El legado del alarife Chapter 43
60%

Chapter 43

Días de triste recuerdo fueron aquellos de Málaga, ya que las penurias a las que se veía sometida la población por los disparos de artillería, la persistencia del sitio y lo que era peor, la hambruna, hicieron que la rendición fuera algo inevitable.

Demasiados meses de duro castigo por no aceptar las condiciones de capitulación que impuso el Aragonés, pero es que, desgraciadamente, cuando llegaron a conocimiento de los malagueños, ya había sido depuesto al alcaide partidario de la paz, y los Gómeres africanos de Hamet El Zegrí, tenía el mando absoluto de la ciudad con el apoyo de los monfíes.

El Zegrí rechazó la oferta con altanería y contestó que defendería la ciudad hasta las últimas consecuencias y, ante esa actitud de desafiante resistencia, el rey Fernando ordenó ponerla sitio.

Así que para cuando ellos llegaron, los cristianos ya habían ocupado el cerro, controlado los pozos y puesto un cerco a la medina, que dirigían con mano de hierro desde tres campamentos bien situados.

Lo habían conseguido tras encarnizados combates y, al enterarse don Ginés de la cantidad de escaramuzas que se había perdido, no hacía más que lamentar su tardanza.

Repetía que, de haber sido más diligente, podría haber conseguido ya la fama y fortuna que tanto anhelaba; pero Kamal le consoló diciéndole que no penara, pues aún quedaba mucha guerra, y probablemente se presentaran nuevas oportunidades de demostrar su valor y lealtad a sus señores.

Don Ginés asintió y llevando la mano a la empuñadura de su espada, contestó con convicción:

—Tenéis razón. ¡A qué lamentar un imposible, si puede que la gloria me esté esperando mañana!

Dicho esto, volvió junto a sus hombres con ese andar engreído que tanto le caracterizaba.

El sitio duró más de lo esperado. Durante el verano los enfrentamientos fueron constantes, y hasta quince veces salió la caballería y la infantería musulmana, para atacar las avanzadillas con lanzas, espingardas y ballestas; lo que en no pocas ocasiones terminaba en enfrentamientos cuerpo a cuerpo y, como consecuencia de ellos, los muertos y heridos no dejaban de crecer.

¡Pero qué podían hacer los sitiados, si la artillería no les daba tregua y los proyectiles seguían cayendo sobre sus cabezas!

El hambre y las enfermedades acabaron por hacer mella en el ánimo de los defensores, ya que las provisiones y refuerzos prometidos por El Zagal no llegaban, y los ataques cristianos eran cada vez más violentos.

Así que, sesenta días después de empezado el asedio, los habitantes se alimentaban con cueros de vaca cocidos, harina hecha con troncos de palma, asnos, caballos, ratas y comadrejas; cosas que en realidad no son alimentos, y sí productos cuyo consumo provocan muchas enfermedades.

Quizás fue la indignación al conocer las duras condiciones de vida que creaba la persistencia del cerco, o puede que tuviera más que ver con la postura servil que Abu abd Allah mantenía frente a los cristianos, pero lo cierto es que, al enterarse de ambos hechos, el conocido santón Ibrahim Algerbí, decidió ir a Málaga para matar a los reyes.

Desgraciadamente el hombre santo no los conocía, y acabó por confundirlos con dos nobles cristianos a los que hirió gravemente. Mal asunto fue aquel, porque su osadía la pagaron duramente los asediados, cuando la ciudad se rindió próximo a finalizar el verano.

Los habitantes, después de haber conseguido que el Zegrí y sus Gómeres se replegaran a Gibralfaro, mandaron una comisión a parlamentar las condiciones de la rendición.

Pero el Aragonés no mostró piedad, al contrario, su ira por el atentado y por haberse visto obligado a mantener tan largo y costoso asedio, pesó en su ánimo más que cualquier sentimiento de humanidad y su respuesta fue tajante: « solo les quedaba a los malagueños la posibilidad de salir de la ciudad, muertos o cautivos » .

