Chapter 46
Se despertó temprano, rezó, y tras el desayuno retomó el trabajo.
Apenas había escrito y le urgía terminarlo ya que, aunque nadie le apremiara, coincidía con los árabes en la oración y mostraban una actitud tan solícita, que dejaba traslucir su impaciencia por retomar los preparativos de la conjura.
Se sentó ante su escribanía, sacó el papel, releyó el último párrafo y siguió escribiendo.
***
Como te decía, hijo mío, tras liberar a Isaac y dada su insistencia por culminar su misión antes de regresar a Ganada, nos dirigimos a Lucena donde según lo acordado, le aguardaba el Arrendador Real de las Aljamas y las Juderías de Castilla.
Tres días tardamos en llegar, pero en ningún momento corrimos peligro gracias a mis ropas de capitán, que resultaron ser el mejor preventivo contra las suspicacias de la gente baja.
Quiero que sepas que me resultó triste comprobar que las ricas tierras que antaño nos pertenecieron, ahora aparecían secas y yermas.
La práctica ordenada por el Aragonés de asolar los campos para forzar la rendición, los había dejado desnudos de arbolado, con la mayoría de las norias rotas y las acequias inutilizadas.
Durante esos días, para pasar desapercibidos, tuvimos que beber su vino y comer su comida.
Créeme, hijo mío, no son sanas porque aparte de insípidas por falta de aderezo, comen cerdo y desprecian muchas de nuestras frutas y verduras, lo que en opinión de Isaac no es bueno para el cuerpo ni para el espíritu.
Pero lo peor fue comprobar que en lo único que se habían esforzado era en destruir nuestras mezquitas, pues muchas aparecían en obras para transformarlas en alguna de sus iglesias, con la cruz coronando nuestros minaretes para escarnio de los creyentes.
Llegamos a Lucena, tierra en la que el emir cayó prisionero por primera vez y que antaño fue solar de los judíos.
Según nos dijeron, ahora pertenecía a unos parientes del alcaide de los Donceles y, ante el temor de tropezarme con alguien que conociera al verdadero don Ginés, decidí esperar fuera de la muralla, mientras Isaac cumplía con su delicado encargo.
Para hacer tiempo y justificar mi presencia, me dirigí a unos campos donde pastaban caballos, pregunté por el dueño y, tras muchas palabras en las que alterné el ruego con la exhibición de mi rango de capitán, llegamos a un acuerdo sobre el precio.
Adquirí un corcel que no es que fuera muy brioso, pero que nos resultó ú til para regresar a Granada sin demasiados contratiempos.
Al mediodía regresé a las puertas de la muralla, vi aproximarse a Isaac cariacontecido y viéndole tan afligido y bajo de ánimo, tomé la decisión de acompañarle hasta Granada.
Reconozco que no fue una decisión prudente, pues corría el riesgo de que Aixa se enterara de mi presencia y ordenara mi muerte.
Pero no tuve corazón para dejar solo a Isaac por esos caminos tan peligrosos, y por otra parte ansiaba volver a los brazos de tu madre, aunque solo fuera por unos pocos días…
***
Dejó de escribir para evocar el instante en que vio aproximarse al médico.
No quería desviarse de su objetivo, pero se trataba de su vida y se entretuvo en revivir aquel triste recuerdo, aunque solo fuera por unos breves instantes.
Cerró los ojos, y su mente recreó la imagen de Isaac acercándose con el rostro abatido.
Se preocupó al verle en semejante estado y, cuando llegó a su lado, le preguntó sin rodeos:
— ¿ Cómo os ha ido, amigo mío ?
—La entrega, bien. Abraham me ha informado que, gracias a nuestros dineros, podrán pagar el rescate en del plazo concedido.
Por ese lado no hay nada que temer, me ha dicho que conoce bien a sus altezas, y sabe que cumplirán su palabra de no esclavizar a nuestros hermanos malagueño.
Así que podrán quedarse en sus casas como hombres libres, sin nada que temer.
—Entonces, ¿por qué parecéis tan triste?
—No deseo aumentar vuestra inquietud contándoos nuevas desgracias —suspiró—. Será mejor que guarde silencio.
—Insisto en que me contéis lo que tanto os abruma.
—Nada que os pueda afectar a vos, pues solo se trata de la intolerancia que los cristianos muestran hacia mis hermanos en la fe.
