El legado del alarife Chapter 54 #2
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Chapter 54 #2

Fue una buena decisión porque, gracias a su aislamiento, no tuve que ver la destrucción de la vega granadina con la ayuda de Yahya, ni tu madre tuvo que sufrir las vejaciones que padecieron muchas de nuestras hermanas.

Quiero que sepas que, al poco tiempo de rendirse El Zagal, los castellanos mostraron su verdadero rostro en las tierras que ahora les pertenecían.

Llamaban moriscos a los conversos de manera despreciativa, e incluso los acusaban de herejes a instancia de su clero.

Nada de nuestra cultura fue respetado: ni el arábigo, ni la vestimenta, ni nuestras costumbres…

Cosas tan nimias como comer cuscús, usar la alheña o bailar zambras, fueron tachadas de actividades no cristianas por las que debíamos hacer penitencia.

Malos tiempos fueron aquellos, hijo mío.

Debido a las durísimas condiciones de vida a las que estaban sometidos, nuestros hermanos de las tahas alpujarreñas que permanecían fieles a nuestra fe, al verano siguiente se rebelaron contra El Zagal que, al verse en peligro, no le quedó otro remedio que refugiarse en Almería.

Pero Yahya, siervo más que vasallo de los castellanos, impidió que las fortalezas de la taha de Marchena pasaran de nuevo a manos musulmanas, y lo que es aún peor, su hijo Alí Omar mediante un ardid despreciable, engañó a los pobres sublevados que se habían refugiado en Adra.

Has de saber que el muy impío disimuló las naves cristianas cambiándolas de banderas, vistió de musulmanes a los marineros y a la tropa, y entró en el puerto fingiendo acudir en ayuda de los sublevados.

Así se apoderó de esa parte de la ciudad, mientras que su padre atacaba por tierra para terminar con cualquier conato de resistencia en la medina.

Los rebeldes se defendieron con valor y la batalla fue muy cruenta, pero al final nuestros hermanos fueron vencidos.

Ante tal cúmulo de desgracias, muchos emigraron a Granada, y a la postre ese fue el mayor obstáculo que encontró Abu abd Allah para poder entregar la ciudad a los cristianos, ya que los creyentes se opusieron a la rendición, y la guerra se alargó más de lo que estaba previsto.

Tristes días aquellos en los que la grandeza de Granada sucumbió ante el poder de Castilla, tras diez largos y duros años de lucha.

Finalmente, Abu abd Allah entregó la ciudad a cambio de un gran señorío que le permitiera vivir holgadamente.

Y allí seguía cuando tu madre y yo abandonamos Al-Ándalus, dedicado a la caza y a sus diversiones, y sin preocuparse lo más mínimo por la suerte de sus vasallos.

Tu madre y yo, durante la mayor parte de aquel tiempo permanecimos ajenos a los acontecimientos, porque al llegar a la alquería procedente de Baza, escribí a Alí pidiéndole que la acompañara hasta allí.

Tres días después llegaron conducidos por Bilal, y nuestra alegría al comprobar que ambos nos encontrábamos bien y a salvo, no tenía límite.

Supongo que fue esa inmensa satisfacción la que impidió que una gran magduma como ella, apenas llegara a apreciar la pobreza de aquel lugar.

Alí permaneció dos días entre nosotros, pero pasado ese tiempo regresó junto a su familia. Sentí la separación, pero insistí en que se fuera porque sabía que lejos de su querida Jalila, no se sentía feliz.

Los casi dos años que pasamos en aquel pobre lugar, fueron dichosos a pesar de que no poder mantener a tu madre como a la mujer servida que es.

Y no sé si aún no permaneceríamos allí felices y en paz, sino fuera porque una tormentosa noche de invierno, se presentó Alí para avisarnos de que Abu abd Allah abandonaba Granada, porque la iba a rendir a los cristianos.

Se había enterado de la infausta noticia por nuestro común amigo Ibn Comixa, que fue quien negoció la entrega.

A sus buenos oficios se debe que los reyes prometieran conservar las mezquitas para que nuestros hermanos pudieran orar en paz y que, como en Baza, quedáramos exentos de someternos a sus bárbaras y cambiantes leyes, para seguir rigiéndonos por nuestras sensatas y ponderadas costumbres.

A su vuelta decidí acompañarle a Granada para asegurarme de que, si algún día queríamos regresar, estaríamos seguros y que al llegar…

***

Estaba escribiendo, cuando unos pasos acelerados le hicieron alzar la vista. Apareció Abdul y tras inclinarse, dijo respetuosamente:

—Perdonadme, mi señor, acaba de llegar un hombre que porfía por veros.

Dice llamarse Alí, y ser vuestro amigo y más humilde servidor.

Me ha pedido que os informe de su presencia, e insiste en que viene de Granada para estar junto a vos.

Le he mandado recado de su presencia a vuestra esposa, y es ella quién me ha ordenado que os lo comunique de inmediato.

