El legado del alarife Chapter 52
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Chapter 52

Aún no se había recuperado de la impresión, cuando oyó voces, se abrió la puerta y apareció Yahya en compañía de un joven al que reconoció al instante: se trataba del joven capitán que había dirigido la matanza de los artilleros cristianos.

Tenían idéntica estatura y rasgos muy parecidos, pero en lo que más se asemejaban era en que se movía con la soberbia de quien está firmemente convencido de pertenecer a una estirpe superior.

Yahya se dirigió a su hijo, y dijo en tono condescendiente:

—Te presento a Kamal ibn Fadil, de quien ya te he hablado —miró a Kamal y dijo con orgullo—. Y él es mi hijo, Alí Omar.

El joven se acercó y sin perder su altivez, añadió con una afabilidad que sonó bastante forzada:

—Mi padre me ha dicho que eres el esposo de mi prima Fátima. Sé bienvenido, aunque reconozco que no esperábamos recibir visitas durante el asedio. ¿Cómo se te ha ocurrido venir? ¿Acaso desconocías nuestra terrible situación?

Kamal le miró fijamente y dudó. ¿Realmente estaría al tanto de la traición de su padre?

Por la fiereza con que había atacado a los cristianos, bien podía pensarse que desconocía la existencia del pacto.

Aunque le costaba creer que, pasados cuatro años desde la firma del documento que le atañía, el primogénito de Yahya ignorase su existencia.

Se acordó de Fátima y de su recomendación de comportarse prudentemente, y respondió con la mayor naturalidad que pudo:

—No, al contrario, el asedio es lo que me ha hecho venir.

Soy un importante alarife y por una serie de vicisitudes, aprendí mucho sobre las tretas cristianas para debilitar murallas y propiciar asaltos.

Por eso he venido, para ayudaros a neutralizar las minas a las que tan aficionados son nuestros enemigos, y para señalaros los paños de muralla que debéis reforzar para evitar los estragos de sus bombardas.

Deseo colaborar en la defensa, y ayudar en posible a que la ciudad resista los envites en los infieles.

Alí Omar le miró incrédulo. La respuesta era tan insólita, que no esperaba oírla de boca de un desconocido, por muy pariente que fuera. Destensó el rostro y forzando la cercanía que se espera en un trato familiar, preguntó:

— ¿ Te has instalado ya ?

—Aún no. Apenas si he tenido tiempo de presentarme a tu padre, que ha tenido la amabilidad de ordenar que me trajeran comida. Pero ya me he saciado y en cuanto lo estimes oportuno, estoy dispuesto a empezar mi trabajo.

Alí le puso la mano en el hombro, y comentó en un tono bastante más amable:

—Vámonos ahora, conviene que te acostumbres cuanto antes a la ciudad. El asedio se presenta largo, y puede que tus consejos nos sirvan de ayuda para resistir. El infiel acabará por comprender la inutilidad de sus esfuerzos, y se retirará dejándonos en paz.

Salieron de la alcazaba, atravesaron la ciudad, y a luz del día pudo constatar que la primera impresión que tuvo la noche anterior, se había quedado corta: eran muchas las casas destruidas, y por doquier los montones de basuras y escombros, impedían apreciar lo que debió ser una próspera ciudad.

Las calles eran un hervidero de gente, entre las que se contaban no pocos enfermos que descansaban en los rincones febriles o medio moribundos, rodeados de miseria y suciedad.

Vieron riñas por la comida, señal inequívoca de que los alimentos escaseaban, mientras que otros menesterosos resignados a su suerte, permanecían inmóviles sin nada que llevarse a la boca.

Los más osados, extendían la mano para solicitar limosna, pero la mayoría se habían rendido, y parecían dispuestos a morir sin hacer nada por evitarlo.

Se le encogió el corazón, pero Alí Omar no les dirigió ni una sola mirada, y se limitó a sortear aquel enjambre de cuerpos con indiferencia.

Al llegar a la muralla, la bordearon por la calle de la vera para luego hacer el camino inverso por el adarve.

Kamal comprobó que, en general, estaban en buen estado, sin demasiados puntos vulnerables y con las torres ubicadas en los lugares más idóneos para la defensa.

No obstante, señaló varios puntos que convenía reforzar para evitar que los tiros rectos de bombarda, abrieran peligrosas brechas en aquellos pa ños más débiles.

