El legado del alarife Chapter 42
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Chapter 42

Aquella noche apenas durmió. Ni la amabilidad de Yusuf, ni la presencia de su hijo, ni siquiera contemplar el bello rostro de Fátima que siempre le traía paz, le permitieron conciliar un sueño tranquilo.

A pesar de ello, con las primeras luces se dispuso a escribir, sabía que no debía faltar a la verdad, pues en nada ayudaría a su hijo y sería un grave pecado, así que se concentró para abordar su escrito con honestidad:

***

Hijo mío. Si llegas a leer este escrito y te enteras por él de la naturaleza de tu legado, es porque la voluntad de Allah ha sido que yo perezca.

No lo lamentes. El Magnánimo no pondrá sobre tus hombros una carga superior a la que puedas soportar, y ha decidido que el verdadero Elegido seas tú.

Nada tengo que objetar a sus designios pues, aunque reconozco que me hubiera gustado pasar más tiempo a tu lado y verte crecer hasta convertirte en hombre, su voluntad está por encima mis ambiciones.

Recuerda que tu madre es una mujer extraordinaria, y será ella quien te cuente cuánto amor te tenía guardado

Mi legado, que es el tuyo, se ha transmitido de padres a hijos hasta nuestros días.

Nada, ni la codicia de los malvados que nos han perseguido con saña, ni las guerras, ni la enfermedad, ni siquiera la naturaleza ha impedido la perpetuación de nuestra estirpe, y ello es debido a que tenemos una misión que cumplir por voluntad de Altísimo.

Sé fuerte y no desfallezcas ya que, aunque cometas errores, la misericordia de Allah es infinita, y el arrepentimiento lavará tus culpas.

Has de saber que nací en Jubiles, donde llegó mi madre de sangre huyendo de los impíos, ayudada por quién luego me hizo de padre hasta que lo asesinaron.

Al poco de nacer yo, ella murió de fiebres del parto y mis nuevos padres, Fadil y Raissa, me llevaron consigo para cuidarme y educarme.

Nada tengo que reprocharles, al contrario, es imposible que alguien dedique más amor, cuidados y afán a la formación de un hijo, que la que ellos pusieron en educarme y protegerme a mí.

Desgraciadamente murieron a manos de nuestros enemigos y si yo sobreviví, fue gracias a la generosidad del cadí Jafar ben Rafik, de un judío llamado Isaac ben Tata y a la de mi buen amigo Alí ibn Muhammad, de quienes te iré hablando al largo de este escrito.

Pero sobre todos ellos, fue Allah quien preservó mi vida y me permitió aprender el valor de la laboriosidad y la prudencia, para que pudiera valerme por mí mismo.

Muchos fueron los acontecimientos y peligros que tuve que sortear, pues mi vida transcurrió pareja a la terrible guerra de Granada en la que Al-Ándalus, bajo la bota de los soldados de la cruz, dejó de ser tierra del islam.

Pero ni siquiera esa terrible circunstancia, hizo desistir a los pecadores de su voluntad de aniquilarme.

No voy a narrarte excesivos pormenores de mi vida, pues el tiempo apremia y nada añade a la comprensión de tu legado.

Pero sí deseo que conozcas las partes que me han supuesto importantes lecciones de vida, y sobre todo que conozcas la forma en que, por voluntad de Allah, llegué a conocer la naturaleza de la profecía y, por ende , la de nuestro propio legado.

Hijo mío, no dudes de mis palabras porque ahora que he muerto, tú eres el único depositario del mismo.

Has de saber que somos árabes Quraysh, pero eso no es lo más importante, sino el hecho de que pertenecemos a la estirpe de los Elegidos.

Tu madre, junto a estos escritos, te habrá entregado el viejo fajín que así lo atestigua, y deberás conservarlo con celo para entregárselo a tu primogénito.

Es sagrado porque en él está escrita la voluntad de Allah, y solo a ti pertenece porque Él así lo quiso.

Yo lo recibí de manos de Raissa, mi madre adoptiva, y desde entonces lo he guardado para ti. Pero de su significado me enteré gracias a que espiaba a nuestros enemigos pues has de saber que, si a los amigos hay que conocerlos bien, mejor debes entender a los enemigos para prevenir sus traiciones.

Antes de empezar a explicarte en qué consiste tu legado, quiero confesarte que no todo en mi vida ha sido ejemplar, y no por ello me considero un mal musulmán.

Lo importante en esta vida no es evitar los errores que a veces nos parecen casi imposibles no cometer, sino que persistamos en ellos como hacen los impíos.

Recuérdalo bien, hijo mío. Lo grave no es pecar, sino dejar de arrepentirnos y no reparar nuestras faltas; así que nunca olvides reflexionar sobre tu conducta, hasta convertirte en el más riguroso y justo juez de ti mismo.

Esa debe ser una constante en tu vida, o al menos yo no conozco otra forma de evitar que permanezcamos en el error.

Y más en tu caso que, como depositario de nuestro legado, tu responsabilidad es mayor que la de ningún otro hombre.