He sabido por Abraham, que los cristianos recelan más que nunca de mi pueblo, y por ello sus reyes han creado un tribunal al que llaman Santa Inquisición, cuyos miembros se dedican a predicar abiertamente contra nosotros; incluso acusan a los conversos de judaizar, y empiezan a propagar insistentes rumores que nos achacan prácticas blasfemas y sacrificios de niños —le miró con expresión dolorida—.
Estoy horrorizado, ¿cómo pueden inventarse algo así?
No les basta con obligarnos a llevar distintivos a los que permanecemos fieles a la Torá, ahora también pretenden que permanezcamos dentro de las juderías, y que no salgamos de ellas salvo para trabajar.
Incluso prohíben que haya ejemplares del Talmud en las casas y solo autorizan uno por sinagoga, al tiempo que nos obligan a menguar el número de nuestros templos, reduciéndolos a una sola sinagoga por judería. Es terrible, desaparecerán muchísimas.
Permaneció cabizbajo. Le apenaba tanto como le sorprendía que, tras muchos años de convivencia en paz, la actitud de los reyes cristianos fuera tan hostil hacia sus hermanos, incluidos hacia los conversos que por retorcidas que fueran las mentes de los inquisidores, no representaban ningún peligro para el pueblo ni para sus reyes.
Y ello a pesar de que los valiosos servicios que siempre habían prestado al reino como administradores, recaudadores de impuestos o embajadores; además de contribuir a su riqueza y bienestar con sus prósperos comercios de telas, muebles, ropas o joyas.
Su comunidad estaba formaba gentes laboriosas, y gracias a ellos los reyes habían podido financiar muchas de sus empresas.
¡Y qué decir de los conversos, si hasta el propio físico de la reina lo era!
A los desvelos de Lorenzo Badoc debían los reyes el nacimiento de su hijo Juan que, dado el precario estado de salud con el que vino al mundo, obligaba al médico a seguirle en cuantos desplazamientos hacía por el reino.
Tras abandonarse unos instantes a la melancolía, Kamal prosiguió sus escritos:
***
E n cuanto atravesamos la frontera del reino, comprobamos que tanto en las alquerías como en las ciudades que encontrábamos a nuestro paso, nuestros hermanos vivían angustiados por el avance cristiano.
La noticia del desastre de Málaga y de cómo el Aragonés les había despojado de todo esclavizando a sus habitantes, les tenía amedrentados porque presentían que pronto sería ese su destino.
Tengo que decirte, hijo mío, que comprobé cuán desastroso son los efectos de que los gobernantes luchen entre sí por ambición de poder, pues con sus enfrentamientos aniquilan las esperanzas del pueblo que, al verse desprotegido, solo piensa en ponerse a salvo como buenamente pueda.
Si te hago esta reflexión es porque, aunque en su momento me escandalizó, ahora no me parece tan raro que al hablar con los hombres que encontrábamos a nuestro paso, nos dijeran abiertamente que en cuanto los cristianos les exigieran capitular, aceptarían cualquier propuesta que les hicieran, con tal de evitarse males mayores.
Y te lo digo porque durante aquel año capitularon las poblaciones de Vera, Mojacar, Nijar, Vélez Blanco y Vélez Rubio, además de las del valle de Purchena y del Almanzora, Huéscar, Benamaurel y Galera.
Todas pasaron a formar parte de la corona de Castilla sin presentar batalla, pues en cuanto sus reyes plantaban sus reales en las inmediaciones, acudía la población en masa a prestarles juramento de fidelidad.
No creas pues, hijo mío, que la tardanza en incorporarse tantos territorios a la corona de Castilla, estuvo motivada por nuestra feroz resistencia.
No hay tal, se debió exclusivamente a los devenires de los asuntos del rey Fernando que, ocupado en otras cuestiones de la administración y la gobernanza de su reino, decidió retrasar su avance.
Supe después, porque así me lo contó quién bien lo sabía que, si las campañas militares se detuvieron momentáneamente, fue debido a causas ajenas a nuestra resistencia como la espantosa peste negra que asoló el sur de sus reinos o la celebración de una ceremonia a la que ellos llaman Cortes, sin menospreciar la escasez de recursos que tenían, por los muchos dineros que consumieron las guerras que el Aragonés sostuvo contra el rey de Francia.
Por lo tanto, si no se perdió antes Granada, no fue por circunstancias cuyo mérito corresponda a Abu abd Allah, sino a otros hechos que nada tienen que ver con él ni con su comportamiento.
