gran día.
Se calló esperando conocer opinión de Kamal, pero éste siguió sin dar ninguna muestra de aceptación o repulsa, y a cambio se limitó a preguntar:
— ¿ A cuántas personas habéis informado ?
—De momento, a unas cincuenta. Les hemos pedido que guarden el secreto hasta que les avisemos, pero advirtiéndoles que debían estar listos para propagar la llegada del enviado del Altísimo, porque nos constaba que el cumplimiento de la profecía era inminente.
— ¿ Serán discretos ?
—Como lo son todos los hombres piadosos.
No creo equivocarme si os digo que antes de revelar esa confidencia, se dejarían arrancar la piel a tiras —se mesó la barba—.
No obstante, hemos pensado que lo mejor era reforzar su lealtad con un dinar de plata, y su fe con la promesa de que, cuando llegue el momento, recibirán la recompensa que se merecen por su lealtad y su esfuerzo.
Kamal siguió sin pronunciarse sobre la táctica, y se limitó a girarse hacia el arráez y preguntar:
—Abd el Aziz, ¿cómo van los preparativos de la toma del palacio?
—Todo está dispuesto. He seleccionado a un grupo de hombres que, además de buenos guerreros, me son fieles hasta la muerte y que cualquiera que sea la orden que les dé, la acatarán y la cumplirán sin cuestionársela.
— ¿ Cuándo consideras que es el mejor momento ?
—Sin dudas, cuando haya pasado la media noche.
A esas horas la guardia dormita y, teniendo en cuenta que mis hombres conocen bien el palacio, les resultará fácil sorprenderlos.
Yo calculo que para cuando puedan reaccionar, el sultán estará muerto, y controlaremos nosotros todos los lugares estratégicos.
Se calló unos instantes y ante el sensible incremento de la expectación, añadió con expresión muy grave.
—Señor, antes del amanecer de la noche que elijáis para el gran acontecimiento, cuando ya esté todo resuelto, deberéis presentaros ante el pueblo como el Elegido .
Por ello estimo que sería conveniente que me acompañarais durante el asalto —repasó con expresión desafiante la cara de estupor de los reunidos—.
Pero debo añadir también que mientras considero imprescindible que vos permanezcáis a mi lado, los demás deben abstenerse de participar en la rebelión hasta que reciban mi aviso.
Sería terrible desperdiciar la ventaja de la sorpresa y si alguno se precipitara, la perderíamos irremisiblemente.
El disgusto agrió el rostro de los reunidos, que protestaron enérgicamente y al unísono.
¿Por qué se les impedía participar en tan gloriosa gesta?
Con esos planes, no solo se les negaba el privilegio de intervenir al lado del Elegido, sino que expresamente se lo prohibían.
Algunos lo interpretaron como pura desconfianza hacia su persona, y otros como un intento del arráez por acaparar el protagonismo así que, cuando las protestas fueron subiendo de tono y empezaron a resultar ofensivas, Abd el Aziz miró a Kamal pidiéndole su mediación.
Se tomó unos instantes antes de intervenir, pero como los comentarios eran cada vez más agrios y el ambiente empezaban a degenerar en soez griterío, pidió silencio y zanjó la cuestión para evitar las disensiones entre sus partidarios; tenía muy presente la reacción de Saad ibn Ubada, que en cuanto supo que había sido excluido de la posibilidad de ostentar la condición de califa, no tuvo empacho en traicionar al Profeta y robó su testamento.
Conociendo hasta qué punto puede llegar el rencor de un hombre que se siente injustamente tratado, decidió apaciguar los ánimos tratando que todos compartieran el criterio del arráez. Paseó la mirada por los rostros de los presentes y dijo con voz afable, aunque no por ello exenta de autoridad:
—Yo no os conocía antes de mi llegada a Fez, y fuisteis vosotros los que nombrasteis a Abd el Aziz como vuestro portavoz.
Imagino que, si lo hicisteis, es porque confiabais en él y le considerabais el más idóneo.
No entiendo por qué ahora os causan tanto disgusto sus decisiones.
