El legado del alarife Chapter 50
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Chapter 50

Se despertó con el ruido del cacharreo que formaba Bilal mientras preparaba el desayuno.

Los niños no le perdían de vista arrebujados bajo el mahsuw, pero no decían nada, tan solo permanecían atentos mientras le veían verter en el cuenco la leche que contenía el pellejo, sacaba la miel, las tortas de pan ácimo y los higos secos de un saquito, como temiendo que aquel sorprendente milagro desapareciera.

Se estiró para desentumecerse, y casi de un salto se levantó para comentar con Bilal en voz baja:

—No podemos irnos sin más, se morirán de hambre si los abandonamos. No tienen a nadie que los ampare, y su abuelo es demasiado viejo para cuidarles hasta que puedan valerse por sí mismos.

— ¿ Qué podemos hacer ? —rápido de reflejos como siempre había sido, añadió convencido—.

Kamal, si lo piensas bien, este puede ser un buen lugar para pasar el invierno.

Puede que no sea tan lujoso como la casa de Yahya, pero por lo que nos ha contado el anciano, probablemente sea un sitio más tranquilo y más seguro.

No creo que los cristianos vuelvan, han arrasado la zona y saben que aquí no queda nada, así que podríamos vivir muy tranquilos.

Tú podrías cazar mientras yo me ocupo de la casa, y ten por seguro que Allah premiará tu bondad con estas criaturas, colmándote de bendiciones .

Sonrió, Bilal no había cambiado, seguía siendo el mismo joven de corazón noble que conoció en el barracón. Asintió, y le preguntó sin dar más rodeos:

— ¿ Te gustaría quedarte con ellos para siempre ?

Se quedó con la mirada abstraída y callado, hasta que apareció una alegre sonrisa en sus labios.

—Con todo mi ser, lo reconozco. Lo más parecido que he tenido a una familia, erais vosotros cuando vivíamos en el barracón.

Así que esta es, probablemente, la única posibilidad que me brinde el destino de disfrutar de una.

Por eso, en cuanto lleve la carta a tu esposa, volveré para cuidarlos.

No creo que Alí se oponga, no soy tonto y sé que me ha dado trabajo por amistad y no porque me necesite.

Si le digo que deseo volver para hacerme cargo de los niños, más que ocasionarle un trastorno, se verá liberado de un compromiso.

Reflexionó, no era una mala idea. Allí nadie los buscaría, y podían ocuparse de los pequeños mientras solucionaba los desperfectos de la casa.

Estaba claro que tenía demasiadas tejas rotas y con las lluvias, el malhecho estaba completamente empapado; así que el agua se colaba sin dificultad entre las lascas de piedra que cubrían las alfajías.

Podía dejarles el tejado arreglado, reparadas las acequias y la siembra hecha, que iban a necesitar frutas y verduras frescas para sobrevivir, porque allí no quedaba nada con lo que poder alimentarse.

—Me parece bien. Hablaré con el anciano y si está de acuerdo, nos quedaremos para ayudarles. No creo que se oponga, porque no tienen a nadie más a quien poder acudir.

Mientras comían, Kamal le propuso al abuelo quedarse durante algún tiempo.

Le contó que, aunque su actual oficio era el de alarife, su infancia la había pasado en una alquería, y sabía cultivar los frutos de la tierra.

Apuntó que entre todos podían arreglar los destrozos de la casa, preparar el terreno para la siembra y mientras durara el invierno, él podía cazar, y Bilal ocuparse de la casa y la comida.

Nunca había visto a un hombre llorar de alegría, pero en ese instante el anciano le abrazó, y a voz en grito empezó a proferir alabanzas al Clemente entre babas y lagrimones.

— ¡ Bendito sea el Misericordioso, que os ha traído hasta aquí !

Nunca debí dudar de su bondad, pues nunca nos abandona y a pesar de las desgracias, siempre nos deja una salida.

¡Claro que acepto! Lo que siento es que no podré pagaros pues como os he dicho, nos lo robaron todo cuanto poseíamos y no tengo con que poder hacerlo.

Ni siquiera tengo dinero para comprar los materiales y las semillas, así que agradeciéndoos de todo corazón vuestro ofrecimiento sobre la siembra, poco podréis hacer ante mi absoluta falta de recursos.

—Anciano, dices que nunca debisteis dudar del Clemente, y sigues haciéndolo al pensar que nos ha traído hasta aquí para que no podamos seros de utilidad.

Confía en el Omnipotente y no te preocupes por las semillas y los materiales, porque desde ahora te digo que corren de nuestra cuenta.

Has perdido a tu hijo y a tu nuera, pero Allah os ha mandado a Bilal para que os cuide y, créeme, no hay persona más esforzada ni con un corazón más noble.

