Chapter 41
A media tarde divisó el castillo en lo alto del peñón y, según se acercaba, la silueta del arrabal y de la villa de Íllora, se fueron perfilando.
Al entrar en la ciudad, las gentes le echaban miradas sombrías cuchicheando, así que enseguida notó que su presencia generaba mucha desconfianza: no debían ser corriente ver un moro montado a caballo.
Apenas había recorrido un pequeño trecho de la calle principal, cuando le salió al paso la guardia, le obligó a descabalgar y, a pesar de sus protestas y de identificarse como un amigo del capitán don Ginés de Malpica, no le creyeron y tras propinarle unos cuantos puntapiés, le quitaron todo cuanto tenía y lo encerraron en una mazmorra.
Tres días estuvo sin comer y cuando ya empezaba a desesperarse, coincidiendo con el repique de campanas que invitaba al rezo del ángelus, se abrió la puerta y apareció don Ginés.
Se quedó observándole, pero no le reconoció y cuando ya se iba a dar media vuelta, Kamal le llamó casi al límite de sus fuerzas:
— ¡ Don Ginés ! ¿ No me reconocéis? Soy Kamal, el alarife de la Alhambra. He tenido que huir para salvar mi vida, y he decidido aceptar vuestro generoso ofrecimiento y buscar amparo junto a vos .
Don Ginés volvió sobre sus pasos, le miró fijamente y se precipitó a preguntar:
— ¿ Quién ha ordenado engrilletar a este hombre ? ¿ No os ha dicho que era amigo mío ? ¿ Por qué no me habéis avisado que estaba aquí ? ¡ Liberadle ahora mismo !
A partir de aquel momento, las circunstancias de Kamal cambiaron radicalmente.
Don Ginés se desvivió por compensarle de los sinsabores sufridos, estaba tan avergonzado por el trato que le habían dispensado, que no hacía más que repetir que los soldados que le detuvieron, solo eran unos pobres patanes recién incorporados a la guardia.
Pasados unos días, empezó a salir para conocer la villa.
Al principio en compañía de don Ginés y más adelante solo, aunque por consejo de su protector, lo hizo siempre vistiendo ropas cristianas.
Los primeros días, aquellos ropajes le parecieron pesados e incómodos, pero consiguió acostumbrarse y al poco tiempo de empezar a usarlos, dejó de pensar que apretaban el cuerpo como siniestras mortajas.
Pasado un mes, como la vida del soldado no es sedentaria, su protector empezó a dar muestras de impaciencia, hasta que una buena mañana comentó mientras desayunaban:
—Ayer estuve hablando con don Gonzalo y, dado mi conocimiento de la lengua arábiga y mi experiencia militar, me ha dado su beneplácito para que me incorpore a las tropas que asedian Málaga.
Aquí las cosas están demasiado tranquilas, y yo no soy hombre sin sangre para pasarme el día entre burdeles y tabernas.
Sé que nunca renegareis de vuestra fe ni de vuestra gente, pero sois alarife y creedme, aquí no vais a encontrar trabajo.
Quizás os interese acompañarme para poner en marcha los artilugios que abastecen de agua a las ciudades, o incluso para reparar los que estén dañados tras la finalización la contienda, si es que mis reyes lo estiman oportuno.
Kamal se quedó en suspenso y le miró con desconfianza. Una cosa era buscar refugio entre los cristianos, y otra distinta colaborar en la destrucción de propio su pueblo. Viendo don Ginés el mal efecto que le habían causado sus palabras, insistió en su propuesta concretando lo que se esperaba de él.
—Permitidme que me explique mejor, pues tengo la impresión que no lo he hecho correctamente.
Amigo mío, nadie os pide que luchéis en el bando cristiano, sino que ayudéis a la reconstrucción tras la conquista para mejorar la vida en las ciudades, y por ende la de vuestros hermanos que sigan morando allí.
Todo lo más que se os pedirá es deis alguna información sobre la construcción de las defensas, pues de sobra sé que no tenéis experiencia en la batalla.
Ni siquiera habéis participado en las razzias de verano, por lo que no debéis creer que mi oferta esconde ningún propósito distinto al que os estoy exponiendo —se rascó la cabeza, y le miró fijamente los ojos—.
Estaría loco si pretendiera convertiros en un soldado, cuando lo que nos resultan útiles son vuestros conocimientos como alarife.
Amigo mío, no soy un bellaco, y debéis confiar que mi oferta se ciñe a lo que os digo y que no hay doblez en mis palabras.
Además, me preocupa que os quedéis aquí sin mi protección pues, como habréis podido comprobar, la ciudad está llena de cristianos viejos y de curas que, a la estela de la reina Isabel, aparecen como setas tras cada conquista para procurar la salvación de nuestras almas.
Sois moro, y aquí nadie os va a ver con buenos ojos.
No hace falta que os diga que me quedaría más tranquilo, si me acompañarais de buen grado.
Se quedó reflexionando, don Ginés parecía sincero y aceptó, pues nada tenía que perder y sí mucho que ganar. Dispusieron lo necesario, hicieron el hatillo, y dos días después tomaron el camino de Málaga.
