El legado del alarife Chapter 47
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Chapter 47

Cuando Kamal entró en su casa, Fátima le esperaba con una ansiedad contenida.

Estaba bellísima, sin duda se había esmerado en el arreglo porque su pelo brillaba con el tono rojizo de la alheña, y los perfumes se percibían nada más traspasar el umbral.

Le recibió con una sonrisa, pero esperó a que él se acercara para abrazarla.

Le pidió que se sentara a su lado, y ella lo hizo pendiente de sus gestos hasta que, tras recibir sus primeros besos, se mostró más espontánea y entregada que nunca.

Debía de haberle echado mucho de menos porque tanta pasión no puede fingirse, y llegó al convencimiento que jamás encontraría otra mujer capaz de inspirarle tantas emociones, como las que ella le despertaba con el suave roce de sus dedos deslizándose sobre su piel.

« Es lo que tiene el amor entre esposos —pensó mientras la sentía estremecerse entre sus manos—.

Que resulta tan placentero proporcionarle felicidad a tu amada, como gozar con las caricias que ella te brinda ».

Durante horas se entregaron al amor, pero antes de que las luces del alba se filtraran por la celosía, Fátima abandonó el lecho.

Cuando Kamal se despertó con la voz del muecín, ya había agua limpia en el aguamanil, y un agradable olor a pan recién horneado perfumaba la casa.

Se levantó lleno de energía y buscó a su esposa.

La encontró como siempre, ocupándose de los pequeños detalles para que todo estuviera a su gusto.

Después de la oración de la tarde, mientras él hojeaba un tratado de botánica, Fátima se sentó a su lado a tejer.

Su laboriosa presencia le daba paz y cuando al fin cerró el libro, ella alzó la vista y le preguntó por su viaje.

Él le contó sus andanzas desde su encuentro con don Ginés, el duro asedio que sufrió Málaga, la muerte de su protector, el tropiezo con los hermanos, y finalmente cómo se las ingenió para salvarle la vida a su buen amigo Isaac.

Fátima le prestó toda su atención y al finalizar su relato, dijo con suavidad :

—El emir y su madre están en la Alhambra, supongo que no podrás permanecer mucho tiempo aquí.

Antes de que sigamos hablando, quiero que sepas que considero prioritaria tu seguridad y, por tanto, que me parecerá bien que te ausentes en el momento que consideres más oportuno para abandonar Granada.

Como ves, no estoy sola porque mi familia y la del cadí velan por mí.

Incluso tu amigo Alí no deja de hacerlo a través de su esposa, a pesar de las molestias que sufre con el embarazo.

Ayer, como ocurre con frecuencia, nos encontramos en los baños, y de nuevo me preguntó si necesito algo.

Sé que no sois hermanos de sangre, pero si lo fuerais, no podrían tener un comportamiento más delicado y fraternal conmigo.

Por eso no has de preocuparte y cuando lo consideres más conveniente para salvaguardar tu vida, abandona la ciudad con la confianza de que yo me quedo aquí bien protegida y esperándote.

—Fátima, el problema es que tampoco tengo dónde ir.

El que era mi protector, don Ginés de Malpica, falleció, y no conozco a nadie fuera de Granada que pueda ampararme pues hace tiempo que no sé nada de Abdul al Jatib, aquel alfaquí del que te hablé y que era tan amigo de mi padre, del que ni siquiera sé hoy a ciencia cierta si sigue vivo.

—Tú no, pero mi familia sí. Entiendo que el enemigo de tu enemigo, puede llegar a comportarse como el mejor de tus amigos, y no creo que alguien ose atentar contra ti, si te encuentras bajo el amparo de El Zagal .

Como es bien sabido, él profesa más odio a su sobrino que a los cristianos y, aunque solo fuera por perjudicar a Abu abd Allah, te protegerá de la cólera de Aixa.

—Apenas le conozco. Coincidimos en algún banquete cuando yo era el alarife mayor, pero jamás cruzamos ni una sola palabra. No me recordará, y sus elches me matarán antes de que consiga acercarme, como lo harían con cualquier desconocido que tuviera semejante atrevimiento.

—No serás un desconocido. Te acompañará Sidi Yahya, que es su primo y su cuñado.

Él también odia al emir y le es fiel al Zagal, pero por encima de cualquier circunstancia, es un hombre capaz de sobrevivir en las condiciones más adversas, porque siempre se anticipa a los acontecimientos buscando su propia ventaja.

Al menos eso dice mi padre, que le conoce bien porque son primos, y desde niños han pasado mucho tiempo juntos.

—Me preocupa cómo lo describes, parece un hombre poco de fiar.

