Chapter 44
Se levantó con el firme propósito de continuar con su trabajo.
Sabía que los árabes apremiaban a Yusuf, y no quería alargar en exceso la espera; pero consideraba importante dejar por escrito su legado, por si no lograba sobrevivir a los acontecimientos a los que se iba a enfrenta. Se sentó, y se concentró en la tarea.
***
Hijo mío, después de presenciar los horrores de la toma de Málaga en la que murió el cristiano que fue mi benefactor, salí del campamento en plena noche y casi no había amanecido, cuando desde mi montura alcancé a ver el cuerpo de un hombre tirado entre los arbustos.
Pensé que quizás era uno de esos monfíes de la serranía que vivían de atracar viajeros y, dado que portaba vestimentas cristianas, no me pareció prudente descabalgar.
Pero el hombre parecía agonizante y me pudo la piedad, así que bajé del caballo para socorrerle, y ese error casi me cuesta la vida.
Karin, si te cuento esto es porque quiero advertirte de que no siempre debes mostrarte caritativo, y si tu entendimiento dice que vas a cometer una temeridad, debes escucharlo porque no te avisa en vano.
Sea por lo que fuere, o mejor aún, sea porque esa era la voluntad de Altísimo, los acontecimientos posteriores no fueron del todo negativos.
Al contrario, me permitieron salvar a mí a buen amigo Isaac de una muerte cierta, ayudarle a cumplir su importante misión, y conducirle a Granada sano y salvo.
***
Recordó el momento en que, inclinado sobre el moribundo y sin saber de qué lugar, aparecieron dos hombres que le atacaron con fiereza.
Por aquel entonces, él carecía de destreza en el uso de la espada cristiana, así que optó por desenvainar su alfanje y sabiendo las escasas posibilidades que tenía de sobrevivir, gritó con fiereza: « Allah es grande » , y arremetió contra el que tenía más cerca.
El hombre se sorprendió al oírle. Tanto, que a duras penas logró esquivar su cuchillada, pero su alabanza al Todopoderoso surtió efecto y en lugar de devolver el ataque, alzó sus manos y le conminó:
— ¡ Tente! Nada tienes que temer de nosotros. Ahora sabemos que, a pesar de tus ropajes, eres musulmán.
Durante unos instantes permaneció vigilante, pero al ver que el otro también bajaba sus armas, hizo lo propio sin dejar de estar alerta. Se acercó el que le había embestido primero, y le preguntó con curiosidad:
— ¿ Huyes de los cristianos ? — y sin esperar respuesta añadió—. Veo que eres astuto, porque no hay mejor manera de ocultarse en esta tierra, que pareciéndose a uno de ellos. ¿A quién le has robado esas ropas?
Se acordó del consejo de don Ginés de desconfiar de todos, y contestó sin bajar la vista:
—Eran de un capitán cristiano, pero ya no las necesita porque está muerto. A mí me viene bien para andar por estos caminos pues, como has dicho, en esta tierra es más seguro que te tomen por infiel que por creyente.
Soltaron una risotada y le miraron con admiración, supongo que concluyeron que era él quien le había matado. No les sacó de su error, y viendo el mal aspecto que presentaba el herido que yacía en el suelo, les recomendó:
—El tajo que tiene ese hombre en el brazo, tiene un aspecto demasiado purulento y a menos que le curéis pronto, irá a peor y morirá.
— ¿ Eres médico ?
—No, pero algo aprendí de un amigo que me enseñó las propiedades de algunas plantas.
Debéis lavárselo con agua limpia, y aplicarle un cocimiento de cortezas de roble y encinas bien machacadas.
También debe comer ajos crudos, ortigas y beber mucho té hecho con semillas de cilantro, si es que por casualidad tenéis algunos de esos ingredientes.
Agradecieron sus recomendaciones, levantaron al herido y sujetándolo entre los dos, le invitaron a acompañarlos.
Aceptó, puesto que a esas alturas no sentía que fuera a correr ningún peligro, si se decidía a ir con ellos.
Caminaron hasta llegar a una zona abrupta, y a partir de allí treparon por peligrosos vericuetos difíciles de sortear sosteniendo al lisiado, hasta que llegaron a una cueva.
Se dispusieron a preparar la comida, y mientras hervían las zanahorias y los espárragos que habían recogido por el camino, y se asaban el par de pichones que acababan de asaetear, les preguntó sin temor:
— ¿ Sois monfíes de la serranía?
—No. Vivíamos en una alquería próxima a Lauxa, esa a la que los cristianos llaman ahora Loja, pero cuando los infieles la tomaron, no quisimos someternos y huimos a Wadi-Ash .
Veníamos hacia aquí con la leva de El Zagal para liberar Málaga, pero el miserable de Abu abd Allah, ¡qué su negra alma caiga al lago de fuego de Yahannam !
, ordenó que nos atacaran y mataron a casi todos.
A Hasan le hirieron gravemente y como somos hermanos, le ocultamos hasta que se recuperó un poco.
Decidimos continuar hasta Málaga para que le atendiera un médico, pero cuando de lejos divisamos el aspecto que presentaba su muralla, supimos que era tarde porque la ciudad estaba a punto de caer en manos de los infieles, si es que no lo había hecho ya.
