Chapter 54 #3
—No te preocupes tanto. Aunque ame mucho al que fue mi hogar, mi misión no es volver sino otra bien distinta.
Me debo a mi legado, porque solo cumpliendo mi destino conseguiré que reine la paz entre los creyentes —sonrió—.
¡Allah es grande! Sé que me ayudará en este empeño porque por su voluntad, a mí me corresponde enderezar lo que han torcido los malvados.
Vamos a empezar por Fez y con la ayuda de los árabes de aquí, la conspiración que preparamos será el inicio de un nuevo futuro para el orbe.
Espero que el Todopoderoso nos conceda el triunfo pues, como te digo, será el punto de partida para que los creyentes conozcan su voluntad, y a partir de ahí avanzaremos hacia una paz definitiva.
— ¿ Puedo incorporarme a la lucha? A eso he venido, porque si Allah permitió que mi esposa y mi hijo muriesen, imagino que es porque entre sus planes estaba el que yo me uniera a tu causa .
—Así lo creo. Después de saber que mis antecesores sufrieron tantas traiciones, sé que tú presencia aquí obedece a un designio del Prudente.
— ¿ Quién dirige la tropa ?
—Aún no está formada. Se está ocupando de ello un arráez del sultán, que también es árabe. Pronto los conocerás, pero solo lo harás en tu condición de amigo mío porque no deseo que te incorpores a mi ejército, sino que cumplas otras delicadas misiones sin que nadie lo sepa.
Le miró perplejo y se atrevió a preguntar:
—No entiendo bien a qué te refieres. ¿De qué misiones están hablando?
—Solo me fío de tu lealtad, y por eso te encomiendo que, por encima de todo, veles por la seguridad de Fátima y de mi hijo.
Los protegerás en los tiempos convulsos que se avecinan, porque no hay nadie que me inspire más confianza que tú y si algo irreparable llega a ocurrirme, quiero que seas tú quien se encargues de ponerlos a salvo, y de que mi hijo reciba la educación que le corresponde al Elegido de Allah.
Pero no creas que mientras tanto deseo que permanezcas pasivo.
Hay una serie de asuntos que solo puedo encomendarte a ti, porque la prudencia me aconseja mantenerlos en secreto.
—A tu servicio estoy. ¿De qué se trata?
—De momento, pronto te pediré que lleves una carta de Isaac al rabino Abraham Vivas que, por lo que contó en Tetuán, nos prestará su ayuda siempre que le sea posible.
Pero nadie debe saber que estamos en contacto con los judíos, ni siquiera nuestros colaboradores más próximos, por eso quiero que te mantengas al margen de mi ejército, para que nadie sospeche que te ocupas de una serie de cuestiones que son fundamentales para el futuro de mi causa.
A los ojos de los otros, solo serás un gran amigo que realiza para mí las labores propias de un secretario.
—De acuerdo. Cuando tú lo dispongas, haré cuanto me pidas.
—Pues es ese caso, quiero que de verdad ejerzas de secretario.
No será solo una excusa, también deseo que me ayudes a escribir mi legado.
Hay acontecimientos que conoces mejor que yo porque residías en Granada, y quiero que mi hijo los conozca con total exactitud para evitar que dude de mis palabras, por el simple hecho de haber cometido algún error al narrarlos —se quedó meditando—.
Si te parece bien, le diré a Yusuf que a partir de ahora me ayudarás con mi escrito.
Así nadie sospechará del tiempo que pasamos juntos y lo más importante, a nadie le extrañará que permanezcas alojado en esta casa.
—Estoy de acuerdo.
—En tal caso, ordenaré a los sirvientes que te acondicionen un sitio en la estancia que uso para escribir, y así podrás ejercer al mismo tiempo de custodio de mi trabajo. Ahora, acompáñame.
Al paso dio instrucciones precisas, y los sirvientes quedaron encargados de disponer un lugar para su amigo es cuanto ellos dejaran vacía la habitación, porque en ese instante la iban a necesitar para trabajar juntos. En cuanto entraron, busco entre sus papeles la carta para el rabino.
—Guárdala, cuando llegue el momento irás a la sinagoga mayor de la judería de La Mellah, y preguntarás por Abraham Bibas. Solo puedes entregársela a él, porque su contenido es muy comprometido.
— ¿ Tanto ?
—Ya lo creo. Isaac le pide que me proporcione cualquier cosa que le solicite, y vamos a necesitar un gran préstamo para financiar mi ejército.
Los árabes de aquí son ricos, pero no tanto como para costear una empresa de semejante envergadura.
Quiero que en cuanto termine de leer la carta, le preguntes si puede hablar con sus banqueros para que me concedan el crédito.
Si te dice que sí, deberás concertarme una visita para concretar la cantidad, y para que me informen de las condiciones de devolución.
—No te preocupes. Absolutamente todo lo que me ordenes, lo cumpliré fielmente. Y ahora, cuéntame qué tal se encuentra tu hijo.
—Nació débil porque le faltó tiempo de gestación, pero ya se ha fortalecido, y ahora goza de una excelente salud.
Fátima se desvive por él, por lo que creo que el mayor peligro que corre es el derivado del hecho de ser mi hijo y, dado el papel que debo asumir en la rebelión, el resultado de la misma le alcanzará siempre a él.
Por eso te insisto en que, si la voluntad de Allah es que no consiga el triunfo, por encima de mi propia vida debes ponerlos a salvo a ellos, educar al niño, y entregarle mi legado cuando lo creas oportuno.
—Así lo haré, al precio que sea.
—Me quedo más tranquilo. Te conozco y sé que cumplirás el encargo, aunque el empeño te cueste la vida. Ahora, háblame de lo ocurrido desde la rendición de Granada.