Chapter 55
El viernes, de la vuelta de la oración, iban charlando tranquilamente, cuando alguien les abordó por la espalda y al volverse Kamal, casi se da de bruces con el arráez. Le espetó sin más preámbulos:
—Allah sea contigo, mi señor. Me ha sorprendido veros en compañía de este desconocido. ¿Quién es y por qué os acompaña?
Se quedaron perplejos, ¿quién era él para pedirle explicaciones al Elegido ? Instintivamente Ali echó mano a su alfanje, pero Kamal le retuvo interponiendo su cuerpo, hasta que le vio recomponer el gesto y relajarse. Luego se volvió hacia el arráez, y dijo en un tono muy mesurado:
—Que Allah también te acompañe, Abd al-Aziz. Se llama Alí, y es un gran amigo recién llegado de Al-Ándalus, al que he contratado como secretario.
Alí notó que el impertinente desconocido le repasaba con la mirada, y su actitud le irritó aún más si cabe.
No, definitivamente aquel hombre no lo gustaba, y pensó en advertir a Kamal porque no le parecía digno de confianza.
Mientras le veía alejarse, tras mirar varias veces a su alrededor, le preguntó con un gesto de suspicacia:
— ¿ De qué conoces a ese Abd al-Aziz? Espero que mis palabras no te ofendan, hermano, pero no me gusta. Es soberbio, prepotente y a pesar de que intenta disimularlo, no entiendo cómo alguien que dice reconocerte como su señor, emplea unas formas tan poco respetuosas para dirigirse a ti.
—La verdad es que apenas le conozco. Le he visto una sola vez, cuando Yusuf organizó una cena para presentarme a los árabes principales, y él habló en nombre de todos.
Es hijo de Taher, el mejor amigo del tío de Fátima, y sé que es un arráez del sultán.
Parece un hombre preparado, aunque supongo que, debido a su oficio, no puede evitar conducirse de una manera altiva y hablar con voz autoritaria.
Poco más puedo contarte puesto que, salvo la intervención que traía preparada, no habló demasiado durante la cena.
— ¿ No habéis tenido más contacto ?
—No, hasta ahora. Les pedí tiempo para terminar de escribir mi legado, y aún no lo he concluido —le miró de reojo con una sonrisa—.
Alí, creo que desconfías demasiado. Esto no es Granada, y los árabes de aquí no tienen nada que ver con los nazaríes.
Lo más probable es que haya usado ese tono, porque esa es la forma habitual con la que se conducen los arráeces, aunque con su intervención solo haya pretendido protegerme.
—Desde luego, no parece que sus formas sean las más respetuosa para dirigirse a ti.
—Puede que se deba a que les pedí que se abstuvieran de dar muestras de respeto en público.
Incluso llegué a sugerirles que, si nos encontrábamos por la calle, disimularan e hicieran como si no nos conociéramos.
No me parece prudente que mi presencia o mi condición, se hagan públicas antes de que llegue el momento.
Y si eso fue lo que les ordené, debe obedecerme, y no lo hubiera hecho si al verme hinca su rodilla en tierra, o me trata con excesiva reverencia.
—Eso lo entiendo, hermano. Pero nada tienen que ver las formas propias de la sumisión, con las palabras que uno escoge para dirigirse en privado al Elegido de Allah.
¿Quién es él para interrogarte? ¿Cómo se atreve a abordarte, si les habías ordenado que se abstuvieran de hacerlo?
No, Kamal, ese hombre no me gusta y debes guardarte de él.
Kamal sonrió, y pensó que Alí se preocupaba en exceso.
Cualquiera que fueran sus formas o su carácter, el arráez no dejaba de ser el hijo de Taher, el mejor amigo del tío de Fátima.
No, tanta suspicacia era innecesaria, puesto que sus enemigos eran los nazaríes y estaban muy lejos.
Allí, salvo un selecto grupo de árabes, nadie sabía de su existencia y menos aún de su condición.
De momento y hasta que estallara la revuelta, no existían razones para temer una emboscada.
—Creo que exageras los peligros y la importancia de las formas. Quizás los usos de cortesía de aquí, no se asemejen a los que utilizábamos en Granada.
—Puede ser, pero por si acaso no pienso perderle de vista. Quizás tenga razones para su atrevimiento, pero yo creo que la deferencia que se le debe al Elegido , deben entenderla por igual todos los creyentes. Yo no he leído el testamento, pero por lo que me dijo el cadi, tu derecho está muy claro.