Aquí estamos todos a una, y yo sé el papel que cada uno va a desempeñar en la victoria —suspiró—.
Si a propuesta vuestra decidí que fuera él quien dirigiera la toma del palacio, ¿por qué cuestionáis ahora sus opiniones?
¿Alguien duda de su lealtad o de su capacidad?
—agacharon la cabeza, mientras que Taher asentía con orgullo de padre—.
Pues entonces confiemos en su criterio y acatemos sus órdenes.
No es fácil conseguir lo que nos proponemos, y si todos consideramos que lo importante es obtener el triunfo, dejemos que sea el más capacitado quién nos dirija hasta él.
Sus palabras surtieron un efecto instantáneo. Lo que restaba de reunión trascurrió sin nadie osara discutir la propuesta de Abd el Aziz, que en tono amable fue desmenuzando los distintos aspectos del plan. Concluyó diciendo:
—Hermanos, como ha dicho el Elegido, solo me mueve el afán por conseguir la victoria. Todos conocemos el destino que ha sufrido su estirpe, pero ahora está en nuestras manos contribuir a que se haga realidad la voluntad del Altísimo.
Taher intervino:
—Hijo, ¿por qué no nos das las instrucciones sobre lo que debemos hacer? Todos queremos ser útiles a la causa, y nadie mejor que tú para indicarnos el cometido de cada uno.
—Lo prioritario es la toma del palacio. Una vez que el sultán haya muerto, se creará un gran caos, y no quedará nadie con autoridad para organizar una resistencia.
Entonces será el momento de llamar al levantamiento popular y, para evitar que alguno se precipite, os enviaré un emisario con mi sello para daros la señal.
En cuanto recibáis el mensaje, lo remitiréis a los maestros de oficios para que movilicen a su gente, y cuando la noticia recorra la ciudad como un clamor imparable, confluiréis ante las puertas del palacio para congratularnos de que al fin se ha cumplido la voluntad de Allah, y para vitorear a su Elegido como califa.
Se produjo un silencio asertivo, y nadie puso reparos al plan salvo Yusuf, que se atrevió a objetar tímidamente:
— ¿ No sería mejor que el Elegido esperase aquí hasta que tengáis el control de palacio?
Abd el Aziz torció el gesto, no le gustaba que alguien cuestionara sus órdenes. Pero se contuvo y en lugar de contestar con soberbia, dijo en tono conciliador:
—Sabia objeción, Yusuf, no creas que no lo había pensado.
Pero considero importante que mis soldados le vean durante el asalto, porque su presencia será el mejor acicate para que ellos arriesguen sus vidas sin dudas ni vacilaciones.
Tenerle allí presente y sentir que luchan a su lado, afianzará su fe y redoblará su ardor en el combate.
Yusuf permaneció callado. No parecía muy convencido, y Abd el Aziz se vio obligado a apostillar:
—Entre nosotros hemos comentado la impresión que tuvimos al conocerle.
En su presencia, cualquier asomo de duda se disipa, y todos reconocimos en él al Elegido de Allah.
Mis hombres me son tan fieles como a vosotros los vuestros, pero para no perder la ventaja de la sorpresa, no pueden participar demasiados en el asalto.
No seremos más de una treintena. Por eso creo que su presencia hará que actúen con la fiereza de quien sabe que participa en una piadosa empresa y que, si la voluntad de Allah es que muera en el combate, su destino será el Paraíso. No os preocupéis, yo cuidaré de él.
Hablaba bien Abd el Aziz. Como arráez con mucho oficio, estaba acostumbrado a dirigirse a la tropa y conocía las palabras que tocan los corazones, y transforman el miedo en ambición de victoria. No se privó de usarlas y en esta ocasión, nadie tuvo reticencias y se apoyó su plan sin reservas.
Pasaron a concretar la fecha. Tenía que ser antes de la arribada de Abu abd Allah a la ciudad, porque si llegaba a conocimiento de Aixa la presencia de Kamal en Fez, ordenaría su muerte.