Volvieron los prohombres al real para suplicar misericordia, pero la respuesta fue la misma, y la ciudad tuvo que rendirse incondicionalmente. Dos días después el Zegrí entregó Gibralfaro, pues ya no le quedaba ciudad que proteger, ni alimentos con los que poder sustentar a sus tropas.

Llegado a este punto de sus recuerdos, decidió que nada de aquello le contaría a su hijo, pues poca o nula relación tenía con su legado.

Pero eso no evitó que acudiera a su memoria lo que ocurrió a continuación: aquello fue indigno de un seguidor del Libro.

El rey cristiano ordenó acañaverear a los renegados que habían huido de su campamento para informar a los sitiados, y cuando don Ginés se adelantó para sujetar al primero, se revolvió contra él y le clavó su alfanje en las tripas.

De inmediato sus hombres le acuchillaron a él, pero aquel apuñalamiento de nada sirvió, porque don Ginés yacía en el suelo mortalmente herido.

El rey ordenó que lo llevaran al hospital, donde llegó más muerto que vivo por lo que solo le atendió fray Juan, ya que los físicos nada podían hacer por salvarle. El fraile le escuchó en confesión, hizo sus ritos y mandó que fueran a buscarle, porque en ello insistía con terquedad el moribundo.

Kamal, en cuanto recibió el aviso, corrió para encontrarlo con vida y se situó en la cabecera de su catre. Le encontró muy pálido y aparentemente inerme, así que pasados unos instantes de angustia en los que ni siquiera sabía si respiraba, le vio entreabrir unos ojos vidriosos y susurrar:

—Amigo mío. No penéis por mí, pues muero como soldado y no me gustaría hacerlo de otra forma.

Nada temo, fray Juan me ha confesado e iré derecho a los cielos.

Pero si os he hecho llamar, no es solo para despedirme, también para advertiros del grave peligro que os acecha —hizo una pausa para recobrar el aliento y continuó—.

En cuanto podáis, huid de aquí sin decírselo a nadie, id a tierras cristianas y tratad de disimular vuestra condición, pues no os conviene que nadie sepa que sois moro.

Creedme, tampoco es prudente que busquéis refugio entre los vuestros, pues precisamente entre ellos se esconden vuestros asesinos.

Sé que hasta aquí ha llegado la larga mano de vuestra enemiga, y mucho deben odiaros porque mi muerte no ha sido casual.

He sabido que el renegado que me acuchilló, era un elche de la guardia de Abu abd Allah, y que si osó atacarme es porque Aixa así se lo había ordenado.

Y lo sé porque mientras esperaba con los ojos cerrados la llegada de la parca, dos sicarios se acercaron para rematarme.

Por suerte los físicos andaban cerca y dado mi lamentable estado, creyeron innecesario correr nuevos riesgos.

Pero mientras disimulaban para aproximarse a mi jergón y acabar con mi vida, hablaron entre ellos y les oí: deseaban mi muerte porque soy vuestro protector, y tienen orden de mataros a vos y a todo aquel que os ayude —respiró varias veces para coger fuerzas—.

Huid, amigo mío, huid y no confiéis en nadie, porque en ello os va la vida.

Cuando terminó de hablar, cerró los ojos y su respiración se fue volviendo más débil y entrecortada, hasta que finalmente dio un ronco estertor y murió. Kamal permaneció a su lado medio consternado, hasta que se acercó un físico para decirle:

—El capitán nos ha pedido que te entregáramos sus pertenencias. Coge ese hatillo con sus ropas y sus armas, y en la entrada te espera un soldado con su caballo.

Hizo lo que le indicó, regresó junto a los albañiles y ya a solas, miró el hatillo y decidió seguir el consejo de don Ginés.

No es que le agradara ocultar su condición de musulmán, pero como está permitido hacerlo para preservar la vida, aquella noche mientras los demás dormía, se vistió con sus ropas y sin esperar al pago de su soldada, huyó del campamento.

Llegado este instante, Kamal se estiró para desentumecer los hombros.

Estaba cansado, pero más que el agotamiento físico, era el amargo recuerdo de todas aquellas emociones, lo que le provocaban una opresión en el pecho que le impedía respirar.

Lo pensó mejor, y decidió dejarlo para el día siguiente.