— ¿ Te gustaría leerlo ?
—Solo si lo consideras conveniente. Créeme, no tengo ninguna duda sobre tu condición, pero reconozco que sería un inmenso honor leer las palabras del Profeta, aunque las estuviera escribiendo por mano de otro.
—En cuanto lleguemos a la casa, te lo dejaré para que puedas hacerlo.
Alí, consciente de lo que significaba aquella promesa, aceleró el paso, y Kamal reconoció en aquella reacción, al impulsivo muchacho que conoció en su juventud.
Fingió no darse cuenta, pero en cuanto llegaron a la casa y sin que ninguno de los dos lo comentara, se dirigieron a la estancia que usaba para escribir y una vez comprobado que no había nadie en las inmediaciones, Kamal sacó un trozo de cuero cuidadosamente envuelto y se lo tendió.
Alí lo cogió con mano temblorosa, le embargaba la emoción al pensar que tenía en sus manos el testamento del Profeta, y animado por quien consideraba su hermano y su señor, inició la lectura.
Yo, Zayd ibn Thabit, perteneciente a la tribu Quraysh, fui llamado por el Profeta, bendito sea su nombre, quien me honró con el privilegio y el sagrado deber de escribir y guardar la última revelación del ángel Gabriel.
Así me dijo que para preservar la verdad de cuanto había predicado en su vida, el Magnánimo había dispuesto que los creyentes fueran gobernados por quién Él había elegido para que oyera su voz en su corazón.
Él es Creador, y Él decide cuál de sus criaturas debe cumplir esa sagrada misión.
Por ello ha determinado que al igual que el hijo de María, el profeta Jesús, fue designado en su tiempo para transmitir su mensaje, en el futuro serán los descendientes de Fátima, concebida por su bien amada esposa Jadiya, quién continúen con esa sagrada encomienda, y en lo sucesivo el primogénito de cada primogénito de su estirpe, quedará ungido por la sangre desde su concepción para revelar la verdad.
Por ello y por designio del Altísimo, él será el único legítimo para gobernar la umma.
También dijo el mensajero de Allah que, por el mal uso del libre albedrío, muchos impíos tratarían de torcer la voluntad del Todopoderoso.
Por eso y en su infinita bondad, el Omnipotente dijo que preservaría la vida del Elegido y de los primogénitos de sus sucesores hasta que perpetuaran su estirpe, para que siempre haya un legítimo vivo que pueda ejercer el gobierno de los creyentes.
Y para evitar que sus designios se vean entorpecidos por los malvados, el Profeta me ordenó que esta verdad permanezca oculta a los ojos de los hombres, salvo los de mis herederos.
Yo, Zayd ibn Thabit, doy fe que estas palabras me fueron dichas por el Profeta, y las escribo por su mandato.
También me ordenó que, en lo sucesivo, sean mis hijos y los hijos de mis hijos, los encargados de velar por la vida del legítimo.
Así será por los siglos de los siglos, hasta que mi estirpe se extinga o la verdad resplandezca como una potente luz ante los creyentes, para la mayor gloria de Allah.
Levantó la vista con ojos brillantes, y cayó al suelo de hinojos. Kamal se acercó tendiéndole las manos, y dijo en un tono tan expeditivo como suave:
—Álzate, Alí . Tú también debes abstenerte de hacer muestras de respeto en público, y yo te relevo de hacerlas en privado .
— ¿ Cómo supiste que eras el Elegido ?
—Has de saber que Fadil, el hombre que me hizo de padre, era de la estirpe de Zayd ibn Thabit. Y lo sé porque solía enorgullecerse de ello, y lo comentaba con frecuencia.
Se calló y muy abrumado, apoyó su mano en la frente. Alí le observó en respetuoso silencio, pero finalmente le pudo el interés y la impaciencia.
—Sigue, por favor.
—Cuando el cadí leyó el testamento, me contó que siendo mi padre su musawir , recibió una carta de su hermano pidiéndole que acudiera a El Cairo, porque mis padres de sangre estaban en peligro.
Lo dejó todo y partió, pero cuando llegó a esa ciudad, su hermano había sido asesinado.
Sé que protegió a mis padres durante su huida, pero para desgracia de todos, a mi padre lo mataron en cuanto llegó a Al-Ándalus.
Para salvaguardar mi vida, resolvió mantener oculta a mi madre en Jubiles hasta que me trajera al mundo, aunque poco después y para desgracia de todos, murió de las fiebres del parto.