Pensábamos volver a nuestra tierra, pero necesitábamos víveres para el camino, y al verte creímos que eras cristiano y decidimos asaltarte. ¿Tú vienes de Málaga?
—Sí, he huido del corral de la alcazaba donde nos encerraron a todos —comentó con voz apesadumbrada—. Muerto el capitán me vestí con sus ropas, y los centinelas me dejaron pasar porque me confundieron con él —los miró fijamente y preguntó—. ¿Dices que las tropas de Abu abd Allah os atacaron?
—Con saña. Ese maldito no es un buen musulmán, sino un servil vasallo de los reyes de Castilla.
Cayeron por sorpresa, asesinaron a casi toda la leva y a Hasan le hirieron, así que nos hicimos los muertos y en cuanto ellos se retiraron, cogimos a nuestro hermano y lo ocultamos.
Le dejamos descansar, pero en cuanto pudo tenerse de pie como ya te hemos dicho, decidimos partir hacia Málaga.
Se fijó en sus rostros: parecían de fiar, pero por si acaso obvió dar explicaciones, y les propuso viajar juntos hasta las tierras de El Zagal.
Sugirió que mientras anduvieran por aquellos caminos, podían hacerse pasar por sus esclavos ya que mientras él vistiera como un capitán cristiano, como hablaba con soltura su lengua, le tomarían por tal e irían más seguros.
Pero que en cuanto llegaran a la frontera del reino de Granada, cada cual seguiría su camino sin deberle nada al otro.
Les pareció bien, así no tendrían que ocultarse durante el día, y podrían llegar mucho antes a las tierras de su señor.
Tomaron el camino de Loja, y aunque descansaban a menudo para que el herido no se agotara, avanzaron a un ritmo aceptable.
Próximos a Arxiduna, esa a la que los cristianos llaman Archidona, en un cruce de caminos coincidieron con unos labriegos que espoleaban un asno, que se negaba a seguir tirando de una pesada carreta.
Les preguntó a dónde iban, y ellos contestaron que a la feria de Archidona, a vender sus productos y, con suerte, a presenciar la ejecución de un viejo judío al que acababan de condenar por brujería —comentaron refocilándose anticipadamente por el espectáculo-, al que al parecer pensaban quemar en la hoguera en el plazo de dos días.
A continuación, le miraron fijamente y pidieron viajar bajo su protección, pues al verle vestido como un capitán cristiano, le tomaron por tal y lo consideraron más seguro.
Él, para no despertar sospechas, fingió aceptar de buen grado y para entretenerse durante el camino, preguntó el nombre del judío y la razón de su apresamiento.
¡Cual no sería su sorpresa cuando dijeron que se llamaba Isaac ben Tata!
Acto seguido, aquellos patanes le maldijeron, insistiendo que se trataba de un brujo muy peligroso ya que mientras se acercaba a la villa un niño desapareció, dos cobertizos ardieron y tembló el puente sobre el Guadalhorce, cayendo un carro al río y pereciendo el carretero.
Ante tantos infortunios, los vecinos salieron a buscar la causa, y encontraron al judío portando sus pócimas para encantamientos; y ante la posibilidad de que aquel malvado hiciera nuevos pactos con el diablo, le apresaron para llevarle ante el inquisidor que lo encontró culpable y, a resulta de la sentencia, el alcaide ordenó quemarle en la hoguera.
Se quedó sin habla; su amigo iba a ser pasto de las llamas por la superstición de unos ignorantes.
Ante semejante barbaridad, decidió entrar en la villa, por si había alguna posibilidad de liberarle de esa horrible muerte.
Aquella noche mientras los labriegos dormían, habló en secreto con los creyentes que le acompañaban:
—Hermanos míos, ya habéis oído los que se proponen hacerle al judío.
— ¿ Y qué nos va a nosotros lo que ocurra con ese desgraciado?
—A vosotros, nada, pero para mí tiene una gran importancia, porque le conozco y le estimo mucho.
Puedo aseguraros que no es brujo ni sabe de pactos con el diablo, pues me precio de gozar de su amistad, ya que fue él quien me enseñó todo lo que sé sobre farmacopea.
De él aprendí las plantas que curan y cómo usarlas así que, si lo pensáis bien, gracias a él vuestro hermano no está febril, mueve la mano sin que le atormente, y va camino de recuperarse del todo.
Es un hombre sabio, y un reconocido médico que aprendió su ciencia en la madraza de Granada.
Sabed que acudía con frecuencia al maristán cuando llegaban nuestros soldados heridos, y son incontables las vidas de creyentes que ha salvado.
— ¿ Qué piensas hacer ?
—Aún no lo sé, pero tengo que intentar liberarle.
Se miraron, sus palabras les habían conmovido, y cuchichearon entre ellos sobre la situación. Al final dijeron con mucho convencimiento:
—Cuenta con nosotros. De alguna manera le debemos la sanación de nuestro hermano y si hubiera que matar a alguien, tan solo se trataría de las miserables vidas de algunos malditos invasores.
Al alba se abrieron las puertas de la muralla y empezó el trasiego de personas.
Kamal se despidió de los campesinos, que se afanaban en montar su tenderete apoyándolo en la muralla, y pidió a los hermanos que le aguardaran allí por si encontraba alguna posibilidad de liberar a Isaac, y precisaba de su ayuda para conseguirlo.