Pero lo realmente importante fue que, al examinar detenidamente el final del arrabal, descubrió signos inequívocos de que los cristianos estaban excavando una mina.

Se paró, entrecerró los ojos para agudizar la vista, y señaló un grupo de árboles que se hallaban al final de las huertas. Comentó con bastante preocupación:

— ¿ Ves aquellas tres higueras tan juntas? Pues detrás está el inicio de una mina y por lo que se puede apreciar desde aquí, deben andar ya muy cerca de la muralla.

Alí miró hacia el lugar, y le preguntó extrañado:

— ¿ Cómo lo sabes ?

—Por los montículos de tierra que hay a su alrededor. Los he visto en el cerco de Málaga y si te fijas bien, son detectables desde cualquier alto.

— ¿ Qué hacemos ?

—Empezar a construir una contramina —examinó el exterior para observar otros signos, y después de analizarlos fijó el punto de la muralla al que se dirigía el túnel—.

Bajemos, tienes que proporcionarme una cuadrilla de buenos albañiles.

Tenemos que cavar en dirección contraria y antes de tropezarnos con su mina, fortificaremos el subsuelo para evitar que esos malditos sigan avanzando.

Alí Omar le siguió preocupado, y no pudo por menos que preguntar:

— ¿ Qué podríamos hacer si ya hubieran llagado a la muralla?

—Pues en ese caso, si ya estuvieran apuntalando el hueco que abren bajo la misma, no nos quedará más remedio que luchar, porque en caso contrario prenderán fuego a los puntales y todo lo que esté por encima, se desplomará abriéndose una brecha en la muralla—le urgió—.

Venga, tenemos que darnos prisa porque por la altura y el número de montículos que observo desde aquí, no tardarán en llegar, si es que ya no lo han hecho.

Alí se quedó con la mirada perdida, e hizo un comentario que le pareció sorprendente:

—Tu llegada es un signo evidente de que Allah aprueba la determinación de mi padre. Si los cristianos llegaran a conquistarnos por la fuerza, de nada habrían servido sus desvelos por conservar todo cuanto tenemos.

Después de haber leído la escritura a favor de Yahya, no supo cómo interpretar esas palabras.

Pensó que tal vez ignorara las negociaciones de su padre, su invocación al Altísimo y su arrojada defensa de la ciudad, hacía que tal hipótesis fuera plausible.

Pero entonces… ¿a qué venía ese comentario?

¿Sería acaso una treta de los Alnayares para obtener mayores ventajas en la capitulación?

No podía hacer esas preguntas sin descubrirse, y le acompañó a seleccionar a los albañiles. No tardaron en reunir un buen grupo, y el hijo del wali abandonó el lugar, dejándolo a cargo de la obra.

Kamal los dividió en dos cuadrillas: una la dedicó a cavar, y la otra a acumular piedras de los derrumbes a la entrada del túnel. Trabajaron sin descanso hasta que la noche venció al día y, cuándo la falta de luz les impidió continuar, ordenó parar y los convocó para el día siguiente.

Se dirigió a la alcazaba y nada más entrar, los sirvientes le condujeron a presencia de Yahya.

Le recibió con visibles muestras alegría, loando su intervención y calificando su llegada de providencial.

Su hijo le había comentado el resultado de la inspección y el inicio de la construcción de la contramina, y no podía estar más satisfecho con su trabajo.

No dejaba de repetir que gracias a él se había abortado el asalto, y durante toda la cena estuvo alabando al Todopoderoso por haberle enviado.

Kamal, mientras escuchaba sus adulaciones y alabanzas, casi no podía disimular su indignación.

No paraba de repetirse mentalmente: « este impío lleva toda la cena citando al Profeta, y resulta que no es más que un renegado que ha prometido convertirse al cristianismo.

¡Qué Allah nos libre de estos chacales con piel de cordero, porque no hay peor pecado que renegar de tu fe y traicionar a tus hermanos! »

Le costaba tragar y hasta hablar, y cuando Yahya le preguntó la razón de tanta pesadumbre, pidió disculpas y lo atribuyó al agotamiento.

El wali, tras dirigirle una mirada escrutadora, le permitió retirarse; aunque al ponerse de pie observó una sombra en su mirada, que no supo si achacarla al recelo hacia él, a su natural altivez.