El invierno pasó deprisa y fue como recuperar su infancia.

El recuerdo de su padre le inspiraba y en cuanto el tiempo mejoró, empezó a salir con los niños a recolectar plantas.

Por la noche, al amor de la lumbre les hablaba del Corán y la Sharía, de la ciencia de los antiguos, y les contaba mil historias de su niñez; así que cuando al fin les veía dormir tranquilos, se enternecía pensando en su querida Fátima, y en lo mucho que deseaba que Allah les bendijera dándoles muchos hijos.

Bilal se fue transformado, nunca le había visto tan feliz.

Los niños eran los hijos que nunca tuvo, y todos los días al orar daba gracias a Allah por proporcionarle aquella maravillosa familia.

Intimó con el abuelo, al que casi sin darse cuenta empezó a llamar padre, y se acostumbró de tal manera a ellos que cualquiera que no le hubiera conocido antes, pensaría que había nacido allí.

Llegó la primavera, la naturaleza estalló y el campo se llenó de vida.

Kamal abordó las reparaciones: desbrozó la tierra para sembrar y cuando estuvo lista, se acercaron al mercado para comprar simientes y herramientas.

Allí se enteraron de una terrible noticia: todas las ciudades del Almanzora, habían jurado obediencia a los reyes cristianos.

Intentó confirmar lo que podía ser solo un rumor sin fundamento.

Preguntó a unos y a otros, hasta que un arriero le confirmó que no solo era cierto, sino que en aquellos momentos los cristianos cercaban Baza, con un ejército de trece mil jinetes y cuarenta mil peones.

Al oírle, Kamal debió poner cara de horror, pero el hombre insistió que no era para tanto porque la ciudad estaba bien abastecida, y podría resistir el asedio sin grandes dificultades.

Contaba entre otras defensas con una gran muralla defendida por altas torres, y en su parte más alta una poderosa alcazaba, convertía a la medina en un reducto casi inexpugnable.

Se acordó de su experiencia en Málaga, y se preocupó todavía más: otra vez se enfrentaban los creyentes a un largo asedio militar.

Intuyó que aquella sería otra batalla perdida y que cuánta más resistencia ofrecieran, más duras serían las condiciones de capitulación.

No lo pudo evitar, y le reprochó al arriero la inconsciencia de sus palabras:

—Me asombra que mostréis tanta indiferencia ante las crueldades que van a sufrir nuestros hermanos. Baza está perdida porque los cristianos desean aniquilarnos, y no van a desistir por mucho tiempo que pase. ¿Acaso ignoráis lo que ocurrió en Málaga?

—No sufráis, tal situación no se repetirá.

Es cierto que Málaga contaba una poderosa muralla, pero sus arrabales eran muy vulnerables.

Baza es distinta, no solo cuenta con una alcazaba y unas magníficas murallas, sino que, además, sus arrabales están rodeados por huertas con cercados de tapial, que imposibilitarán a los cristianos acercarse para efectuar el asalto.

Así que se quedarán durante algún tiempo, pero cuando comprueben que es inútil persistir, se marcharán porque mantener los asedios resulta muy caro.

Miró al arriero, hablaba con el orgullo de quien minusvaloraba a su enemigo y aprovechando su buena disposición para la charla, le siguió interrogando:

— ¿ Sabes quién defiende Baza ?

—El wali en persona, Sidi Yahya.

Le vino a la memoria el comentario del elche sobre su acuerdo secreto con los cristianos, y tembló al pensar que quizás, El Zagal había puesto a un lobo al cuidado de sus corderos.

Durante el camino de regreso a la alquería, rumió la conversación en silencio y ante la duda de si debía pensar tan mal de Yahya, decidió comprobarlo yendo a Baza.

A lo mejor el renegado había mentido por alguna razón oculta.

Le costaba creer que quién todo lo tiene porque Allah así lo dispuso, quisiera malvenderlo como si se trataran de simples baratijas.

Fuera por lo que fuese, estaba seguro que la verdad saldría a la luz pues Baza capitularía, y en tal caso el wali terminaría siendo un cautivo más, o el principal beneficiario de esa rendición. Firme en su propósito de averiguar la verdad, por el camino comentó con Bilal:

—En cuanto hagamos los arreglos más urgentes, me iré a Baza. Te quedarás al cargo de todos y en cuanto me sea posible, volveré para que le lleves la carta a mi esposa.

—Pero el arriero nos dijo que Baza está sitiada… Piénsalo bien, tu viaje puede ser demasiado peligroso.

—Lo sé, pero tampoco me quedan muchas más posibilidades.

Si vuelvo a Granada, Aixa ordenará mi muerte.

Tampoco puedo permanecer indefinidamente aquí , porque este no es lugar para mi esposa, que siempre ha sido una mujer servida.

