El legado del alarife Chapter 53
75%

Chapter 53

La semana siguiente fue extenuante. Kamal, consciente de la gravedad de la situación, constantemente subía al adarve y al ver cómo crecían los montones de tierra alrededor de los árboles, e inmediatamente bajaba a arengar a los albañiles para que siguieran trabajando.

Imprimió tal ritmo a la excavación para sobrepasar la muralla antes de tropezar con la mina que, a base de amenazas y anuncios de recompensa, consiguió que el trabajo no cesara ni a la hora de comer.

Cuándo calculó que ya la habían superado, decidió bajar la velocidad, pero la tranquilidad duró poco porque el último hombre que sacaba las esportillas de tierra, gritó desde la misma boca del túnel:

— ¡ Alarife! Se oyen golpes provenientes del otro lado .

—Eso es que andamos cerca, diles que empiecen a cavar hacia los lados. Hay que profundizar al menos veinte codos en cada dirección, antes de cegar la contramina. Entonces la cadena de hombres funcionará a la inversa, y procederemos a rellenar el túnel con piedras y argamasa.

El hombre le miró perplejo.

—Verás, cuando los cristianos tropiecen con ese muro, desistirán porque desconocen su grosor y es demasiado esfuerzo para un resultado incierto.

Diles a tus compañeros que trabajen en silencio.

No deben oírnos hasta que el muro tenga al menos doce codos de espesor, o nos será imposible evitar el enfrentamiento.

¡Ah! Y diles a los de la otra cuadrilla que no traigan más piedras, son suficientes con las que hay, y tenemos que empezar a preparar rápidamente la argamasa.

El temor a un encuentro con los cristianos, hizo que los albañiles no acusaran el cansancio y en cuanto las ampliaciones hacia los laterales se dieron por concluidas, las piedras y la argamasa volaron hacia el interior, y la cadena humana se fue acortando a medida que se colmataba el túnel.

Hasta el propio Kamal se asombró de la celeridad con la que se acabó la obra, ya que a los tres días estaba completamente concluida.

Al día siguiente subió al adarve, y efectivamente nada había variado tras las higueras. Esa misma noche mientras cenaban, le sugirió al wali :

—Señor, sería conveniente aleccionar a los soldados que vigilan desde las torres y los adarves, para que estén atentos a la aparición de nuevos montículos de tierra. En esta ocasión hemos tenido la suerte, pero si no los detectáramos a tiempo, podríamos llegar demasiado tarde.

Yahya contestó complacido:

—Sobrino, veo que no solo sois un gran alarife, también un hombre prudente que sabe dar sabios consejos —se volvió hacia su hijo—.

Alí, tú te encargarás de trasmitir esa orden, y avisarás que serán severamente castigados los que descuide tan importante cometido —sonrió satisfecho—.

Y ahora, comamos hasta saciarnos, que bien nos lo hemos merecido.

Allah no bendice, y hemos de agradecérselo dando buena cuenta de los alimentos que nos proporciona.

Cada vez que le oía pronunciar el nombre de Allah, Kamal sentía que la ira le corroía las entrañas.

No lo podía evitar, pero la osadía de aquel blasfemo, a pesar de sus esfuerzos, hacía que se le encendiera el rostro de indignación mientras sus ojos se entrecerraban por el odio.

Algo debió notar Yahya, porque añadió con una expresión imperturbable:

—Querido sobrino. Veo que hoy también estás cansado, puedes retirarte si lo deseas.

Se levantó tras agradecerle su comprensión, pero mientras salía sintió la mirada de Yahya clavada en su espalda. Decidió que debía ser más prudente y disimular sus emociones, pues no tenía sentido escapar de las garras de Aixa para caer en las de Yahya, que no tenía aspecto de ser más indulgente.

Cuando los cristianos comprendieron la inutilidad de seguir cavando, arreciaron los bombardeos, y con las primeras luces empezaban a tronar lo tiros rectos de las bombardas contra las murallas.

Pero lo más terrible fue comprobar los efectos de los morteros pedreros, pues sus proyectiles describían una trayectoria curva, saltaba la muralla, y caía sobre los tejados de las casas aplastando a sus aterrorizados moradores.

Los derrumbes eran constantes. Las gentes corrían sin saber dónde guarecerse mientras los muertos crecían, la comida se agotaba y la desesperación se iba apoderando de los habitantes.

Se acercaba el invierno, y las disputas por los alimentos eran cada vez más frecuentes.

Empezaron a oírse voces partidarias de rendición; voces que se convirtieron en auténtico clamor cuando asomados a la muralla, los vecinos vieron llegar a la reina Isabel al campamento real.

El nutrido cortejo que la acompañaba, evidenciaba que los cristianos no tenían intención de levantar el cerco y, por tanto, que cualquier resistencia era inútil, y solo serviría para aumentar los sufrimientos de la población.

Al día siguiente mientras caminaban juntos, Alí Omar comentó que su padre había mandado un emisario al Zagal , para solicitarle permiso para capitular.

Lo dijo triste, como si aquello fuera algo inevitable a pesar de sus esfuerzos; si no hubiera estado al tanto de las negociaciones secretas, hubiera pensado que la solo idea de rendir la medina a los cristianos, realmente le abrumaba.

Al contemplar un comportamiento tan falaz, decidió seguir su ejemplo y condolerse:

—No lo lamentes tanto, Alí Omar, es la voluntad de Allah.

Sé cuánto habéis intentado que Baza permanezca bajo la fe del islam, y si no lo habéis conseguido es porque ese es el designio del Todopoderoso.

No te entristezcas, Él os premiará dándoos todo cuanto os merecéis en la otra vida.

Seguro que cuando llegue el momento, os juzgará como a los príncipes esforzados que sois.

Él sabe que, si mañana os rendís, lo hacéis pensando en el bienestar de la población y no en vuestro interés.

Casi escupe al hacer semejante alarde de fingimiento. Pero era lo que procedía si quería salvar su vida, porque jamás le perdonarían que hubiera estado al tanto de sus intenciones.

Alí Omar le puso la mano en el hombro, y dijo con voz resignada:

—Gracias, primo. Soy el primero en reconocer la importancia de tu ayuda, porque sin ti habríamos claudicado mucho antes. Volvamos, mi padre espera la respuesta de El Zagal, y si aprueba la capitulación nos reuniremos pronto con Gutierre de Cárdenas, para negociar los términos de la misma.

A pesar de su esfuerzo por aparentar pesadumbre, Kamal tuvo la certeza que para Alí Omar y para toda su familia, aquel era un momento largamente esperado; ya que su andar ligero y sus ojos vivaces, así lo corroboraban.

Sin duda sentía un gran alivio por la finalización del asedio, y sobre todo una inmensa alegría porque al fin pudieran cumplirse sus ambiciones.