Es triste comprobar que, a falta de un buen señor que gobierne con sensatez y justicia, la libertad y la fe dejan de ser los valores importantes para el pueblo pues, en esa desesperada situación, la mayoría de las gentes solo piensa en sobrevivir conservando cuanto pueda.
Por eso insisto en que, si Granada no claudicó antes, fue porque los cristianos no se lo requirieron de manera firme a los nazaríes.
Ahora que me dispongo a iniciar mi lucha, quiero que sepas que no lo hago por ambición de poder, sino por cumplir la voluntad de Altísimo, cuyos designios no han sido respetado los codiciosos.
Por esa razón, ahora me veo obligado a restablecer el orden en la umma.
No yerres, pues en nada se asemeja mi empeño a lo acontecido en Granada.
Aquella guerra interna fue la forma de ignorar la voluntad de Allah por la ambición de los nazaríes, y la nuestra es la forma de cumplir sus designios para su mayor gloria.
Siguiendo con mi narración y cómo te decía, Isaac y yo continuamos hacia Granada y gracias a que íbamos a caballo, el camino no se nos hizo pesado.
Al acercarnos a Sierra Nevada, el viento empezó a soplar con fuerza de costado y, a pesar de ello, la ilusión del reencuentro con nuestras familias nos dio fuerzas y llegamos con bien.
Tardamos dos días en divisar la ciudad, y hacia la media tarde del tercero atravesamos una de sus puertas y fuimos directos a la judería.
En la misma entrada nos despedimos, y le rogué Isaac que guardara en su cuadra los caballos puesto no quería llamar la atención, y los jinetes son demasiado visibles para los que van a pie.
Me dirigí a la casa del cadí, que me recibió con la alegría de quién ve llegar a un hijo del que hace tiempo que no tiene noticias.
Me acomodó, hizo que me sirvieran alimentos, e insistió en que por mi seguridad permaneciera en su casa hasta bien entrada la noche.
Me disculpé e insistí que deseaba irme, pues ardía en deseos de ver a mi esposa y el riesgo no era tan grande, ya que nuestras viviendas estaban muy próximas entre sí, pero el cadí, hombre experimentado en el matrimonio, insistió en que permaneciera en su hogar hasta que fuera de noche.
Me dijo que su esposa le había mandado un recado a tu madre anunciándole mi regreso, y que lo más probable era que hubiera ido a los baños para acicalarse, a fin de que a mi llegada la encontrase hermosa y deseable.
La ponderó como la mujer honesta que siempre ha sido, y me dijo que con el mismo empeño que había aguardado mi vuelta sin que nadie pudiera ponerle tacha, ahora estaría engalanándose solo para mis ojos.
Me miró con malicia y me aconsejó que no le privara de ese gran placer, pues las mujeres virtuosas gozan haciendo este tipo de cosas para sus maridos; me pareció un buen consejo y lo seguí, y durante toda la tarde permaneció a mi lado dándome conversación y proveyendo a mis necesidades.
Más que eso, ordenó que prepararan los más exquisitos platos para festejar mi presencia, y mientras los degustábamos me contó los últimos acontecimientos.
Confieso que cuando me refirió la actitud que había mantenido el emir, sentí pena y vergüenza al saber que no contento con habernos traicionado jurando vasallaje a Castilla, se había convertido en nuestro verdugo para agradar a sus nuevos señores.
Al anochecer me fui a mi casa. ¡Qué puedo decirte, hijo mío!
Solo deseo que alguna vez sientas la emoción que yo tuve al atravesar el umbral.
Saber que volvía a la paz y a los brazos de tu madre, hizo que mis ojos se abrieran para ver las cosas como si fuera de día.
Mis sentidos se despertaron, y solo cuando la tuve presente pude entender que no hay nada en el mundo que dé más fuerza que el amor.
Por eso deseo que, puesto que tu destino está marcado con la más difícil de las misiones, ruego a Allah que te procure una mujer que se parezca a tu madre.
Ella será tu fortaleza y créeme, vas a necesitar su presencia y sus ánimos para seguir adelante.
***
Llegado ese punto dejó de escribir, porque no quería ser más explícito; pero se recreó en rememorar aquella noche de luna con Fátima en la que, además de colmarle de placeres inenarrables, le demostró hasta qué punto era una mujer inteligente y juiciosa.
Entre sus brazos comprendió que estaba dispuesta a seguirle o esperarle el tiempo que fuera necesario, y que tanto si se encontraba a su lado como si se hallaba ausente, ella sería siempre el pilar en el que podría apoyarse para abordar la más peligrosa de las misiones.