Dice que os alegraréis mucho de verle, y que deberíais saberlo a la mayor brevedad posible…

Parpadeó unos instantes mientras trataba de asimilar la noticia, y corrió a su encuentro dejando al esclavo con la palabra en la boca.

57 REENCUENTRO CON ALÍ

Atravesó el patio como una exhalación y al entrar en la estancia, Alí se arrodilló ante él inclinando la cabeza.

—Por favor, hermano, álzate y ven a mis brazos. Sé bienvenido, porque no podía tener un regalo mejor que el placer de volver a verte.

Tocó las palmas, y al instante apareció Abdul al que ordenó tajante:

—Trae comida en abundancia para mi hermano, que estará hambriento después de tan largo viaje.

—No es necesario —intervino Alí—. Si me he permitido venir tan temprano, es porque me consumía la impaciencia por veros. Sé que habéis sido padre, y estaba deseando felicitaros por tan fausto acontecimiento.

Abdul se marchó, y en cuanto se quedaron solos Kamal insistió en que, en privado, su trato fuera el de siempre. Le preguntó con curiosidad:

—Cuéntame, hermano. ¿Dónde has dejado a tu familia?

Alí ensombreció la expresión.

—Como sabes, Jalila y yo esperábamos un nuevo hijo, y esa fue la razón por la que no te seguí cuando supe que habías abandonado Granada.

Pero la voluntad de Allah ha sido que tampoco este niño sobreviva y, para mi desgracia, en esta ocasión han fallecido los dos.

Cuando mi primera hija nació muerta, acepté resignado su destino, pero ahora, quizás por la rapidez con la que se presentó el parto, no pude localizar a la matrona y me vi obligado a contratar a quien resultó ser una ignorante carnicera.

Por su impericia mi hijo murió desangrado, y Jalila días después de unas terribles fiebres.

Se calló. Tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar, y los ojos llenos de unas lágrimas que no podía contener. Cuando se rehízo un poco, prosiguió:

—Roto de dolor, busqué a aquella pérfida mujer y le corté el cuello.

No me arrepiento, ya no volverá a matar a más niños inocentes, y eso que saldrá ganando la comunidad de los creyentes —dijo con la ira asomándole a los ojos—.

Su familia me denunció y tuve que huir, pero antes de hacerlo visité al cadí y le pregunté por tu paradero.

Me dijo que os hospedabais aquí, en casa del tío de Fátima, y seguí vuestros pasos porque y nada me retenía en Granada y puestos a esperar la muerte, en ningún sitio mejor que a tu lado.

Y aquí estoy, dispuesto a hacer lo necesario por tu causa que desde que la conozco, también es la mía.

Además, la vida allí no es la misma desde que gobiernan los cristianos, puesto que no respetan las condiciones de capitulación y sus abusos no tienen límite.

Así que aprovechando que muchos de nuestros hermanos están pasando a la Berbería, me resultó fácil hacerlo confundido entre tanto creyente.

Tras escuchar su explicación, el corazón se le encogió de pena.

Estaba tan destrozado que, a pesar del escaso tiempo que había pasado desde que se vieron por última vez, había envejecido y parecía un muerto en vida.

Era más joven que él y ya tenía la barba gris, los hombros curvados hacia delante, y unas prematuras arrugas acentuaban la mirada vacía de unos ojos sin vida.

Estaba irreconocible, no se parecía nada al vigoroso muchacho que conoció; ni siquiera al hombre reflexivo en el que se convirtió con el paso de los años y ahora solo él, Kamal, su amigo y su hermano, parecía ser la única razón que le ataba a este mundo.

Intentó esbozar una sonrisa, pero no consiguió disimular la pena que le desgarraba el alma y comprendiendo su estado de ánimo, Kamal decidió distraerlo cambiando de conversación:

—Cuéntame, ¿Cómo van las cosas por Granada? ¿Han empeorado tanto las condiciones de vida desde que me fui?

—Por días. Los métodos que el maldito Torquemada aplicaba a los judíos, ahora los usan contra nuestro pueblo.

Los reyes dieron su palabra de que iban a respetar nuestras mezquitas, y sin embargo todos los días transforman alguna en otra de sus iglesias.

Dijeron que podíamos conservar nuestra religión, nuestro idioma, y regirnos por nuestras leyes y costumbres, pero nada de eso hacen porque su reina se guía cada vez más por el inquisidor, y menos a fray Hernando de Talavera —suspiró.

— ¿ Quién es fray Hernando de Talavera ?

—Durante un tiempo, creo que fue su consejero y confesor.

Y no es que los consejos del fraile fueran los más convenientes para nosotros, pero al menos cortaban algunos abusos —bajó la vista con amargura, para a continuación alzarla para mirarle fijamente—.

Malos tiempos corren, hermano mío. Antes o después, los que se han quedado allí tendrán que decidir entre convertirse o marcharse, porque los reyes tratan de borrar cualquier vestigio de nuestra presencia en aquella tierra, para que ni siquiera quede ni el recuerdo de que hubo un tiempo en que vivimos en Al-Ándalus.