El legado del alarife Chapter 51 #2
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Chapter 51 #2

Alzó la vista y miró alrededor estupefacto, luego palpó el papel para asegurarse que había leído algo real, y volvió a fijarse en la estancia y en el escrito para convencerse que no estaba soñando.

Así era, estaba en la alcazaba de Baza con una escritura en sus manos a favor de Yahya, otorgada por los mismísimos reyes cristianos.

Deslizó los dedos sobre el escrito porque le costaba creerlo…

pero no, no soñaba, la escritura existía y no lo pudo evitar, continuó leyendo para conocer el precio que Yahya había puesto a su virtud.

Le seguía un otrosí en el que los reyes juraban por su fe y daban palabra real de entregarle a él, a sus descendientes o quién él designare, las tierras conocidas como Bolydod, que comprendían Pechina, sus alquerías y otras tierras, con unos derechos sobre términos y vasallos, similares a los de la anterior donación.

Y más… las treinta haciendas de moros vecinos de Granada que más le gustasen, dos terceras partes del botín que se obtuviera en la toma de las ciudades y, por supuesto, cuanto pudiera probar que era suyo con anterioridad a la entrega de la ciudad.

Le llamó la atención un segundo otrosí, que releyó varias veces para comprender todo su alcance:

Y otrosí, os prometemos que para que vos y vuestro hijo estéis más seguros y ciertos que estas mercedes se os han de cumplir y las habéis de tener, poseer y gozar, y para que tengáis parientes y personas que miren por vos, mandaremos a Juan de Benavides que case a un hijo suyo con una hija vuestra, y una hija suya con un hijo vuestro.

Para que dicho Juan de Benavides y sus descendientes, tengan para nosotros las fortalezas y gobernación de Almería, de Vera y de sus tierras.

Estaba claro. La promesa de bautizarse no era un ardid para obtener unas mercedes momentáneas, sino una decisión meditada de integrarse con su familia en la sociedad cristiana, y de perpetuarse en ella como un noble más del reino.

Sintió náuseas. Por tan pobre aspiración, Yahya renegaba de su condición de creyente, repudiaba a sus antepasados y a su condición de nazarí principal, y traicionaba a su pueblo con un trato que se asemejaba a los que hacían los mercaderes de baja estofa en los mercados del extramuros.

Y todo por un señorío que, si bien era de buen tamaño, era infinitamente menor a las dignidades que disfrutaba por nacimiento, y a la bendición de pertenecer a la comunidad de los creyentes.

Siguió leyendo, aún le prometían más dádivas y mercedes: Aynix, Fenix y tres alquerías en tierras de Almería de cuatro leguas de traviesa…

, y se lo daban en señorío por juro heredad y para siempre.

Finalmente le acogían, a él y a su familia, como a unos miembros más de la nobleza castellana, y les garantizaban guardar sus vidas, honras y haciendas:

Otrosí, os guardaremos y miraremos por vuestras vidas, vuestras honras y vuestras haciendas, y no consentiremos que agravio ni desaguisado alguno se os haga a vos ni a vuestros descendientes, lo cual todo cuanto es dicho, lo prometemos y juramos por nuestra fe y palabra real, por nosotros y por nuestros descendientes, para que lo tengáis por cierto, firme y valedero para siempre jamás, vosotros y a vuestros descendientes, y os mandaremos dar de todo ello merced de privilegio fuerte, firme y bastante, del cual mandaremos guardar a los letrados para provecho y seguridad vuestra y de vuestros descendientes.

En testimonio de todo ello, os mandaremos dar la presente escritura firmada con nuestros nombres y sellada con nuestro sello.

Fecha en la villa de Alcalá de Henares, a veintitrés días del mes de diciembre año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, de mili cuatrocientos ochenta y cinco años.

Yo el Rey  Yo la Reina

Alzó la vista y le dio varias vueltas al documento, le costaba dar crédito a su existencia.

Pero sí, parecía auténtico porque al pie aparecían la firma de los reyes cristianos y una apostilla:  Yo, Pedro de Camañas, secretario del rey y de la reina, nuestros señores, lo escribí por su mandado .

Y a continuación aparecía bien legible la firma del secretario.

Tardó en recuperarse de la impresión. Acababa de descubrir que Yahya, desde hacía casi cuatro años, mantenía un pacto secreto para entregar el reino a los cristianos, a cambio de unas donaciones y prebendas. Aquello era peor que un soborno, era la más inicua de las traiciones.

Pensar en tantos hermanos a los que ese miserable estaba vendiendo, le producía una ira casi incontrolable.

El recuerdo de tantos muertos, de los sufrimientos que había visto fruto de los asedios y las razzias, de la cantidad de vidas sacrificadas en defensa de una causa cuyo aparente adalid era aquel indigno, hacía que se le revolviera la bilis y el corazón le latiera con la fuerza de un corcel a la carrera.

Dejó la escritura sobre la mesa y paseó a grandes zancadas, nada conseguía tranquilizarle, y se acercó a la ventana para respirar aire puro porque el que se respiraba en aquella estancia, se le antojaba putrefacto.

Y así permaneció, con la mirada perdida en el horizonte, obviando fijarla en las empalizadas y en los reales de los cristianos que, como cruel manada de lobos, esperaban el momento oportuno para lanzarse sobre los desgraciados habitantes de Baza.