Chapter 51
Cayó la noche y no había luna, lo que favorecía la posibilidad de atravesar la cerca sin ser detectado.
Eligió el tramo que le pareció más sencillo, y arrastrándose sorteó a la guardia y llegó al primer murete de las huertas.
Se deslizó sobre él hasta sobrepasarlo y cuando se disponía a continuar, dos hombres cayeron sobre él tratando de apalearle.
Se salvó de un golpe mortal gracias a sus reflejos, pero no repelió la agresión devolviendo la acometida, sino que gritó enérgicamente:
— ¡ En el nombre del Todopoderoso, no me ataquéis que soy un creyente! Vengo de lejos para sumarme a la defensa de Baza, y no he encontrado otra forma de entrar en la medina .
— ¿ Quién eres ? —preguntó el que había intentado matarle.
—Mi nombre es Kamal ibn Fadil, y fui el alarife mayor de la Alhambra cuando era sultán Abu al-Hasan.
Pertenezco a la familia del wali por matrimonio , ya que mi esposa es su sobrina.
Por eso, cuando me enteré de este terrible asedio, quise venir para colaborar en la defensa.
Conozco las tretas cristianas, sé cómo combatirlas, y pensé que os vendría bien mi ayuda.
— ¿ De verdad que sois pariente del wali?
—Sí, traigo una carta del padre de mi esposa para él. Son primos y se conocen desde la infancia.
—En tal caso, disculpadnos, os habíamos tomado por un cristiano. Sabed que se introducen por las noches en las huertas para destruirlas y derribar los muros, ya que mientras los cercados sigan en pie, les resultará imposible avanzar y no hay otra forma de asaltar la muralla.
Otro de sus agresores apostilló:
—Nosotros vigilamos y en cuanto aparecen, les atacamos.
Ya hemos matado a varios, y seguiremos haciéndolo hasta que la desesperanza cunda en su ánimo, y se retiren de una vez a su tierra.
Aunque espero que sea pronto, porque los víveres escasean y de seguir así, no podremos aguantar el invierno —hizo una pausa—.
No os preocupéis, os ayudaremos a entrar y mañana mismo podréis ver al wali.
Asintió y casi arrastrándose, consiguieron llegar al postigo. Su acompañante llamó a la puerta, se entreabrió y un soldado con expresión temerosa, asomó media cara con prudencia. Pero enseguida reconoció al vecino y les dejó el paso franco.
Al primer vistazo, su esperanza de que la ciudad estuviera resistiendo bien, se derrumbó ante el deprimente espectáculo que se presentaba ante sus ojos: una multitud se apiñaban por los rincones, mientras que un inmundo olor a basura impregnaba el aire y le impulsó a contener la respiración.
Se tapó la nariz y siguiendo a su guía, sortearon cuerpos, bultos y desperdicios, hasta llegar a la misma puerta de la alcazaba.
Su acompañante le identificó como un sobrino del wali, y los soldados le condujeron a una estancia donde pudiera descansar, pidiéndole que se acomodara en ella hasta que llegaran las claras del día.
Se despertó con el ruido del cambio de guardia, cuando las luces del alba apenas se aprecian y la ciudad todavía duerme; aun así, esperó a que le avisaran y cuando el sol lucía en todo su esplendor, se abrió la puerta y apareció un soldado:
—Señor, acompañadme. El wali os llama a su presencia.
Le condujo hasta una estancia donde Yahya repasaba unos documentos que, en cuanto le vio entrar, dejó distraídamente sobre la mesa. Dijo mirándole con cierta extrañeza:
—Me han dicho que traes una carta de presentación de mi primo Falah. Por lo visto, eres el marido de mi sobrina Fátima.
Se apresuró a dársela, y él se acercó a la ventana para leerla con más luz.
Le observó mientras lo hacía: era alto, bien proporcionado y andaría por la cincuentena; pero gracias a su naturaleza y al constante ejercicio físico, se mantenía fuerte y ágil.
A pesar de su buena planta, se le notaba la edad en las numerosas arrugas que surcaban su rostro y que lejos de repeler, le proporcionaban un aspecto de hombre venerable.
Cuando terminó su lectura, levantó la vista y dijo sonriendo:
— ¡ Bienvenido, sobrino! Mandaré que te acomoden como lo que eres: el yerno de mi primo Falah —sin esperar respuesta, añadió—. Pero siéntate, haré que te sirvan comida porque estarás hambriento.
Tocó las palmas, y acudió un sirviente al que ordenó:
—Trae alimentos para mi sobrino.
—Ahora mismo, mi señor, pero antes debo deciros que acaba de llegar vuestro hijo acompañado del cristiano. Os ruega que le recibáis pronto, porque el cristiano insiste en que debe regresar cuanto antes a su campamento.
Por un momento, Yahya pareció molesto. De su expresión hierática dedujo Kamal que no le había gustado que anunciaran la visita en su presencia, pero consiguió controlarse y dirigiéndose a él, comentó con afabilidad:
—Discúlpame, sobrino, esperaba a este emisario.
