Chapter 59
Encontró a su fiel Alí recorriendo la estancia a grandes zancadas. En cuanto notó su presencia, se giró con los ojos brillantes y se disculpó por la tardanza:
—Sé que me he demorado más de lo debido, pero La Mellah es un barrio muy complicado, y me ha costado mucho encontrar la sinagoga.
No está en la calle principal, sino en una callejuela insignificante y para hacerlo aún más difícil, la puerta es tan sencilla que pasé dos veces por delante, y ni me di cuenta de lo que era.
Además, cuando llegué, Abraham estaba enseñando a escribir en hebreo a unos niños, y tuve que esperar a que terminara.
Kamal sonrió para tranquilizarle. Se estaba excusando por algo que claramente no era culpa suya.
—No te preocupes, he aprovechado muy bien el tiempo.
Ya he terminado mi escrito, que está guardado en la caja de la escribanía y embalado en un fardo independiente —señaló el pequeño fardo—.
Cógela, a partir de ahora y hasta que hayamos triunfado, tú te encargarás de su custodia.
Sabes lo que debes hacer en caso de que no lo consigamos, así que no es preciso que te lo repita.
Y ahora, siéntate y dime lo que te ha contestado Abraham.
Cogió el pequeño bulto con reverencia, se sentó, y lo colocó cuidadosamente a su lado. Luego dijo muy serio:
—Leyó la carta y me preguntó por Isaac, por ti, y lo más importante, cuánto dinero querías y para qué necesitabas.
Dije que mucho, pero no he creído prudente darle más explicaciones.
Así que añadí que, a ciencia cierta, no sabía el destino que pensabas darle, porque yo soy tu secretario.
La respuesta no le gustó, y sin venir al caso empezó a hablarme de su condición de protector de su pueblo, y de que tenía la obligación de ser prudente.
Contesté que entendía que tú llevaba las mejores referencias, porque me habían dicho que conocía a Isaac y eran muy buenos amigos —Alí se quedó un instante pensativo—.
No entiendo por qué recela tanto ese rabino, y pone tantas dificultades a recomendar a sus banqueros que te concedan el crédito.
Kamal sonrió para sus adentros. Alí se había convertido en un hombre prudente que se defendía bien en los tratos, pero le faltaban conocimientos para entender la complejidad de algunas relaciones humanas.
Cierto que ya no era el impulsivo albañil que conoció, pero tenía mucho que aprender sobre las precauciones que debe adoptar, quién se sabe depositario de la responsabilidad de velar por el futuro y el bienestar de su comunidad.
—Sigue, por favor —insistió Kamal.
—Estoy seguro que no son las garantías de devolución lo que le preocupa ya que, según le oí decir porque leyó en alta voz su carta, el propio Isaac se ofrece a devolver el valor de cualquier cosa que los judíos te proporcionen, incluido un préstamo si llegaras a solicitarlo; y asume como propia cualquiera de tus decisiones.
—Entonces…
—Creo que no se fía es del uso que puedas darle al dinero, porque acto seguido empezó a perorar sobre las consecuencias que podría acarrear a su pueblo, que sus banqueros financiaran una empresa que le disguste al sultán —se mesó la barba—.
¡Es listo y precavido ese Abraham! No sé si podremos convencerle para que medie con sus banqueros, sin que previamente le digas en qué vas a emplear el dinero.
— ¿ En qué has quedado ?
—Como presentía que insistir no iba a servir de nada, le he dicho que irás mañana para concretar con él. Y más nos vale pensar en unos buenos argumentos, porque ese judío no se parece, ni en lo más mínimo, al bondadoso y confiado Isaac.
Kamal asintió y tras reflexionar sobre el asunto, añadió:
—Por lo que me contó nuestro amigo, Abraham fue quien obtuvo la autorización del emir para edificar La Mellah, y resolvió el conflicto que se había producido entre los suyos.