—Depende del punto de vista que lo veas. Mis maestros me enseñaron que las alianzas tienen dos fundamentos: el amor y el odio. No creas que el primero es más fuerte que el segundo, depende de cada persona.

— ¿ Qué quieres decir con eso ?

—Que no todos somos iguales ni tenemos las mismas exigencias éticas, pero a efectos prácticos, tanto el amor como el odio crean sólidos vínculos.

Según dice mi padre, Yahya es inteligente, pero sobre cualquier consideración es un hombre práctico cuyo destino seguirá unido al Zagal, mientras las ambiciones de ambos no se contrapongan.

Tenlo en cuenta para saber hasta dónde puedes fiarte de sus palabras, pues por encima de ellas actuará siempre según su conveniencia.

Todos tenemos libre albedrío, pero no todos lo usamos rectamente.

Por eso sé que frente a Abu abd Allah, Yahya te protegerá porque esa actitud le beneficia, pero si alguna vez te opones a sus intereses, acabará contigo sin que le tiemble la mano.

Kamal observó a su esposa, era hermosa y paciente, pero por encima de sus virtudes destacaba por su mente clara, capaz de convencer a cualquiera con la lucidez de sus razonamientos.

Pensó … «dicen que la mayor alegría de un hombre es tener una esposa hermosa, dulce y obediente, pero si además es lista y prudente, Allah te bendice con el mayor de sus dones » .

— ¿ Y cómo conseguiré que me proteja Yahya, si ni siquiera me conoce?

—Ya te dije que somos pariente. Le he pedido a mi padre que le escriba una carta presentándote como un miembro relevante de nuestra familia, y rogándole que te ampare como a tal.

Pero no olvides lo que te he dicho y si alguna vez intuyes que puedes ser un obstáculo para sus ambiciones, no lo dudes y huye, porque corres el mismo peligro que a manos de tus enemigos.

Asintió convencido de que debía marcharse, pero con el corazón roto ante la idea de separarse de nuevo de su esposa.

¿Hasta cuándo tendría que soportar tantas desgracias por un pecado que desconocía?

La miró fijamente, y sus ojos se llenaron de lágrimas, pero antes de derramar la primera, Fátima añadió con entereza:

—No te preocupes, no creo que esta vez la separación vaya a ser demasiado larga.

Cuando llegues a casa de Yahya y te sientas seguro, envíame una carta para que vaya a tu lado.

Te prometo que acudiré en cuanto me sea posible, porque no existe distancia tan larga ni viaje tan peligroso, que me haga renunciar a la alegría de volver a estar juntos.

Ahora descansa y hagamos acopio de momentos felices en los días que nos quedan, para que podamos sobrellevar la espera hasta que nos reunamos de nuevo.

Se retiraron a la alcoba y mientras permanecían abrazados, pensó en lo mucho que ella le amaba. Solo así acertaba a explicarse que hubiera previsto una solución pensando en su seguridad, cuando ni siquiera le había hablado del problema.

A la mañana siguiente le visitó Alí, Fátima había enviado un recado a Jalila anunciándole su presencia, y le faltó tiempo para presentase en su casa.

Le abrazó con la efusión de un hermano al que se ha añorado, y como es costumbre los sirvientes le trataron con la deferencia propia de quien es considerado más que un huésped.

En cuanto se quedaron solos, Alí comentó:

—Cuando Jalila me dijo que estabas en Granada, no daba crédito. No sabes la alegría que sentí el saberte a salvo. Cuéntame de tus andanzas porque si algo te ha hecho volver, espero que no haya sido la persecución de tus enemigos.

—Y no lo ha sido. He vuelto para asegurarme que Isaac, a quien casualmente me encontré por tierras cristianas, llegaba con bien a su hogar.

Aunque también influyó lo mucho que echaba de menos a mi esposa, y las ganas que tenía de abrazarla de nuevo.

Sé que no ha sido prudente, pero nadie sabe que estoy aquí y pronto volveré a marcharme —sonrió abiertamente—.

Amigo, sé por mi esposa que has cumplido con creces tu promesa de velar por ella, pero ahora necesito, una vez más, que me prestes tu ayuda para un cometido importante.

—Dime de qué se trata. Sabes que, si está de mi mano, lo haré con sumo gusto.

—Necesito que alguien de tu confianza me acompañe, porque voy a buscar un lugar seguro donde asentarnos.

En cuanto lo encuentre, mandaré recado a mi esposa para que se reúna conmigo, y necesito que alguien traiga la carta y la escolte hasta el lugar donde me halle.

Por eso preciso que sea alguien discreto, digno y valiente, ya que los caminos son cada vez más inseguros, y no soporto la idea de que algo malo pudiera sucederle.