Por esa razón, la voluntad de mi verdadera madre fue que ellos se encargaran de mi formación y mi cuidado.
Kamal miró directamente a los oscuros ojos de Alí, que permanecían tan atentos como emocionados, así que añadió con una sonrisa:
—Sé, porque así lo siento en mi corazón, que la voluntad de Allah es que en lo sucesivo seas tú quién protejas a mi hijo.
Él te ha traído hasta aquí para que cumplas ese cometido y deberás de hacerlo, aunque te suponga perder tu vida o la mía —le puso la mano en el hombro—.
Alí, hermano mío, si yo muero durante la rebelión, es porque no soy el Elegido llamado a gobernar la comunidad de los creyentes.
En tal caso, deberás poner a salvo a Fátima y a mi hijo, proveer a sus necesidades, y procurar que la educación de Karim sea la que corresponde a un futuro califa.
—Así lo haré. Sé que eres el primogénito del último primogénito del linaje de Fátima, no tengo dudas sobre tu derecho, y no me faltará valor para cumplir lo que de mí se espera.
Puedes estar tranquilo, no voy a rebelarme.
Mi destino es voluntad de Allah, y nada ni nadie podrá apartarme de él.
Me abstendré de participar en la conjura tal y como me has pedido, y en todo momento me mantendré cerca de ellos para protegerlos.
Y si el designio del Altísimo es que sea yo quien los cuide, lo haré con el mismo amor que Fadil lo hizo contigo.
Te prometo que, si tal cosa ocurre, daré a tu hijo el escrito sobre su legado cuando llegue el momento, y le hablaré del gran hombre que fue su padre.
—Gracias, Alí. Desde que te conozco, sé que puedo confiar en ti —dijo mientras guardaba el testamento—. Y ahora, si quieres hacerme otra pregunta antes de continuar con el trabajo, puedes hacérmela.
—Si no lo consideras un atrevimiento, me pregunto por qué Aixa era la guardiana del testamento. Es un documento comprometido y ella es solo una mujer, no parece propio que le encomendaran su custodia.
—Te recuerdo que es descendiente directa de Muhammad ben al-Ahmar, el primer sultán nazarí, y que nunca tuvo hermanos.
Los nazaríes, según me dijo el cadí, descienden de Saad ibn Ubada.
Sabes que su ancestro vivía en Medina y protegió al Profeta durante la hégira, pero a cambio de sus servicios ambicionaba ser nombrado califa a su muerte.
Fue imposible porque no pertenecía a su estirpe y, frustrado por esa decisión de los notables, decidió robar su testamento.
Desde entonces ha estado en manos de su familia, aunque nunca han osado destruirlo, porque saben que contiene las palabras reveladas.
—Precisamente porque ellos tenían el testamento en su poder, les constaba que los únicos Elegidos legítimos, pertenecían a tu estirpe y no a la suya.
—Cierto. Supongo que esa es la razón por la que intentaron, una y otra vez, aniquilar a los primogénitos de mi sangre.
Imagino que siempre han pensado que, a falta de herederos vivos de Fátima, alguno de los de su sangre podría aspirar a ser designado califa.
Su origen les colocaba en una excelente posición para ocupar el trono, sobre todo si ya no quedaban primogénitos vivos de la estirpe del Profeta, y la existencia del testamento permanecía oculta.
—Allah les ha castigado, y se han quedado sin el Poder y sin opciones para aspirar al califato pues, como las víboras que siempre han sido, se asesinaron entre ellos y no respetaron la voluntad de Altísimo.
¡Ralea de impíos! Espero que todos sean condenados al fuego del Yahannam —se quedó pensativo—.
De todos modos, debemos ser prudentes porque sigues en peligro.
Si fueron capaces de asesinar a tus ancestros, ahora que saben que conoces la verdad y posees el testamento, tratarán de asesinaros a ti y a tu hijo para que, al menos, su abominable conducta permanezca ignorada por los creyentes. ¡Cuídate, Kamal, no confíes en nadie!
—Solo tengo fe en el Misericordioso, en mi esposa y en ti. Pero he de ser valiente y seguir adelante, porque tengo un destino que cumplir. Y ahora, ayúdame refiriéndome los acontecimientos anteriores a mi regreso a Granada, para que pueda terminar de escribir mi legado.
Alí asintió, y empezó a narrar de manera prolija, los últimos acontecimientos de la guerra de Granada.