El legado del alarife Chapter 40
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Chapter 40

Los acontecimientos se desarrollaron tal y como anticipó don Ginés, y en cuanto El Zagal abandonó Granada, Abu abd Allah ocupó la Alhambra.

Kamal sentía un creciente nerviosismo por la presencia de Aixa en la ciudad y, a pesar de sus precauciones, empezó a obsesionarse con la idea de que le seguían con la intención de matarle.

Quizás no estuvieran justificados sus miedos, pero ante la duda le pareció arriesgado quedarse, aunque su marcha supusiera la renuncia a realizar nuevas investigaciones.

Tomó la decisión, y dispuso lo preciso para llevarla a cabo: dejó a Fátima bajo la protección de su familia y la del cadí.

También habló con Alí, a quién le pidió que le llevara al amanecer un caballo al extramuros y, cuando las primeras luces del alba anunciaron el nuevo día, se despidió de su esposa con el corazón roto. Le dijo muy quedo:

—Sabes que nunca te abandonaré y que, si no te pido que me acompañes, es porque me enfrento a un futuro incierto.

No deseo exponerte a unos peligros que para mí son inevitables, pero que tú no tienes por qué soportar.

Quiero que cumplas lo firmado en el contrato matrimonial y si no he vuelto o mando a buscarte en el plazo de un año, acudas al cadí para formalizar el repudio.

Vio cómo se le humedecían sus ojos, y la acarició unos instantes con dulzura.

—Sé que estaría en mi derecho porque así está firmado, pero no pienso hacerlo —alzó la vista con una lágrima rilando al borde del párpado—.

Kamal, yo te amo y mientras me quede aliento en esta vida, mi amor por ti no flaqueará.

Pase lo que pase, te esperaré hasta que alguien me dé testimonio de tu muerte.

Ahora no te demores y date prisa, que lo importante es que abandones Granada en cuanto amanezca —le abrazó mientras le susurraba al oído—.

Sabes que no soy una mujer temerosa, pero en tal me convierto cuando está en riesgo tu vida, así que anda con mucho cuidado. ¿Hacia dónde piensas ir?

—A Íllora. ¿Recuerdas al capitán cristiano que nos visitó? Pues espero que cumpla su palabra y me proteja. Te prometo que en cuanto me sea posible volveré a buscarte, y si no pudiera hacerlo, te enviaré recado para que te reúnas conmigo.

Fátima se dio la vuelta, su congoja iba en aumento y no quería que la viera llorar.

Kamal se acercó por su espalda, la besó en el pelo para no hacer más penosa la despedida, recogió el hatillo, y se fue sin hacer ruido.

Al salir, la calle estaba desierta salvo por los mendigos que dormitaban por los rincones.

Desde la conquista de Loja los refugiados no dejaban de crecer, y aquel reguero de hambrientos creaban constantes conflictos con sus robos y reyertas.

El olor de las hogueras semiapagadas se mezclaba con el de las basuras, y solo el aire fresco del amanecer, hacía soportable andar por la calle.

Caminaba deprisa, medio embozado y con la cabeza gacha, sorteando los cuerpos somnolientos para evitar incidentes.

Finalmente salió de la alcazaba Cadima, atravesó los barrios y llegó a Bib-Rambla.

Se acercó a las puertas de la ciudad cuando ya clareaba el día, y con paso cansino las traspasó sin que nadie le detuviera.

Siguió el camino y cuando llevaba un buen trecho recorrido, reconoció a Alí sujetando las bridas de un caballo.

Al llegar junto a él se las tendió y, sin disimular su tristeza, dijo con voz apagada:

—Atado a la silla hay un envuelto con provisiones y un pellejo con agua, Jalila ha insistido en que te lo llevaras —miró directamente a sus ojos y dijo con voz firme—.

Hermano mío, si alguna vez crees que puedo serte útil, no dudes en mandarme recado.

No importa cuándo o dónde estés, te prometo que acudiré tan pronto como me sea posible.

—Alí, solo te pido que veles por mi esposa.

Sus padres y el cadí son mayores y, si enferman o mueren, no quiero que se encuentre desamparada.

No sé cuánto tiempo tardaré en volver, ni siquiera si podré hacerlo algún día, por eso te pido que veles por ella y te asegures de que nunca se encontrará sola.

—Te lo prometo. Tu esposa será mi hermana para lo que necesite, y estoy seguro de que Jalila la acogerá con cariño.

No penes por su seguridad, tan solo por su ausencia.

Nada malo le ocurrirá mientras esté bajo nuestra protección, y sabes que lo está desde este mismo instante.

Ahora, monta y aléjate antes de que Aixa sepa que has abandonado la ciudad, y decida mandar sicarios en tu busca.

Alí se dio la vuelta, y él a galope tendido se dirigió a Íllora.