—No te preocupes, lo haré yo mismo.

—No es necesario, o al menos no por ahora.

Sé por Fátima que tu esposa está encinta, y no quiero que la abandones por algo tan nimio como traer una carta.

Más adelante, cuando sea ella quien deba partir, sí que te agradecería que la acompañaras hasta que se reencuentre conmigo.

Ahora, con que me proporciones una persona de confianza que pueda cumplir discretamente la tarea, será suficiente.

—Cuento con la persona indicada. ¿Te acuerdas de Bilal el Aguador ?

—Claro, vivía con nosotros en el barracón.

—Pues ahora es mi sirviente. Me visitó cuando Muhammad y los compañeros se fueron con la leva de El Zagal para defender Málaga, y me pidió trabajo.

No tiene familia, y teniendo en cuenta lo difícil que le resultaría encontrar empleo con su cojera, decidí contratarle para el cuidado de mis animales y el servicio de mi casa.

Ya le conoces, es listo y de confianza, así que si precisas de alguien que te acompañe y le traiga el aviso a tu esposa, él lo hará a la perfección y con toda diligencia.

—Tienes razón. Además, es perfecto para pasar desapercibido.

— ¿ Cuándo piensas marcharte ?

—Pasado mañana al amanecer.

—Es mejor que no te arriesgues a que te reconozcan y te detengan al cruzar la muralla. Si quieres, Bilal podría venir antes del alba, y salís juntos por los pasadizos. Yo te esperaría al otro lado con un caballo y una mula, en el mismo sitio donde nos vimos la última vez.

—Me parece bien. No sé cómo pagarte lo mucho que te preocupas por mí y por mi familia.

—Me ofende que hables de pagarme. Nada has de agradecerme, puesto somos hermanos por tu voluntad y la mía, y nada nos debemos porque nuestro vínculo es sagrado. Cuando solo mueve el afecto, no se crean deudas.

Sonrió, se sentía afortunado, Alí nunca le había defraudado, y sabía que jamás encontraría un amigo más fiel y leal. Le preguntó por la marcha de las obras en la casa del Albayzín, y contestó muy tranquilo:

—Avanzan bien, aunque supongo que lo que te interesa saber es si Dar al-Horra está habitada —alzó la vista para mirarle fijamente a los ojos—. No, no lo está. Aixa la ocupó durante algunos días, pero en cuanto el emir regresó a Granada, se trasladó a la Alhambra para estar cerca de su hijo.

— ¿ Cómo están las cosas por aquí ?

—La caída de Málaga causó una gran conmoción.

Pero cuando llegaron los supervivientes de la leva y se supo que habían sido atacados por las tropas de Abu abd Allah, muchos granadinos se volvieron en su contra.

¿Recuerdas el clamor que se alzó contra El Zagal cuando se proclamó emir?

Pues ahora empiezan a levantarse contra Abu abd Allah —le miró a la cara con un gesto de desdén, y añadió—.

Pocos soportan su cobardía, y no creas que los ulemas se callan ante acciones tan viles, las fatwas es su contra se difunden en las mezquitas, y cada vez hay más gente le tacha de traidor al islam y a nuestro pueblo —hizo una pausa con la mirada perdida—.

No sé qué será de nuestra pobre Granada, porque no creo que este emir esté dispuesto a defenderla.

—Me apena lo que cuentas, porque Abu abd Allah y su madre serán mis enemigos, pero Granada merece ser defendida de cualquier agresión.

Siento que en lugar de hacerlo se comporten como unos serviles vasallos de los cristianos.

Malos tiempos corren, hermano mío. Si encuentro un lugar seguro para nosotros, Jalila y tú podríais venir también, si para entonces consideras que ha llegado el momento de abandonar la ciudad.

—Gracias Kamal, lo pensaré —se puso de pie—.

Me voy, no deseo robarte el poco tiempo que te queda al lado de tu esposa, porque sé lo mucho que la amas y lo que la vas a extrañar.

Le diré a Bilal que venga pasado mañana antes de amanecer, y nosotros nos veremos al alba en el mismo recodo que hay detrás de la muralla.

Ten cuidado, y que Allah guie tus pasos y te proteja.

Alí se marchó, y él corrió al lado de su esposa para apurar las últimas horas en su compañía.

La encontró como siempre, disponiéndolo todo para su comodidad y bienestar: preparando sus ropas y supervisando la preparación de las vituallas, como si fuera emprender un viaje rutinario.

Y es que así era Fátima, mucho más que su esposa y el amor de su vida; era una presencia serena que aplacaba su inquietud en los momentos más duros, y le daba confianza para encarar los peligros por arriesgados que fueran.