Tuvieron a la vista la medina tras tres largas jornadas a caballo, no porque la distancia fuera excesiva, sino porque don Ginés se empeñó en entrar en cuantas ventas y serrallos encontraron a su paso.
Decía que, puesto que podía morir en la batalla, mejor hacerlo tras darle una alegría a su virilidad, pues con confesarse antes del combate y mostrarse arrepentido, estaría libre de pecados y ascendería a los cielos.
Kamal no discutía sus extravagantes puntos de vista, pero no quiso participar en sus escandalosos desahogos porque se acordaba de su querida Fátima, y se consideraba obligado a respetar lo firmado en el contrato matrimonial: No tomar segunda esposa, ni yacer con esclava o concubina mientras durara su unión.
Al acercarse a la ciudad, se quedaron impresionados: era hermosa y no solo por su emplazamiento, también por la multitud de palmeras, naranjos y frutales que poblaban sus huertas.
Se asentaba al borde de la mar rodeada de una gran muralla, que se unía mediante una coracha a otra gran fortaleza ubicada en un monte cercano al que llamaban Gibralfaro.
Contaba con una alcazaba construida sobre un pequeño cerro del interior de la medina, aunque desgraciadamente su puerto se hallaba bloqueado por las naves aragonesas, lo que impedía el abastecimiento de sus habitantes.
A pesar de esa importante contrariedad, su aspecto era de ciudad inexpugnable y Kamal no se privó de comentarlo; pero don Ginés dijo que tal circunstancia no le preocupaba, porque sus reyes no se iban a arredrar por semejante minucia, y Málaga terminaría siendo cristiana.
Tenía en tan alta estima el entendimiento para la guerra del rey Fernando, que se refería a él como si fuera un gran general que nada tenía que envidiar a los del pasado.
Y era cierto, su rey anteponía la victoria a cualquier otra virtud, hasta el punto de que para él la crueldad no era más que otra arma de la guerra, cuyo uso no convenía que descartar durante las conquistas.
Se dirigieron a un campamento situado entre el arrabal y dos cerros próximos ya que, según les habían informado los soldados de la guardia, era el lugar donde se alojaba el rey junto a varios de sus prohombres.
En cuanto descabalgaron, don Ginés quiso presentar sus respetos al alcaide de los Donceles; pero ya se había retirado a descansar y por mucho que porfió, le impidieron el paso y no les quedó otro remedio que dormir entre peones y soldados.
Al amanecer volvió a intentarlo, y le pusieron al mando de una compañía; también y gracias a su mediación ante el alcaide, contrataron a Kamal a quién ordenaron que presentarse en el campamento de los menestrales para prestar sus servicios.
Allí, a media distancia de la ciudad, se apiñaban la gente de los oficios: carpinteros, herreros, fundidores, albañiles y pedreros que, entre el calor de las fraguas, el golpeteo de los martillos y el ruido de las serrerías, no cejaban en su actividad al servicio de la contienda.
Nada más llegar, enterados de su condición de alarife, le nombraron ministro de los albañiles y se encontró al mando de más de cincuenta hombres.
Ese día fue requerido para que, sin más demora, coordinara el labrado de unas bolas de piedra de diverso tamaño a las que llamaban bolaños .
Le dijeron que los precisaban para los morteros pedreros y las lombardas y…
¡que Allah le perdone!, no preguntó qué clase de artilugios eran, ni cuál sería el uso que le darían al resultado de su trabajo.
El caso es que organizó a sus hombres y sin descanso alguno, cumplieron el encargo hasta que el sol se ocultó.
Cuando al clarear abrió fuego la artillería, por los estragos que causaron los bolaños en la muralla, comprendió lo importante que era su trabajo para ganar batallas.
Entonces entendió que se esperaba de él mucho más de lo que le había dicho don Ginés, pues no se trataba de reconstruir instalaciones o edificios para un mejor servicio a los vecinos, sino de fabricar munición para arrojarla sobre los pobres sitiados.
Aquello le pareció que se asemejaba mucho a la traición, y decidió hablar con su protector para informarle que quería abandonar el campamento.
Al llegar a este punto, Kamal sintió un escalofrío y se levantó para ahuyentar los malos recuerdos.
Todavía se avergonzaba de su comportamiento timorato y pensó que, si omitía esa parte de su vida, su hijo nunca conocería su debilidad.
Luego cambió de opinión y decidió ser honesto, pues ya lo dice el sagrado Corán: S iervos míos que os habéis excedido en contra de vosotros mismos, no desesperéis de la misericordia de Allah, pues es verdad que perdona todas las faltas. Él es el Perdonador.
Su arrepentimiento era sincero e intentaría no pecar más, pero su hijo debía conocer los hechos tal y como sucedieron, pues si bien era cierto que había fallado como hombre, como musulmán estaba arrepentido y confiaba en la misericordia del Compasivo .
A pesar de ello, los remordimientos le atormentaban y decidió dejarlo hasta no haber recuperado la calma: eran demasiado dolorosos los recuerdos y estaba cansado.
Al margen de que la urgencia en poner en marcha su misión, no le permitía explayarse, y no quería perderse en historias que, a pesar de haber sido una parte importante de su vida, poco o nada tenían que ver con la explicación de su legado.
Decidió retirarse a cenar y descansar, ya lo abordaría al día siguiente.