Si Baza cae en poder de los cristianos, quiero saberlo con la suficiente antelación para disponer nuestra marcha a la Berbería.

Allí Fátima tiene familia, y podremos vivir de una manera más acorde con su dignidad y condición —hizo una pausa—.

Bilal, tengo que arriesgarme. No conozco otra forma de prever los acontecimientos, y necesitaré tiempo para decidir lo más beneficioso para mi esposa y para mí.

Cuando llegaron a la alquería, anunció que se iría en cuanto terminaran la siembra, y cuando ya apuntaba el verano, decidió que había llegado el momento. Aquella tarde le dijo a Bilal:

—Con las primeras luces del alba, me voy a Baza. Cuida de todos y si pasan seis meses sin que dé señales de vida, ve a Granada y dile a Alí que he muerto. Él se ocupará de Fátima y de mis asuntos, porque es mi hermano y me lo ha prometido.

Bilal le miró con tristeza, pero contestó convencido:

—No te preocupes por los niños. Aunque no me lo pidieras, los cuidaría porque ahora son mi familia.

Pero tienes que ser prudente porque además de tu esposa, nosotros también te necesitaremos para sobrevivir durante el próximo invierno.

Voy a preparar algo comida, y te la dejo atada a la silla del caballo.

Salió temprano y cuando el calor apretaba implacable al mediodía, entró en la hoya de Wadi-Ash.

Divisó en la distancia la soberbia capital de El Zagal, y hacia allá se dirigió para saber la verdadera situación de Baza.

Al pasar por delante de una de sus casas-cuevas, le pidió agua a un anciano que trenzaba mimbres sentado en un tocón.

—En el nombre de Allah, ¿daríais agua a un sediento y a su cabalgadura? Llevamos mucho tiempo de viaje, hace calor, y ambos necesitamos beber y descansar.

—Sería un grave pecado no hacerlo. Todos tenemos derecho a saciar nuestra sed, y a ningún creyente le está permitido negarla. Bajad, que ahora os la traigo. El caballo puede beber en aquel abrevadero —dijo señalando un pilón de piedra—, y vos podéis sentaos bajo el árbol que más os plazca.

Abrevó al caballo, y se sentó junto al hombre a charlar.

Supo entonces que El Zagal se encontraba allí, mientras que el wali permanecía al frente de la defensa de Baza.

No sabía mucho más el viejo, salvo que el emir había ordenado una leva para reforzar a los defensores, ya que el ejército castellano era muy numeroso y contaba con una potente artillería.

Al oírle Kamal, le entró una inexplicable urgencia y se puso de pie.

No se entretuvo más y tras agradecerle su hospitalidad, partió hacia Baza.

Llegó al atardecer y en una primera ojeada, la situación le dejó totalmente impresionado: el rey Fernando había ordenado construir una empalizada de piedras y palos circundando las huertas, y a cada tramo se alzaban amenazadoras, unas torres vigías frente a los sitiados.

El trajín era incesante, especialmente el de un grupo de cristianos que en ese instante desplegaban tal actividad en torno a una bombarda, que acabó por llamar su atención.

Se esforzaban en orientarla bien para atacar la muralla, mientras que otro grupo hombres corrían acercando munición, para tener a mano un buen acopio de proyectiles.

Se acordó del sitio de Málaga y del sufrimiento de sus moradores, y el remordimiento por el trabajo que desempeñó allí, empezó a torturarle.

En ese instante se abrió un postigo, y un grupo de jinetes capitaneados por un joven muy bien vestido, salió de la ciudad al galope.

Avanzaron por los arrabales con la seguridad de quien conoce bien el terreno y, tras saltar los muretes de separación de las huertas, atacaron a los cristianos que intentaban orientar la pieza de artillería.

Aquello fue una carnicería y antes de que pudieran reaccionar, los habían matado a sablazos, y regresaban a galope tendido a la medina.

Habían sido un movimiento tan rápido como osado, ya que ni siquiera la cercanía del real de Santa Cruz junto al camino viejo de Granada, les impidió conseguir limpiamente su objetivo.

Cuando los cristianos fueron conscientes de lo acontecido, intentaron avanzar hacia los arrabales, pero les cayó tal lluvia de flechas que no les quedó más remedio que retroceder; pasado un rato, todo estaba de nuevo en calma.

Kamal contuvo el aliento. Ni siguiera en el asedio de Málaga había visto algo parecido, y empezó a pensar que quizás el arriero tuviera razón y Baza era inexpugnable.

Bajó del caballo, lo ató a un árbol y decidió esperar a que fuera noche cerrada; entonces intentaría salvar el cerco y entrar en la ciudad, si es que tal empeño era todavía posible.