Ya sabes, los cristianos siempre intentan negociar para ahorrarse los dineros que cuestan los asedios —dijo mientras hacía un gesto displicente con la mano—.
Ahora te servirán comida y no me esperes, almuerza mientras atiendo este desagradable asunto.
Volveré con mi hijo para presentártelo, que estará encantado de conocer al marido de su querida prima Fátima, a la que no ve desde que eran unos niños.
Se ausentó, y al rato apareció un sirviente portando frutos secos, leche de cabra y unas tortas cubiertas de queso, alcaparras, miel y canela.
Lo dejó todo sobre la mesa y se fue, pero enseguida regresó llevando té y rubb; aunque en cuanto estuvo todo convenientemente servido, se inclinó de nuevo y salió sin esperar a que lo consumiera.
Comió solo y cuando estuvo saciado, al no tener nada que hacer ni nadie con quien conversar, empezó a aburrirse.
Se levantó para estirar las piernas y pasear por la estancia, puesto que no se atrevió a salir sin permiso y como no oía absolutamente nada, casi sin proponérselo posó los ojos en el escrito que estaba examinando Yahya.
Se asombró al percatarse que estaba escrito en la lengua de los cristianos, le pudo la curiosidad y empezó a leer
Don Fernando y doña Isabel por la gracia de Dios, Rey y Reina de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, condes de Barcelona, señores de Vizcaya y de Molina, duques de Atenas y de Neopatria, condes de Rosellón y de Cerdeña, marqueses de Oristán y de Gociano.
Por tanto, a vos, Sidi Yahya Alnayar, alcaide de Almería y Vera, y a Alnayar vuestro hijo, por servicio de Dios y alumbrados por el Espíritu Santo, conociendo cuán bienaventurados son los que viven y mueren en nuestra santa fe cristiana en la cual vuestro padre y abuelos vivieron y murieron, pues vosotros descendéis de linaje de vasallos cristianos, y deseando convertiros a la nuestra santa y católica fe y ensalzar el nombre de Nuestro Señor y Redentor Jesucristo, tenéis la voluntad de haceros cristianos, recibir el agua de bautismo y venid al servicio de Dios y al nuestro y, junto con esto, entregarnos las ciudades con sus fortalezas…
Se quedó atónito y lo releyó de nuevo. Aquello no era una propuesta de capitulación, era una escritura en la que constaba que Yahya tenía antecedentes cristianos y deseaba abrazar su fe.
¡No daba crédito! ¿Cómo podían afirmar que su abuelo, el gran sultán Yusuf IV, y su padre, el alcaide de Almería Aben Celin ben Abrahen, eran cristianos?
Los Alnayares eran una de las ramas más importantes de la familia nazarí, y por esa razón le habían nombrado wali de Almería, Wadi-Ash y Baza, y el visorrey de las tierras y los mares de Almería.
Pero no era aquel sinsentido lo que más le escandalizaba, sino que constara por escrito la voluntad de Yahya de bautizarse, y con ello hacerle entrega de parte de las tierras del reino.
Le pudo la intriga y siguió leyendo, a pesar de que, sin previo aviso, podía entrar su anfitrión y sorprenderle con el escrito en las manos.
…Rodeada por esta presente escritura y sellada con nuestro sello, acatando cuán justa y razonable cosa es que persona tan grande y que tan señalado servicio quieren hacer a Dios y a nosotros, no queden sin digna remuneración.
Nosotros os prometemos a vos, el dicho alcaide, para vos y para vuestros descendientes, y juramos por nuestra buena fe y palabra real que haciendo vosotros realmente y de hecho las cosas antes dichas, en tal caso os haremos merced para vos y para vuestros descendientes de la villa de Gandía, con todos sus vasallos cristianos, moros y judíos, hombres y mujeres, y con todas sus rentas y pechos y derechos, y con todos sus términos y ejidos, poblados y despoblados, y con todos sus montes y prados, pastos, aguas corrientes manantes y estantes, y con toda su jurisdicción civil y criminal, alta y baja, mero y mixto imperio con todos los usos, derechos, servidumbres y tributos que nosotros tenemos y que en tiempos pasados tuvieron los señores de la dicha villa, para que todo sea vuestro propio por juro de heredad, para siempre jamás, y a vos daremos el título de Duque de la dicha villa, y a vos cederemos y traspasaremos el señorío y propiedad de dicha villa con todas las antes dichas pertenencias, con todas las acciones útiles y directas que, a nosotros y a la nuestra corona real, perteneció o pueden pertenecer.
Y a vos os daremos licencia para que, por vuestra propia e privada autoridad, podáis tomar o continuarla poseyendo dicha villa y defenderla de cualquier personas, concejos, universidades y singulares que os la quisieren disputar, y a vos os daremos el favor necesario para ello y para que lo podáis vender, dar, trocar y enajenar, vos y vuestros descendientes, a quien quisierais y por bien tuviereis por vuestra propia autoridad, sin pedirnos licencia ni a nosotros ni a nuestros descendientes.