Además, había que aprovechar la ventaja de que buena parte de la guardia estaba e Melilla para recibir al antiguo emir, y tratar de controlar toda la ciudad antes de su regreso, ya que era la manera de impedir que se unieran a cualquier foco de resistencia que pudieran surgir.
No quedaba mucho margen, así que acordaron que la quinta noche a contar desde el siguiente día, se produciría el asalto.
Tras tomar la decisión, nadie se atrevió a decir nada, hasta que Kamal hizo una invocación al Todopoderoso:
—Hermanos, hagamos lo que esté en nuestras manos y confiemos en la protección de Magnánimo, porque solo nos guía la determinación de cumplir su santa voluntad.
Se relajaron, tomando un pequeño refrigerio, y uno tras otro abandonaron discretamente la reunión. En cuanto salió el último, Kamal se reunió con Alí que le esperaba ansioso en el patio.
—La paz sea contigo , hermano. ¿Qué noticias me traes?
—Excelentes. Abraham ha cumplido su palabra, y los banqueros te concederán el préstamo en muy buenas condiciones. Podrás disponer del dinero en cuanto firmes la escritura, y me han dicho que la tendrán lista, a lo más tardar, en el plazo de dos días.
—Dame detalles.
—En atención a la mediación de Abraham y a que el prestatario nominal es Isaac, durante el primer año no pagarás usura.
Así que, si devuelves el préstamo antes de que concluya ese plazo, no tendrás que pagar más gastos que el papel y los servicios del alfaquí —resopló satisfecho—.
No ha sido tan difícil conseguirlo. Una vez que propusiste cambiar tu condición en el contrato y renunciaste a guardar tu copia de la escritura, la intervención de Abraham, la garantía de Isaac y sobre todo su buena reputación, han sido decisivas para que te hagan una oferta tan generosa.
Se calló, pero le pareció que Kamal estaba preocupado y se atrevió a preguntar:
— ¿ Cómo ha ido la reunión ? Te veo sereno, pero te conozco y sé que tu aparente imperturbabilidad, no siempre significa que todo haya ido bien .
Adelantó la cabeza y abrió mucho los ojos; ya que ese era uno de sus gestos más característicos cuando algo le interesaba vivamente. Se quedó en silencio esperando la respuesta, pero como era frecuente en él, Kamal tardó en hablar porque no le gustaba precipitarse.
—Al principio hubo disensiones. Abd el Aziz propuso que ninguno de los presentes participara en la toma de palacio, aunque insistió en que yo debía de acompañarle durante la lucha para enardecer a los soldados. Esa sugerencia provocó recelos entre los participantes.
—En ellos y en mí —interrumpió enérgico Alí—.
¡Qué quieres que te diga! La propuesta me parece una locura.
Y no lo digo porque me parezca mal que se abstengan de intervenir la mayoría de los conspiradores, después de todo, son demasiado mayores y estorbarían más que ayudar.
Pero que seas tú, el Elegido , quien deba estar presente mientras se libra la batalla, me parece un riesgo totalmente innecesario —se atusó lo barba mientras pensaba—.
No me gusta la idea, me parece una insensatez y por qué no decirlo, una idea totalmente descabellada.
—El arráez nos ha dado una explicación razonable.
Dice que en el asalto solo van a participar una treintena hombres, y que es conveniente que yo esté presente mientras se libra, para que los hombres vean y sientan por quién luchan.
Además, insiste en tengo que estar en palacio para ser proclamado califa, y en eso también tiene razón.
Me ha parecido una petición justa y he accedido.
No deseo poner reparos cuando tras siglos de espera, por fin se va a cumplir la voluntad de Allah.
Alí se quedó pensativo. No le convencía el argumento, pero… ¿quién era él para discutir las decisiones del Elegido ?
Se calló, pero su silencio no implicaba que estuviera de acuerdo, y menos aún que fuera a permanecer pasivo ante semejante riesgo. Decidió que urdiría algún plan para velar discretamente por la seguridad de Kamal, aunque él nunca llegara a enterarse.