Quizás lo que teme no sea el impago de crédito, sino que su pueblo se vea implicado en asuntos que desagraden al sultán, y que acabe pagando las consecuencias de su disgusto con el destierro.
Son un pueblo errante, y me parece prudente que intente evitar cualquier conflicto con los gobernantes del lugar donde ahora residen.
Ya lo sabe porque tú lo has vividos, que no sería la primera vez que se vieran obligados a emigrar.
— ¿ No exageras? Pienso que al sultán le interesa que sigan aquí , porque les cobra unos buenos impuestos …
Le interrumpió:
—También los pagaban los judíos de Al-Ándalus, y los cristianos los expulsaron sin que hubiera mediado más causa que las nulas ganas que tenían sus reyes de devolver los créditos que les habían concedido.
No Alí, entiendo las reticencias de Abraham, y debemos ofrecerle el tipo de garantías que nos pide —sonrió ante la obviedad—.
Valorar nuestra capacidad o la de Isaac para reintegrarles el préstamo, es algo que compete exclusivamente a sus banqueros, pero las garantías que nos solicita el rabino son diferentes: que cualquiera que sea la empresa que pensemos financiar con esos dineros, los judíos permanecen al margen y libres de cualquier sospecha, sea cual fuere el resultado de la misma.
Se quedaron pensando en silencio: ¿qué podrían ofrecerle al judío para que se comprometiera a mediar? No podían decir la verdad, porque en cuanto supieran que el crédito lo solicitaban para financiar una conspiración, se negaría en redondo a que sus banqueros intervinieran.
Tras un rato de meditación, Alí alzó la vista y comentó con una sonrisa triunfante:
—Si como dices, lo que más le preocupa al rabino es que su pueblo se vea salpicado por el resultado de lo que pretendemos financiar, deberíamos ofrecerle la posibilidad de mantener el préstamo en absoluto secreto —se levantó y empezó a recorrer la estancia, eso siempre le ayudaba a pensar—.
¿Qué te parece si le proponemos que tu copia del contrato, en lugar de dártela a ti, la guarde Isaac?
No es una excentricidad, sino lo lógico cuando aparecen intercambiadas las condiciones en las que participa cada uno: él figurará como prestatario, y tú como un mero avalista.
Él no tiene nada que ver con nuestra conspiración y si algo sale mal, nadie podrá relacionar a los judíos con ella.
Además, todos los intervinientes en el contrato nos fiamos de él, porque estamos seguros que será discreto y nunca nos traicionará.
—Creo que has dado con la solución.
—Dime, ¿cuánto dinero calculas que vamos a necesitar?
—Al menos, dos mil doblas de oro. Si triunfamos, podremos devolverlas con toda seguridad.
Y si fracasamos, tendrás que ser tú quién se las reponga a Isaac con el tiempo, porque ese dinero servirá para pagar los gastos de la huida, y para que sobreviváis los tres con dignidad hasta que obtengas ingresos propios.
— ¡ Pues no hay nada más que discutir! Confiemos en que Allah ablande el corazón de ese rabino, y que mañana podamos solucionar este asunto. Ahora deberías marcharte para estar junto a tu esposa, yo me quedo aquí para leer un rato, y para poner a buen recaudo el fardo que contiene la escribanía.
No volvieron a verse hasta la cena. Mientras comían, notaron a Yusuf especialmente locuaz, la inminencia del asalto le tenía muy excitado y más que comer, engullía y hablaba con ansia para intentar serenarse. Le preguntó:
—Sobrino. ¿Has terminado tu trabajo?
—Completamente. Pero no hablemos de ello y disfrutemos de este momento, que lo que nos queda por vivir está en las manos de Allah.
Al final se retiraron a dormir, con la intranquilidad arañándoles las entrañas. Kamal intentaba cerrar los ojos para recuperar la paz, pero sus párpados se negaban a obedecerle y, hasta bien entrada la noche, no consiguió la paz suficiente para quedarse adormecido.