Chapter 48
El día de la partida, Fátima le despertó tocándole el hombro mientras le susurraba al oído:
—Esposo, Bilal te espera en la estancia de abajo.
He ordenado que le sirvan unas gachas de harina de almorta con leche caliente para que vaya con el cuerpo entonado, pero me imagino que ya se las habrá terminado, así que no te entretengas porque pronto estarán las calles llenas de gente, y no conviene que alguien te reconozca.
Debéis partir enseguida. Os he preparado comida para varios días y no olvides tu mahsuw, porque si tenéis que dormir al raso, conviene que vayas preparado para el frío de la noche.
En aquella esquina tienes tus viejas botas , son más cómodas y calientes que las últimas que te compré.
—Doy gracias a Allah por haberte traído a mi vida, no podía tener una esposa más atenta y solícita. Voy enseguida, que no quiero que te preocupes más de lo necesario.
Se vistió, bajó a desayunar y al reencontrarse con su viejo amigo Bilal, éste le recibió con una gran sonrisa y la mejor de las disposiciones para servirle. Comió deprisa, y a continuación entró a despedirse de Fátima.
—No te preocupes. Cómo tú has dicho, esta separación no será larga y antes de que me eches en falta, estaremos de nuevo juntos —la abrazó con fuerza y si soltarla, musitó en su oído—.
Adiós, querida mía. Te escribiré cuando entre el invierno y cuídate, porque no soportaría que algo malo te ocurriera.
Si necesitas algo, pídeselo al cadí, a tus padres o a Jalila, que ellos te ayudarán —la besó con la desesperación que da la incertidumbre en el futuro—.
Me voy, pero mi corazón se queda contigo, y nada impedirá que nos volvamos a reunir…
Fátima cruzó un dedo sobre sus labios mientras le empujaba con suavidad. Dijo con una lágrima a punto de resbalar por su mejilla:
—Por favor, márchate. Empieza a clarear, y es arriesgado que cruces la ciudad cuando todos estén despiertos. Nunca me perdonaría que te ocurriera una desgracia, por un retraso que ahora podemos evitar.
Kamal asintió, le dio el último beso y se fue.
Salieron a la calle. Hacía frío, y los mendigos se esforzaban en combatirlo intentando encender fogatas, pero el fuerte viento que soplaba de la sierra, lo convertía en un empeño casi imposible.
El ruido de sus pisadas atrajo su atención, y cuando aquellos desesperados vieron a dos hombres portando unos voluminosos bultos, se acercaron para exigirles limosna.
Bilal trató de mantenerlos a distancia, pero eran muchos, estaban hambrientos y tenían frio; así que antes de que pudieran evitarlo, les habían rodeado y avanzaban con intención de caer sobre ellos. Kamal gritó con fuerza a Bilal:
— ¡ Deja tu fardo, corre hasta el aljibe próximo a Dar al-Horra y espérame allí; yo no tardaré en llegar!
Dicho esto, les tiró su propio saco de las provisiones, saltó sobre lo que parecía un fardo de harapos, y se impulsó para agarrarse al alfeizar de una ventana; izándose a pulso y tras varias piruetas, se encaramó hasta la azotea, y desde allí pasando de una casa a otra, se alejó a toda velocidad del lugar.
Cuando comprobó que nadie le seguía, bajó de nuevo a la calle, agachó la cabeza y apresuró el paso hasta llegar al aljibe.
Allí ya le esperaba Bilal sentado delante la puerta, pero en cuanto le vio, se levantó para seguirle y, en absoluto silencio, se dirigieron a paso rápido a la entrada del pasadizo.
A pesar de la cojera y de su cuerpo contrahecho, Bilal se movía con bastante agilidad.
Lo recorrieron deprisa y cuando percibieron una pálida luz que anunciaba el final del túnel, respiraron tranquilos.
Kamal susurró que no era conveniente llamar la atención de los soldados, por esa razón y casi reptando, se alejaron de la muralla hasta quedar fuera de su vista.
Se dirigieron al lugar convenido y encontraron a Alí que, puntual como siempre, sujetaba las bridas de un hermoso caballo y de una mula, a la que habían atado un gran fardo con provisiones. En cuanto estuvieron a su lado, se las tendió mientras decía:
—Mi esposa os ha preparado algunos víveres. Dice que, con el tiempo tan desapacible que hace, os vendrán bien para el camino.
— ¡ Qué Allah la bendiga! Fátima también lo preparó , pero nos atacaron los mendigos, y tuvimos que dejárselos para poder escapar.
La despedida de Alí fue tan afectuosa como breve, los dos eran conscientes de que debía alejarse de la ciudad cuanto antes, y en compañía de Bilal continuó el camino hasta al desvío hacia Wadi-Ash.
El frío se fue haciendo más intenso, pero lo peor fue que al atardecer se desató una terrible ventisca que casi les impedía avanzar.
El aire silbaba con ráfagas cada vez más fuertes, la aguanieve les cegaba y los árboles, lejos de protegerles, parecían gigantes dispuestos a caer sobre ellos.
Con las carnes agarrotadas por aquellas temperaturas tan gélidas, decidieron buscar refugio para pasar la noche.