Nunca trates de engañarte a ti mismo justificando lo que sabes que no está bien, pues con esa actitud estarás traicionando a nuestros ancestros y lo que es peor, violentando la voluntad del Altísimo.

De mi vida te iré contando algunos pasajes cuyas enseñanzas creo que te ayudarán, pero sobre todo quiero que entiendas que cuanto me aconteció estaba en mi destino que, por voluntad de Allah, será también el tuyo.

Has de saber que fui alarife y que mi trabajo fue fructífero pues, aunque tuve que sortear numerosos peligros, la generosidad de Allah puso en mi camino a personas que me ayudaron mucho y entre ellas, ninguna tan valiosa como tu propia madre.

Escúchala, es una mujer sabia cuyos consejos te resultarán muy útiles.

Cuando los riesgos de vivir en Granada se hacían insoportables, me ausenté en distintas ocasiones para proteger mi vida y la suya, pero a ella la llevé siempre en el corazón y si volvía a sus brazos, es porque ese era mi más íntimo y permanente anhelo.

En mis viajes presencié horrores como los de la toma de Málaga, donde el rey Fernando dio muestras de una crueldad sin límites y que, a pesar de las apariencias y de lo que digan sus cronistas, ningún seguidor del libro podría justificar jamás.

No lo olvides, porque el islam es una religión de paz, y la violencia solo nos está permitida para defendernos o para devolver el orden natural a las cosas…

***

Llegado a este punto, alzó la vista y no pudo evitar que sus emociones se transformaran en amargas lágrimas.

Se trasladó al instante en el que se presentó en la tienda de don Ginés para manifestarle su desacuerdo con el uso que estaban dando a su trabajo, y su deseo de partir hacia otras tierras cristianas.

Él se sorprendió y tras una pequeña vacilación, se sentó en su jergón, estiró sus musculosas piernas, sacó su daga y empezó a limpiarse con parsimonia las uñas de la mano, mientras comentaba con una sonrisa altanera:

—Amigo mío, sois demasiado estricto con los mandatos de vuestra religión.

Los cristianos no nos andamos con tantos miramientos, pues solo las monjas y los frailes hilan tan fino, y si lo hacen es porque ese es su oficio y en ello les va el sustento.

¿De qué nos serviría mantener a tanto clero, si no se dedicaran a rezar por la salvación de nuestras almas?

A mayor abundamiento os digo que disponemos de un sacramento llamado confesión, que nos deja limpios de pecado y nos permite subir a los cielos, hagamos lo que hagamos.

Yo, con contarle mis excesos y devaneos con las damas a fray Juan antes del combate, vivo muy tranquilo —alzó la vista, y le echó una mirada que parecía de hielo—.

Haced vos lo mismo, trabajad en lo que se os manda y si os inquieta disgustar a vuestro Dios, con que os arrepintáis cuando esto acabe, será suficiente para que podáis entrar en vuestro Paraíso —hizo otra pausa para tomar aire, y añadió con una actitud desafiante—.

Pero no dejéis de obedecer a lo que se os manda, pues me dejaríais en mal lugar y si eso ocurriera, alguien podría pensar que sois un traidor y creedme, os costaría la vida.

A pesar de su sonrisa, aquella mirada tan fría, el incesante uso de la daga y sus veladas palabras, le convencieron de que le estaba amenazando.

Comprendió que no tendría ningún inconveniente en asesinarle, si con ello evitaba que el alcaide de los Donceles pensara que había llevado un traidor a su campamento.

No quería morir, no quería dejar sola a su dulce Fátima, no quería que la muerte de sus padres y los atentados sufridos fueran inútiles, y que su fin se redujera a ser un muerto más frente a las murallas de Málaga.

Agachó la cabeza, volvió al trabajo y no comentó más el asunto con don Ginés, no fuera a ser que optara por darle una cuchillada, antes la menor duda de que acabara por convertirse en un obstáculo para sus ambiciones.

No dijo nada y obedeció cuántas órdenes le dieron.

Ni siquiera cuando fue requerido para proyectar una mina bajo la muralla para introducir soldados en la ciudad, manifestó disgusto alguno.

Tampoco cuando un capitán cristiano conocido como el Artillero, ya muy avanzado el sitio, volvió a llamarle para que construyera otra mina que llegara hasta el subsuelo de la torre que protegía el puente del Guadalmedina.

Pretendía, como después hizo, introducir un cuartago para hacerlo explosionar.

Ese fue un duro golpe para los defensores, pues en cuanto la torre cayó, los cristianos avanzaron sus posiciones hasta casi llegar a la muralla.

A pesar de entender lo comprometido que sería el resultado de su trabajo para sus hermanos, también se plegó a realizar el encargo, y dirigió la construcción en condiciones de seguridad para los sitiadores.

Lo único que le consolaba era saber que, cuando los malagueños descubrían las minas, las cegaban o las prendían fuego para impedir su uso, aunque en más de una ocasión llegaron a enfrentarse ambos bandos en el subterráneo.