El legado del alarife Chapter 39
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Chapter 39

Principiaba el otoño, y el rumor se propagó tan rápido como el viento: Abu abd Allah estaba de camino hacia Granada.

La noticia corrió de boca en boca, y la gente se lanzó a la calle para vitorearle y alabar su nombre.

En el trayecto hasta la obra, se cruzaron con muchos que se congratulaban a gritos de su vuelta, y al llegar subieron a la azotea para comprobar si Dar al-Horra estaba habitada: definitivamente lo estaba, porque vieron a varias personas deambulando por su interior.

Kamal se centró en la torre y, como había supuesto, allí estaba el vigía.

Alí, que había hecho el camino en silencio, dijo muy preocupado:

— ¿ Qué hacemos? Los soldados no tardaran en llegar, porque no creo El Zagal permita que la situación se le vaya de las manos. Dentro de poco empezarán los desórdenes, y las calles se teñirán de sangre.

—Tienes razón, lo mejor será volver a nuestras casas. Además, los albañiles no se han presentado, y no tiene sentido permanecer aquí mientras nuestras familias se encuentran desprotegidas.

Salieron a la calle, y el tumulto se iba acrecentando por momentos.

La gente se había pertrechado con todo cuanto podía servirle de arma: palos, mazas, cuchillos, sierras…

Bajaban en tropel con intención de defender el Albayzín, y los gritos de « abajo el usurpador » y « muerte al impío », se repetían mezclados con todo tipo de maldiciones.

Definitivamente el nuevo sultán, no tenía muchos partidarios en aquellos barrios.

Ellos avanzaban confundidos entre la muchedumbre, hasta que Kamal comentó:

—Me temo que esto terminará en una cruel matanza. El Zagal sabe que su sobrino viene hacia aquí y tratará de impedirlo, aunque para conseguirlo tenga que pasar a cuchillo a media población.

Alí se giró para observar al gentío.

—Así será, porque estas personas no tienen capacidad para defenderse, y menos aún para enfrentarse a unos soldados bien entrenados. El Zagal los asesinará porque esta es la segunda revuelta, y no creo que esta vez se muestre tan magnánimo.

En medio del bullicio distinguieron a Yusuf ibn Comixa. Estaba parado en la esquina esperando, y parecía concentrado en examinar la cara de las gentes que, a oleadas, avanzaba en su dirección. Se acercaron a preguntarle:

— ¡ Yusuf, hermano, que Allah te bendiga! Nos alegra encontrarte, porque no creemos que haya alguien mejor informado en toda Granada. ¿Crees que esta gente tiene posibilidades de derrotar a las tropas de El Zagal ?

Sonrió, bajó la voz y dijo con gesto cómplice:

—Ellos no, pero los refuerzos que están a punto de llegar, lo están sobradamente.

Los alcaides cristianos de Íllora y Monclín, han enviado soldados, y serán ellos junto a los Banu Sarraj, los que se enfrenten a la guardia de El Zagal.

Nosotros nos limitaremos a salvaguardar la vida del emir mientras duran los enfrentamientos.

Le miraron perplejo. ¿Había dicho que esperaban refuerzos cristianos? ¡Qué locura era esa de permitir que los cristianos entraran armados en Granada! Alí no lo pudo evitar y preguntó incrédulo.

— ¿ Qué van a participar soldados cristianos en la revuelta ?

—Así es —hizo una pausa— Hermanos, no estoy tan loco como para pensar que unos cuantos panaderos, curtidores y comerciantes, armados con simples herramientas de trabajo, podrían hacer frente con éxito a las tropas del Usurpador.

El pueblo solo tiene la misión de ser el cinturón de seguridad del emir.

Su función no es la de luchar en la primera línea, sino la de proteger su vida en caso de que la situación se desborde, o que El Zagal decida enviar un sicario para matarle —miró hacia ambos lados—.

Ahora estoy esperando al adelantado de la tropa de Íllora, un capitán cristiano que conoce Granada, porque nos visitó en el pasado por orden del comendador de Martos.

Kamal le recordó en el acto. Ese hombre debía ser don Ginés de Malpica, que años atrás llegó con la peligrosa misión de ayudar a escapar a la Romía .

No había vuelto a pensar en él desde que lo dejó al otro lado de las murallas, y al parecer ahora iba a utilizar el mismo pasadizo que él usó para sacarle de la ciudad, para introducir a los soldados castellanos que acudían para luchar en favor de Abu abd Allah.

— ¿ No esperaréis por casualidad, a don Ginés de Malpica ?

Le miró asombrado.

—Sí, ¿acaso le conocéis? Mirad, por allí viene.

Efectivamente, al girarse distinguió su inconfundible silueta, solo que ahora lucía un poblado bigote, y una perilla en punta que resaltaba su prominente mandíbula.