Miraron hacia ambos lados, no veían signos de vida hasta que Kamal, más que ver, intuyó la existencia de una torre que sobresalía unas varas sobre la copa de un gran castaño.
Se desviaron del camino y la silueta de seis casas, algunas semiderruidas, se fueron perfilando entre las sombras.
Se fijó bien, parecían abandonadas, pero al observar una de las chimeneas notó que de ella salía un finísimo hilo de humo y, haciendo un ímprobo esfuerzo, se dirigieron hacia allí para pedir cobijo.
Golpearon la puerta, y Kamal gritó con todas sus fuerzas:
— ¡ En el nombre del Misericordioso, pedimos que nos acojan durante esta noche ! —nadie contesto, así que insistió con energía—. ¡En el nombre del Clemente, abridnos, que vamos a perecer de frio!
Oyeron levantar la tranca, y asomó la cara temerosa de un viejo que les dejó el paso franco.
—Pasad, hermanos. Solo puedo ofreceros un techo con goteras y un lugar junto a la lumbre, porque no tenemos comida.
—Será suficiente. Nosotros traemos víveres, y con gusto los compartiremos con vosotros para que podáis saciar el hambre.
Al anciano se le alegraron los ojos, y mostró una gran sonrisa desdentada.
Entraron y el olor a moho, humo y suciedad, les dio una tremenda bofetada, mientras que el rítmico sonido de las gotas al caer sobre un suelo encharcado, evidenciaba que el tejado estaba realmente agujereado.
Delante de la lumbre se apretujaban tres chiquillos intentando darse calor, pero por sus miradas vacías y sus caras demacradas, enseguida supo que llevaban mucho tiempo de ayuno forzoso.
El anciano les explicó:
—Son mis nietos y la única familia que me queda.
Hace dos meses, sufrimos una brutal razzia cristiana, mataron a mi hijo y nos robaron todo cuanto teníamos, incluida a mi nuera que se la llevaron cautiva junto a los demás vecinos.
Hasta ahora hemos malvivido de lo poco que íbamos sacando del huerto, pero se nos echa el invierno encima y a menos que Allah nos ayude, me temo que pronto moriremos de hambre.
Ya os he dicho que el resto de las casas están deshabitadas, porque a mis los vecinos los asesinaron o se los llevaron, así que no queda nadie que pueda socorrernos.
Kamal miró a los niños y se le hizo un nudo en la garganta: estaban famélicos. En sus ojos se adivinaba el miedo y el hambre, y pensó que algo tenían que hacer para remediar su dramática situación. Le dijo a Bilal:
—Coge las provisiones y haz un buen guiso. Al menos esta noche comerán caliente, y mañana decidiremos la forma en que podemos ayudarles. Creo que, si Allah ha desatado esta terrible tormenta, es porque quiere que los protejamos de una muerte segura.
Mientras Bilal se levantaba para coger las viandas, Kamal preguntó al anciano:
— ¿ Cómo pudieron llegar los cristianos hasta aquí , sin que nuestros soldados los interceptaran por el camino? Esta alquería queda lejos de la frontera, y no suelen adentrarse tanto en sus incursiones .
El anciano clavó la mirada en el suelo y susurró:
—Desgraciadamente, la frontera está más cerca de los que piensas, porque muchas de las ciudades de esta parte del reino, han caído en sus manos.
Granada agoniza mientras nuestros gobernantes se entretienen con sus disputas, en lugar de guerrear contra los invasores para defendernos.
¿Queréis creer que las ciudades no se resisten a su avance?
Llegan los reyes de Castilla, plantan sus reales, y los habitantes acuden en masa a negociar la capitulación y jurarles vasallaje —levantó la vista, y al resplandor de las llamas vio sus ojos brillantes por las lágrimas—.
Hace un año, pasó por aquí un elche desertor de la guardia de Sidi Yahya, el wali de Wadi-Ash y de Almería.
Nos dijo que se marchaba a la Berbería, porque sabía que Yahya había pactado la entrega de esta parte del reino con los cristianos, a cambio de que ellos le cedieran un señorío —suspiró—.
Entonces no le creí, y pensé que emponzoñaba el nombre del wali por algún resentimiento, pero ahora no estoy tan seguro.
No entiendo por qué Yahya no defiende las ciudades, y ve impasible como una tras otra capitulan sin resistencia.
Ahora, si esta parte del reino sigue siendo musulmana es gracias a El Zagal, que llegó a tiempo de defender Almería.
Pero esta alquería está demasiado lejos y no es importante así que, con tanto traidor al islam, solo nos queda esperar la esclavitud o la muerte.
Recordó las palabras de Fátima sobre Yahya Alnayar, no podían ser más acertadas.
Si era cierto lo que le contó el elche al anciano, el infame había vendido el reino, y propiciaba las capitulaciones sin importarle lo más mínimo la suerte de los habitantes: « triste destino le espera a un pueblo cuyo gobernante anteponen su ambición personal, a la salvación de sus gentes », pensó mientras buscaba el valor suficiente para ir al encuentro del que, sin duda, era un oscuro personaje.