El legado del alarife Chapter 45
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Chapter 45

Penetró en la ciudad sin apearse del caballo. Iba erguido, sin dignarse a mirar a los vecinos que se apartaban atemorizados a su paso, como tantas veces le había visto hacer a don Ginés. Descabalgó frente a una taberna, avanzó pisando fuerte y gritó desde la puerta:

— ¡ Una jarra de buen vino para un capitán sediento, que viene de luchar en el asedio de Málaga !

Al ver su porte y su comportamiento soberbio, nadie dudó que se trataba de un capitán cristiano.

Enseguida le atendió una de esas mujeres a las que los cristianos llaman moza de taberna , que le sirvió una jarra de vino rojo y se sentó a su lado.

Le preguntó por sus hazañas, y él le contó con orgullo el horror que había vivido, como si fuera algo noble maltratar y esclavizar a mujeres y a niños.

Al finalizar su relato, pidió que fuera ella quien le contara algo para entretenerle, y entonces fue cuando se enteró de las circunstancias del apresamiento de Isaac, y de cómo al mediodía siguiente tenían previsto quemarle vivo en la hoguera.

En cuanto la moza pronunció el nombre del judío, se levantó haciendo grandes aspavientos y preguntó:

— ¿ Decís que se llama Isaac ben Tata ? ¡ Por Dios !

¡ No puede ser! Ese hombre no es brujo, sino un reputado físico que acudía a curar al hijo del alcaide de los Donceles, a quien yo sirvo y el rey tiene en muy alta estima —fijó su mirada en ella y añadió—.

Estoy aquí porque mi señor me ha ordenado salir a su encuentro para protegerle, pues hay demasiados bellacos y malhechores por los caminos, y no deseaba que le ocurriera alguna desgracia —hizo una pausa con la mirada perdida mientras exclamaba—.

¡Cómo llegue a oídos de mi señor que pretendéis quemarle por brujería, se lo dirá a su alteza para que tome represalias contra el alcaide y las gentes de este pueblo!

Sabed que el niño está aquejado de grandes vómitos y fiebres muy altas que ponen en peligro su vida, y que solo ese físico conoce el cocimiento de hierbas que harán que cesen de inmediato.

Mi señor le había mandado llamar por recomendación del rey Fernando, a quien ya ha curado en varias ocasiones sin mediar brujería, porque es muy sabio y posee grandes conocimientos de las ciencias de la sanación.

La mujer, horrorizada y haciéndose de cruces, le pidió que la acompañara a informar de tal circunstancia al alcaide, don Pedro López de Pernía; pues estaba segura que usía desconocía quién era en realidad el viejo judío, lo mucho que le debía el rey, y cuán grande sería su enojo si le llegara a suceder algo irreparable.

Partieron a la carrera hacia el castillo y al ir vestido con ropas de capitán, los soldados les tomaron por tal y les dejaron el paso franco.

Se identificó con el nombre de su amigo muerto, y enseguida informaron al alcaide que don Ginés de Malpica, capitán al servicio del alcaide de los Donceles, deseaba verle con urgencia.

No tuvo que esperar demasiado, porque la reputación de quién dijo ser su señor, le precedía e inspiraba gran respeto entre señores grandes y chicos.

Estando ya en presencia de don Pedro, contó la misma historia que a la tabernera y él, muy azorado, ordenó que el judío fuera puesto en libertad y le restituyeran sus pócimas y bienes.

Se dirigió consternado a Kamal que le miraba con un fingido gesto de reproche y, tras suplicarle que aquel desgraciado incidente no llegara a oídos del rey, le ofreció mil disculpas por tan terrible equivocación.

Él aparentó conmoverse y le tranquilizó asegurándole su silencio, pero insistió en que, en lo sucesivo, él se encargaría de la protección de Isaac para evitarle nuevos quebrantos.

Don Pedro, con lágrimas en los ojos, ordenó que les trajeran comida y bebida en lo que liberaban al preso, le dio mil veces las gracias por su benevolencia y mientras duró la espera, le estuvo adulando hasta llegar al más absurdo de los ridículos.

Una hora después, apareció Isaac escoltado por los soldados: estaba maltraído, con las ropas hechas girones, marcas de grilletes en los tobillos y en las muñecas, y en general con evidentes signos de tortura.

El judío, al verle vestido de capitán mientras comía amigablemente en la mesa del alcaide, no daba crédito a lo que veía sus ojos; y Kamal, temiendo que por la sorpresa cometiera alguna indiscreción, se dirigió a él antes de que abriera la boca:

— ¿ Me recordáis, Isaac? Soy don Ginés de Malpica, capitán del alcaide de los Donceles.

Iba a vuestro encuentro para llevaros junto a mi señor y, casualmente, al llegar a esta villa me he enterado de lo que os ha acontecido.

Pero no debéis preocuparos, porque tales hechos no se volverán a repetir.

Comed algo rápido —dijo mientras miraba a don Pedro para solicitar su aprobación—, porque urge que nos marchamos para que podáis curar al niño cuanto antes.

Una hora después, tras reponer fuerzas y escuchar otra tanda de disculpas por parte de don Pedro, atravesaron la puerta de las murallas.

Allí se les unieron los hermanos, aunque no se entretuvo en hacer las presentaciones hasta que no estuvieron bien lejos.

Solo entonces le contó a Isaac los últimos acontecimientos y la identidad de sus acompañantes y, a pesar del triste estado en que se encontraba, el médico insistió en examinar al herido para aplicarle algún remedio que acelerara su curación.

Lo hizo en beneficio de todos y Hasan mejoró; así que partir de entonces pudieron viajar más rápido.

Al llegar a la frontera se despidieron en buena armonía y, mientras les veían alejarse, Kamal aprovechó para preguntar a su amigo:

— ¿ Qué hacíais por tierras cristianas ?

—Nos había llegado noticias del alto precio que habían fijado los reyes para poder liberar a nuestros hermanos de Málaga.

Quizás no lo hayáis oído, pero piden veinte mil doblas zahenas, y es demasiado dinero para recaudarlo en el corto espacio de tiempo que han concedido.

Los judíos granadinos quisimos contribuir no fuera a ser que, por unos días de retraso, nuestros hermanos se vieran abocados a la esclavitud —miró a la lejanía mientras recobraba el aliento—.

Iba de camino de Lucena para llevarle los dineros a Abraham Señor, el Arrendador Real de las Aljamas y las Juderías de Castilla, pero hace cinco días que sin mediar palabra ni causa que lo justifique, esos salvajes me apresaron, me metieron en una mazmorra y me torturaron —suspiró—.

Si no llega a ser por vos, mañana mismo me habrían quemado vivo —le miró con ojos resignados y prosiguió—.

Los cristianos son unos ignorantes y sus físicos carecen de conocimientos, por eso confundieron mis preparados con pócimas para encantamientos —le miró con agradecimiento—.

Sé que os debo la vida, y no sé si algún día podré pagaros vuestra ingeniosa y eficiente ayuda.

—No le deis importancia. Nada he hecho que vos no hubierais hecho por mí.

Kamal reflexionó sobre aquel episodio de su vida.

La solidaridad que mantenían los judíos entre sí, le causaba auténtica admiración.

Esa actitud les había permitido sobrevivir como pueblo y, desgraciadamente, mantener la postura contraria era el origen de las desdichas musulmanas y a la postre, de la pérdida de Al-Ándalus .

En estas reflexiones estaba cuando oyó al muecín llamar a la oración, y se levantó para ir a la mezquita. Él, más que nadie, estaba obligado a observar las prescripciones del sagrado Corán .