No vestía ropas musulmanas, sino distintas prendas y piezas de su armadura, que le daba un aire un tanto peculiar: una falda de la loriga que apenas le cubría los calzones, unas botas altas que dejaban asomar la parte superior de sus calzas de lana, y un peto algo abollado; se cubría con el clásico casco abombado de los cristianos, pero lo que de verdad impresionaba a los viandantes con los que se cruzaban, era la larga espada de acero toledano que colgaba de su tahalí.

Caminaba al encuentro de Yusuf erguido, con la mano descansando en la empuñadura de su arma, indiferente por completo a la curiosidad que despertaba a su paso.

La gente al verle aproximarse, se apartaba inmediatamente de su camino; pero nadie osaba atacarle, porque todos sabían que estaba allí para colaborar en el derrocamiento del Usurpador.

De pronto, don Ginés fijó la mirada en Kamal y le reconoció. Se paró en seco y elevando ambas manos, exclamó eufórico:

— ¡ Qué las putas de todos los serrallos me confundan !

¡ Vos sois Kamal, el alarife de la Alhambra !

—soltó una enorme risotada, mientras se acercaba agitando los brazos como aspas de molinos—.

¿Qué es de vuestra vida? ¡No sabéis las veces que he pensado en vos durante estos años, y lo agradecido que os estoy por la ayuda que me prestasteis!

—Veo que os encontráis bien de salud —contestó Kamal correspondiendo al saludo—, aunque reconozco que nunca pensé que os volvería a ver caminando por estas calles. ¿Ya no sois capitán de la guardia del comendador de Martos?

—No. Don Sancho Jiménez de Solís casó en segundas nupcias con una mora conversa que le agrió el carácter, y yo no quise seguir a sus órdenes.

No lo creeréis, pero la renegada con sus maledicencias e intrigas, le transformó en un bellaco tan indigno, que preferí renunciar al puesto.

Desde entonces anduve de allá para acá viviendo de mi oficio, y ahora estoy al servicio del alcaide de Íllora, don Gonzalo Fernández de Córdoba —le dio una palmada en la espalda—.

Me ha enviado como adelantado porque hablo arábigo, conozco la ciudad, y gracias a vos sé cómo entrar y salir sin ser descubierto.

He venido al frente de un pequeño contingente de soldados y espingarderos para traer pólvora, algunos dineros, y de paso para enseñar a la leva el manejo las armas.

Don Gonzalo no tardará en llegar con el emir.

De hecho, ya están de camino, pero acamparán como a una media legua de aquí, y me esperarán hasta que yo vaya a buscarlos.

— ¿ No pretenderéis haceros luego con Granada ?

Soltó una carcajada.

—De momento, no. Ya os he dicho que venimos a ayudar a Abu abd Allah a recuperar su trono, porque a ello nos obliga el pacto de vasallaje que tiene firmado con mis reyes.

Yo no entiendo mucho de estas cuestiones, pero si andamos a la gresca desde hace tantos años, no sé a qué viene esa preocupación de mis señores por las disputas del Chiquito con su tío .

Cierto que El Zagal es mejor guerrero y por tanto más peligroso, pero dada la debilidad de este reino, la diferencia no supone un grave problema.

¡ En fin! Más vale que no me dedique a elucubrar y me ocupe de lo mío , que es repartir mandobles y ganar la batalla.

Y ahora, disculpadme, tengo que hablar con Yusuf para que me explique la situación , pero en cuanto que esto termine, buscaré un rato para acercarme por vuestra casa a departir a gusto .

Don Ginés y el alcaide se marcharon, y Kamal no pudo evitar un estremecimiento al ver pasear por el Albayzín a un aguerrido soldado cristiano.

Presentía que más pronto que tarde sería un peligroso enemigo, y que por mucho agradecimiento que le guardara, nada le impediría cumplir con su oficio hasta las últimas consecuencias.

Le siguió con la mirada mientras se alejaban, estaba muy escamado con su presencia, porque el relato sobre la naturaleza taimada del Aragonés le había calado hondo.

Definitivamente el rey cristiano era un hombre peligroso y, de aquella guerra entre hermanos, empezaba a sospechar que él sería el único que saldría victorioso.

Le sacó de su ensimismamiento la voz de Alí, que insistía en apresurar el paso.

—Date prisa, hermano. Las gentes están muy soliviantadas, y las tropas no tardarán en aparecer. Quiero llegar lo antes posible a mi casa, por si los desalmados que se dedican al pillaje y al abuso de los indefensos, deciden atacar precisamente a mi familia.

—Tienes razón —contestó acelerando el paso—. Vayamos a la carrera si es preciso, que tampoco me perdonaría que mi esposa sufriera algún percance por mi retraso.

La revuelta duró varios días. Al principio, los soldados de El Zagal intentaron penetrar en el Albayzín, pero los hombres de don Ginés junto a los Banu Sarraj, presentaron batalla y les obligaron a retroceder.

La gente vitoreaba a Abu abd Allah como al legítimo sultán, y nadie prestaba atención al hecho de que mientras Granada se desangraba en enfrentamientos internos, los cristianos asediaban a las ciudades leales al Zagal.

Al atardecer del sexto día desde su llegada, don Ginés llamó a la puerta de Kamal.

Desde aquel encuentro fortuito no habían vuelto a coincidir, aunque sabía de él gracias a las habladurías que ponderaban su valor y destreza en el combate.

Puede que algunas de aquellas anécdotas fueran muy exageradas, pero tantos comentarios sobre su arrojo y la grandeza de sus hazañas, acabaron por convertirle en una leyenda viva.

Al verle por la calle, los granadinos se apartaban de él con una mezcla de admiración y respeto, así que cuando la esclava que le abrió la puerta y le reconoció, se quedó paralizada y completamente muda.

—Muchacha, ¿está el alarife en la casa? Dile que don Ginés de Malpica desea ser recibido —no reaccionó—. ¿No me has oído? ¡Qué me anuncies a tu señor y le digas que deseo verle!

La esclava, cuando al fin consiguió que las piernas le obedecieran, corrió a avisar a su amo, dejando solo al desconcertado visitante en el umbral de la casa. Se acercó a Kamal con gesto descompuesto, y acertó a balbucear:

—Mi señor, en la puerta os aguarda el capitán cristiano y dice que quiere veros. ¿Qué hago?

Fátima se levantó para retirarse, pero antes le indicó a la joven con suavidad:

—Pues lo que la hospitalidad obliga cuando alguien nos visita en paz. ¡Anda! Invítales a pasar y dile que tu señor le atenderá enseguida.

Kamal salió a su encuentro y en cuanto le vio, don Ginés le saludó con un afectuoso abrazo.

— ¡ Amigo mío ! No quería abandonar Granada sin despedirme de vos .

Kamal le interrumpió:

— ¿ Ya os vais ?

—Sí. Mi misión ha terminado, y mis órdenes son las de regresar a Íllora. Pero antes quería visitaros, que es lo mínimo que exigen las reglas del agradecimiento y del decoro que todo buen caballero debe respetar.

—Por favor, tomad asiento y permitirme que os ofrezca un té —llamó para ordenar que lo prepararan—. ¡Decidme! Supongo que ahora si abandonáis Granada, es porque la situación ya no reviste peligro para el sultán.

—Cierto, es lo bastante segura para que mi presencia no sea necesaria. Los Banu Sarraj se están haciendo con el control, y el desenlace de la revuelta está próximo, dados los acontecimientos que se avecinan.

—Contadme, ¿de qué acontecimientos me habláis?

—Sé por nuestros espías, que El Zagal se dispone a abandonar Granada.

Quiere acudir en socorro de Vélez Málaga, pues sabe que la están asediando mis reyes y de no hacerlo, la ciudad pasará irremediablemente a manos de la corona de Castilla.

No dudéis que en cuanto abandone Granada, Abu abd Allah entrará en la Alhambra y se sentará en el trono.

—Entonces, el asedio de vuestros reyes a las ciudades del reino, solo es una estratagema para que El Zagal salga de Granada. Supongo que cuando todo esto pase, devolverán las ciudades conquistadas.

Soltó una tremenda carcajada.

—No me hagáis preguntas de las que ya conocéis la respuesta, eso no ocurrirá jamás. Y ahora, perdonad que os abandone con tanta premura, pero tengo prisa y si me he acercado a veros, ha sido para despedirme de vos y desearos buena suerte.

—Lo mismo os digo, don Ginés. Me hubiera gustado disponer de más tiempo para que nos conociéramos mejor. Quizás, al igual que ocurre con don Gonzalo y el emir, hubiéramos podido intimar hasta convertirnos en buenos amigos.

— ¡ Quién sabe, quizás nos volvamos a ver!

No lo consideréis un imposible, pues nunca se sabe lo que nos deparará el destino.

Cuando me ayudasteis a salir de Granada, pensé que jamás volveríamos a vernos y, menos aún, que algún día regresaría para luchar en favor de vuestro sultán.

Pero ya veis, la vida ha dispuesto que vuelva en mi condición de capitán cristiano, y no he sido mal recibido por vuestros hermanos.

Me parece aventurado predecir que nuestra despedida será la definitiva, pues no descarto que, en un futuro, nuestras vidas vuelvan a cruzarse.

En tal caso, yo estaré encantado con el nuevo encuentro, y quizás pueda devolveros el gran favor que me hicisteis.

Se levantó, se despidió cortésmente, y con aquel paso firme, prepotente y arrogante, se marchó para cumplir sus órdenes.